El prestigio literario del Vaticano no se deriva de los dogmas etéreos sino de los misterios que emanan de sus sótanos conectados con las pasiones más turbias.
Los católicos deben enfrentarse a dos clases de misterios: los que se derivan de la teología propiamente dicha y los que anidan en los bajos fondos del Vaticano. A los no creyentes les trae sin cuidado que Dios sea uno y trino, o que la Virgen fuera concebida sin pecado, pero les excita sobremanera que Roberto Calvi, el causante de la quiebra del Banco Ambrosiano, apareciera colgado del puente de los Frailes Negros de Londres. Más que la sagrada comunión a los agnósticos les interesa saber qué clase de brebaje le dieron a probar al Papa Luciani, poco después de ser elegido, para mandarlo a los cielos por la vía rápida. Es irrelevante el hecho de que el Espíritu Santo sea una paloma; en cambio resultaría más morboso si se demostrara que realmente se trata de uno de esos cuervos que en este momento revolotean por las dependencias privadas del Papa Ratzinger y que tienen la habilidad de abrir los armarios más secretos con el pico. Decía Borges que la teología es la rama más excelsa de la ciencia ficción. Este encaje de bolillos mentales no es nada comparado con el realismo sucio del perverso arzobispo Marzinkus, llamado el banquero de Dios, huido por los pasadizos oscuros de la Iglesia Romana a uña de caballo como los antiguos condes facinerosos se fugaban del castillo después de una reyerta. El prestigio literario del Vaticano no se deriva de los dogmas etéreos sino de los misterios que emanan de sus sótanos conectados con las pasiones más turbias. A este caudal de inspiración contribuyeron los Borgia, cuyo veneno o, en su defecto, el certero puñal, no han dejado de producir literatura a lo largo de la historia, no tan profunda, aunque más intensa, que de la de san Agustín y otros padres de la Iglesia. En la actualidad los cardenales y obispos pedófilos, los fundadores de sectas religiosas que llevan una vida depravada, las conexiones de los sagrados dicasterios con la Mafia son los que dotan a la sopa teológica de la grasa más sustanciosa del puchero. Si el Vaticano fuera una entidad aséptica, literariamente sería anodina. Son sus sótanos los que mueven la imaginación de la gente y la obliga a dirigir la atención a los grumosos enredos del papado, que nada tienen que ver con el misterio de la fe sino con el laberinto de la miseria humana.
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Un manual para pensar en libertad - Juan Goytisolo
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Alea
La conversión al cristianismo del emperador Constantino el Grande y el Concilio de Nicea son el origen de la vieja contradicción existente entre la nueva fe católica y el rico legado de la filosofía helénica, entre las supuestas verdades dogmáticas envueltas en un halo de misterio y los postulados expuestos a partir de la experiencia y el conocimiento asequibles en el tiempo en el que fueron formulados. Las primeras son por esencia inamovibles aunque, como sabemos -y Fernando Montaña Lagos, el autor de Adiós a dios se encarga de recordárnoslo-, la acumulación de evidencias que las impugnan obliguen a cada paso a la Iglesia a cancelarlas a regañadientes mientras que las hipótesis derivadas del saber racional se cuestionan a sí mismas, pueden rectificarse y progresan conforme se amplían los instrumentos científicos de que disponen quienes las avanzan. Se puede creer y se puede conocer: cada cual es libre de escoger su camino. Pero la Iglesia -y en general todas las religiones- ha mostrado siempre una manifiesta aversión a las verdades fundadas en la razón y ha procurado desterrarlas con el fuego o la espada a lo largo de la historia.
El olvido impuesto al saber clásico existente en Grecia, Roma y Alejandría por sucesivos Concilios eclesiales abrió las puertas a una ignorancia secular de su legado hasta su reaparición en la Península gracias a las traducciones árabes y su traslado al castellano durante el reinado de Alfonso el Sabio. La entronización de una fe única y la condena del recurso al pensamiento basado en la razón y la experiencia por parte de Pablo de Tarso y Agustín de Hipona significó un verdadero salto mortal del que la cristiandad tardó en recuperarse más de siete siglos.
¿Quién puede creer a estas alturas que Dios creó el mundo en seis días y, sin seguridad social alguna, descansó el séptimo? En cuanto al parque temático en el que Adán y Eva discurrían apaciblemente sus días hasta la irrupción de la serpiente y la tentadora manzana, ¿tiene algún viso de verosimilitud? Eva, la maldita Eva causante de todos nuestros males por su deseo razonable de acceder al conocimiento del bien y del mal, ¿merecía el brutal castigo de la expulsión con su pareja del paraíso y la subsiguiente condena de la especie humana al sufrimiento y la muerte? Pero la inquina de Jehová a la voluntad de saber de sus criaturas no se limita a este tebeo profusamente ilustrado generación tras generación. Cuando mucho más tarde -no hay cronología posible en el relato del Génesis- asiste a la construcción de la torre de Babel y comprueba indignado que sus criaturas se arrogan la facultad de decidir y se entienden entre sí para elaborar un proyecto común, resuelve al punto bajar a la Tierra, confunde sus lenguas y las dispersa como insectos. Lo mismo podría decirse de la fábula del diluvio universal y el arca de Noé que, como nos recuerda el autor de Adiós a dios, tiene claros precedentes en cosmogonías anteriores, siempre con un Dios colérico y vengativo: cuentos de hadas, observa irónicamente Einstein, "bastante infantiles".
Citaré para terminar este capítulo bíblico el castigo divino a las ciudades malditas del Mar Muerto, con la sabrosa historieta de los pobrecillos ángeles, su acoso por los bujarrones sodomitas, los apuros de Lot y su mujer convertida en estatua de sal (¡siempre la reprobadora curiosidad femenina y la misoginia que envuelve el corpus bíblico y el de la doctrina católica!) leyenda en la que nuestra santa madre Iglesia cree a pies juntillas.
La medicina y la astronomía fueron miradas siempre por Roma con sospecha e inquietud, como algo contingente y ajeno a la suprema verdad revelada. La condena de la cirugía por el Papa Inocencio III con el chistoso pretexto de que Ecclesia abhorret sanguine, mientras se enzarzaba en guerras de conquista, perseguía con saña a los albigenses y tomaba la iniciativa de la cuarta cruzada, y lo sucedido cuatro siglos más tarde primero a Giordano Bruno y luego a Galileo, quien abjuró de sus malignos conocimientos para no perecer también en la hoguera, revelan con elocuencia la contradicción insoluble entre la fe religiosa y la verdad científicamente demostrable.
De seguir como corderos del Señor las encíclicas papales al hilo del tiempo, continuaríamos confiando la curación de nuestros cuerpos enfermos a la Virgen María o a los santos y curas milagreros, y pensando que nuestro planeta es plano, ombligo del universo y que fue creado hace unos 6.000 años.
La animadversión de Roma a la filosofía, la ciencia, el teatro e incluso a la especulación mística o teológica ajena al dogma revelado está bien probada en las actas de los Concilios. La documentación relativa a los procesos inquisitoriales en nuestra Península es un precioso inventario de quienes se atrevieron a reflexionar por su cuenta. Erasmo, Montaigne, Descartes, Pascal, Spinoza, etcétera, elaboraron sus doctrinas al margen y a contrapelo de la Iglesia. Ésta conservó mientras pudo su poder de despachar al infierno a quienes juzgaba herejes o incrédulos, pero la evolución del mundo político y cultural europeo (con la significativa excepción hispana) redujo en la práctica el alcance de sus sentencias. A falta de ello, incluyó en el Índice de libros prohibidos, cuya lectura castigaba con la excomunión, a los enciclopedistas y librepensadores que propiciaron la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre. "¡No puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres!", replicó en 1791 Su Santidad Pío VI. Tras sus desdichas (fue hecho prisionero por el Directorio revolucionario y conducido a Francia en donde murió) y las de su sucesor (obligado por Napoleón a coronarle emperador en París) las cosas no mejoraron. León XII exhortó a las recién creadas repúblicas de la América hispana a que abandonaran sus funestas y tenebrosas doctrinas independentistas y a que volvieran al regazo de su amantísimo soberano Fernando VII. Como aquejada de demencia senil -la imagen no es mía sino de Blanco White- fulminó con sus anatemas a cuantos, fuera de su rebaño, apuntaban con el dedo a tal sarta de disparates -condena del liberalismo, de la democracia, de la igualdad social...- y predicaban la mejora de las condiciones de vida de la sociedad civil en vez de buscar la beatitud eterna. En vano proclamó Pío IX el dogma de la infalibilidad pontificia. Los desatinos papales prosiguieron y cualquier lector puede consultar su larga lista a través de Internet.
Como señala el autor de Adiós a dios, la teoría de la evolución de las especies de Darwin y los avances de la ciencia en los dos pasados siglos asestaron un golpe definitivo a la presunta infalibilidad eclesial. La condena a quienes difunden "doctrinas y prácticas inaceptables", esto es, de todo el progreso del conocimiento que contradice sus dogmas en vez de creer "en el misterio de la Redención" y en "la anticipación del Paraíso y prenda de la gloria futura" por Juan Pablo II, no convencen sino a los convencidos.
Sobre la tenaz misoginia de la Iglesia; sus negocios turbios (léase el excelente artículo del corresponsal de este diario en Roma, La nobleza negra del Vaticano del 27-6-2010); la espectacular mercadotecnia wojtyliana; el absurdo celibato eclesiástico; la condena indignante de los preservativos para contener la pandemia del sida; la "guerra de Dios" contra el "proyecto del demonio" (léase el matrimonio homosexual) mientras emergen a diario a la superficie de sus aguas pútridas los escándalos de la pedofilia encubierta de sus miembros, etcétera, los lectores del libro de Montaña Lagos hallarán una información detallada propia de un verdadero manual de pensar en libertad.
En un país en donde un Estado nominalmente laico mantiene los exorbitantes privilegios económicos de una Iglesia que invoca tal vez el ejemplo de Pablo en su Epístola a los Corintios -"si nosotros hemos sembrado en vosotros riquezas espirituales, ¿será mucho que cosechemos cosas de este mundo?"- para preservar su puesto de primera fortuna en bienes muebles e inmuebles de la Península y tras el breve desvío de Pablo VI y del Segundo Concilio Vaticano, vuelve a las fuentes más puras en las que bebió durante la Cruzada de Franco y clama hoy contra la odiosa "dictadura del relativismo" por boca del cardenal Rouco Varela, los lectores de Adiós a dios no podrán sino compartir la certera observación de su autor: "Vivimos en un mundo nuevo ataviados andrajosamente con un ropaje moral antiguo".
El olvido impuesto al saber clásico existente en Grecia, Roma y Alejandría por sucesivos Concilios eclesiales abrió las puertas a una ignorancia secular de su legado hasta su reaparición en la Península gracias a las traducciones árabes y su traslado al castellano durante el reinado de Alfonso el Sabio. La entronización de una fe única y la condena del recurso al pensamiento basado en la razón y la experiencia por parte de Pablo de Tarso y Agustín de Hipona significó un verdadero salto mortal del que la cristiandad tardó en recuperarse más de siete siglos.
¿Quién puede creer a estas alturas que Dios creó el mundo en seis días y, sin seguridad social alguna, descansó el séptimo? En cuanto al parque temático en el que Adán y Eva discurrían apaciblemente sus días hasta la irrupción de la serpiente y la tentadora manzana, ¿tiene algún viso de verosimilitud? Eva, la maldita Eva causante de todos nuestros males por su deseo razonable de acceder al conocimiento del bien y del mal, ¿merecía el brutal castigo de la expulsión con su pareja del paraíso y la subsiguiente condena de la especie humana al sufrimiento y la muerte? Pero la inquina de Jehová a la voluntad de saber de sus criaturas no se limita a este tebeo profusamente ilustrado generación tras generación. Cuando mucho más tarde -no hay cronología posible en el relato del Génesis- asiste a la construcción de la torre de Babel y comprueba indignado que sus criaturas se arrogan la facultad de decidir y se entienden entre sí para elaborar un proyecto común, resuelve al punto bajar a la Tierra, confunde sus lenguas y las dispersa como insectos. Lo mismo podría decirse de la fábula del diluvio universal y el arca de Noé que, como nos recuerda el autor de Adiós a dios, tiene claros precedentes en cosmogonías anteriores, siempre con un Dios colérico y vengativo: cuentos de hadas, observa irónicamente Einstein, "bastante infantiles".
Citaré para terminar este capítulo bíblico el castigo divino a las ciudades malditas del Mar Muerto, con la sabrosa historieta de los pobrecillos ángeles, su acoso por los bujarrones sodomitas, los apuros de Lot y su mujer convertida en estatua de sal (¡siempre la reprobadora curiosidad femenina y la misoginia que envuelve el corpus bíblico y el de la doctrina católica!) leyenda en la que nuestra santa madre Iglesia cree a pies juntillas.
La medicina y la astronomía fueron miradas siempre por Roma con sospecha e inquietud, como algo contingente y ajeno a la suprema verdad revelada. La condena de la cirugía por el Papa Inocencio III con el chistoso pretexto de que Ecclesia abhorret sanguine, mientras se enzarzaba en guerras de conquista, perseguía con saña a los albigenses y tomaba la iniciativa de la cuarta cruzada, y lo sucedido cuatro siglos más tarde primero a Giordano Bruno y luego a Galileo, quien abjuró de sus malignos conocimientos para no perecer también en la hoguera, revelan con elocuencia la contradicción insoluble entre la fe religiosa y la verdad científicamente demostrable.
De seguir como corderos del Señor las encíclicas papales al hilo del tiempo, continuaríamos confiando la curación de nuestros cuerpos enfermos a la Virgen María o a los santos y curas milagreros, y pensando que nuestro planeta es plano, ombligo del universo y que fue creado hace unos 6.000 años.
La animadversión de Roma a la filosofía, la ciencia, el teatro e incluso a la especulación mística o teológica ajena al dogma revelado está bien probada en las actas de los Concilios. La documentación relativa a los procesos inquisitoriales en nuestra Península es un precioso inventario de quienes se atrevieron a reflexionar por su cuenta. Erasmo, Montaigne, Descartes, Pascal, Spinoza, etcétera, elaboraron sus doctrinas al margen y a contrapelo de la Iglesia. Ésta conservó mientras pudo su poder de despachar al infierno a quienes juzgaba herejes o incrédulos, pero la evolución del mundo político y cultural europeo (con la significativa excepción hispana) redujo en la práctica el alcance de sus sentencias. A falta de ello, incluyó en el Índice de libros prohibidos, cuya lectura castigaba con la excomunión, a los enciclopedistas y librepensadores que propiciaron la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre. "¡No puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres!", replicó en 1791 Su Santidad Pío VI. Tras sus desdichas (fue hecho prisionero por el Directorio revolucionario y conducido a Francia en donde murió) y las de su sucesor (obligado por Napoleón a coronarle emperador en París) las cosas no mejoraron. León XII exhortó a las recién creadas repúblicas de la América hispana a que abandonaran sus funestas y tenebrosas doctrinas independentistas y a que volvieran al regazo de su amantísimo soberano Fernando VII. Como aquejada de demencia senil -la imagen no es mía sino de Blanco White- fulminó con sus anatemas a cuantos, fuera de su rebaño, apuntaban con el dedo a tal sarta de disparates -condena del liberalismo, de la democracia, de la igualdad social...- y predicaban la mejora de las condiciones de vida de la sociedad civil en vez de buscar la beatitud eterna. En vano proclamó Pío IX el dogma de la infalibilidad pontificia. Los desatinos papales prosiguieron y cualquier lector puede consultar su larga lista a través de Internet.
Como señala el autor de Adiós a dios, la teoría de la evolución de las especies de Darwin y los avances de la ciencia en los dos pasados siglos asestaron un golpe definitivo a la presunta infalibilidad eclesial. La condena a quienes difunden "doctrinas y prácticas inaceptables", esto es, de todo el progreso del conocimiento que contradice sus dogmas en vez de creer "en el misterio de la Redención" y en "la anticipación del Paraíso y prenda de la gloria futura" por Juan Pablo II, no convencen sino a los convencidos.
Sobre la tenaz misoginia de la Iglesia; sus negocios turbios (léase el excelente artículo del corresponsal de este diario en Roma, La nobleza negra del Vaticano del 27-6-2010); la espectacular mercadotecnia wojtyliana; el absurdo celibato eclesiástico; la condena indignante de los preservativos para contener la pandemia del sida; la "guerra de Dios" contra el "proyecto del demonio" (léase el matrimonio homosexual) mientras emergen a diario a la superficie de sus aguas pútridas los escándalos de la pedofilia encubierta de sus miembros, etcétera, los lectores del libro de Montaña Lagos hallarán una información detallada propia de un verdadero manual de pensar en libertad.
En un país en donde un Estado nominalmente laico mantiene los exorbitantes privilegios económicos de una Iglesia que invoca tal vez el ejemplo de Pablo en su Epístola a los Corintios -"si nosotros hemos sembrado en vosotros riquezas espirituales, ¿será mucho que cosechemos cosas de este mundo?"- para preservar su puesto de primera fortuna en bienes muebles e inmuebles de la Península y tras el breve desvío de Pablo VI y del Segundo Concilio Vaticano, vuelve a las fuentes más puras en las que bebió durante la Cruzada de Franco y clama hoy contra la odiosa "dictadura del relativismo" por boca del cardenal Rouco Varela, los lectores de Adiós a dios no podrán sino compartir la certera observación de su autor: "Vivimos en un mundo nuevo ataviados andrajosamente con un ropaje moral antiguo".
La nobleza del Vaticano : Vaticalia - Miguel Mora
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Personas del entorno del Papa están implicadas en los escándalos de corrupción de la Protección Civil y de Propaganda Fide. Ha nacido un sistema de poder mixto que mezcla lo laico y lo religioso, la Iglesia y el Estado, Italia y el Vaticano, la curia con la élite civil.
Los Gentilhombres de su Santidad forman parte de la familia pontificia como el comandante de la Guardia Suiza o los clérigos que trabajan con el Papa. Antes se llamaban Camareros de Capa y Espada, y los había secretos o de honor. En marzo de 1968, dos meses antes de que en París se prohibiera prohibir, en Roma Pablo VI abolió la Corte vaticana y creó los Gentilhombres. Montini escribió con un deje de pena: "Tanto en la Iglesia entera, especialmente después del concilio ecuménico Vaticano II, como en la opinión pública mundial se ha abierto camino una más atenta, digamos más celosa, sensibilidad sobre la preeminencia de los valores secamente espirituales, una exigencia de verdad, orden y realismo respecto a lo eficaz, funcional y lógico, frente a lo que es solo simbólico, decorativo y exterior".
Muerto el patriciado, parecía que la modernidad había llegado por fin al Vaticano. Y el papa trataba de explicarlo motu proprio: "Nuestra antigua y benemérita Corte -que ahora será designada únicamente con su original y noble apelativo de Casa Pontificia- seguirá resplandeciendo en su prestigio auténtico, comprendiendo a eclesiásticos y laicos que, además de su particular competencia y autoridad, se distingan por sus señalados servicios en el campo del apostolado, de la cultura, de la ciencia, de las distintas profesiones, por el bien de las almas y la gloria del nombre del Señor".
Que se sepa, los Gentilhombres de su Santidad no cobran del Vaticano, aunque a veces trabajan dando pompa a los ritos. Visten de negro riguroso y llevan la pechera del frac forrada de medallas. Altivos, huidizos y misteriosos, forman parte del club más exclusivo del mundo y tienen el rango más alto al que un laico puede aspirar en el Vaticano.
Hoy, la labor secreta de esta nueva nobleza negra es muy estimada en San Pedro. Su "competencia y autoridad" y sus "señalados servicios" suponen beneméritas acciones para la Santa Sede. En algunos casos, se diría que el requisito básico para entrar en el club es ayudar a engordar las arcas del Estado pontificio, el paraíso fiscal más rico, mejor decorado y más visitado del mundo.
Algunos gentilhombres son verdaderos prodigios de las finanzas. Tomemos a Herbert Batliner, por ejemplo. Nacido en 1928 en Liechtenstein, está considerado por la policía alemana uno de los mayores expertos en crear sociedades fiscalmente opacas, un gran especialista en lavar dinero negro. Batliner es uno de los banqueros que mueven en la sombra las finanzas vaticanas. El presidente de la Fundación Peter Kaiser lleva décadas trabajando en silencio por el bien de la Europa cristiana. Al menos desde 1970. Fue nombrado gentilhombre por Juan Pablo II en 1998, y lo sigue siendo todavía.
En el año 2000, según ha revelado un reciente reportaje de La Repubblica, un empleado del estudio de Batliner entregó a la Fiscalía de Bochum (Alemania) un CD lleno de datos secretos. En ese momento fue calificado como el rey de los evasores fiscales en un informe del servicio secreto alemán, que definió el "sistema Batliner" como un mecanismo que durante años había sustraído al fisco al menos 250 millones de euros.
A pesar de lo anterior, el 9 de septiembre de 2006, Batliner se encontró con el Papa Joseph Ratzinger en Ratisbona. Batliner llegó hasta allí para donar en persona a la iglesia local un órgano valorado en 730.000 euros. Sobre él pesaba una orden de busca y captura de la policía alemana. Pero logró entrar en el país gracias a los buenos oficios de la diplomacia vaticana. Y no fue detenido. Apenas un año después, en el verano de 2007, Batliner admitió sus culpas y pactó con el Estado alemán, aceptando pagar una multa de dos millones de euros. Cinco años antes, la Corte Suprema de Liechtenstein confirmó en una sentencia que Batliner ya era en 1990 el fiduciario del ecuatoriano Hugo Reyes Torres, señalado como jefe mafioso de la droga, que mientras tanto fue condenado.
Mientras Ratzinger predica en sus homilías y encíclicas la ética de la economía y clama contra los especuladores y "los sacerdotes que tratan de hacer carrera para enriquecerse", algunos miembros de este club de caballeros parecen llevarle la contraria.
No todos, claro. En el club laico papal figuran 147 notables. Aunque el título es vitalicio, el Papa puede revocarlo cuando lo considere oportuno. A Batliner no lo ha echado todavía. Pero a Angelo Balducci, sí.
Balducci es un ingeniero que durante 25 años se encargó de ejecutar las obras públicas en la región del Lazio, donde se hallan Roma y el Vaticano. De ahí pasó al Gobierno central como responsable del Consejo Superior de Obras Públicas. Tras una vida dedicada a mejorar las infraestructuras italianas y vaticanas, Balducci, de 62 años, vive ahora en la cárcel romana de Regina Coeli.
Desde febrero, Balducci es el principal imputado en el escándalo de corrupción de la todopoderosa Protección Civil italiana, que de momento tiene a más de 50 personas imputadas o bajo investigación. Desde 2001 hasta ahora, el superministerio que depende de la Presidencia del Gobierno ha gastado fondos públicos por valor de 13.000 millones de euros, según el último informe de la Autoridad para la Vigilancia de los Contratos Públicos.
El dinero era gestionado por el jefe de la Protección Civil, el secretario de Estado Guido Bertolaso, también acusado de corrupción, y por el ejecutor de las obras, Balducci, gracias a una argucia autorizada por el primer ministro, Silvio Berlusconi, para superar la maldita burocracia y afrontar las emergencias con más rapidez: la licitación de contratas públicas se hacía sin concurso, a dedo, derogando los procedimientos ordinarios.
Ese trato especial creó un monstruo de mil cabezas. La Protección Civil de Berlusconi no solo se encarga de las calamidades. También organiza pruebas deportivas como el Mundial de natación, cumbres internacionales como la del G-8, restauraciones de museos y teatros, y todo tipo de actividades religiosas.
La investigación de los fiscales de Perugia vinculó desde el principio a la Iglesia católica con la trama corrupta. Descubrió, por ejemplo, que el cura Evaldo Biasini, de 83 años, gerente de la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre de Jesús, guardaba grandes cantidades de dinero en efectivo para el constructor Diego Anemone, a quien los fiscales acusan de haber recibido numerosas contratas de la Protección Civil a cambio de comisiones, regalos y favores de toda condición, desde masajes en su club deportivo hasta reformas de pisos. Desde aquel día, el anciano Don Evaldo ha pasado a ser conocido como "Don Bancomat" (don cajero automático).
El "sistema gelatinoso", como lo definieron los fiscales en su escrito de acusación, "toca nombres de gran espesor institucional" y se expande por diferentes vías pías. La lista de eventos católicos organizados por la Protección Civil y pagados en estos años por el contribuyente italiano es larga, desde la Gira por Italia del Papa en el Año Paulino hasta las exequias de Juan Pablo II o las canonizaciones del Padre Pío y de San Josemaría Escrivá.
Balducci fue nombrado gentilhombre por el Papa Wojtyla en 1995. Quince años después ha caído en desgracia y el Vaticano se ha visto obligado a cancelar su nombre del Anuario Pontificio. Pero su pecado, irónicamente, no fue robar. Balducci solo fue tachado de la lista cuando se hizo público que recurría a menudo a un tenor africano de la coral suplente de San Pedro para que le organizara citas con jóvenes seminaristas y sin papeles. Las escuchas telefónicas interceptadas al corista y el gentilhombre eran de este estilo: "Tengo un bailarín de la RAI". "Tengo un negro...".
Como Balducci, los caballeros papales destacan por sus contactos, su poderío y su patrimonio. En el índice abundan los banqueros, empresarios, príncipes, políticos y diplomáticos. Italia encabeza de largo la lista, con 114 gentiluomini. Les siguen, con siete, Estados Unidos, y con cinco, Austria y España.
Pocos meses después de llegar al trono en 2005, Benedicto XVI nombró sus primeros siete gentilhombres. Aunque la doctrina y la teología son los asuntos favoritos del Papa alemán, también le preocupa la eficacia organizativa. En esa primera lista apareció el personaje central de las peligrosas amistades Iglesia-Estado. Se trata del periodista y político Gianni Letta, de 75 años, secretario de Estado de Presidencia del Gobierno y número dos de facto del Ejecutivo de Berlusconi en 1994, 2001 y 2008, mentor y protector de Guido Bertolaso, heredero del estilo y el arte para la fontanería política de Giulio Andreotti.
Curiosamente, el poderoso Letta se convirtió en gentilhombre muchos años más tarde que el anónimo técnico Balducci. Ex forense, ex director de Il Tempo y ex periodista de Mediaset, vicepresidente de Fininvest Comunicaciones, supervisor de los servicios secretos y consejero externo de Goldman Sachs para inversiones en Italia, Letta es quizá el único berlusconiano que adora negociar. Se lleva bien con todos, y se comenta que es el único político italiano capaz de contentar a la masonería y al Opus Dei. Es el gran mediador, el hombre que levanta el teléfono cuando hay problemas.
Y su referente en la Curia es Ratzinger. "Bajo su apariencia de hombre religioso, la factura que pasa Letta al Vaticano es la más discreta, pero también la más cara", afirma el sacerdote y vaticanista Filippo di Giacomo. "El doctor Letta tiene tanto poder que se permite nombrar obispos a su conveniencia, como hizo hace unos meses en L'Aquila al promover a su amigo Giovanni d'Ercole".
En el plano familiar, Letta no está solo. Su sobrino Enrico es un alto dirigente católico del Partido Demócrata. Su hija Marina está casada con el restaurador Ottaviani: suyo es el monopolio de los caterings de la Protección Civil. Hasta ahora, el nombre de Letta solo ha aparecido de forma colateral en las 410.000 llamadas telefónicas que los fiscales tienen depositadas en Perugia. Aunque en noviembre de 2008 fue imputado por abuso de poder y estafa en un asunto que parece distinto pero no lo es tanto: supuestamente, medió a favor de una cooperativa del movimiento Comunión y Liberación para la contrata de un centro de asistencia para inmigrantes.
Cuando se destapó el caso de la Protección Civil, el Papa dedicó a Letta un "pensamiento especial" durante un discurso público. Cosa infrecuente, que significa: es un amigo. ¿Cómo se explica esa condescendencia en un Papa tan estricto? Según el filósofo Paolo Flores d'Arcais, el problema de Ratzinger es que está atrapado en un dilema existencial e histórico. "Estoy convencido de que su voluntad de limpiar la Iglesia de los dos pecados capitales, sexo y dinero, es seria", dice el director de la revista Micromega. "Su línea es la del concilio de Trento: dogmatismo a ultranza y ataque a los comportamientos inmorales. Quiere acabar con los curas pederastas y los prelados corruptos. Pero hacerlo supone un imposible: sentar en el banquillo a Wojtyla. Y eso no es tan fácil como pedir perdón por la condena a Galileo. Supondría reconocer que su antecesor encubrió a Paul Marcinkus (presidente del Banco vaticano IOR entre 1971 y 1989) y a Marcial Maciel (dirigente de los Legionarios de Cristo). Limpiar de verdad le obligaría a sacar a la luz porquería a granel y a despedir a media curia. Pero si no lo hace, la Iglesia seguirá perdiendo credibilidad. Ese es su dilema".
Letta es el perno de la alianza de Berlusconi con el cardenal Camillo Ruini, ex jefe de la Conferencia Episcopal Italiana y creador del proyecto cultural que ayudó a arrebatar a la izquierda la hegemonía intelectual e informativa en Italia. Cuando la Democracia Cristiana desapareció en 1993 bajo el seísmo de Tangentópolis (el escándalo de las comisiones de los partidos), sus componentes se repartieron entre Forza Italia y la católica Margarita del centro-izquierda. Luego, el católico Romano Prodi nombró a Guido Bertolaso jefe de la Protección Civil en 1996. Y el católico Francesco Rutelli, ex alcalde de Roma, puso a trabajar juntos a Balducci y a Bertolaso en el Año Santo del Jubileo.
Allí nació el sistema gelatinoso. El cardenal Crescenzio Sepe, que acaba de ser imputado por corrupción, era el secretario general del comité organizador jubilar. El Año Santo fue una mayonesa de negocios, obras, subvenciones, regalos, silencios y favores que ligó a altos funcionarios públicos con la curia del Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
Protegido de Wojtyla, Sepe, ahora arzobispo de Nápoles, fue entre 2001 y 2006 el responsable de Propaganda Fide, hoy llamada Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Es el ministerio vaticano que se encarga de financiar las misiones y de gestionar el patrimonio inmobiliario vaticano. Y su asesor principal era Angelo Balducci.
La acusación sostiene que el cardenal Sepe concedió gratis uno de los 2.000 apartamentos que Propaganda Fide posee en Roma al jefe de la Protección Civil, Guido Bertolaso. Y que además vendió en 2004 un lujoso palacete romano a precio de ganga (entre tres y cuatro millones de euros, cuando valía nueve o diez) al entonces ministro de Infraestructuras, Pietro Lunardi, también acusado formalmente por esa operación. La hipótesis de los fiscales es que, a cambio, Lunardi financió con dinero estatal de la sociedad Arcus obras millonarias de Propaganda Fide que nunca fueron realizadas.
El cardenal se ha defendido acusando a sus superiores: "La Administración vaticana aprobó todas las operaciones", ha dicho. E insiste en considerarse un mártir: "Trabajé siempre con transparencia y por el bien de la Iglesia, una Iglesia siempre perseguida". Según Sepe, fue Francesco Silvano, otro de sus asesores en Propaganda Fide, miembro de Comunión y Liberación y actual ecónomo del arzobispado de Nápoles, quien le recomendó prestar y malvender las propiedades.
La investigación ha revelado que los pisos son el principal objeto de intercambio de favores entre Italia y el Vaticano. Jefes de los servicios secretos, de la Policía Fiscal, de los Carabineros, magistrados, políticos, empresarios y el propio Bruno Vespa, el periodista favorito de Berlusconi y de Wojtyla, viven o han vivido en apartamentos de Propaganda Fide.
El cardenal Sepe fue apartado de Propaganda Fide por Benedicto XVI, en lo que hoy parece un intento de alejar a la curia italiana, y a Comunión y Liberación, de la gestión inmobiliaria. Tras cinco años de papado, es un secreto a voces que Ratzinger no se fía de su curia, si exceptuamos un pequeño puñado de fieles. Aunque ha ido relevando al núcleo duro de Wojtyla, el Gobierno vaticano sigue en manos de grupos como el Opus Dei -sus portavoces se empeñan en negarlo-, la citada Comunión y Liberación y los Legionarios de Cristo, aunque hoy esté a punto de desaparecer como movimiento carismático para pagar por los delitos de su fundador.
Los movimientos eclesiales han ganado peso en el Vaticano desde el último concilio. En apariencia solidarios, luchan por el control de los mejores puestos y negocios, y en la refriega olvidan lo que haga falta del Evangelio y se dedican a un ajuste de cuentas permanente, mientras los creyentes asisten atónitos al espectáculo.
Los laicos eclesiales controlan amplios sectores de la política, la información, la empresa, la caridad, la educación, la sanidad y la magistratura. En Roma ejercen una influencia cada vez mayor, en estrecha y democrática connivencia con el centro-derecha ateo-devoto, pero también con la lánguida oposición del Partido Democrático y la curia de los buenos y felices tiempos del Papa viajero.
La fragilidad de las órdenes religiosas, castigadas por la escasez de vocaciones, ha favorecido la sofocante presencia de los laicos. "En 1998, Ratzinger alentó la integración laica durante un congreso organizado por Wojtyla", recuerda Paolo Ciani, miembro de la Comunidad de San Egidio, un movimiento eclesial que cuenta con 50.000 voluntarios repartidos por el mundo y solo 25 empleados. "Ratzinger releyó la experiencia de las órdenes religiosas y monásticas junto a la de los movimientos eclesiales, y reconoció a estas, con su dinamismo y competencia, un papel en la Iglesia. El mensaje era que para sobrevivir había que fiarse del rebaño fiel".
Hoy, la Curia romana es una ingobernable y anquilosada maquinaria que cuesta anualmente al Vaticano 102,5 millones de euros. La estructura depende de la Secretaría de Estado, una suerte de consejo de administración con un presidente (el secretario de Estado) y un director general (el sustituto), las dos únicas personas que tienen acceso directo al despacho del Papa. En el Vaticano trabajan 2.748 personas. De ellas, 778 son eclesiásticos, frente a 333 religiosos y 1.637 laicos (de estos, 425 son mujeres).
Los laicos han tomado el poder cooptando a obispos y cardenales menos cristianos de lo que se supone. "La nulidad de la curia se debe a su falta de formación y a su exceso de italianidad", explica el sacerdote y canonista Filippo di Giacomo. "De las diócesis llega el personal con cuentagotas porque a los obispos les cuesta enviar a sus mejores hombres. Las órdenes, antes cantera privilegiada de inteligencia y talento, tienen cada vez menos materia gris a la que recurrir. Los buenos llegan a obispos, y a la curia solo llega lo peor de cada familia".
Así ha nacido un sistema de poder mixto que confunde lo laico y lo religioso, la Iglesia y el Estado, Italia y el Vaticano, la curia con la élite civil. El sistema se basa en un enorme poder económico, sensación de impunidad, gusto por la omertà y el encubrimiento y la capacidad de infiltración.
La ambición de ese sistema es lograr la fusión fría entre Italia y el Vaticano. En sus esquemas mentales, esta nueva curia negociante y carnal no visualiza dos Estados, sino un único país que se podría llamar, abreviando, Vaticalia. " ¡Imposible fiarse de truhanes que usan a Dios para colmar su atrofiada vanidad!", dice el cura genovés Paolo Farinella.
La gran caja fuerte laica del momento se llama Comunión y Liberación (CL). Nacida en 1954 y denominada así desde 1969, está presente en 70 países; en Italia controla empresas, medios de información, diócesis, colegios, universidades, hospitales privados y públicos, e incluso un holding de cooperativas sociales, Auxilium, que gestiona varios centros de identificación y expulsión de inmigrantes para el Ministerio del Interior.
"Desde hace 20 años, CL es el brazo clerical de la ultraderecha milanesa", explica Di Giacomo. "Su estrategia es cultural y política. Sus curas pueblan los seminarios lombardos; sus prelados se movilizan lo que haga falta". Afirma también que sus jefes ideológicos dictan la ley en diferentes periódicos y que su presencia es constante en televisiones y radios: "Mandan a derecha e izquierda".
Roberto Formigoni es desde hace 15 años presidente de Lombardía, la región italiana con la renta más alta de Europa junto con la de París-Ile de France. Pertenece de pleno derecho, y no lo oculta, a Comunión y Liberación. Eso podría permitirle incluso aspirar a suceder a Berlusconi. En los últimos meses, el gobernador ha repartido entre los hombres de CL, más conocida como I cielini (los cielitos), los puestos fundamentales de la organización de la Expo de Milán 2015. Un paraíso de contratos públicos, privados y mixtos en el que la magistratura ha detectado ya la penetración de las mafias.
Casi cada día salen a la luz nuevas amistades peligrosas. Hace unas semanas, los jueces enviaron una comisión rogatoria al Vaticano porque sospechan que el tesoro oculto de la cricca (la banda) gelatinosa puede estar depositado en el IOR (Instituto para las Obras Religiosas). Y esta semana han reclamado por vía oficial los documentos de Propaganda Fide, la inmobiliaria de la Santa Sede.
Aunque el trabajo de los fiscales es exhaustivo, en Vaticalia se sabe que no lo tendrán fácil para apurar la verdad. El Vaticano sigue siendo un paraíso fiscal, el concordato le concede amplias cuotas de inmunidad y las cuentas secretas que prosperan a la sombra del IOR, la APSA (Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica), la vieja Propaganda Fide y un largo número de sociedades participadas son el secreto mejor custodiado.
Pese a las apelaciones a la limpieza de Raztinger, las cosas no parecen haber cambiado mucho. Aquí los misterios se resuelven con tiempo. Con mucho tiempo. Balducci es de momento el gran chivo expiatorio. Durante 15 años, nadie vio nada ni sospechó nada: era un gentilhombre y las campanas tocaban a omertà. Hoy se habla de él, pero pronto todo volverá a su ser y la gelatina seguirá extendiéndose. A día de hoy, junio de 2010, los italianos todavía no tienen una ley de parejas de hecho; los inmigrantes sin papeles son considerados delincuentes y no se respeta el derecho de asilo; los homosexuales son agredidos cada día por la calle, y las mujeres que quieren someterse a inseminación artificial deben emigrar.
Los Gentilhombres de su Santidad forman parte de la familia pontificia como el comandante de la Guardia Suiza o los clérigos que trabajan con el Papa. Antes se llamaban Camareros de Capa y Espada, y los había secretos o de honor. En marzo de 1968, dos meses antes de que en París se prohibiera prohibir, en Roma Pablo VI abolió la Corte vaticana y creó los Gentilhombres. Montini escribió con un deje de pena: "Tanto en la Iglesia entera, especialmente después del concilio ecuménico Vaticano II, como en la opinión pública mundial se ha abierto camino una más atenta, digamos más celosa, sensibilidad sobre la preeminencia de los valores secamente espirituales, una exigencia de verdad, orden y realismo respecto a lo eficaz, funcional y lógico, frente a lo que es solo simbólico, decorativo y exterior".
Muerto el patriciado, parecía que la modernidad había llegado por fin al Vaticano. Y el papa trataba de explicarlo motu proprio: "Nuestra antigua y benemérita Corte -que ahora será designada únicamente con su original y noble apelativo de Casa Pontificia- seguirá resplandeciendo en su prestigio auténtico, comprendiendo a eclesiásticos y laicos que, además de su particular competencia y autoridad, se distingan por sus señalados servicios en el campo del apostolado, de la cultura, de la ciencia, de las distintas profesiones, por el bien de las almas y la gloria del nombre del Señor".
Que se sepa, los Gentilhombres de su Santidad no cobran del Vaticano, aunque a veces trabajan dando pompa a los ritos. Visten de negro riguroso y llevan la pechera del frac forrada de medallas. Altivos, huidizos y misteriosos, forman parte del club más exclusivo del mundo y tienen el rango más alto al que un laico puede aspirar en el Vaticano.
Hoy, la labor secreta de esta nueva nobleza negra es muy estimada en San Pedro. Su "competencia y autoridad" y sus "señalados servicios" suponen beneméritas acciones para la Santa Sede. En algunos casos, se diría que el requisito básico para entrar en el club es ayudar a engordar las arcas del Estado pontificio, el paraíso fiscal más rico, mejor decorado y más visitado del mundo.
Algunos gentilhombres son verdaderos prodigios de las finanzas. Tomemos a Herbert Batliner, por ejemplo. Nacido en 1928 en Liechtenstein, está considerado por la policía alemana uno de los mayores expertos en crear sociedades fiscalmente opacas, un gran especialista en lavar dinero negro. Batliner es uno de los banqueros que mueven en la sombra las finanzas vaticanas. El presidente de la Fundación Peter Kaiser lleva décadas trabajando en silencio por el bien de la Europa cristiana. Al menos desde 1970. Fue nombrado gentilhombre por Juan Pablo II en 1998, y lo sigue siendo todavía.
En el año 2000, según ha revelado un reciente reportaje de La Repubblica, un empleado del estudio de Batliner entregó a la Fiscalía de Bochum (Alemania) un CD lleno de datos secretos. En ese momento fue calificado como el rey de los evasores fiscales en un informe del servicio secreto alemán, que definió el "sistema Batliner" como un mecanismo que durante años había sustraído al fisco al menos 250 millones de euros.
A pesar de lo anterior, el 9 de septiembre de 2006, Batliner se encontró con el Papa Joseph Ratzinger en Ratisbona. Batliner llegó hasta allí para donar en persona a la iglesia local un órgano valorado en 730.000 euros. Sobre él pesaba una orden de busca y captura de la policía alemana. Pero logró entrar en el país gracias a los buenos oficios de la diplomacia vaticana. Y no fue detenido. Apenas un año después, en el verano de 2007, Batliner admitió sus culpas y pactó con el Estado alemán, aceptando pagar una multa de dos millones de euros. Cinco años antes, la Corte Suprema de Liechtenstein confirmó en una sentencia que Batliner ya era en 1990 el fiduciario del ecuatoriano Hugo Reyes Torres, señalado como jefe mafioso de la droga, que mientras tanto fue condenado.
Mientras Ratzinger predica en sus homilías y encíclicas la ética de la economía y clama contra los especuladores y "los sacerdotes que tratan de hacer carrera para enriquecerse", algunos miembros de este club de caballeros parecen llevarle la contraria.
No todos, claro. En el club laico papal figuran 147 notables. Aunque el título es vitalicio, el Papa puede revocarlo cuando lo considere oportuno. A Batliner no lo ha echado todavía. Pero a Angelo Balducci, sí.
Balducci es un ingeniero que durante 25 años se encargó de ejecutar las obras públicas en la región del Lazio, donde se hallan Roma y el Vaticano. De ahí pasó al Gobierno central como responsable del Consejo Superior de Obras Públicas. Tras una vida dedicada a mejorar las infraestructuras italianas y vaticanas, Balducci, de 62 años, vive ahora en la cárcel romana de Regina Coeli.
Desde febrero, Balducci es el principal imputado en el escándalo de corrupción de la todopoderosa Protección Civil italiana, que de momento tiene a más de 50 personas imputadas o bajo investigación. Desde 2001 hasta ahora, el superministerio que depende de la Presidencia del Gobierno ha gastado fondos públicos por valor de 13.000 millones de euros, según el último informe de la Autoridad para la Vigilancia de los Contratos Públicos.
El dinero era gestionado por el jefe de la Protección Civil, el secretario de Estado Guido Bertolaso, también acusado de corrupción, y por el ejecutor de las obras, Balducci, gracias a una argucia autorizada por el primer ministro, Silvio Berlusconi, para superar la maldita burocracia y afrontar las emergencias con más rapidez: la licitación de contratas públicas se hacía sin concurso, a dedo, derogando los procedimientos ordinarios.
Ese trato especial creó un monstruo de mil cabezas. La Protección Civil de Berlusconi no solo se encarga de las calamidades. También organiza pruebas deportivas como el Mundial de natación, cumbres internacionales como la del G-8, restauraciones de museos y teatros, y todo tipo de actividades religiosas.
La investigación de los fiscales de Perugia vinculó desde el principio a la Iglesia católica con la trama corrupta. Descubrió, por ejemplo, que el cura Evaldo Biasini, de 83 años, gerente de la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre de Jesús, guardaba grandes cantidades de dinero en efectivo para el constructor Diego Anemone, a quien los fiscales acusan de haber recibido numerosas contratas de la Protección Civil a cambio de comisiones, regalos y favores de toda condición, desde masajes en su club deportivo hasta reformas de pisos. Desde aquel día, el anciano Don Evaldo ha pasado a ser conocido como "Don Bancomat" (don cajero automático).
El "sistema gelatinoso", como lo definieron los fiscales en su escrito de acusación, "toca nombres de gran espesor institucional" y se expande por diferentes vías pías. La lista de eventos católicos organizados por la Protección Civil y pagados en estos años por el contribuyente italiano es larga, desde la Gira por Italia del Papa en el Año Paulino hasta las exequias de Juan Pablo II o las canonizaciones del Padre Pío y de San Josemaría Escrivá.
Balducci fue nombrado gentilhombre por el Papa Wojtyla en 1995. Quince años después ha caído en desgracia y el Vaticano se ha visto obligado a cancelar su nombre del Anuario Pontificio. Pero su pecado, irónicamente, no fue robar. Balducci solo fue tachado de la lista cuando se hizo público que recurría a menudo a un tenor africano de la coral suplente de San Pedro para que le organizara citas con jóvenes seminaristas y sin papeles. Las escuchas telefónicas interceptadas al corista y el gentilhombre eran de este estilo: "Tengo un bailarín de la RAI". "Tengo un negro...".
Como Balducci, los caballeros papales destacan por sus contactos, su poderío y su patrimonio. En el índice abundan los banqueros, empresarios, príncipes, políticos y diplomáticos. Italia encabeza de largo la lista, con 114 gentiluomini. Les siguen, con siete, Estados Unidos, y con cinco, Austria y España.
Pocos meses después de llegar al trono en 2005, Benedicto XVI nombró sus primeros siete gentilhombres. Aunque la doctrina y la teología son los asuntos favoritos del Papa alemán, también le preocupa la eficacia organizativa. En esa primera lista apareció el personaje central de las peligrosas amistades Iglesia-Estado. Se trata del periodista y político Gianni Letta, de 75 años, secretario de Estado de Presidencia del Gobierno y número dos de facto del Ejecutivo de Berlusconi en 1994, 2001 y 2008, mentor y protector de Guido Bertolaso, heredero del estilo y el arte para la fontanería política de Giulio Andreotti.
Curiosamente, el poderoso Letta se convirtió en gentilhombre muchos años más tarde que el anónimo técnico Balducci. Ex forense, ex director de Il Tempo y ex periodista de Mediaset, vicepresidente de Fininvest Comunicaciones, supervisor de los servicios secretos y consejero externo de Goldman Sachs para inversiones en Italia, Letta es quizá el único berlusconiano que adora negociar. Se lleva bien con todos, y se comenta que es el único político italiano capaz de contentar a la masonería y al Opus Dei. Es el gran mediador, el hombre que levanta el teléfono cuando hay problemas.
Y su referente en la Curia es Ratzinger. "Bajo su apariencia de hombre religioso, la factura que pasa Letta al Vaticano es la más discreta, pero también la más cara", afirma el sacerdote y vaticanista Filippo di Giacomo. "El doctor Letta tiene tanto poder que se permite nombrar obispos a su conveniencia, como hizo hace unos meses en L'Aquila al promover a su amigo Giovanni d'Ercole".
En el plano familiar, Letta no está solo. Su sobrino Enrico es un alto dirigente católico del Partido Demócrata. Su hija Marina está casada con el restaurador Ottaviani: suyo es el monopolio de los caterings de la Protección Civil. Hasta ahora, el nombre de Letta solo ha aparecido de forma colateral en las 410.000 llamadas telefónicas que los fiscales tienen depositadas en Perugia. Aunque en noviembre de 2008 fue imputado por abuso de poder y estafa en un asunto que parece distinto pero no lo es tanto: supuestamente, medió a favor de una cooperativa del movimiento Comunión y Liberación para la contrata de un centro de asistencia para inmigrantes.
Cuando se destapó el caso de la Protección Civil, el Papa dedicó a Letta un "pensamiento especial" durante un discurso público. Cosa infrecuente, que significa: es un amigo. ¿Cómo se explica esa condescendencia en un Papa tan estricto? Según el filósofo Paolo Flores d'Arcais, el problema de Ratzinger es que está atrapado en un dilema existencial e histórico. "Estoy convencido de que su voluntad de limpiar la Iglesia de los dos pecados capitales, sexo y dinero, es seria", dice el director de la revista Micromega. "Su línea es la del concilio de Trento: dogmatismo a ultranza y ataque a los comportamientos inmorales. Quiere acabar con los curas pederastas y los prelados corruptos. Pero hacerlo supone un imposible: sentar en el banquillo a Wojtyla. Y eso no es tan fácil como pedir perdón por la condena a Galileo. Supondría reconocer que su antecesor encubrió a Paul Marcinkus (presidente del Banco vaticano IOR entre 1971 y 1989) y a Marcial Maciel (dirigente de los Legionarios de Cristo). Limpiar de verdad le obligaría a sacar a la luz porquería a granel y a despedir a media curia. Pero si no lo hace, la Iglesia seguirá perdiendo credibilidad. Ese es su dilema".
Letta es el perno de la alianza de Berlusconi con el cardenal Camillo Ruini, ex jefe de la Conferencia Episcopal Italiana y creador del proyecto cultural que ayudó a arrebatar a la izquierda la hegemonía intelectual e informativa en Italia. Cuando la Democracia Cristiana desapareció en 1993 bajo el seísmo de Tangentópolis (el escándalo de las comisiones de los partidos), sus componentes se repartieron entre Forza Italia y la católica Margarita del centro-izquierda. Luego, el católico Romano Prodi nombró a Guido Bertolaso jefe de la Protección Civil en 1996. Y el católico Francesco Rutelli, ex alcalde de Roma, puso a trabajar juntos a Balducci y a Bertolaso en el Año Santo del Jubileo.
Allí nació el sistema gelatinoso. El cardenal Crescenzio Sepe, que acaba de ser imputado por corrupción, era el secretario general del comité organizador jubilar. El Año Santo fue una mayonesa de negocios, obras, subvenciones, regalos, silencios y favores que ligó a altos funcionarios públicos con la curia del Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
Protegido de Wojtyla, Sepe, ahora arzobispo de Nápoles, fue entre 2001 y 2006 el responsable de Propaganda Fide, hoy llamada Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Es el ministerio vaticano que se encarga de financiar las misiones y de gestionar el patrimonio inmobiliario vaticano. Y su asesor principal era Angelo Balducci.
La acusación sostiene que el cardenal Sepe concedió gratis uno de los 2.000 apartamentos que Propaganda Fide posee en Roma al jefe de la Protección Civil, Guido Bertolaso. Y que además vendió en 2004 un lujoso palacete romano a precio de ganga (entre tres y cuatro millones de euros, cuando valía nueve o diez) al entonces ministro de Infraestructuras, Pietro Lunardi, también acusado formalmente por esa operación. La hipótesis de los fiscales es que, a cambio, Lunardi financió con dinero estatal de la sociedad Arcus obras millonarias de Propaganda Fide que nunca fueron realizadas.
El cardenal se ha defendido acusando a sus superiores: "La Administración vaticana aprobó todas las operaciones", ha dicho. E insiste en considerarse un mártir: "Trabajé siempre con transparencia y por el bien de la Iglesia, una Iglesia siempre perseguida". Según Sepe, fue Francesco Silvano, otro de sus asesores en Propaganda Fide, miembro de Comunión y Liberación y actual ecónomo del arzobispado de Nápoles, quien le recomendó prestar y malvender las propiedades.
La investigación ha revelado que los pisos son el principal objeto de intercambio de favores entre Italia y el Vaticano. Jefes de los servicios secretos, de la Policía Fiscal, de los Carabineros, magistrados, políticos, empresarios y el propio Bruno Vespa, el periodista favorito de Berlusconi y de Wojtyla, viven o han vivido en apartamentos de Propaganda Fide.
El cardenal Sepe fue apartado de Propaganda Fide por Benedicto XVI, en lo que hoy parece un intento de alejar a la curia italiana, y a Comunión y Liberación, de la gestión inmobiliaria. Tras cinco años de papado, es un secreto a voces que Ratzinger no se fía de su curia, si exceptuamos un pequeño puñado de fieles. Aunque ha ido relevando al núcleo duro de Wojtyla, el Gobierno vaticano sigue en manos de grupos como el Opus Dei -sus portavoces se empeñan en negarlo-, la citada Comunión y Liberación y los Legionarios de Cristo, aunque hoy esté a punto de desaparecer como movimiento carismático para pagar por los delitos de su fundador.
Los movimientos eclesiales han ganado peso en el Vaticano desde el último concilio. En apariencia solidarios, luchan por el control de los mejores puestos y negocios, y en la refriega olvidan lo que haga falta del Evangelio y se dedican a un ajuste de cuentas permanente, mientras los creyentes asisten atónitos al espectáculo.
Los laicos eclesiales controlan amplios sectores de la política, la información, la empresa, la caridad, la educación, la sanidad y la magistratura. En Roma ejercen una influencia cada vez mayor, en estrecha y democrática connivencia con el centro-derecha ateo-devoto, pero también con la lánguida oposición del Partido Democrático y la curia de los buenos y felices tiempos del Papa viajero.
La fragilidad de las órdenes religiosas, castigadas por la escasez de vocaciones, ha favorecido la sofocante presencia de los laicos. "En 1998, Ratzinger alentó la integración laica durante un congreso organizado por Wojtyla", recuerda Paolo Ciani, miembro de la Comunidad de San Egidio, un movimiento eclesial que cuenta con 50.000 voluntarios repartidos por el mundo y solo 25 empleados. "Ratzinger releyó la experiencia de las órdenes religiosas y monásticas junto a la de los movimientos eclesiales, y reconoció a estas, con su dinamismo y competencia, un papel en la Iglesia. El mensaje era que para sobrevivir había que fiarse del rebaño fiel".
Hoy, la Curia romana es una ingobernable y anquilosada maquinaria que cuesta anualmente al Vaticano 102,5 millones de euros. La estructura depende de la Secretaría de Estado, una suerte de consejo de administración con un presidente (el secretario de Estado) y un director general (el sustituto), las dos únicas personas que tienen acceso directo al despacho del Papa. En el Vaticano trabajan 2.748 personas. De ellas, 778 son eclesiásticos, frente a 333 religiosos y 1.637 laicos (de estos, 425 son mujeres).
Los laicos han tomado el poder cooptando a obispos y cardenales menos cristianos de lo que se supone. "La nulidad de la curia se debe a su falta de formación y a su exceso de italianidad", explica el sacerdote y canonista Filippo di Giacomo. "De las diócesis llega el personal con cuentagotas porque a los obispos les cuesta enviar a sus mejores hombres. Las órdenes, antes cantera privilegiada de inteligencia y talento, tienen cada vez menos materia gris a la que recurrir. Los buenos llegan a obispos, y a la curia solo llega lo peor de cada familia".
Así ha nacido un sistema de poder mixto que confunde lo laico y lo religioso, la Iglesia y el Estado, Italia y el Vaticano, la curia con la élite civil. El sistema se basa en un enorme poder económico, sensación de impunidad, gusto por la omertà y el encubrimiento y la capacidad de infiltración.
La ambición de ese sistema es lograr la fusión fría entre Italia y el Vaticano. En sus esquemas mentales, esta nueva curia negociante y carnal no visualiza dos Estados, sino un único país que se podría llamar, abreviando, Vaticalia. " ¡Imposible fiarse de truhanes que usan a Dios para colmar su atrofiada vanidad!", dice el cura genovés Paolo Farinella.
La gran caja fuerte laica del momento se llama Comunión y Liberación (CL). Nacida en 1954 y denominada así desde 1969, está presente en 70 países; en Italia controla empresas, medios de información, diócesis, colegios, universidades, hospitales privados y públicos, e incluso un holding de cooperativas sociales, Auxilium, que gestiona varios centros de identificación y expulsión de inmigrantes para el Ministerio del Interior.
"Desde hace 20 años, CL es el brazo clerical de la ultraderecha milanesa", explica Di Giacomo. "Su estrategia es cultural y política. Sus curas pueblan los seminarios lombardos; sus prelados se movilizan lo que haga falta". Afirma también que sus jefes ideológicos dictan la ley en diferentes periódicos y que su presencia es constante en televisiones y radios: "Mandan a derecha e izquierda".
Roberto Formigoni es desde hace 15 años presidente de Lombardía, la región italiana con la renta más alta de Europa junto con la de París-Ile de France. Pertenece de pleno derecho, y no lo oculta, a Comunión y Liberación. Eso podría permitirle incluso aspirar a suceder a Berlusconi. En los últimos meses, el gobernador ha repartido entre los hombres de CL, más conocida como I cielini (los cielitos), los puestos fundamentales de la organización de la Expo de Milán 2015. Un paraíso de contratos públicos, privados y mixtos en el que la magistratura ha detectado ya la penetración de las mafias.
Casi cada día salen a la luz nuevas amistades peligrosas. Hace unas semanas, los jueces enviaron una comisión rogatoria al Vaticano porque sospechan que el tesoro oculto de la cricca (la banda) gelatinosa puede estar depositado en el IOR (Instituto para las Obras Religiosas). Y esta semana han reclamado por vía oficial los documentos de Propaganda Fide, la inmobiliaria de la Santa Sede.
Aunque el trabajo de los fiscales es exhaustivo, en Vaticalia se sabe que no lo tendrán fácil para apurar la verdad. El Vaticano sigue siendo un paraíso fiscal, el concordato le concede amplias cuotas de inmunidad y las cuentas secretas que prosperan a la sombra del IOR, la APSA (Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica), la vieja Propaganda Fide y un largo número de sociedades participadas son el secreto mejor custodiado.
Pese a las apelaciones a la limpieza de Raztinger, las cosas no parecen haber cambiado mucho. Aquí los misterios se resuelven con tiempo. Con mucho tiempo. Balducci es de momento el gran chivo expiatorio. Durante 15 años, nadie vio nada ni sospechó nada: era un gentilhombre y las campanas tocaban a omertà. Hoy se habla de él, pero pronto todo volverá a su ser y la gelatina seguirá extendiéndose. A día de hoy, junio de 2010, los italianos todavía no tienen una ley de parejas de hecho; los inmigrantes sin papeles son considerados delincuentes y no se respeta el derecho de asilo; los homosexuales son agredidos cada día por la calle, y las mujeres que quieren someterse a inseminación artificial deben emigrar.
Obispos, aborto y castidad - Jesús Mosterín
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La actual campaña de la Conferencia Episcopal contra los linces y las mujeres que abortan pone de relieve el patético deterioro de la formación intelectual del clero, que si bien nunca ha sobresalido por su nivel científico, al menos en el pasado era capaz de distinguir el ser en potencia del ser en acto. ¿Dónde quedó la teología escolástica del siglo XIII, que incorporó esas nociones aristotélicas? ¿Qué fue de la sutileza de los cardenales renacentistas? La imagen de deslavazada charlatanería y de enfermiza obsesión antisexual que ofrecen los pronunciamientos de la jerarquía católica no sólo choca con la ciencia y la racionalidad, sino que incluso carece de base o precedente alguno en las enseñanzas que los Evangelios atribuyen a Jesús.
La campaña episcopal se basa en el burdo sofisma de confundir un embrión (o incluso una célula madre) con un hombre. Por eso dicen que abortar es matar a un hombre, cometer un homicidio. El aborto está permitido y liberalizado en Estados Unidos, Francia, Italia, Portugal, Japón, India, China y en tantos otros países en los que el homicidio está prohibido. ¿Será verdad que todos ellos caen en la flagrante contradicción de prohibir y permitir al mismo tiempo el homicidio, como pretenden los agitadores religiosos, o será más bien que el aborto no tiene nada que ver con el homicidio? De hecho, el único motivo para prohibir el aborto es el fundamentalismo religioso. Ninguna otra razón moral, médica, filosófica ni política avala tal proscripción. Donde la Iglesia católica (o el islamismo) no es prepotente y dominante, el aborto está permitido, al menos durante las primeras semanas (14, de promedio).
Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas, no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla. Por eso la prohibición de talar los robles no implica la prohibición de recoger sus frutos. Entre el zigoto originario, la bellota y el roble hay una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo zigoto. El zigoto, la bellota y el roble constituyen distintas etapas de un mismo organismo. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no es un roble de verdad, un roble en acto, sino sólo un roble en potencia, algo que, sin ser un roble, podría llegar a serlo. Una oruga no es una mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de las mariposas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia.
Cuando el espermatozoide de un hombre fecunda el óvulo maduro de una mujer y los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que pasa por sus diversas etapas de mórula, blástula, embrión, feto y, finalmente, hombre o mujer en acto. Aunque estadios de un desarrollo orgánico sucesivo, el zigoto no es una blástula, y el embrión no es un hombre. Un embrión es un conglomerado celular del tamaño y peso de un renacuajo o una bellota, que vive en un medio líquido y es incapaz por sí mismo de ingerir alimentos, respirar o excretar -no digamos ya de sentir o pensar-, por lo que sólo pervive como parásito interno de su madre, a través de cuyo sistema sanguíneo come, respira y excreta. Este parásito encierra la potencialidad de desarrollarse durante meses hasta llegar a convertirse en un hombre. Es un milagro maravilloso, y la mujer en cuyo seno se produzca puede sentirse realizada y satisfecha. Pero en definitiva es a ella a quien corresponde decidir si es el momento oportuno para realizar milagros en su vientre.
El niño es un anciano en potencia, pero un niño no tiene derecho a la jubilación. Un hombre vivo es un cadáver en potencia, pero no es lo mismo enterrar a un hombre vivo que a un cadáver. A los vegetarianos, a los que les está prohibido comer carne, se les permite comer huevos, porque los huevos no son gallinas, aunque tengan la potencialidad de llegar a serlas. Un embrión no es un hombre, y por tanto eliminar un embrión no es matar a un hombre. El aborto no es un homicidio. Y el uso de células madre en la investigación, tampoco.
Otra falacia consiste en decir que, si los padres de Beethoven hubieran abortado, no habría habido Quinta Sinfonía, y si nuestros padres hubieran abortado el embrión del que surgimos, ahora no existiríamos. Pero si los padres de Beethoven y los nuestros hubieran sido castos, tampoco habría Quinta Sinfonía y tampoco existiríamos nosotros. Si esto es un argumento para prohibir el aborto, también lo es para prohibir la castidad. Pero tanta prohibición supongo que resultaría excesiva incluso para la Iglesia católica. Una de sus múltiples contradicciones estriba en que impone un natalismo salvaje a los demás, mientras a sus propios sacerdotes y monjas les exige el celibato y la castidad absoluta.
Desde luego, la contracepción es mucho mejor que el aborto, pero la Iglesia la prohíbe también (siguiendo en ambos casos al ex-maniqueo Agustín de Hipona, no a Jesús). Tanto el anterior papa Wojtyla como el actual papa Ratzinger se han dedicado a viajar por África y Latinoamérica despotricando contra los preservativos y el aborto, lo que equivale a promover el sida y la miseria. En cualquier caso, la contracepción puede fallar. A veces el embarazo imprevisto será una sorpresa muy agradable. Otras veces, llevarlo a término supondría partir por la mitad la vida de una mujer, arruinar su carrera profesional o incluso traer al mundo un subnormal profundo o un vegetal humanodescerebrado. Sólo a la mujer implicada le es dado juzgar esas graves circunstancias, y no a la caterva arrogante de prelados, jueces, médicos y burócratas empeñados en decidir por ella. El aborto es un trauma. Ninguna mujer lo practica por gusto o a la ligera. Pero la procreación y la maternidad son algo demasiado importante como para dejarlo al albur de un descuido o una violación. El aborto, como el divorcio o los bomberos, se inventó para cuando las cosas fallan.
Muchas parejas anhelan tener hijos, muchas mujeres desean quedar embarazadas y esperan con ilusión el nacimiento de la criatura. El infante querido y deseado suele estar bien alimentado y educado, colmado de cariño y estimulación y (salvo raro defecto genético) su cerebro se desarrolla bien. Por desgracia, el mundo está lleno de madres violadas o forzadas y de niños no deseados, abandonados a la mendicidad y la delincuencia, famélicos, con los cerebros malformados por la carencia alimentaria y la falta de estímulos, carne de cañón de guerrillas crueles y explotaciones prematuras. La jerarquía eclesiástica se ensaña con esas mujeres desgraciadas. El cardenal nicaragüense Obando y Bravo se opuso al aborto terapéutico de una niña de nueve años, violada, enferma y con su vida en peligro. Hace un par de años, la Iglesia de Nicaragua acabó apoyando políticamente al dictador Daniel Ortega a cambio de que éste prohibiese definitivamente el aborto terapéutico. Hace unas semanas el arzobispo Cardoso ha excomulgado en Brasil a la madre de otra niña de nueve años violada por su padrastro y en peligro de muerte por su embarazo doble, así como a los médicos que efectuaron el aborto. En 2007 se hizo famoso el caso de Miss D, una irlandesa de 17 años embarazada con un feto con anencefalia, es decir, sin cerebro ni parte del cráneo, condenado a ser un niño vegetativo, ciego, sordo, irremediablemente inconsciente, incapaz de percibir, pensar ni sentir nada, ni siquiera dolor. Las autoridades impidieron que Miss D fuera a Inglaterra a abortar, aunque más tarde los tribunales anularon la prohibición. Los grupos católicos fanáticos presionan para que se impida a las irlandesas que viajen a Inglaterra a abortar, lo que choca con la legislación comunitaria, que garantiza la libertad de movimientos en la UE.
En España misma, el año pasado, una mujer preñada de un feto con holoprosencefalia, condenado a morir al nacer o a vivir como vegetal, tuvo que ir a Francia a abortar. El derecho a abortar es para muchas mujeres más importante que el derecho a votar en las elecciones, y ha de serles reconocido incluso por aquellos que personalmente jamás abortarían. En 1985 se aprobó la reforma del Código Penal para cumplir a medias y mal el programa electoral del PSOE. Desde entonces, tanto los Gobiernos de Felipe González como de Zapatero se han dedicado a marear la perdiz, diciendo que no era el momento oportuno y que había que esperar a que los obispos dejasen de vociferar. Pero los obispos nunca van a dejar de vociferar. Después de 24 años de remilgos, espero que los socialistas se decidan finalmente a liberalizar el aborto dentro de las primeras semanas del embarazo. Tampoco hace falta ser tan progre para ello. Margaret Thatcher lo tenía ya perfectamente asumido hace 30 años.
Jesús Mosterín es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.
Exorcismo - Manuel Vicent
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Ninguna energía se puede comparar con la que generan los siete pecados capitales. La humanidad estaría todavía en las cavernas de no ser por estas siete grandes turbinas del espíritu que la han empujado con enorme fuerza hacia lo alto de la historia. Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza : estos pecados capitales son los motores del poder y del progreso, de la perpetuación de la especie, de la creación de riqueza, del cultivo de las artes, de la investigación científica y de todas las conquistas de la gastronomía. Cada uno de estos pecados tiene, en contrapartida, una correspondiente virtud que sirve para neutralizarlo. Recordad aquella cantinela del catecismo: contra la soberbia, humildad ; contra la avaricia, largueza ; contra la lujuria, castidad; contra la ira, paciencia; contra la gula, templanza; contra la envidia, caridad; contra la pereza , diligencia. Si la humanidad se guiara por estas pautas, el mundo sería una balsa de aceite, pero el tedio acumulado por tanta bondad podría convertirse en una formidable carga neutra, que si un día llegara a estallar, causaría tantos estragos como una bomba de hidrógeno. Repasad todas las estátuas que adornan las plazas de las ciudades, todas las estampas que ilustran en los libros de historia. La mayoría de esos mármoles y grabados rememoran a personajes que impulsaron a la humanidad pisando serpientes y alacranes o vendiendo su alma al diablo. En la Universidad Pontificia de Roma se acaba de inaugurar un curso de exorcismo, convocado por el Papa, y en él se han inscrito varios centenares de sacerdotes especialistas en expulsar del cuerpo a Satanás. Hasta ahora la posesión diabólica se manifestaba cuando un pobre pelanas se retorcía de forma convulsa ante el Crucifijo, echaba espuma por la boca, desarrollaba una fuerza descomunal y hablaba lenguas extrañas.Lejos de enarbolar una ristra de ajos , como en el caso de Drácula, en este simposio se trata de someter la antigua práctica del exorcismo a una revisión moderna. En este caso sería muy estimulante que estos exorcistas convocaran al propio Satanás para que les diera una lección magistral. Si la oración fuera efectiva, de pronto se presentaría en el estrado un ser vestido de rojo, como un cardenal, con orejas puntiagudas emergiendo por debajo de una mitra de oro, que les hablaría así: señores, yo soy el dueño de los pecados capitales, los siete motores del espíritu que han hecho la historia, hincad las rodillas y adoradme.
Sin fe, ni fu ni fa. Fernando Savater
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A menudo, las indignaciones o escándalos de nuestra sociedad recuerdan bastante a los caprichos apasionados de la multitud en el circo romano. Por ejemplo, el pataleo suscitado porque una agraciada señora que se presenta a un concurso de belleza (ocasión paradigmáticamente machista) sea tratada, oh sorpresa, de modo paradigmáticamente machista al discriminarla por su maternidad. Eso es como ir al campo de fútbol y luego protestar ante el griterío porque levanta dolor de cabeza (no quiero dar ideas pero ¿acaso los propensos a la jaqueca no tienen derecho a frecuentar los estadios? Interesante problema jurídico). De parecido tenor me parece -dejando aparte pormenores del derecho laboral que conozco poco- la irritación suscitada porque el obispo correspondiente haya cesado a una profesora de religión que convive con quien quiere y como quiere. Precisamente la doctrina que ella está profesionalmente obligada a enseñar prohíbe tal libertad de costumbres. De hecho, la Iglesia para cuya propaganda ha sido elegida -a costes pagados por el Estado, eso sí- ha tenido a lo largo de los siglos y aún quisiera retener dentro de lo posible el ordenamiento por medio de premios y castigos (algunos sobrenaturales y otros no tanto) de la vida privada de los ciudadanos. No puede por tanto extrañar que trate al menos de controlar a quienes hablan en su nombre y según su nombramiento, ya que el resto de la sociedad parece estar cada vez menos por la labor. Sería sorprendente que los obispos eligieran para transmitir su reglamento teocrático a los jóvenes a quienes tienen ideas parecidas a las de los jóvenes y no a las suyas.
El caso suscita interesantes reflexiones sobre la evidente impropiedad de mantener una asignatura confesional -sea obligatoria, voluntaria o mediopensionista- en la enseñanza pública. En un artículo aparecido como es lógico en Abc ("Profesores de religión", 24-2-2007), Juan Manuel de Prada compara el caso de la profesora expulsada con el de un militar que, tras haberse graduado en la academia con calificaciones sobresalientes, se negara a ir al campo de batalla alegando convicciones pacifistas. Según Prada, nadie se escandalizaría de que fuese destituido puesto que "profesar la milicia y negarse a empuñar un arma son circunstancias incompatibles". En este último punto, desde luego, es imposible no estar de acuerdo con él. Pero el símil plantea cuestiones inquietantes. A ningún profesor de geografía se le puede echar de su plaza por ser remiso a viajar, a ningún profesor de literatura se le cesa por preferir leer El Código da Vinci a En busca del tiempo perdido y ni siquiera son privados de su doctorado tantos médicos destacados que fuman, beben y perjudican alegremente su salud como si la ministra Elena Salgado no hubiera venido jamás a nublar nuestras vidas. En cambio, a la profesora de religión amancebada -perdonen el término anticuado, tan barojiano- se la pone de patitas en la calle... sin que el Tribunal Constitucional logre presentar objeción válida. ¿Cómo puede ser eso? Pues lo explica Prada muy clarito: "Siendo la asignatura de religión de naturaleza confesional, nada parece más justo que exigir a quienes la transmiten una coherencia entre las enseñanzas que transmiten y su testimonio vital, (...) que exigir a los docentes que prediquen con el ejemplo y profesen efectivamente y no sólo de boquilla la fe que se disponen a transmitir". Sigue teniendo razón desde su perspectiva, aunque precisamente sea esa perspectiva la que nos plantea problemas a quienes deseamos una educación pública digna de tal nombre y por tanto inevitablemente laica.
Veamos: para empezar hay que hablar con propiedad. No estamos refiriéndonos a los profesores de religión en abstracto, de historia de las religiones o de creencias religiosas comparadas, ni siquiera a docentes que enseñen los principios del cristianismo y sus múltiples variedades instituidas, sino a personas designadas por las autoridades eclesiásticas para impartir doctrina católica con más o menos adornos. No es una asignatura relacionada con el conocimiento sino con la devoción. De ahí que -a diferencia de lo que ocurre en las materias de sustancia científica- se pida militancia a quienes la imparten, como bien subraya Juan Manuel de Prada: los profesores de catolicismo deben ser mitad monjes y mitad soldados, para utilizar otra expresión antañona. Lo que importa no es la autenticidad de lo enseñado (me temo que bastante discutible) sino la autenticidad de la fe con que se enseña. Se trata no de saber sino de creer o de aprender lo que hay que creer y a qué principios se debe obediencia. Es la fe quien mueve toda esta montaña pedagógica. De aquí también la dificultad intrínseca de evaluar semejante materia como las demás. Para ser rigurosos y coherentes con lo que se exige a los docentes, deberían puntuarse las buenas obras de los alumnos y su entrega piadosa al culto divino, no las respuestas a ningún tipo de cuestionario. Lospecados veniales restarían puntos y tres pecados mortales -por ejemplo- podrían bastar para suspender el curso. En esta asignatura no debería haber otros exámenes que los exámenes de conciencia...
Hay que reconocer que todo esto suena bastante raro, pero por lo visto es lo que dispone el Concordato firmado con la Santa Sede. Supongo que por eso la sentencia del Tribunal Constitucional establece que "si la impartición en los centros educativos de una determinada enseñanza religiosa pudiera eventualmente resultar contraria a la Constitución, ya fuere por los contenidos de dicha enseñanza o por los requisitos exigidos a las personas encargadas de impartirla, lo que habría de cuestionarse es el acuerdo en virtud del cual la enseñanza religiosa se imparte, no la forma elegida para instrumentarlo". En efecto, es ese acuerdo lo que urge revisar (por cierto, se firmó en el año 1979 -como una herencia de la época franquista que por entonces más valía no meterse a discutir- y según creo sólo por tres años). Porque resulta por lo menos inusual que una materia figure en el programa de bachillerato no por decisión libre de las autoridades educativas sino como concesión a una entidad foránea. Además, ¿qué consideración institucional merece la Santa Sede? Si se trata de una autoridad eclesiástica, la cabeza de la Iglesia Católica, ¿por qué debe mantener con ella nuestro Estado no confesional un tratado especial y comprometedor? Si se trata de un Estado extranjero con todas las de la ley, es hora de recordar que en él no se respetan derechos fundamentales en lo tocante a la libertad religiosa, igualdad de sexos para acceder a cargos públicos, etc... En una palabra, es una teocracia al modo de Arabia Saudí y no parece por tanto la influencia más deseable en el plan de estudios de un país democrático. Ese Concordato venido del franquismo concuerda muy mal con nuestras instituciones actuales y muchos católicos lo reconocen abiertamente así. Aquí y no en otra parte está el verdadero problema y el auténtico escándalo.
El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria. Defender así el laicismo indispensable para el funcionamiento democrático no es un tema menor y hoy menos que nunca. Desde la ultramontana Polonia, pasando por Bélgica, Italia o España y hasta la admirable Francia, ahora amenazada en el horizonte por las propuestas neointegristas de Sarkozy, es raro el país europeo que no padece conflictos con el regreso invasor de la mentalidad religiosa en el siempre vulnerable redil educativo. Entre nosotros, suele trivializarse el tema o convertirse en palestra partidista, en ambos casos al modo de la discusión sobre el nacionalismo. Para los pro-nacionalistas actuales, cualquier reivindicación de la unidad de España como Estado de Derecho es "rancia"... como si los derechos históricos impertérritos ante el paso de los siglos y la segregación étnica fuesen conquistas de la modernidad. También para los actuales abogados del clericalismo el laicismo es progresismo trasnochado y, según Rouco Varela, el ateísmo resulta decimonónico (por lo visto la transubstanciación eucarística y la resurrección final de los muertos es lo que más va a llevarse la próxima temporada). Otros pretenden que el laicismo es un perverso invento de Zapatero y sus adláteres, lo mismo que hay quien cree que denunciar el separatismo reaccionario (todos lo son) es una maniobra al servicio del PP o del tradicional fascismo hispánico. Quiero pensar que la mayoría de este país -aunque desde luego la menos estentórea- no vive políticamente empobrecida por semejantes tópicos sectarios.
El caso suscita interesantes reflexiones sobre la evidente impropiedad de mantener una asignatura confesional -sea obligatoria, voluntaria o mediopensionista- en la enseñanza pública. En un artículo aparecido como es lógico en Abc ("Profesores de religión", 24-2-2007), Juan Manuel de Prada compara el caso de la profesora expulsada con el de un militar que, tras haberse graduado en la academia con calificaciones sobresalientes, se negara a ir al campo de batalla alegando convicciones pacifistas. Según Prada, nadie se escandalizaría de que fuese destituido puesto que "profesar la milicia y negarse a empuñar un arma son circunstancias incompatibles". En este último punto, desde luego, es imposible no estar de acuerdo con él. Pero el símil plantea cuestiones inquietantes. A ningún profesor de geografía se le puede echar de su plaza por ser remiso a viajar, a ningún profesor de literatura se le cesa por preferir leer El Código da Vinci a En busca del tiempo perdido y ni siquiera son privados de su doctorado tantos médicos destacados que fuman, beben y perjudican alegremente su salud como si la ministra Elena Salgado no hubiera venido jamás a nublar nuestras vidas. En cambio, a la profesora de religión amancebada -perdonen el término anticuado, tan barojiano- se la pone de patitas en la calle... sin que el Tribunal Constitucional logre presentar objeción válida. ¿Cómo puede ser eso? Pues lo explica Prada muy clarito: "Siendo la asignatura de religión de naturaleza confesional, nada parece más justo que exigir a quienes la transmiten una coherencia entre las enseñanzas que transmiten y su testimonio vital, (...) que exigir a los docentes que prediquen con el ejemplo y profesen efectivamente y no sólo de boquilla la fe que se disponen a transmitir". Sigue teniendo razón desde su perspectiva, aunque precisamente sea esa perspectiva la que nos plantea problemas a quienes deseamos una educación pública digna de tal nombre y por tanto inevitablemente laica.
Veamos: para empezar hay que hablar con propiedad. No estamos refiriéndonos a los profesores de religión en abstracto, de historia de las religiones o de creencias religiosas comparadas, ni siquiera a docentes que enseñen los principios del cristianismo y sus múltiples variedades instituidas, sino a personas designadas por las autoridades eclesiásticas para impartir doctrina católica con más o menos adornos. No es una asignatura relacionada con el conocimiento sino con la devoción. De ahí que -a diferencia de lo que ocurre en las materias de sustancia científica- se pida militancia a quienes la imparten, como bien subraya Juan Manuel de Prada: los profesores de catolicismo deben ser mitad monjes y mitad soldados, para utilizar otra expresión antañona. Lo que importa no es la autenticidad de lo enseñado (me temo que bastante discutible) sino la autenticidad de la fe con que se enseña. Se trata no de saber sino de creer o de aprender lo que hay que creer y a qué principios se debe obediencia. Es la fe quien mueve toda esta montaña pedagógica. De aquí también la dificultad intrínseca de evaluar semejante materia como las demás. Para ser rigurosos y coherentes con lo que se exige a los docentes, deberían puntuarse las buenas obras de los alumnos y su entrega piadosa al culto divino, no las respuestas a ningún tipo de cuestionario. Lospecados veniales restarían puntos y tres pecados mortales -por ejemplo- podrían bastar para suspender el curso. En esta asignatura no debería haber otros exámenes que los exámenes de conciencia...
Hay que reconocer que todo esto suena bastante raro, pero por lo visto es lo que dispone el Concordato firmado con la Santa Sede. Supongo que por eso la sentencia del Tribunal Constitucional establece que "si la impartición en los centros educativos de una determinada enseñanza religiosa pudiera eventualmente resultar contraria a la Constitución, ya fuere por los contenidos de dicha enseñanza o por los requisitos exigidos a las personas encargadas de impartirla, lo que habría de cuestionarse es el acuerdo en virtud del cual la enseñanza religiosa se imparte, no la forma elegida para instrumentarlo". En efecto, es ese acuerdo lo que urge revisar (por cierto, se firmó en el año 1979 -como una herencia de la época franquista que por entonces más valía no meterse a discutir- y según creo sólo por tres años). Porque resulta por lo menos inusual que una materia figure en el programa de bachillerato no por decisión libre de las autoridades educativas sino como concesión a una entidad foránea. Además, ¿qué consideración institucional merece la Santa Sede? Si se trata de una autoridad eclesiástica, la cabeza de la Iglesia Católica, ¿por qué debe mantener con ella nuestro Estado no confesional un tratado especial y comprometedor? Si se trata de un Estado extranjero con todas las de la ley, es hora de recordar que en él no se respetan derechos fundamentales en lo tocante a la libertad religiosa, igualdad de sexos para acceder a cargos públicos, etc... En una palabra, es una teocracia al modo de Arabia Saudí y no parece por tanto la influencia más deseable en el plan de estudios de un país democrático. Ese Concordato venido del franquismo concuerda muy mal con nuestras instituciones actuales y muchos católicos lo reconocen abiertamente así. Aquí y no en otra parte está el verdadero problema y el auténtico escándalo.
El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria. Defender así el laicismo indispensable para el funcionamiento democrático no es un tema menor y hoy menos que nunca. Desde la ultramontana Polonia, pasando por Bélgica, Italia o España y hasta la admirable Francia, ahora amenazada en el horizonte por las propuestas neointegristas de Sarkozy, es raro el país europeo que no padece conflictos con el regreso invasor de la mentalidad religiosa en el siempre vulnerable redil educativo. Entre nosotros, suele trivializarse el tema o convertirse en palestra partidista, en ambos casos al modo de la discusión sobre el nacionalismo. Para los pro-nacionalistas actuales, cualquier reivindicación de la unidad de España como Estado de Derecho es "rancia"... como si los derechos históricos impertérritos ante el paso de los siglos y la segregación étnica fuesen conquistas de la modernidad. También para los actuales abogados del clericalismo el laicismo es progresismo trasnochado y, según Rouco Varela, el ateísmo resulta decimonónico (por lo visto la transubstanciación eucarística y la resurrección final de los muertos es lo que más va a llevarse la próxima temporada). Otros pretenden que el laicismo es un perverso invento de Zapatero y sus adláteres, lo mismo que hay quien cree que denunciar el separatismo reaccionario (todos lo son) es una maniobra al servicio del PP o del tradicional fascismo hispánico. Quiero pensar que la mayoría de este país -aunque desde luego la menos estentórea- no vive políticamente empobrecida por semejantes tópicos sectarios.
La Carta del Vaticano contra las Mujeres. Andrés Pérez Baltodano
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La Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo, publicada por el Vaticano el 31 de Julio del corriente año, pasó prácticamente desapercibida en la mayoría de los países de América Latina. En los Estados Unidos y Canadá, la carta fue recibida como una curiosa y hasta divertida muestra del cada vez más exótico y esotérico pensamiento de los jerarcas del Vaticano. Los europeos la percibieron como un mal logrado chiste.La carta es, en realidad, una de las peores producciones intelectuales del Vaticano durante el papado de Juan Pablo II. Los errores de lógica que contiene y la pobreza filosófica que la sustenta son sorprendentes, sobre todo, porque quién la firma es el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de Congregación para la Doctrina de la Fe, y uno de los más brillantes ideólogos de la Iglesia Católica. Las debilidades de esta carta muestran que ni un hombre con la inteligencia de Ratzinger, puede defender lo indefendible.
Como si la Carta a los Obispos estuviera dirigida a extra-terrestres que desconocen la historia de errores y horrores de la Iglesia, ésta empieza repitiendo la arrogante auto-proclama de la Iglesia Católica como una institución "experta en humanidad".¿ Cómo puede ser "experta en humanidad" una institución que después de casi dos mil años de existencia, publica un documento que revela que sus dirigentes todavía no logran entender las aspiraciones y necesidades de ese cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres ? ¿ Cómo puede declararse "experta en humanidad" una institución que comete la barbaridad de argumentar que las mujeres tienen una inclinación natural a respetar "lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad" ?
Traducido: Las mujeres no se inclinan por lo abstracto, es decir, por las ideas, la filosofía, la teología, etc. Como dice Rosahilda Cornejo, para Ratzinger, las mujeres "no pueden ni deben intentar trascender el plano existencial concreto de la cocina".
Las falacias del Cardenal
La Carta a los Obispos recurre a lo que en lógica se conoce como la falacia de "la vaguedad insidiosa", para evitar señalar explícitamente el verdadero objeto de su crítica que es el movimiento feminista mundial. El Vaticano hace uso de esta falacia porque sabe que es imposible negar, en pleno siglo XXI, la legitimidad, la esencia democrática y la justeza del feminismo.Así, Ratzinger opta por utilizar un lenguaje oscuro e impreciso para declarar que "la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer".
La carta identifica dos corrientes de pensamiento o "tendencias". La primera, "subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder".La segunda, continúa diciendo la carta, "emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria".
El enfoque de género, dice el Vaticano en un espectacular non-sequitur, ha "inspirado...ideologías que promueven... el cuestionamiento de la familia... [y] la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa".Un non-sequitur es una falacia que consiste en hacer inferencias que no se derivan lógicamente de los antecedentes enunciados por el autor para construir sus conclusiones. Non-sequitur significa, literalmente, "no sigue", "no se conecta". Veamos: ¿ Cuál es la conexión entre el enfoque de género, que analiza críticamente la organización patriarcal de la sociedad para promover la articulación de relaciones no sexistas entre hombres y mujeres, y la homosexualidad o el debilitamiento de la familia ? Ninguna. El argumento de Ratzinger es una falacia.
No discutamos hoy la prejuiciada visión de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad, porque este tema merece su propio espacio. Regresemos a los planteamientos centrales de la Carta a los Obispos: el feminismo es condenable porque promueve la búsqueda del poder por parte de la mujer y, además, porque el enfoque de género que utiliza este movimiento corrompe el ordenamiento "natural" de la sociedad.Los sin sentidos del Cardenal
Efectivamente, el movimiento feminista ha luchado por lograr una mejor distribución del poder entre los hombres y las mujeres dentro del Estado, dentro de la sociedad, dentro de los partidos, dentro de la familia, en los procesos de formulación de políticas públicas y hasta dentro de las iglesias. La crítica del Vaticano resulta sorprendente porque la lucha por la distribución justa del poder es la dinámica esencial de la democracia. Debemos recordar, sin embargo, que la democracia es una idea y una práctica ajena a la vivencia de los que operan dentro de las estructuras verticalistas y autoritarias del Vaticano.También es cierto que el feminismo ha luchado por lograr eso que la carta de la Iglesia deplora cuando critica los esfuerzos de la mujer por "liberarse de sus condicionamientos biológicos". Ratzinger parece olvidar que la humanidad entera ha luchado por liberarse de lo que él llama "condicionamientos biológicos", desde que empezamos a desarrollar los medios para hacerlo. La historia de la humanidad ha sido precisamente eso: un constante esfuerzo por superar los instintos e imponer la fuerza de la razón sobre nuestros impulsos primarios. Este esfuerzo, especuló el mismo Freud, contribuyó a la inhibición del incesto. Por este mismo esfuerzo, la ley del más fuerte llegó a ser sustituida por el principio de la justicia y por la institucionalización de los derechos.
La Carta a los Obispos, además, encierra una contradicción colosal. El Vaticano argumenta que las leyes biológicas, creadas por el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II determinan lo que el hombre y la mujer son y pueden ser. Preguntémonos entonces: Si la naturaleza y el rol social de la mujer están determinados por Dios y sus leyes biológicas, ¿ porqué entonces se toma la molestia el Vaticano de escribir un documento para condenar los intentos de las mujeres para escapar de esas leyes y de la voluntad de un Dios omnipotente ? Muy poca fe muestran en el Dios al que rezan, o en la biología que estudian, quiénes se ven obligados a argumentar a favor de lo que ellos mismos consideran como un mandato divino y un ordenamiento natural.El Dios Varón
Las enormes debilidades y contradicciones de la Carta a los Obispos no reducen el impacto potencial puede tener este documento en los obispos que hoy se oponen a la liberación de la mujer y a la democratización de las relaciones de género. Peor aún, esta carta puede terminar reforzando la idea central de la que depende el poder ideológico anti-feminista de la Iglesia Católica: la idea del Dios Varón que, de acuerdo a la carta de Ratzinger, se encarnó en un hombre, Jesús, por razones "importantes y relevantes".La defensa del Dios Varón es el motivo central de la Carta a los Obispos. Este documento condena el enfoque de género porque de acuerdo a la Iglesia, su orientación teórica, sus premisas y sus argumentos, "considerarían sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina". Dios, de acuerdo a la Iglesia, prefirió encarnarse como hombre. Después de todo, decía Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, la mujer es una "cosa imperfecta y ocasional". Y agregaba: "la mujer se halla naturalmente sometida al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento de la razón".
En la antojadiza antropología bíblica del Cardenal Ratzinger, la condición de subordinación en la que ha vivido la mujer a través de la historia cristiana, se presenta como el resultado de una decisión divina: un castigo del Dios Varón contra la mujer por su participación en el "pecado original". En otras palabras, Adán y Eva pecan, pero Dios castiga con especial saña a Eva por razones que, según la embrollada lógica de Ratzinger, debemos también de considerar como "importantes" y "relevantes". Dice la Carta a los Obispos: "En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16).Mil ochocientos años atrás, Tertuliano de Cartago utilizaba la misma interpretación bíblica de Ratzinger y su jefe Juan Pablo II: "Cada mujer debiera estar caminando como Eva, acongojada y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo de Eva, el estigma, quiero decir, del primer pecado, y aborrecimiento, atado a ella como la causa de la perdición humana. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará".
Pero no nos preocupemos, nos dice Ratzinger, Dios a través de Iglesia Católica ha decidido levantar el castigo a la mujer. Todo lo que ella tiene que hacer para hacer sonreír a Dios es seguir el ejemplo de la Virgen María y "sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera".Una santa anti-feminista
La Carta a los Obispos forma parte de la más reciente ofensiva lanzada por el Vaticano contra las mujeres. Hace pocos meses, la Iglesia las invitó a imitar el ejemplo de su nueva santa: la italiana Gianna Beretta Molla, una pediatra, esposa y madre de tres niños y niñas que murió en 1962 a la edad de 39 años, como consecuencia del parto en el que dio a luz a su cuarto hija. Beretta Molla, canonizada en Mayo del corriente año, es la santa número 482 en el catálogo de santos y santas creado por Juan Pablo II en su enloquecida carrera para resacralizar el planeta. Vale la pena repetirlo: este Papa ha canonizado más santos y santas que todos los santos y las santas canonizadas por la Iglesia en los quinientos años previos a su elección.De acuerdo a los datos biográficos publicados por el Vaticano, los médicos que atendían a Beretta Molla le advirtieron en el segundo mes de su embarazo, que su vida corría peligro por un tumor intrauterino y le recomendaron abortar. Ella decidió seguir con el embarazo y murió.
La decisión de Gianna Beretta Molla ha sido interpretada por la Iglesia, como "la consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del Plan de Dios". En el acto de canonización de la Santa, el Papa señaló que Beretta Molla ofrecía un ejemplo del amor conyugal "que responde al llamado de Dios".El mensaje del Vaticano no puede ser más claro: La mujer debe subordinar su vida al cumplimiento de su función reproductiva. Entre un feto de dos meses y la vida de Gianna Beretta Molla, de 39 años de edad, esposa y madre de tres criaturas, la Iglesia Católica se inclina por el feto.
Por la transformación de la idea de DiosLa Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo y la posición del Vaticano con relación a la función reproductiva de la mujer, forman parte de la falsificación de la palabra de Jesús perpetuada por la Iglesia Católica a través de los siglos e intensificada durante el papado de Juan Pablo II. La Iglesia ha condenado a la mujer a parir sin límites y sin condiciones. No importa su edad. No importa la causa de su embarazo. No importa si se trata de Rosa, la niña nicaragüense violada y embarazada en Costa Rica hace ya un año.
Al mismo tiempo, la Iglesia ha perpetuado la imagen de la mujer como el símbolo de las debilidades de la carne. Virgen es la María, esposa del carpintero, para exorcizar la sexualidad humana.El hombre, por su parte, representa la fuerza del espíritu que, elevándose sobre la "natural" tendencia al pecado de la mujer, logra convertirse en el representante de Dios en la tierra. Sólo un hombre puede ser Papa o sacerdote. Sólo un Ratzinger sabe lo que quieren y necesitan las mujeres. Dios es Varón. Putas y pecadoras son, o se inclinan naturalmente a ser, las magdalenas.
El Dios Varón, dice María López Vigil, "fue funcional al rey absoluto y al hacendado colonial, y lo sigue siendo al general de ejércitos, al gobernante autoritario, al caudillo del partido, al papa infalible y al sacerdote y al pastor controlador de conciencias". La transformación de la idea del Dios Varón es la responsabilidad de todos y de todas. Rechazar el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II, es nuestra obligación cristiana.
Como si la Carta a los Obispos estuviera dirigida a extra-terrestres que desconocen la historia de errores y horrores de la Iglesia, ésta empieza repitiendo la arrogante auto-proclama de la Iglesia Católica como una institución "experta en humanidad".¿ Cómo puede ser "experta en humanidad" una institución que después de casi dos mil años de existencia, publica un documento que revela que sus dirigentes todavía no logran entender las aspiraciones y necesidades de ese cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres ? ¿ Cómo puede declararse "experta en humanidad" una institución que comete la barbaridad de argumentar que las mujeres tienen una inclinación natural a respetar "lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad" ?
Traducido: Las mujeres no se inclinan por lo abstracto, es decir, por las ideas, la filosofía, la teología, etc. Como dice Rosahilda Cornejo, para Ratzinger, las mujeres "no pueden ni deben intentar trascender el plano existencial concreto de la cocina".
Las falacias del Cardenal
La Carta a los Obispos recurre a lo que en lógica se conoce como la falacia de "la vaguedad insidiosa", para evitar señalar explícitamente el verdadero objeto de su crítica que es el movimiento feminista mundial. El Vaticano hace uso de esta falacia porque sabe que es imposible negar, en pleno siglo XXI, la legitimidad, la esencia democrática y la justeza del feminismo.Así, Ratzinger opta por utilizar un lenguaje oscuro e impreciso para declarar que "la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer".
La carta identifica dos corrientes de pensamiento o "tendencias". La primera, "subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder".La segunda, continúa diciendo la carta, "emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria".
El enfoque de género, dice el Vaticano en un espectacular non-sequitur, ha "inspirado...ideologías que promueven... el cuestionamiento de la familia... [y] la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa".Un non-sequitur es una falacia que consiste en hacer inferencias que no se derivan lógicamente de los antecedentes enunciados por el autor para construir sus conclusiones. Non-sequitur significa, literalmente, "no sigue", "no se conecta". Veamos: ¿ Cuál es la conexión entre el enfoque de género, que analiza críticamente la organización patriarcal de la sociedad para promover la articulación de relaciones no sexistas entre hombres y mujeres, y la homosexualidad o el debilitamiento de la familia ? Ninguna. El argumento de Ratzinger es una falacia.
No discutamos hoy la prejuiciada visión de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad, porque este tema merece su propio espacio. Regresemos a los planteamientos centrales de la Carta a los Obispos: el feminismo es condenable porque promueve la búsqueda del poder por parte de la mujer y, además, porque el enfoque de género que utiliza este movimiento corrompe el ordenamiento "natural" de la sociedad.Los sin sentidos del Cardenal
Efectivamente, el movimiento feminista ha luchado por lograr una mejor distribución del poder entre los hombres y las mujeres dentro del Estado, dentro de la sociedad, dentro de los partidos, dentro de la familia, en los procesos de formulación de políticas públicas y hasta dentro de las iglesias. La crítica del Vaticano resulta sorprendente porque la lucha por la distribución justa del poder es la dinámica esencial de la democracia. Debemos recordar, sin embargo, que la democracia es una idea y una práctica ajena a la vivencia de los que operan dentro de las estructuras verticalistas y autoritarias del Vaticano.También es cierto que el feminismo ha luchado por lograr eso que la carta de la Iglesia deplora cuando critica los esfuerzos de la mujer por "liberarse de sus condicionamientos biológicos". Ratzinger parece olvidar que la humanidad entera ha luchado por liberarse de lo que él llama "condicionamientos biológicos", desde que empezamos a desarrollar los medios para hacerlo. La historia de la humanidad ha sido precisamente eso: un constante esfuerzo por superar los instintos e imponer la fuerza de la razón sobre nuestros impulsos primarios. Este esfuerzo, especuló el mismo Freud, contribuyó a la inhibición del incesto. Por este mismo esfuerzo, la ley del más fuerte llegó a ser sustituida por el principio de la justicia y por la institucionalización de los derechos.
La Carta a los Obispos, además, encierra una contradicción colosal. El Vaticano argumenta que las leyes biológicas, creadas por el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II determinan lo que el hombre y la mujer son y pueden ser. Preguntémonos entonces: Si la naturaleza y el rol social de la mujer están determinados por Dios y sus leyes biológicas, ¿ porqué entonces se toma la molestia el Vaticano de escribir un documento para condenar los intentos de las mujeres para escapar de esas leyes y de la voluntad de un Dios omnipotente ? Muy poca fe muestran en el Dios al que rezan, o en la biología que estudian, quiénes se ven obligados a argumentar a favor de lo que ellos mismos consideran como un mandato divino y un ordenamiento natural.El Dios Varón
Las enormes debilidades y contradicciones de la Carta a los Obispos no reducen el impacto potencial puede tener este documento en los obispos que hoy se oponen a la liberación de la mujer y a la democratización de las relaciones de género. Peor aún, esta carta puede terminar reforzando la idea central de la que depende el poder ideológico anti-feminista de la Iglesia Católica: la idea del Dios Varón que, de acuerdo a la carta de Ratzinger, se encarnó en un hombre, Jesús, por razones "importantes y relevantes".La defensa del Dios Varón es el motivo central de la Carta a los Obispos. Este documento condena el enfoque de género porque de acuerdo a la Iglesia, su orientación teórica, sus premisas y sus argumentos, "considerarían sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina". Dios, de acuerdo a la Iglesia, prefirió encarnarse como hombre. Después de todo, decía Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, la mujer es una "cosa imperfecta y ocasional". Y agregaba: "la mujer se halla naturalmente sometida al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento de la razón".
En la antojadiza antropología bíblica del Cardenal Ratzinger, la condición de subordinación en la que ha vivido la mujer a través de la historia cristiana, se presenta como el resultado de una decisión divina: un castigo del Dios Varón contra la mujer por su participación en el "pecado original". En otras palabras, Adán y Eva pecan, pero Dios castiga con especial saña a Eva por razones que, según la embrollada lógica de Ratzinger, debemos también de considerar como "importantes" y "relevantes". Dice la Carta a los Obispos: "En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16).Mil ochocientos años atrás, Tertuliano de Cartago utilizaba la misma interpretación bíblica de Ratzinger y su jefe Juan Pablo II: "Cada mujer debiera estar caminando como Eva, acongojada y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo de Eva, el estigma, quiero decir, del primer pecado, y aborrecimiento, atado a ella como la causa de la perdición humana. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará".
Pero no nos preocupemos, nos dice Ratzinger, Dios a través de Iglesia Católica ha decidido levantar el castigo a la mujer. Todo lo que ella tiene que hacer para hacer sonreír a Dios es seguir el ejemplo de la Virgen María y "sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera".Una santa anti-feminista
La Carta a los Obispos forma parte de la más reciente ofensiva lanzada por el Vaticano contra las mujeres. Hace pocos meses, la Iglesia las invitó a imitar el ejemplo de su nueva santa: la italiana Gianna Beretta Molla, una pediatra, esposa y madre de tres niños y niñas que murió en 1962 a la edad de 39 años, como consecuencia del parto en el que dio a luz a su cuarto hija. Beretta Molla, canonizada en Mayo del corriente año, es la santa número 482 en el catálogo de santos y santas creado por Juan Pablo II en su enloquecida carrera para resacralizar el planeta. Vale la pena repetirlo: este Papa ha canonizado más santos y santas que todos los santos y las santas canonizadas por la Iglesia en los quinientos años previos a su elección.De acuerdo a los datos biográficos publicados por el Vaticano, los médicos que atendían a Beretta Molla le advirtieron en el segundo mes de su embarazo, que su vida corría peligro por un tumor intrauterino y le recomendaron abortar. Ella decidió seguir con el embarazo y murió.
La decisión de Gianna Beretta Molla ha sido interpretada por la Iglesia, como "la consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del Plan de Dios". En el acto de canonización de la Santa, el Papa señaló que Beretta Molla ofrecía un ejemplo del amor conyugal "que responde al llamado de Dios".El mensaje del Vaticano no puede ser más claro: La mujer debe subordinar su vida al cumplimiento de su función reproductiva. Entre un feto de dos meses y la vida de Gianna Beretta Molla, de 39 años de edad, esposa y madre de tres criaturas, la Iglesia Católica se inclina por el feto.
Por la transformación de la idea de DiosLa Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo y la posición del Vaticano con relación a la función reproductiva de la mujer, forman parte de la falsificación de la palabra de Jesús perpetuada por la Iglesia Católica a través de los siglos e intensificada durante el papado de Juan Pablo II. La Iglesia ha condenado a la mujer a parir sin límites y sin condiciones. No importa su edad. No importa la causa de su embarazo. No importa si se trata de Rosa, la niña nicaragüense violada y embarazada en Costa Rica hace ya un año.
Al mismo tiempo, la Iglesia ha perpetuado la imagen de la mujer como el símbolo de las debilidades de la carne. Virgen es la María, esposa del carpintero, para exorcizar la sexualidad humana.El hombre, por su parte, representa la fuerza del espíritu que, elevándose sobre la "natural" tendencia al pecado de la mujer, logra convertirse en el representante de Dios en la tierra. Sólo un hombre puede ser Papa o sacerdote. Sólo un Ratzinger sabe lo que quieren y necesitan las mujeres. Dios es Varón. Putas y pecadoras son, o se inclinan naturalmente a ser, las magdalenas.
El Dios Varón, dice María López Vigil, "fue funcional al rey absoluto y al hacendado colonial, y lo sigue siendo al general de ejércitos, al gobernante autoritario, al caudillo del partido, al papa infalible y al sacerdote y al pastor controlador de conciencias". La transformación de la idea del Dios Varón es la responsabilidad de todos y de todas. Rechazar el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II, es nuestra obligación cristiana.
La marca - Manuel Vicent
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Pandora
Antes de que el niño llegue al uso de razón, su cerebro ya ha sido inoculado con todos los elementos fundamentales de los que no podrá desprenderse a lo largo de la vida. La papilla de cereales irá acompañada con canciones de cuna, que hablarán de ángeles, nubes blancas y dulces sueños, con palabras pronunciadas en una lengua que ya será para siempre indeleble. Éste es el primer ingrediente de la magdalena de Proust. De las cuatro esquinas de la cama los ángeles saltarán directamente al fondo del subconsciente de la criatura y enseguida llegará también la figura del demonio junto con el miedo a la oscuridad. El complejo de Edipo o de Electra comenzará a desarrollarse cuando un desconocido la tome en brazos y le pregunte a quién quiere más, a papá o a mamá, exigiéndole una respuesta súbita. El árbol de la ciencia del bien y del mal a cuya sombra germinará la inteligencia, está lejos todavía. Durante los primeros siete años, el cerebro del niño se halla a merced de todas las sensaciones y con ellas la magdalena de Proust irá tomando condimento, volumen y perfume. Las lecciones del catecismo, las caricias maternales, el pan de la alacena, las primeras advertencias del padre, el fuego del infierno, el aprender a atarse los zapatos, el volteo de campanas, la historia sagrada, los primeros juegos, los símbolos de la patria, las banderas, el equipo de fútbol, los himnos, los cuadernos, el primer castigo, el álbum de cromos, los escudos, el primer premio, el amor de los hermanos, las primeras lágrimas, la tarta de chocolate de cumpleaños y envuelto en papel de regalo, Dios propiamente dicho formando el sabor de la magdalena de Proust, que un día lejano ascenderá a la superficie mojada con camomila. La Iglesia considera que este territorio le pertenece por derecho divino, no está dispuesta a negociarlo con nadie y lo defiende a cara de perro contra el Estado. Aparte del negocio de la enseñanza, la Iglesia sabe muy bien que cualquier sensación irracional que se acuñe en la virginidad de la conciencia se convertirá en una marca imborrable. Cuando la inteligencia ocupe el córtex del cerebro y el individuo trate de desmontar todas las piezas que constituyen su espíritu, le será imposible separar la razón y la creencia, la educación y la memoria. A la Iglesia le importa muy poco lo que aquel niño haga a lo largo de la vida, porque está segura de que en una tarde de melancolía le emergerá Dios dentro de una magdalena y al final, aunque solo sea como cadáver, espera que vuelva al templo.
La voluntad inequívoca de querer morir - Luis Montes y Fernando Soler
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Pandora
La obsesión que muestra la derecha ideológica en nuestro país por calificar públicamente de asesinatos a la eutanasia y el suicidio asistido, o su insistencia en denominar eutanásico al genocidio nazi, no parecen responder a otra cosa que a una premeditada intención de ofuscar, obstaculizar y, finalmente, impedir el debate racional y sosegado sobre la eutanasia y el derecho ciudadano a una vida y una muerte dignas. Sería necesario admitir un enorme grado de estulticia entre sus filas para considerar como de buena fe ignorar que la voluntad de morir separa radicalmente la eutanasia y el suicidio asistido del asesinato o el genocidio. Es ciertamente deprimente para quienes gozamos aún de cierta capacidad de raciocinio el modo en que el vicesecretario de Comunicación y portavoz del PP, González Pons, presentaba a su parroquia el valiente pronunciamiento del ministro Soria a favor del suicidio asistido achacándole la intención de "liquidar al personal con cargo a la Seguridad Social". Pensábamos inocentemente que semejantes ocurrencias tabernarias eran privativas de los sectores más cavernarios de la sociedad. Oírlas en boca de este conspicuo representante, que parecía querer encarnar la cara amable y educada del principal partido de la oposición, nos hace albergar muy pocas esperanzas de que el debate en que nos encontramos pueda desarrollarse en términos civilizados y de racionalidad.
Por nosotros no ha de quedar, sin embargo; seguimos dispuestos a aportar serenamente a la opinión pública los argumentos que, a nuestro juicio, sustentan la pretensión de que nuestras leyes reconozcan el derecho al suicidio asistido -médicamente asistido- y la eutanasia activa voluntaria (tales adjetivaciones son precisas para evitar el interesado totum revolutum terminológico que algunos tienen interés en mantener).
En primer lugar, y para clarificar el debate, digamos que tanto el suicidio asistido como la eutanasia voluntaria son acciones muy similares. Ambas consisten en la muerte de una persona que no desea seguir viviendo por razón de una enfermedad terminal o por una situación de sufrimiento intolerable, aun no mortal a corto plazo. En ambos casos existe la voluntad inequívoca y libremente expresada de morir. La diferencia reside en que en el suicidio asistido la muerte es auto-administrada por quien desea morir, con la ayuda de otra persona, médico en el caso del suicidio médicamente asistido, que le facilita los fármacos o medios para producirse la muerte. El término eutanasia se emplea cuando, bajo las mismas condiciones, es otra persona, sanitario o no, quien produce directamente la muerte deseada. El adjetivo "voluntaria" sirve para distinguirla de la llamada eutanasia involuntaria en la que alguien administra la muerte a otro por razones altruistas pero sin que exista la expresa voluntad de morir por el interesado.
En nuestra opinión no tiene sentido seguir hablando de eutanasia indirecta ni de eutanasia por omisión o pasiva porque sólo complican el debate y porque, además, ambas conductas están ya despenalizadas en el vigente Código Penal de 1995. Digamos de paso que, aunque algunos se empeñen en presentar como especialmente rechazable el homicidio eutanásico, hasta asimilarlo al genocidio, el Código Penal les desmiente al establecer el carácter eutanásico de un homicidio, como atenuante, sin duda en atención a su carácter altruista.
Clarificados los conceptos, analizaremos algunas contradicciones que se dan en nuestro ordenamiento jurídico actual. Es cierto que el Tribunal Constitucional (STC 120/90, de 27 de junio) negó la existencia de un derecho fundamental al suicidio pero, dado que este pronunciamiento se enmarcó en el ámbito de una huelga de hambre penitenciaria, nada autoriza a pensar que esta negativa sea extensible al derecho de un paciente a terminar con sus sufrimientos por sí mismo o con la ayuda de terceros. Una cosa es el suicidio como único medio para terminar con un sufrimiento, intolerable a juicio de quien lo experimenta y otra el suicidio mediante una huelga de hambre con el fin de extorsionar al Estado.
Desde luego es muy difícil compatibilizar coherentemente la negación del derecho general al suicidio con el derecho concreto del paciente a rechazar la aplicación de un tratamiento, aun cuando ello dé lugar a la muerte, derecho que nos reconoce la Ley 41/2002, conocida como Ley Básica de Autonomía del Paciente. Es muy difícilmente comprensible que se tenga el derecho a decidir la propia muerte mediante la desconexión por un tercero de un respirador (el caso de Inmaculada Echevarría) y no se tenga el de pedir que se le administre a uno un fármaco letal al que tampoco se puede acceder sin ayuda (como Ramón Sampedro). Se podrán emplear cuantos tecnicismos legales se quieran, pero los ciudadanos de a pie no entendemos cómo es posible que en iguales circunstancias de rechazo de la vida, que ambos consideraban como una condena, sólo uno tuviera el derecho legal de conseguirlo. ¿Terminaremos deseando estar atados a una máquina de soporte vital porque será la única forma de poder decidir nuestro final?
La desigualdad con que la actual legislación trata a personas en la misma situación de rechazo vital se amplía en el Código Penal que, en su artículo 143.4, penaliza a quien "causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro". Esta delimitación de los hechos punibles a actos necesarios y directos ha despenalizado de hecho, como hemos dicho, la eutanasia en sus modalidades pasiva e indirecta, protegiendo jurídicamente prácticas de buen hacer médico como la limitación del esfuerzo terapéutico o la sedación del paciente terminal (la protección es, en todo caso, muy relativa: aquí estamos los médicos del Severo Ochoa como prueba) pero al limitarse a los actos necesarios, deja fuera del tipo penal el facilitar un veneno letal a una persona que hubiera podido conseguirlo sin ayuda, mientras que penaliza a quien se lo facilita a un paciente impedido para conseguirlo por sus medios, como Ramón Sampedro. ¿Hay discriminación más injusta e injustificable, precisamente con el más indefenso?
A nuestro juicio, estas disfunciones legales se deben a que no se ha abordado directamente el problema que late en el fondo de esta cuestión trascendental. Hay que definir de una vez por todas si el derecho de autonomía personal significa realmente la capacidad de decidir por uno mismo hasta dónde quiere o no quiere llegar. O si se trata de un derecho tutelado. Si, como ha dicho el ministro Bernat Soria, sólo uno mismo -ni una iglesia ni un partido político- puede decidir sobre su cuerpo y ésta es la opinión de su partido en el poder, el tema se aproxima a su resolución: la ley debe reconocer el derecho a poner fin a la propia vida, por sí mismo o ayudado por otros, cuando estime que lo que resta de ella no merece ser vivida.
Quienes, legítimamente por supuesto, se consideran a sí mismos como meros administradores de la vida, no deben tener temor a ser desalojados de ella contra su voluntad. Para ellos, como para nosotros mismos, exigimos la real universalización de los cuidados paliativos y de la sedación terminal como un derecho cívico que ayude a sobrellevar el final de la vida, pero rechazamos, con igual firmeza, la indecente utilización de los cuidados paliativos como coartada para oponerse a la eutanasia y suicidio asistido. Ni los mejores cuidados paliativos, que desde luego no son los que tenemos, podrán impedir el ejercicio de nuestro derecho a decidir, con absoluta autonomía, el momento desde el cual nuestra vida no es digna de ser vivida.
Para ese trascendental momento, esperamos poder contar con la ayuda de compañeros médicos que, protegidos por la ley, no se pongan por ello en riesgo de persecución.
Luis Montes Mieza y Fernando Soler Grande son médicos del hospital Severo Ochoa de Leganés.
Por nosotros no ha de quedar, sin embargo; seguimos dispuestos a aportar serenamente a la opinión pública los argumentos que, a nuestro juicio, sustentan la pretensión de que nuestras leyes reconozcan el derecho al suicidio asistido -médicamente asistido- y la eutanasia activa voluntaria (tales adjetivaciones son precisas para evitar el interesado totum revolutum terminológico que algunos tienen interés en mantener).
En primer lugar, y para clarificar el debate, digamos que tanto el suicidio asistido como la eutanasia voluntaria son acciones muy similares. Ambas consisten en la muerte de una persona que no desea seguir viviendo por razón de una enfermedad terminal o por una situación de sufrimiento intolerable, aun no mortal a corto plazo. En ambos casos existe la voluntad inequívoca y libremente expresada de morir. La diferencia reside en que en el suicidio asistido la muerte es auto-administrada por quien desea morir, con la ayuda de otra persona, médico en el caso del suicidio médicamente asistido, que le facilita los fármacos o medios para producirse la muerte. El término eutanasia se emplea cuando, bajo las mismas condiciones, es otra persona, sanitario o no, quien produce directamente la muerte deseada. El adjetivo "voluntaria" sirve para distinguirla de la llamada eutanasia involuntaria en la que alguien administra la muerte a otro por razones altruistas pero sin que exista la expresa voluntad de morir por el interesado.
En nuestra opinión no tiene sentido seguir hablando de eutanasia indirecta ni de eutanasia por omisión o pasiva porque sólo complican el debate y porque, además, ambas conductas están ya despenalizadas en el vigente Código Penal de 1995. Digamos de paso que, aunque algunos se empeñen en presentar como especialmente rechazable el homicidio eutanásico, hasta asimilarlo al genocidio, el Código Penal les desmiente al establecer el carácter eutanásico de un homicidio, como atenuante, sin duda en atención a su carácter altruista.
Clarificados los conceptos, analizaremos algunas contradicciones que se dan en nuestro ordenamiento jurídico actual. Es cierto que el Tribunal Constitucional (STC 120/90, de 27 de junio) negó la existencia de un derecho fundamental al suicidio pero, dado que este pronunciamiento se enmarcó en el ámbito de una huelga de hambre penitenciaria, nada autoriza a pensar que esta negativa sea extensible al derecho de un paciente a terminar con sus sufrimientos por sí mismo o con la ayuda de terceros. Una cosa es el suicidio como único medio para terminar con un sufrimiento, intolerable a juicio de quien lo experimenta y otra el suicidio mediante una huelga de hambre con el fin de extorsionar al Estado.
Desde luego es muy difícil compatibilizar coherentemente la negación del derecho general al suicidio con el derecho concreto del paciente a rechazar la aplicación de un tratamiento, aun cuando ello dé lugar a la muerte, derecho que nos reconoce la Ley 41/2002, conocida como Ley Básica de Autonomía del Paciente. Es muy difícilmente comprensible que se tenga el derecho a decidir la propia muerte mediante la desconexión por un tercero de un respirador (el caso de Inmaculada Echevarría) y no se tenga el de pedir que se le administre a uno un fármaco letal al que tampoco se puede acceder sin ayuda (como Ramón Sampedro). Se podrán emplear cuantos tecnicismos legales se quieran, pero los ciudadanos de a pie no entendemos cómo es posible que en iguales circunstancias de rechazo de la vida, que ambos consideraban como una condena, sólo uno tuviera el derecho legal de conseguirlo. ¿Terminaremos deseando estar atados a una máquina de soporte vital porque será la única forma de poder decidir nuestro final?
La desigualdad con que la actual legislación trata a personas en la misma situación de rechazo vital se amplía en el Código Penal que, en su artículo 143.4, penaliza a quien "causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de otro". Esta delimitación de los hechos punibles a actos necesarios y directos ha despenalizado de hecho, como hemos dicho, la eutanasia en sus modalidades pasiva e indirecta, protegiendo jurídicamente prácticas de buen hacer médico como la limitación del esfuerzo terapéutico o la sedación del paciente terminal (la protección es, en todo caso, muy relativa: aquí estamos los médicos del Severo Ochoa como prueba) pero al limitarse a los actos necesarios, deja fuera del tipo penal el facilitar un veneno letal a una persona que hubiera podido conseguirlo sin ayuda, mientras que penaliza a quien se lo facilita a un paciente impedido para conseguirlo por sus medios, como Ramón Sampedro. ¿Hay discriminación más injusta e injustificable, precisamente con el más indefenso?
A nuestro juicio, estas disfunciones legales se deben a que no se ha abordado directamente el problema que late en el fondo de esta cuestión trascendental. Hay que definir de una vez por todas si el derecho de autonomía personal significa realmente la capacidad de decidir por uno mismo hasta dónde quiere o no quiere llegar. O si se trata de un derecho tutelado. Si, como ha dicho el ministro Bernat Soria, sólo uno mismo -ni una iglesia ni un partido político- puede decidir sobre su cuerpo y ésta es la opinión de su partido en el poder, el tema se aproxima a su resolución: la ley debe reconocer el derecho a poner fin a la propia vida, por sí mismo o ayudado por otros, cuando estime que lo que resta de ella no merece ser vivida.
Quienes, legítimamente por supuesto, se consideran a sí mismos como meros administradores de la vida, no deben tener temor a ser desalojados de ella contra su voluntad. Para ellos, como para nosotros mismos, exigimos la real universalización de los cuidados paliativos y de la sedación terminal como un derecho cívico que ayude a sobrellevar el final de la vida, pero rechazamos, con igual firmeza, la indecente utilización de los cuidados paliativos como coartada para oponerse a la eutanasia y suicidio asistido. Ni los mejores cuidados paliativos, que desde luego no son los que tenemos, podrán impedir el ejercicio de nuestro derecho a decidir, con absoluta autonomía, el momento desde el cual nuestra vida no es digna de ser vivida.
Para ese trascendental momento, esperamos poder contar con la ayuda de compañeros médicos que, protegidos por la ley, no se pongan por ello en riesgo de persecución.
Luis Montes Mieza y Fernando Soler Grande son médicos del hospital Severo Ochoa de Leganés.
Las razones del silencio - Hilari Raguer
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Pandora
Los apologistas de Pío XII lo absuelven de toda responsabilidad por su silencio ante el Holocausto alegando que fue un mal menor, por las represalias terribles que la denuncia habría provocado. Pero, ¿cabe imaginar un mal mayor que el exterminio que ya se estaba dando? Consecuencias peores podían darse, en todo caso, no para los judíos, sino para el Papa, tal vez con la ocupación militar del Vaticano. Pío XI había sido muy valiente al denunciar las leyes raciales fascistas de 1938. Pablo VI, para defender a Pío XII, saltándose los plazos habituales, mandó publicar la documentación vaticana de aquellos años (Actes et documents du Saint-Siège relatifs à la seconde guerra mondiale, Libereria Editrice Vaticana, 1965-1981), pero de los mismos documentos y de las notas del editor se desprende que importantes documentos fueron ocultados. Decía el P. Anselm Albareda, director de la Biblioteca de Montserrat y luego de la Vaticana, que cuando se recortan documentos siempre quedan filagarses (hilachas). La obra a mi entender más ponderada sobre esta cuestión es la del historiador Renato Moro, sobrino de Aldo Moro, La Iglesia y el exterminio de los judíos. Catolicismo, antisemitismo, nazismo (Desclée de Brouwer, Bilbao, 2004).
Creo que en el ánimo de Pío XII pesaron dos importantes razones. La primera es su conocida simpatía por Alemania, aunque ciertamente no por el nazismo. Las informaciones sobre el exterminio eran tan espantosas que al principio parecían increíbles. Cuando Pío XII recibió testimonios múltiples e irrefutables la guerra estaba ya inclinada francamente del lado de los aliados, y es probable que el Papa se resistiera a sumarse a la propaganda que éstos estaban haciendo contra el nazismo, como si temiera ser calificado de oportunista al sumarse al bando vencedor.-
La cada vez más inevitable derrota alemana motivaba aún otra razón del silencio del Papa. La política de Pío XII (la italiana y la internacional) estuvo siempre presidida por una obsesión anticomunista. Su gran proyecto, aunque no lo podía promover abiertamente, era evitar la derrota de Alemania para que pactara la paz con Gran Bretaña y se lanzaran ambas contra la Unión Soviética. No era fácil, pero una condena del nazismo lo hubiera hecho metafísicamente imposible.
Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.
Creo que en el ánimo de Pío XII pesaron dos importantes razones. La primera es su conocida simpatía por Alemania, aunque ciertamente no por el nazismo. Las informaciones sobre el exterminio eran tan espantosas que al principio parecían increíbles. Cuando Pío XII recibió testimonios múltiples e irrefutables la guerra estaba ya inclinada francamente del lado de los aliados, y es probable que el Papa se resistiera a sumarse a la propaganda que éstos estaban haciendo contra el nazismo, como si temiera ser calificado de oportunista al sumarse al bando vencedor.-
La cada vez más inevitable derrota alemana motivaba aún otra razón del silencio del Papa. La política de Pío XII (la italiana y la internacional) estuvo siempre presidida por una obsesión anticomunista. Su gran proyecto, aunque no lo podía promover abiertamente, era evitar la derrota de Alemania para que pactara la paz con Gran Bretaña y se lanzaran ambas contra la Unión Soviética. No era fácil, pero una condena del nazismo lo hubiera hecho metafísicamente imposible.
Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.
La nostalgia de los obispos
Publicado por
Heli
Juan Francisco Martín Seco
Al remilgado y flamante obispo auxiliar de Madrid, monseñor Martínez Camino, que, según dicen, es jesuita pero más parece legionario de Cristo o miembro del Opus Dei, le ha correspondido llevar la voz cantante en el nuevo arrebato episcopal, e insiste en que el laicismo amenaza la democracia. Para mí que el ambicioso prelado debe de saber mucho de Teología dogmática, pero poco de Historia. La democracia tan sólo fue posible cuando el hombre, abandonando la concepción teocrática de la Edad Media, se decidió a tomar en sus manos su propio destino y desacralizó la vida pública, desligándose de todo yugo que no fuese la voluntad de la mayoría, siempre, eso sí, con respeto a la minoría.
La democracia parte de principios muy diferentes a los de una confesión o secta religiosa. Éstas se basan en el dogma y en la organización autocrática, lo que es incompatible con los fundamentos democráticos. Política y religión tienen su propio campo y autonomía. Lo peligroso comienza cuando se confunden y cada una de ellas pretende invadir el espacio de la otra; cuando la confesión religiosa se aleja del ámbito de la voluntariedad y pretende imponer coactivamente mediante las leyes y a través del poder político su credo y moral, o cuando los poderes públicos, transcendiendo lo funcional y pragmático, pretenden introducir como dogma una determinada concepción de la vida.
Los obispos, en el manifiesto electoral con el que nos han obsequiado en estos últimos días, piden libertad y respeto para proponer su manera de ver las cosas sin que nadie se sienta amenazado. Libertad creo yo que tienen en abundancia, nadie les coacciona ni les impide que hablen y que aconsejen a sus fieles. Es más, gozan de todo tipo de privilegios. Pero no están conformes, no les basta, quieren hablar en las escuelas públicas, desean que se imparta la religión como asignatura, y el Estado consiente. Pero aspiran a más, que el Estado con dinero público financie tales clases, y el Estado las financia. Así y todo no les basta porque ambicionan que esta asignatura compute a la hora de la calificación escolar, y pretenden además dictaminar lo que deben hacer aquellos alumnos que no desean recibir la clase de religión en el tiempo destinado a esa materia.
Afirman los prelados que nadie debe sentirse amenazado por sus enseñanzas, y efectivamente nadie debería sentirse amenazado si se tratara únicamente de enseñanzas, pero el problema es que ellos no se conforman con aconsejar o incluso ordenar a sus feligreses, quieren imponer su moral y su dogma mediante leyes civiles coactivas. Y aquí sí que muchos pueden sentirse amenazados. Nadie impide a lo obispos que legislen y determinen cómo debe ser el matrimonio canónico, el problema es que quieren decidir también la configuración del matrimonio civil, matrimonio, por cierto, que ellos no aceptan y consideran un concubinato.
Nada hay que se oponga a que los obispos exijan a sus fieles homosexuales la abstinencia. Allá ellos si les hacen caso. El problema es que intenten que el poder político les secunde e impida casarse a todos ellos, católicos y no católicos. ¿Cómo no van a sentirse amenazados? Los jerarcas eclesiales tienen plena autonomía y libertad para aconsejar, ordenar y mandar a sus feligreses que permanezcan unidos en el matrimonio hasta que la muerte los separe. Allá quien no vea en esta actitud un profundo cinismo, cuando La Rota, por dinero o por influencias, declara la nulidad de los matrimonios que le interesan, buena prueba de ello la tenemos con el de la actual princesa de Asturias. Son ellos, no obstante, los que atentan contra la libertad de los demás cuando exigen que las leyes civiles no acepten el divorcio. ¿Cómo no va a haber muchos ciudadanos que se sientan amenazados?
Los obispos son muy libres de ordenar a los católicos que crezcan y se multipliquen. Pueden amenazar con todas las penas del infierno a aquellos matrimonios que utilicen medios anticonceptivos, lo que no es lícito es que pretendan que el Estado proscriba su uso. ¿Cómo no van a sentirse amenazados infinidad de ciudadanos? Los príncipes de la Iglesia tienen todo el derecho a morir como deseen y a sufrir lo que les apetezca, pero carecen de legitimidad para negarme la facultad de elegir mi propia muerte. Mi vida y mi dolor son míos y no del Estado ni de los señores obispos. ¿Cómo no voy a sentirme amenazado?
El manifiesto electoral de la jerarquía católica afirma que no todos los programas son compatibles con la fe y las exigencias cristianas. Yo creo que sí, que en democracia lo son todos. Porque no hay ninguno que obligue a nadie a casarse ni a divorciarse ni a usar anticonceptivos ni a practicar la eutanasia ni a nada por el estilo. Pero tampoco en democracia debería haber ninguna formación política —y malo será para el PP si lo hace— que llevara en su programa el compromiso de imponer como leyes civiles los imperativos morales de una formación religiosa, tal situación sólo es posible en una dictadura. Tal vez sea de eso de lo que tienen nostalgia los señores obispos.
www.telefonica.net/web2/martin-seco
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=09/02/2008&name=martinseco
Al remilgado y flamante obispo auxiliar de Madrid, monseñor Martínez Camino, que, según dicen, es jesuita pero más parece legionario de Cristo o miembro del Opus Dei, le ha correspondido llevar la voz cantante en el nuevo arrebato episcopal, e insiste en que el laicismo amenaza la democracia. Para mí que el ambicioso prelado debe de saber mucho de Teología dogmática, pero poco de Historia. La democracia tan sólo fue posible cuando el hombre, abandonando la concepción teocrática de la Edad Media, se decidió a tomar en sus manos su propio destino y desacralizó la vida pública, desligándose de todo yugo que no fuese la voluntad de la mayoría, siempre, eso sí, con respeto a la minoría.
La democracia parte de principios muy diferentes a los de una confesión o secta religiosa. Éstas se basan en el dogma y en la organización autocrática, lo que es incompatible con los fundamentos democráticos. Política y religión tienen su propio campo y autonomía. Lo peligroso comienza cuando se confunden y cada una de ellas pretende invadir el espacio de la otra; cuando la confesión religiosa se aleja del ámbito de la voluntariedad y pretende imponer coactivamente mediante las leyes y a través del poder político su credo y moral, o cuando los poderes públicos, transcendiendo lo funcional y pragmático, pretenden introducir como dogma una determinada concepción de la vida.
Los obispos, en el manifiesto electoral con el que nos han obsequiado en estos últimos días, piden libertad y respeto para proponer su manera de ver las cosas sin que nadie se sienta amenazado. Libertad creo yo que tienen en abundancia, nadie les coacciona ni les impide que hablen y que aconsejen a sus fieles. Es más, gozan de todo tipo de privilegios. Pero no están conformes, no les basta, quieren hablar en las escuelas públicas, desean que se imparta la religión como asignatura, y el Estado consiente. Pero aspiran a más, que el Estado con dinero público financie tales clases, y el Estado las financia. Así y todo no les basta porque ambicionan que esta asignatura compute a la hora de la calificación escolar, y pretenden además dictaminar lo que deben hacer aquellos alumnos que no desean recibir la clase de religión en el tiempo destinado a esa materia.
Afirman los prelados que nadie debe sentirse amenazado por sus enseñanzas, y efectivamente nadie debería sentirse amenazado si se tratara únicamente de enseñanzas, pero el problema es que ellos no se conforman con aconsejar o incluso ordenar a sus feligreses, quieren imponer su moral y su dogma mediante leyes civiles coactivas. Y aquí sí que muchos pueden sentirse amenazados. Nadie impide a lo obispos que legislen y determinen cómo debe ser el matrimonio canónico, el problema es que quieren decidir también la configuración del matrimonio civil, matrimonio, por cierto, que ellos no aceptan y consideran un concubinato.
Nada hay que se oponga a que los obispos exijan a sus fieles homosexuales la abstinencia. Allá ellos si les hacen caso. El problema es que intenten que el poder político les secunde e impida casarse a todos ellos, católicos y no católicos. ¿Cómo no van a sentirse amenazados? Los jerarcas eclesiales tienen plena autonomía y libertad para aconsejar, ordenar y mandar a sus feligreses que permanezcan unidos en el matrimonio hasta que la muerte los separe. Allá quien no vea en esta actitud un profundo cinismo, cuando La Rota, por dinero o por influencias, declara la nulidad de los matrimonios que le interesan, buena prueba de ello la tenemos con el de la actual princesa de Asturias. Son ellos, no obstante, los que atentan contra la libertad de los demás cuando exigen que las leyes civiles no acepten el divorcio. ¿Cómo no va a haber muchos ciudadanos que se sientan amenazados?
Los obispos son muy libres de ordenar a los católicos que crezcan y se multipliquen. Pueden amenazar con todas las penas del infierno a aquellos matrimonios que utilicen medios anticonceptivos, lo que no es lícito es que pretendan que el Estado proscriba su uso. ¿Cómo no van a sentirse amenazados infinidad de ciudadanos? Los príncipes de la Iglesia tienen todo el derecho a morir como deseen y a sufrir lo que les apetezca, pero carecen de legitimidad para negarme la facultad de elegir mi propia muerte. Mi vida y mi dolor son míos y no del Estado ni de los señores obispos. ¿Cómo no voy a sentirme amenazado?
El manifiesto electoral de la jerarquía católica afirma que no todos los programas son compatibles con la fe y las exigencias cristianas. Yo creo que sí, que en democracia lo son todos. Porque no hay ninguno que obligue a nadie a casarse ni a divorciarse ni a usar anticonceptivos ni a practicar la eutanasia ni a nada por el estilo. Pero tampoco en democracia debería haber ninguna formación política —y malo será para el PP si lo hace— que llevara en su programa el compromiso de imponer como leyes civiles los imperativos morales de una formación religiosa, tal situación sólo es posible en una dictadura. Tal vez sea de eso de lo que tienen nostalgia los señores obispos.
www.telefonica.net/web2/martin-seco
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La invención de Dios - Atonio Elorza
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Alea
Por qué escribe usted Alá y no Dios como sería correcto en castellano? Fue la pregunta que me dirigió hace años un traductor. La respuesta era fácil y tiene sentido insistir en ella. Aun cuando tanto Alá como el Dios cristiano o el Yavé judaico sean deidades únicas, y exista un innegable vínculo entre ellas, la personalidad, los atributos, la significación para el creyente, en una palabra el contenido religioso, no es el mismo. El Dios cristiano es heredero de Yavé, como en gran medida lo es Alá. Pero no existe identidad entre los tres. Para empezar, desde que tardíamente es formulado el dogma, el primero responde a una compleja articulación trinitaria, inexistente en el dios del Antiguo Testamento, incluso luego diferenciada entre el cristianismo occidental y el oriental, mientras Alá, según explica Patricia Crone, procede de un dios tribal en un marco politeísta, del cual es extraído para asumir la posición excepcional propia de su antecesor judío. Ahora bien, el enlace es tan evidente que en la revelación coránica, cuyo emisor es Alá, se insertan pasajes y pasajes literalmente tomados del Pentateuco, y en particular la historia de Moisés, el gran precursor. Y esto no debe extrañar porque la profesión de fe (shahâda) tiene mucho que ver con otra profesión de fe anterior en un dios único, la de la secta samaritana: "No hay más dios que Uno y Moisés es su profeta".
Las religiones tienden a cerrarse frente al exterior. Y sus propagandistas a crear cortinas de humo: hay la misma violencia en el Corán que en los Evangelios, nos engaña en este diario Tariq Ramadan. Es lógico: la validez del mensaje divino no debe verse afectado, piensa el creyente, por las opiniones humanas. Benedicto XVI, fiel a su vocación de combatiente por el monopolio eclesiástico del dogma, ha formulado ya la advertencia: el análisis racionalista vale como complemento; por si solo lleva a la catástrofe. También en el Islam, a pesar de venir de lejos los planteamientos que proponen un examen crítico que diferencie los distintos niveles del discurso coránico, subrayado incluso por integristas como Ibn Taymiyya, prevalece la actitud de fortaleza sitiada. Dios es el que es, y el contenido de su mensaje es inmutable. "¡Palabra de Dios!", clamaba no hace mucho un portavoz del nuevo catolicismo ultra: "¡Te adoramos, Señor!", deberá ser la respuesta unánime. No en vano, advierte Jan Assmann, el Dios uno del monoteísmo, versión mosaica, refleja en su condición de legislador todopoderoso la figura del monarca oriental, en concreto la del Faraón egipcio, contrafigura del poder divino tanto en la Biblia como en el Corán.
Lo explicó Jean Bottéro para el Dios bíblico: la personalidad divina es el resultado de un pro-
ceso histórico de elaboración, de una auténtica invención de Dios, cuyo conocimiento resulta imprescindible para la interpretación del mensaje religioso. Esto no significa pronunciarse acerca de la existencia o inexistencia de uno o varios dioses; sólo destaca que la percepción del creyente se limita al precipitado del God-building process. Y aun éste último dista de ser unívoco. Entre el Dios cristiano de las batallas de George Bush o del cardenal García Gasco y el de Hans Küng existen notables diferencias, y lo mismo sucede con el Dios musulmán de Shirin Ebadi o Mohamed Charfi, por una parte, y por otra el de Yusuf al-Qaradawi, el predicador de al-Yazira o Abdessalam Yassin, por no hablar de Ahmadinejad o al-Zawahiri. Tales variaciones pueden alcanzar enorme importancia. Pensemos en lo que representa respecto del Vaticano II y del propio Evangelio, a la postre desfigurado, la concepción autoritaria de extracción paulina que hoy pretende imponer a todos desde Roma Benedicto XVI.
Ante Dios, sus representantes en la tierra exigen silencio reverencial. La jerarquía eclesiástica tiene derecho a difundir "su magisterio", nos dicen los defensores del acto del día 30 de diciembre; luego cualquier crítica es ilícita. Nadie exterior entre en nuestro recinto sagrado, claman los voceros del islamismo. Ellos en cambio sí interfieren en la vida pública, y con toda dureza. El citado Tariq Ramadan entró a saco contra la democracia convertida en "politiquería" que impuso en Francia la ley del velo, García Gasco anuncia ahora la degeneración de la democracia y de los derechos humanos, por los divorcios-exprés o el aborto, Ratzinger quebranta las formas al denunciar en una audiencia la "degradación" de Roma ante su alcalde, el democrático Veltroni, asociando ese no al supuesto malgobierno con el "derecho a la vida". Y si la jerarquía cree no reunir fuerza suficiente, busca como aquí la ayuda en la movilización de masas aconsejada de una secta conocida por sus planteamientos apocalípticos, pintura detestable y gusto por el poder. Todo vale si la política democrática incomoda. Espíritu de Cruzada.
Asistimos, pues, a una inesperada convergencia de integrismos religiosos. Por fortuna, el católico no abriga propósitos de imponer un imperialismo bendecido por Dios, al modo de la concepción "evangélica" de Bush, y tampoco llama a la yihad, aun cuando sí busca la desestabilización de los regímenes de democracia laica que no atienden a sus exigencias de restricción de la libertad. Pero es que, claro, ya lo dijo el Papa, hay que partir de que "el poderoso (el diablo) tiene prisionero al hombre". Curiosamente, al argumentar como hace en su última encíclica Spe salvi, sus observaciones pueden seguir otra línea, así al marcar los límites del progreso, e invocar la necesidad del amor, incluido el mundano, que en su relato se sostiene no sobre la institución sino sobre la entrega incondicionada: "homo absoluto indiget amore". Por un momento, parece que estamos cerca del All you need is love! Benedicto XVI es un reaccionario inteligente, no un integrista como sus corifeos que aquí nos han tocado. Pero el resultado final es el mismo: sin la subordinación radical a Dios, y a la Iglesia que es su representante en la tierra, el hombre se pierde, lo mismo que el siervo de Alá si intenta pensar la justicia y la condición humana por cuenta propia. Sólo queda en pie "la palabra de Dios".
La convergencia es peligrosa para todos. El principio de la soberanía de Dios, proclamado por Ratzinger e inspirado en el Antiguo Testamento, coincide con el mismo postulado en el islamismo. Para ambos, una concepción autónoma de la democracia, de la soberanía del hombre, no sometida a la religión, constituye un reto inaceptable contra la divinidad. La Iglesia, la umma, adquieren el derecho de ingerencia, más allá del círculo de los creyentes. En la visión islamista, toda pretensión de libertad individual pierde sentido ante la supremacía divina expresada en la máxima de "ordenar el bien y prohibir el mal"; cualquier creyente es instrumento de la represión contra quien vulnere la sharía.
El episodio de Barcelona nos muestra que tal actitud, fundida con la exigencia de combatir "la degeneración musulmana" inducida por Occidente, puede transformar en práctica terrorista el proselitismo pietista de un grupo como los tablighi . En su libro de cabecera, Faza'il-e-a'maal, la descripción de un mundo infernal justifica la acción disciplinada de los verdaderos creyentes, con el objeto de presionar a todos para un estricto cumplimiento de la sharía. Desde esos fines comunes, el tránsito de un grupo de integristas tablighi a la yihad resulta perfectamente explicable.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/invencion/Dios/elpepiopi/20080125elpepiopi_4/Tes
Las religiones tienden a cerrarse frente al exterior. Y sus propagandistas a crear cortinas de humo: hay la misma violencia en el Corán que en los Evangelios, nos engaña en este diario Tariq Ramadan. Es lógico: la validez del mensaje divino no debe verse afectado, piensa el creyente, por las opiniones humanas. Benedicto XVI, fiel a su vocación de combatiente por el monopolio eclesiástico del dogma, ha formulado ya la advertencia: el análisis racionalista vale como complemento; por si solo lleva a la catástrofe. También en el Islam, a pesar de venir de lejos los planteamientos que proponen un examen crítico que diferencie los distintos niveles del discurso coránico, subrayado incluso por integristas como Ibn Taymiyya, prevalece la actitud de fortaleza sitiada. Dios es el que es, y el contenido de su mensaje es inmutable. "¡Palabra de Dios!", clamaba no hace mucho un portavoz del nuevo catolicismo ultra: "¡Te adoramos, Señor!", deberá ser la respuesta unánime. No en vano, advierte Jan Assmann, el Dios uno del monoteísmo, versión mosaica, refleja en su condición de legislador todopoderoso la figura del monarca oriental, en concreto la del Faraón egipcio, contrafigura del poder divino tanto en la Biblia como en el Corán.
Lo explicó Jean Bottéro para el Dios bíblico: la personalidad divina es el resultado de un pro-
ceso histórico de elaboración, de una auténtica invención de Dios, cuyo conocimiento resulta imprescindible para la interpretación del mensaje religioso. Esto no significa pronunciarse acerca de la existencia o inexistencia de uno o varios dioses; sólo destaca que la percepción del creyente se limita al precipitado del God-building process. Y aun éste último dista de ser unívoco. Entre el Dios cristiano de las batallas de George Bush o del cardenal García Gasco y el de Hans Küng existen notables diferencias, y lo mismo sucede con el Dios musulmán de Shirin Ebadi o Mohamed Charfi, por una parte, y por otra el de Yusuf al-Qaradawi, el predicador de al-Yazira o Abdessalam Yassin, por no hablar de Ahmadinejad o al-Zawahiri. Tales variaciones pueden alcanzar enorme importancia. Pensemos en lo que representa respecto del Vaticano II y del propio Evangelio, a la postre desfigurado, la concepción autoritaria de extracción paulina que hoy pretende imponer a todos desde Roma Benedicto XVI.
Ante Dios, sus representantes en la tierra exigen silencio reverencial. La jerarquía eclesiástica tiene derecho a difundir "su magisterio", nos dicen los defensores del acto del día 30 de diciembre; luego cualquier crítica es ilícita. Nadie exterior entre en nuestro recinto sagrado, claman los voceros del islamismo. Ellos en cambio sí interfieren en la vida pública, y con toda dureza. El citado Tariq Ramadan entró a saco contra la democracia convertida en "politiquería" que impuso en Francia la ley del velo, García Gasco anuncia ahora la degeneración de la democracia y de los derechos humanos, por los divorcios-exprés o el aborto, Ratzinger quebranta las formas al denunciar en una audiencia la "degradación" de Roma ante su alcalde, el democrático Veltroni, asociando ese no al supuesto malgobierno con el "derecho a la vida". Y si la jerarquía cree no reunir fuerza suficiente, busca como aquí la ayuda en la movilización de masas aconsejada de una secta conocida por sus planteamientos apocalípticos, pintura detestable y gusto por el poder. Todo vale si la política democrática incomoda. Espíritu de Cruzada.
Asistimos, pues, a una inesperada convergencia de integrismos religiosos. Por fortuna, el católico no abriga propósitos de imponer un imperialismo bendecido por Dios, al modo de la concepción "evangélica" de Bush, y tampoco llama a la yihad, aun cuando sí busca la desestabilización de los regímenes de democracia laica que no atienden a sus exigencias de restricción de la libertad. Pero es que, claro, ya lo dijo el Papa, hay que partir de que "el poderoso (el diablo) tiene prisionero al hombre". Curiosamente, al argumentar como hace en su última encíclica Spe salvi, sus observaciones pueden seguir otra línea, así al marcar los límites del progreso, e invocar la necesidad del amor, incluido el mundano, que en su relato se sostiene no sobre la institución sino sobre la entrega incondicionada: "homo absoluto indiget amore". Por un momento, parece que estamos cerca del All you need is love! Benedicto XVI es un reaccionario inteligente, no un integrista como sus corifeos que aquí nos han tocado. Pero el resultado final es el mismo: sin la subordinación radical a Dios, y a la Iglesia que es su representante en la tierra, el hombre se pierde, lo mismo que el siervo de Alá si intenta pensar la justicia y la condición humana por cuenta propia. Sólo queda en pie "la palabra de Dios".
La convergencia es peligrosa para todos. El principio de la soberanía de Dios, proclamado por Ratzinger e inspirado en el Antiguo Testamento, coincide con el mismo postulado en el islamismo. Para ambos, una concepción autónoma de la democracia, de la soberanía del hombre, no sometida a la religión, constituye un reto inaceptable contra la divinidad. La Iglesia, la umma, adquieren el derecho de ingerencia, más allá del círculo de los creyentes. En la visión islamista, toda pretensión de libertad individual pierde sentido ante la supremacía divina expresada en la máxima de "ordenar el bien y prohibir el mal"; cualquier creyente es instrumento de la represión contra quien vulnere la sharía.
El episodio de Barcelona nos muestra que tal actitud, fundida con la exigencia de combatir "la degeneración musulmana" inducida por Occidente, puede transformar en práctica terrorista el proselitismo pietista de un grupo como los tablighi . En su libro de cabecera, Faza'il-e-a'maal, la descripción de un mundo infernal justifica la acción disciplinada de los verdaderos creyentes, con el objeto de presionar a todos para un estricto cumplimiento de la sharía. Desde esos fines comunes, el tránsito de un grupo de integristas tablighi a la yihad resulta perfectamente explicable.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/invencion/Dios/elpepiopi/20080125elpepiopi_4/Tes
El honor de dios
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Alea
Sabemos que el cardenal Rouco Varela no es partidario del divorcio y así nos lo dio a conocer a finales del año pasado, con gran aparato propagandístico y mediático, rodeado de sus pares y jaleado por sus fieles. Pero sabemos también que la excepción confirma la regla y que hubo un divorcio concreto que sin duda no le debió sentar tan mal. Me refiero al de la princesa Letizia (con z de Zapatero), gracias al cual pudo el clérigo oficiar con la pompa debida los esponsales del heredero de la Corona en una escena digna del mejor Anouilh, en la que el honor de dios y el del rey parecieron, por un momento, evidenciarse absolutamente unidos.
Viene esto a cuento de las reacciones públicas tras la reciente manifestación episcopal en defensa de la familia, que no fue tanto un acto religioso como político, en el que los discursos se impusieron a las plegarias, y los prelados, lejos de la cristiana costumbre de implorar por los que nos gobiernan, se dedicaron a acosarlos. A partir de ese día se ha organizado un pequeño guirigay en torno a las expresiones de la Iglesia sobre los asuntos de la política y las interferencias que el Estado padece por parte de los poderes fácticos, entre los que no es el menor el de la Conferencia Episcopal, aunque tampoco quizá tan grande como los obispos quisieran y los gobernantes temen.
Merece la pena insistir en lo que oí por la radio al vicepresidente socialista de Castilla-La Mancha: los obispos y la Iglesia tienen todo el derecho a opinar de política, igual que cualquier ciudadano. Pues este es el punto: también los ciudadanos tenemos derecho a replicar a los obispos, sin ningún respeto diferencial hacia ellos más que el que se debe a todo individuo, pudiendo discrepar no sólo de sus opiniones políticas, sino polemizar también sobre sus recomendaciones morales y lucubraciones dogmáticas. Carecen por eso de fundamento las farisaicas quejas de algunos portavoces eclesiásticos por la supuesta campaña de descrédito organizada contra la Conferencia Episcopal tras la manifestación litúrgica.
En cambio, hay que agradecerle a Rouco y compañía que, al sacar las masas a la calle en defensa de su particular visión del mundo, hayan propiciado el debate que nuestra sociedad necesita sobre el papel de la religión en general, y de la Iglesia Católica en particular, en la convivencia española. Un debate que, en aras del consenso de la Transición y del respeto a valores que se pretendían intocables, se ha venido escamoteando a los españoles durante estas tres décadas de democracia.
Pero, como decía al principio, no se trata ahora de incoar un debate teológico sino de una disputa por definir quién manda. Durante siglos, la Iglesia se ha visto a sí misma como el aglutinante de España. Una estrecha alianza entre el trono y el altar permitió que la Monarquía católica liderara la unidad política del país por encima y al margen de las instituciones civiles y, con sus variantes históricas, dicha alianza se prolongó hasta el final de la dictadura franquista. A los jóvenes de hoy conviene recordarles, o enseñarles si es que no lo saben, que el consejo que asumió la regencia del Estado a la muerte de Franco estaba compuesto por tres miembros, un civil, un militar y un prelado.
La Iglesia ha ejercido de manera directa el poder temporal en este país hasta hace apenas tres décadas, permitiendo incluso a sus cardenales sentarse en las Cortes franquistas y sumarse al coro de los aplausos al dictador, a quien bendijeron como cabecilla de una auténtica cruzada de su fe. Ha disfrutado de prebendas, privilegios y prerrogativas como probablemente ninguna otra comunidad católica lo hizo durante el siglo XX en el mundo, desarrollando una actividad tan variopinta que le permitía lo mismo determinar la legislación con arreglo a sus conceptos morales que establecer el calendario de los días festivos. Esto se acabó con la democracia, pero no del todo. Precisamente porque, aunque la Constitución establece la no confesionalidad del Estado, la capacidad de influencia del lobby clerical se ha mantenido como martillo pilón.
Los sucesos de ahora guardan estrecha relación con la escalada del fanatismo religioso en todo el mundo y el mayor protagonismo de las organizaciones que lo sustentan. La presencia de Ratzinger en el solio de Roma ha consolidado las corrientes integristas y retrógradas dentro de la institución. Se aprecia por doquier un revisionismo de las doctrinas y comportamientos que emergieron en la década de los sesenta como consecuencia del Concilio Vaticano II.
Éste intentó definir la relación de la Iglesia con el mundo de su tiempo, dando así lugar a una "teología del mundo" en la que destacó por sus trabajos el español José María González Ruiz. En su famoso libro El cristianismo no es un humanismo, abordó la necesidad de un diálogo abierto con el ateísmo contemporáneo, singularmente el marxista, expresándose con palabras tan contundentes como éstas: "La Iglesia no ha recibido de Cristo una misión de producir técnicas políticas, sociales o culturales..., por eso no tiene por qué crear una política cristiana, una cultura cristiana, una sociedad cristiana, un Estado cristiano, ni siquiera un partido cristiano". Para añadir: "... la Iglesia como tal es un ámbito puramente religioso y no debe contaminarse ni siquiera de la apariencia de poder civil".
Otro teólogo católico, Olegario González de Cardedal, en su obra El poder y la conciencia señala por su parte que "la moral civil de una sociedad no siempre coincidirá con el proyecto social ni con una legalidad inspirada en el evangelio. Lo contrario supondría una eliminación del pluralismo social o de las vías democráticas de su expresión" (el subrayado es mío). Opiniones como las citadas ponen de relieve que en el propio seno de la Iglesia existen voces cualificadas y discrepantes respecto a la condena del laicismo radical que el señor García Gasco hizo en la manifestación de Madrid.
El laicismo, en la medida que exista, sólo puede ser radical, pues ha de garantizar la absoluta separación entre el Estado y cualquier tipo de confesión religiosa, por mayoritaria que sea, en la sociedad a la que representa. Pero el laicismo de nuestros gobernantes lejos de ser radical está más que descafeinado, al punto de permitir y promover la presencia de toda clase de símbolos, ritos y actos litúrgicos católicos en funciones estrictamente civiles, como los funerales de Estado o las tomas de posesión de los cargos públicos. Desde el punto de vista de la construcción democrática, estos hechos son más perniciosos incluso que la financiación con dinero público de las confesiones religiosas porque transmiten un permanente mensaje de la supuesta catolicidad del Estado. Por lo demás, si los obispos y sacerdotes quieren entrar en política, en su derecho están. Pero a la hora de recibir sus lecciones sobre democracia habrá que recordarles que la Iglesia es una de las sociedades menos democráticas de las imaginables. No guarda los más mínimos de los requisitos exigibles a cualquier formación política que concurra a unas elecciones libres y, desde luego, llama la atención el machismo, éste sí, radical de su estructura de poder y la ausencia de cualquier sombra de igualdad de género en sus filas.
En un mundo crecientemente globalizado y multicultural, donde tantas religiones sirven de excusa o aval para casi cualquier cosa, es preciso discutir con transparencia y honestidad las relaciones entre el poder político y las iglesias. Se trata de un debate pertinente y apasionante, que nos devuelve al escrutinio de la modernidad emanada de la Ilustración, defensora de la radical igualdad de los ciudadanos, y enfrentada ahora a sentimientos de identidad de todo tipo. A este respecto recordaba yo, en un reciente artículo para el semanario Expresso de Lisboa, el refrán de que en España siempre hay que ir detrás de los curas o con un palo o con una vela. Viene al pelo para coronar este artículo. Aunque, a fin de escapar de tan horrible dilema, los Gobiernos democráticos han preferido mostrar a los clérigos la zanahoria. Parece que el experimento no funciona.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/honor/dios/elpepiopi/20080109elpepiopi_11/Tes
Viene esto a cuento de las reacciones públicas tras la reciente manifestación episcopal en defensa de la familia, que no fue tanto un acto religioso como político, en el que los discursos se impusieron a las plegarias, y los prelados, lejos de la cristiana costumbre de implorar por los que nos gobiernan, se dedicaron a acosarlos. A partir de ese día se ha organizado un pequeño guirigay en torno a las expresiones de la Iglesia sobre los asuntos de la política y las interferencias que el Estado padece por parte de los poderes fácticos, entre los que no es el menor el de la Conferencia Episcopal, aunque tampoco quizá tan grande como los obispos quisieran y los gobernantes temen.
Merece la pena insistir en lo que oí por la radio al vicepresidente socialista de Castilla-La Mancha: los obispos y la Iglesia tienen todo el derecho a opinar de política, igual que cualquier ciudadano. Pues este es el punto: también los ciudadanos tenemos derecho a replicar a los obispos, sin ningún respeto diferencial hacia ellos más que el que se debe a todo individuo, pudiendo discrepar no sólo de sus opiniones políticas, sino polemizar también sobre sus recomendaciones morales y lucubraciones dogmáticas. Carecen por eso de fundamento las farisaicas quejas de algunos portavoces eclesiásticos por la supuesta campaña de descrédito organizada contra la Conferencia Episcopal tras la manifestación litúrgica.
En cambio, hay que agradecerle a Rouco y compañía que, al sacar las masas a la calle en defensa de su particular visión del mundo, hayan propiciado el debate que nuestra sociedad necesita sobre el papel de la religión en general, y de la Iglesia Católica en particular, en la convivencia española. Un debate que, en aras del consenso de la Transición y del respeto a valores que se pretendían intocables, se ha venido escamoteando a los españoles durante estas tres décadas de democracia.
Pero, como decía al principio, no se trata ahora de incoar un debate teológico sino de una disputa por definir quién manda. Durante siglos, la Iglesia se ha visto a sí misma como el aglutinante de España. Una estrecha alianza entre el trono y el altar permitió que la Monarquía católica liderara la unidad política del país por encima y al margen de las instituciones civiles y, con sus variantes históricas, dicha alianza se prolongó hasta el final de la dictadura franquista. A los jóvenes de hoy conviene recordarles, o enseñarles si es que no lo saben, que el consejo que asumió la regencia del Estado a la muerte de Franco estaba compuesto por tres miembros, un civil, un militar y un prelado.
La Iglesia ha ejercido de manera directa el poder temporal en este país hasta hace apenas tres décadas, permitiendo incluso a sus cardenales sentarse en las Cortes franquistas y sumarse al coro de los aplausos al dictador, a quien bendijeron como cabecilla de una auténtica cruzada de su fe. Ha disfrutado de prebendas, privilegios y prerrogativas como probablemente ninguna otra comunidad católica lo hizo durante el siglo XX en el mundo, desarrollando una actividad tan variopinta que le permitía lo mismo determinar la legislación con arreglo a sus conceptos morales que establecer el calendario de los días festivos. Esto se acabó con la democracia, pero no del todo. Precisamente porque, aunque la Constitución establece la no confesionalidad del Estado, la capacidad de influencia del lobby clerical se ha mantenido como martillo pilón.
Los sucesos de ahora guardan estrecha relación con la escalada del fanatismo religioso en todo el mundo y el mayor protagonismo de las organizaciones que lo sustentan. La presencia de Ratzinger en el solio de Roma ha consolidado las corrientes integristas y retrógradas dentro de la institución. Se aprecia por doquier un revisionismo de las doctrinas y comportamientos que emergieron en la década de los sesenta como consecuencia del Concilio Vaticano II.
Éste intentó definir la relación de la Iglesia con el mundo de su tiempo, dando así lugar a una "teología del mundo" en la que destacó por sus trabajos el español José María González Ruiz. En su famoso libro El cristianismo no es un humanismo, abordó la necesidad de un diálogo abierto con el ateísmo contemporáneo, singularmente el marxista, expresándose con palabras tan contundentes como éstas: "La Iglesia no ha recibido de Cristo una misión de producir técnicas políticas, sociales o culturales..., por eso no tiene por qué crear una política cristiana, una cultura cristiana, una sociedad cristiana, un Estado cristiano, ni siquiera un partido cristiano". Para añadir: "... la Iglesia como tal es un ámbito puramente religioso y no debe contaminarse ni siquiera de la apariencia de poder civil".
Otro teólogo católico, Olegario González de Cardedal, en su obra El poder y la conciencia señala por su parte que "la moral civil de una sociedad no siempre coincidirá con el proyecto social ni con una legalidad inspirada en el evangelio. Lo contrario supondría una eliminación del pluralismo social o de las vías democráticas de su expresión" (el subrayado es mío). Opiniones como las citadas ponen de relieve que en el propio seno de la Iglesia existen voces cualificadas y discrepantes respecto a la condena del laicismo radical que el señor García Gasco hizo en la manifestación de Madrid.
El laicismo, en la medida que exista, sólo puede ser radical, pues ha de garantizar la absoluta separación entre el Estado y cualquier tipo de confesión religiosa, por mayoritaria que sea, en la sociedad a la que representa. Pero el laicismo de nuestros gobernantes lejos de ser radical está más que descafeinado, al punto de permitir y promover la presencia de toda clase de símbolos, ritos y actos litúrgicos católicos en funciones estrictamente civiles, como los funerales de Estado o las tomas de posesión de los cargos públicos. Desde el punto de vista de la construcción democrática, estos hechos son más perniciosos incluso que la financiación con dinero público de las confesiones religiosas porque transmiten un permanente mensaje de la supuesta catolicidad del Estado. Por lo demás, si los obispos y sacerdotes quieren entrar en política, en su derecho están. Pero a la hora de recibir sus lecciones sobre democracia habrá que recordarles que la Iglesia es una de las sociedades menos democráticas de las imaginables. No guarda los más mínimos de los requisitos exigibles a cualquier formación política que concurra a unas elecciones libres y, desde luego, llama la atención el machismo, éste sí, radical de su estructura de poder y la ausencia de cualquier sombra de igualdad de género en sus filas.
En un mundo crecientemente globalizado y multicultural, donde tantas religiones sirven de excusa o aval para casi cualquier cosa, es preciso discutir con transparencia y honestidad las relaciones entre el poder político y las iglesias. Se trata de un debate pertinente y apasionante, que nos devuelve al escrutinio de la modernidad emanada de la Ilustración, defensora de la radical igualdad de los ciudadanos, y enfrentada ahora a sentimientos de identidad de todo tipo. A este respecto recordaba yo, en un reciente artículo para el semanario Expresso de Lisboa, el refrán de que en España siempre hay que ir detrás de los curas o con un palo o con una vela. Viene al pelo para coronar este artículo. Aunque, a fin de escapar de tan horrible dilema, los Gobiernos democráticos han preferido mostrar a los clérigos la zanahoria. Parece que el experimento no funciona.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/honor/dios/elpepiopi/20080109elpepiopi_11/Tes
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