La tenacidad del pensamiento mágico - Rosa Montero

Como el sinsentido de la vida es algo muy difícil de tragar, los humanos estamos más que predispuestos a creer en cualquier explicación que dote de cierto orden al Universo. Las religiones son justamente eso, desesperados intentos de traducir el mundo a algo comprensible y armonioso, y el pensamiento mágico cotidiano aspira a hacer lo mismo, sólo que se mantiene unos escalones más abajo de la complejidad de las religiones organizadas. Y cuando hablo de pensamiento mágico me estoy refiriendo a esos juegos mentales tan pueriles que de cuando en cuando nos permitimos. Como, por ejemplo, no creer absolutamente nada en los horóscopos, es más, incluso saber que muchos de ellos están hechos al tuntún por alguien que ni siquiera confía en la astrología (he trabajado en revistas en las que, cuando se retrasaba la colaboración zodiacal, simplemente volvían a publicar cualquier pronóstico del año anterior), pero, aun así, experimentar cierta ínfima alegría si por casualidad lees un augurio estupendo para tu signo. Somos como niños.
Y dentro de esa necesidad infantil de orden y consuelo ocupan un lugar especial las coincidencias. Que lance la primera piedra aquella persona que jamás haya jugueteado con una coincidencia y con el estupendo alivio que produce. Ahora estoy de racha, nos decimos al jugar a las cartas, e intentamos apurar nuestra suerte. Voy a ser feliz en este piso porque el edificio tiene el mismo número que el portal de la casa de mi infancia, pensamos, sin atrevernos a enunciarlo en voz alta, cuando llevamos meses buscando un apartamento al que mudarnos. También puede tratarse de una coincidencia negativa, como, por ejemplo, tener un mal presentimiento antes de un viaje porque en la última semana se han caído tres aviones en el mundo. Después resulta que la racha de suerte se acaba y perdemos la partida de cartas, que alquilamos el piso y es un desastre, que nos vamos de viaje y, por fortuna, no pasa nada malo. Todo lo cual no nos sorprende, porque, por supuesto, no creemos en esas zarandajas. Pero, ah, qué tenaz es el pensamiento mágico que se agazapa detrás de nuestra razón. Qué grande nuestra necesidad de buscarle explicaciones al caos de la vida. De encontrar un mapa en las tinieblas.


Alguien me contó hace tiempo la historia de un niño de siete años que había perdido en un accidente de coche a toda su familia: su padre, su madre, sus dos hermanos. A raíz de la tragedia dejó de hablar y empezó a manifestar una extraña manía: llevaba siempre un cordelito y se dedicaba a atar las cosas unas con otras. La pata de la silla con la oreja de su conejo de trapo, el conejo con la manga de un jersey, el jersey con el fuste de una lámpara. Anudaba los objetos, claro, para que no se perdieran. Para que no desaparecieran también ellos en la negrura. Pues bien, nuestro amor por las coincidencias sería algo semejante… El hilito que va uniendo la realidad para que la vida no se desbarate en la vorágine. Un camino hecho de migas en mitad de un mundo proceloso.


Y lo más gracioso es que donde más se manifiesta esa debilidad por las coincidencias es, me parece, en el amor. Tal vez porque el amor pasión ya forma parte por sí mismo del pensamiento mágico. Y así, cuando conocemos a un hombre o a una mujer que nos interesa, nos suele emocionar muchísimo cualquier pequeño detalle compartido, cualquier casualidad que aparentemente nos relacione. ¡Es alucinante! ¿Te quieres creer que de niños vivíamos en el mismo barrio, sin conocernos? O bien: ¡Es alucinante! ¿Sabes que tenemos exactamente el mismo modelo de coche? O quizá: ¡Es alucinante! ¿Te he dicho que me telefoneó justo cuando estaba pensando en volver a llamarle? Todo, hasta la coincidencia más nimia (si se rebusca bien, siempre se encuentra alguna), nos parece alucinante, y prodigioso, y espectacular, una prueba inequívoca de que estamos hechos el uno para el otro, de que los hados han cruzado nuestros caminos, de que el destino existe aunque no hubiéramos creído en él hasta ese momento. Luego, claro, infinidad de veces esa supuesta predestinación se va al garete, la pareja no funciona y la historia se acaba. Y a nosotros se nos olvidan inmediatamente las coincidencias compartidas, se nos olvida que nos creímos marcados por la magia. Y volvemos a ser racionales por un tiempo, hasta que se nos encienda otra vez el corazón y nos pongamos a anudar la realidad con cordelitos.

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