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Sinécdoques - Fernando Savater

Para empezar un recordatorio por si a ustedes les pasa lo que a mí, que en cuestiones de retórica confundo el oxímoron con la onomatopeya y la metonimia con la metempsicosis: la sinécdoque es el tropo que extiende o altera la significación de las palabras, para designar a un todo con el nombre de una de sus partes. En el terreno político, consiste en convertir a los partidarios de una ideología en representantes únicos y exclusivos del conjunto de ciudadanos que de hecho pueden verosímilmente no compartirla. Durante la pasada dictadura, por ejemplo, sólo eran "españoles" los que apoyaban al régimen franquista o no expresaban críticas contra él: los disidentes decaían de esa titularidad para ser en el mejor de los casos "malos españoles" y, en el peor, formar parte del reino tenebroso de la anti-España. Ahora se dan casos semejantes entre quienes decretan que sólo son vascos, catalanes o gallegos los que comparten la opción nacionalista vigente en cada una de esas comunidades autónomas. Y no puedo por menos de recordar la observación entre zumbona y dolorida que una vez me hizo don Julio Caro Baroja: "Ya ve usted, me he pasado cuarenta años siendo un mal español para ahora convertirme en un mal vasco"...

Este abuso torticero de la sinécdoque ha sido bien documentado por Jesús Casquete en su libro En el nombre de Euskal Herria. La religión política del nacionalismo vasco radical (Ed. Tecnos) y comentado como componente característico del relato de identidad de cualquier nacionalismo por Fernando Molina Aparicio en su artículo La eterna 'cuestión vasca' (revista Claves, número 199). Últimamente parece empeñado en familiarizarnos con esta manipulación el presidente Montilla y otros políticos nacionalistas de la autonomía que lidera, los cuales nos avisan de que una sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut que no fuese de su pleno agrado constituiría un agravio contra los catalanes. Ya aquel famoso -y según muchos infame- editorial de adhesión inquebrantable firmado por una dócil docena de medios informativos locales se había convertido en intérprete nada menos que de la dignidad de Cataluña, pero recientemente el señor Montilla ha proclamado que ningún tribunal de este mundo ni probablemente del otro puede alzarse contra el sentimiento o padecimiento general de los catalanes todos. Y lo sorprendente es que al parecer habla como político democrático, no como psicoanalista del alma colectiva ni como adivino de lo inefable. Según esta aplicación de lo sinecdótico, todos los ciudadanos de Cataluña sienten al unísono y tienen unánime prevención a que el TC lleve la contraria a sus mentores (a pesar del escaso entusiasmo que mostraron por participar en el referéndum sobre en Estatut). Ninguno, por lo visto, se siente interesado en respetar y defender lo que le certifica como perteneciendo con pleno derecho a una comunidad estatal grande, todos prefieren reafirmarse en su menor peculiaridad regional irreductible. Y si hay algunos -o muchos- que no piensan así, es que no son catalanes o al menos "buenos" catalanes....

Naturalmente, esta afición manipuladora a la sinécdoque no es ni mucho menos exclusiva de Montilla y compañía. Se da también en Euskadi, donde cualquier medida informativa o educativa que no sigue la pauta nacionalista es denunciada por quienes hasta hace poco habían dirigido el cotarro como una agresión a la identidad vasca. Y se oye aquí y allá en otras autonomías, con motivo del reparto del agua o de privilegios fiscales. Por no mencionar a los que hablan estos días en nombre de todos los antifranquistas (entre los cuales a muchos de ellos nunca se les vio en tiempos de la dictadura) o deciden quién es progresista y quién no en los tribunales y en todas partes. Aseguraba Cioran que quien dice "nosotros" miente, pero creo que exageraba: sólo mienten, aunque eso sí: alto y claro, los aficionados a las sinécdoques.

Sobre la identidad democrática - Fernando Savater

El debate sobre la identidad francesa incitado por el presidente Sarkozy es un síntoma alarmante de cómo se están poniendo las cosas en nuestra Europa de los malentendidos. ¡Preocupación identitaria hasta en el último bastión republicano del radicalismo ilustrado! Si la sal pierde también el sabor... ¿con qué podremos devolvérselo? Probablemente, la mejor respuesta a quienes inquieren en qué consiste la identidad francesa es replicar: "En no hacer nunca preguntas como ésta". Pero hemos llegado a tal punto que ya no podemos limitarnos a esa irónica contundencia. Es preciso intentar de nuevo dar otra vuelta de tuerca a la pedagogía cívica.


En el congreso Casa Europa, celebrado hace pocos días en Turín por inspiración de Gianni Vattimo, escuché una intervención interesante del ex alcalde de Palermo y actual parlamentario italiano Leoluca Orlando, titulada Identidad y convivencia. Sostuvo que en la UE es preciso dejar de hablar para bien o para mal de "minorías", porque lo que cuenta es que todos formamos parte de la mayoría democrática igual en derechos humanos y garantías civiles. El reconocimiento político de "minorías" estereotipadas consagra una cultura de la pertenencia, según la cual los derechos dependen de la adscripción del ciudadano a tal o cual grupo identitario. Cada identidad se convierte así en un blindaje que justifica excepciones y conculcaciones de las pautas democráticas generales.


Según mi interpretación, existe una diferencia esencial entre la diversidad de identidades discernibles en cualquiera de nuestras comunidades actuales y la identidad democrática que constituye el ADN del sistema político en que vivimos. Como ya he escrito en otro sitio (el curioso debe consultar el capítulo sexto de La vida eterna) el asunto se resume en la distinción entre ser y estar. Cada individuo configura lo que es de acuerdo a una gama más o menos amplia de identidades yuxtapuestas: algunas nos vienen impuestas por los azares de la biología, la geografía o la historia, mientras que otras provienen de elecciones más personales en el terreno de los afectos, las creencias o las aficiones. Hay cosas que somos desde la cuna y otras que preferimos o nos empeñamos en ser: ciertas identidades nos apuntan y al resto nos apuntamos. Sobre lo que cada cual es, cree que es o quiere ser poca discusión pública cabe. Se trata de una aventura personal mejor reflejada en obras autobiográficas como las Confesiones de san Agustín o de Rousseau, incluso en diarios como el de André Gide.


La identidad democrática, en cambio, no expresa tanto una forma de ser como una manera de estar. De estar junto a otros, para convivir y emprender tareas comunes, pese a las diferencias de lo que cada uno es o pretende ser.


El único requisito que se impone en democracia a las diversas identidades que se dan en ella es que no interfieran radical-mente con las normas que permiten estar juntos o imposibiliten su funcionamiento igualitario. Por ejemplo, la identidad francesa es, sin duda, parte de lo que los ciudadanos franceses son, pero hay muchas maneras de vivirla, sentirla y pensarla de acuerdo con el resto de los rasgos de identidad que cada cual considera suyos. Ya existen novelas o películas sobre esta diversidad, que unos viven como drama y otros como conquista (supongo que entre estos últimos habrá que incluir al propio presidente de ascendencia húngara y a su envidiablemente cosmopolita esposa).


No hay cánones definitivos para ser francés, pero sí para estar en Francia como ciudadano de una democracia avanzada. De modo que la pregunta interesante no indaga lo que significa ser francés, sino lo que exige ser ciudadano en Francia.


Lo mismo es válido para el resto de los países, desde luego. No son los minaretes ni los campanarios los que amenazan las libertades públicas, sino aquellos feligreses o dignatarios religiosos que ponen su pertenencia a una fe por encima de sus obligaciones con el sistema democrático que las permite convivir a todas sin desgarramientos ni indebidos privilegios. Frente a la cultura de la pertenencia -acrítica, blindada, basada en el sacrosanto "nosotros somos así"- está la cultura de la participación, cuyas adhesiones son siempre revisables y buscan la integración de lo diferente en lugar de limitarse a celebrar la unanimidad de lo mismo. A esta última, que respeta el ser de cada cual pero lo subordina en asuntos necesarios al estar juntos con quienes son de otro modo, es precisamente a lo que se llama laicismo.


Pero es importante destacar que el laicismo no sólo se refiere a las identidades religiosas: también ha de aplicarse ante otras de distinto signo, como las llamadas de género (refiriéndose al sexo, que es lo que tenemos los humanos a diferencia de los adjetivos y los pronombres) o a las de idiosincrasias nacionalistas. En el País Vasco, por ejemplo, las tímidas medidas que afortunadamente se van tomando para asentar por fin la maltrecha identidad democrática que allí nunca ha tenido verdadera vigencia tropiezan con la oposición de quienes se empeñan en verlas como agresiones a una supuesta "identidad vasca", que ellos se han ocupado de diseñar como incompatible con la española y calcada de parámetros exclusiva y excluyentemente sabinianos. De modo semejante, se previene y desvaloriza en Cataluña la función del Tribunal Constitucional, cuya misión (hay que reconocer que cumplida por lo general sin excesivo lucimiento) supone precisamente la defensa del estar constitucional frente a formas de ser que impliquen desigualdades ofensivas o disgregaciones territoriales de la ciudadanía. No sólo son los obispos quienes pretenden que lo que ellos consideran pecado sea convertido en delito por la ley civil: también hay integrismos culturales o etnicistas que aspiran a imponer sus prejuicios irreversibles -"aquí somos así, hablamos así, etcétera..."- por la misma vía.


El problema de fondo es que las identidades particulares con las que cada uno definimos lo que somos gozan de una calidez entusiasta y egocéntrica a la que difícilmente puede aspirar la más genérica y compartida identidad democrática. Cada cual disfruta o padece (pero deliciosamente) su ser y sólo se resigna a estar con los demás. De ahí la importancia de una educación cívica, la denostada Educación para la Ciudadanía, que razone y persuada para la formación de un carácter verdaderamente laico en todos los aspectos. Ignoro si este objetivo es ahora alcanzable en nuestra era centrífuga, pero estoy convencido de que es deseable y hasta imprescindible dentro de una actitud progresista más allá de las habituales querellas entre izquierdas y derechas.

Orgullo local - Elvira Lindo


La palabra orgullo me produce gran desconfianza. Vivimos en los tiempos del orgullo. Local, sexual, nacional, racial, ideológico. Hay gente tan proclive a sentir orgullo que siente hasta el más tontorrón de todos ellos, el orgullo familiar, y repite su apellido como si fuera el del pueblo elegido. No sé cómo una palabra que encierra en sí misma una connotación clarísima de exclusión ha podido hacerse tan popular en los discursos públicos. Miro el diccionario y me sorprende que su definición aún no haya sido contaminada por el uso actual. "Orgullo: arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas". Entiendo que en ocasiones el orgullo ha podido ser un arma contra la discriminación, pero no hay nada más empobrecedor que columpiarse de por vida en él.
Hay un orgullo que practicamos en España de manera peculiarísima: el local. No digo que el orgullo de pertenencia a una tierra sea algo típicamente español, al contrario, está presente hasta en los lugares más horrendos; lo que convierte nuestro orgullo en algo original es que no tiene ninguna consecuencia práctica. La gente ama a su pueblo de manera casi amenazante, y los políticos españoles, conscientes de ese amor arrebatado, hacen de este sentimiento su doctrina. El enigma es que dicha pasión haya sido absolutamente compatible con el destrozo del paisaje rural y urbano. Y no lo considero una responsabilidad exclusivamente política; paseando por Roma o Nápoles se aprecia que, a pesar de Berlusconi, el orgullo local ha servido para conservar los pequeños negocios, lo artesano, la belleza histórica. Al menos el orgullo les ha sido de alguna utilidad.
Y difiero de la Iglesia católica en su vieja creencia en la superioridad del ser humano. ¿Hay alguna razón por la que sentirse orgulloso de no ser un perro?

El Roto

Paraíso infernal - Pedro Ugarte

Las políticas conservacionistas son tolerables cuando afectan a animales o piezas de terracota, pero resultan insufribles si se aplican a seres humanos. Se critica a aquellos europeos que fueron a evangelizar a otros pueblos, pero no se critica nada a los evangelizadores de hoy día, quizás debido a la cuota de espacio público que ocupan.
Pongo la radio y en un programa políticamente más correcto que el boletín oficial dos miembros de una minoría indígena americana comparecen ante los micrófonos en compañía del inefable cooperante. El conductor del programa pregunta algo, pero antes de que los indígenas digan esta boca es mía el cooperante arranca con un solo de guitarra sobre las petroleras, esas petroleras que esquilman el planeta y acaban con las formas de vida tradicionales. Son las empresas que plantan los blancos aquí y allá, en el Amazonas, en el Altiplano, las que acaban con las formas de vida tradicionales. El cooperante repite tantas veces el sonsonete "formas de vida tradicionales" que cuesta trabajo denominarlo progresista.

Nosotros, los vascos, hace muchas décadas que nos hemos desprendido de esas "formas de vida tradicionales" que defiende el cooperante. Porque los vascos, aunque hoy no lo parezca, también teníamos aquellas formas: caseríos insalubres, aldeas sin agua corriente, epidemias, hambrunas, una compulsiva y continua emigración. Mientras oigo la denuncia radiofónica me encuentro en la cocina con mis hijos. Estoy poniendo la cena, como todas las noches. Mis hijos comen con regularidad y duermen caliente. No tienen que soportar las duras formas de vida de sus antepasados. Los niños vascos no mueren ahora como morían antes, digamos cuatro de cada cinco, de gripe o de viruela o de hambre o de frío. No mantienen una dieta miserable de castañas y tortas de maíz, no padecen la cercanía de las cuadras, ni conviven con animales. Los hijos de los vascos no disfrutan de las formas de vida tradicionales que llevaban a nuestros antepasados a la tumba, desnutridos, desdentados (y jóvenes) hasta hace poco tiempo. Y los hijos de los vascos no necesitan ahora que un aficionado al turismo revolucionario ensalce los "modos de vida tradicionales" de tribus remotas que tienen tanto derecho al bienestar como nosotros.

El tipo que hablaba por la radio no tiene derecho a impedir que llegue a los demás aquello de que nosotros disfrutamos: gas natural, luz eléctrica, neveras, garajes, bancos, supermercados, colegios, seguros, cines, bares, periódicos, autopistas, trenes, libros, cervezas, hamburguesas, coches, teleféricos, teletiendas, telemandos, telesillas, teletubbies. El tipo no tiene derecho a levantar en otros continentes un odioso zoológico de indígenas que justifiquen sus sueños personales y reaviven las pesadillas ajenas. Los seres humanos tienen derecho a buscar la felicidad, y a equivocarse en la búsqueda, y a extraviarla en sucedáneos, y hasta a dar con ella a la vuelta de una esquina. Los seres humanos tienen derecho a la literatura de Kafka y a los tragos de absenta, a las iglesias y a la pornografía, a los grupos de autoayuda y a las grandes superficies, a las bebidas isotónicas y a los calamares congelados. Los seres humanos tienen derecho a un país lleno de bienes y servicios, y de música enlatada, y de iluminación nocturna, y de panaderías y podólogos y billares y oportunidades. Y no debería haber chiflados que ensalzaran la miseria. El verdadero colonialismo es el de esos iluminados que pretenden salvar al Tercer Mundo de su inminente prosperidad, y que imaginan un paraíso donde sólo está el infierno.

La identidad puede matar. Amartya Sen

En su autobiografía de 1940, The big sea, el escritor afroamericano Langston Hughes describe la euforia que se apoderó de él cuando partió de Nueva York hacia África. Arrojó sus libros estadounidenses al mar: "Fue como deshacerme del peso de un millón de ladrillos". Iba camino de su "África, ¡patria de los negros!". Pronto experimentaría "lo real, ser tocado y visto, no tan sólo leído en un libro". El sentido de identidad puede ser fuente no sólo de orgullo y alegría, sino también de fuerza y confianza. No es sorprendente que la idea de identidad reciba una admiración tan amplia y generalizada, desde la afirmación popular de amar al prójimo hasta las grandes teorías del capital social y la autodefinición comunitaria.

Y, sin embargo, la identidad también puede matar, y matar desenfrenadamente. Un sentido de pertenencia fuerte -y excluyente- a un grupo puede, en muchos casos, conllevar una percepción de distancia y de divergencia respecto de otros grupos. La solidaridad interna de un grupo puede contribuir a alimentar la discordia entre grupos. Es posible que de modo inesperado nos notifiquen que no somos sólo ruandeses, sino específicamente hutus ("odiamos a los tutsis"), o que no somos meramente yugoslavos, sino que en realidad somos serbios ("los musulmanes no nos agradan en absoluto"). De mis recuerdos de la niñez sobre las reyertas entre hindúes y musulmanes en la década de 1940, relacionadas con la política de partición del país, viene a mi memoria la velocidad con que los tolerantes seres humanos de enero, rápidamente se transformaron en los implacables hindúes y los crueles musulmanes de julio. Cientos de miles de personas perecieron en manos de individuos que, encabezados por los comandantes de la masacre, mataron a otros en nombre de su "propio pueblo". La violencia se fomenta mediante la imposición de identidades singulares y beligerantes en gente crédula, embanderada detrás de eximios artífices del terror.

El sentido de identidad puede contribuir en gran medida a la firmeza y la calidez de nuestras relaciones con otros, como los vecinos, los miembros de la misma comunidad, los conciudadanos o los creyentes de una misma religión. El hecho de concentrarnos en identidades particulares puede enriquecer nuestros lazos y llevarnos a hacer muchas cosas por los demás; asimismo, puede ayudarnos a ir más allá de nuestras egocéntricas vidas. La reciente bibliografía sobre el "capital social", explorada en profundidad por Robert Putnam y otros, ha expresado en forma suficientemente clara cómo el hecho de identificarse con los demás en la misma comunidad social puede hacer que la vida de todos sea mucho mejor dentro de esa comunidad; por tanto, el sentido de pertenencia a una comunidad es considerado un recurso, como el capital. Ese concepto es importante, aunque debe complementarse con un mayor reconocimiento de que el sentido de identidad puede excluir, de modo inflexible, a mucha gente mientras abraza cálidamente a otra. La comunidad bien integrada en la que los residentes hacen instintivamente cosas maravillosas por los demás con prontitud y solidaridad, puede ser la misma comunidad en la que se arrojan ladrillos a las ventanas de los inmigrantes que llegan al lugar. La desgracia de la exclusión puede ir de la mano del don de la inclusión.
El cultivo de la violencia
El cultivo de la violencia asociada con los conflictos de identidad parece repetirse en todo el mundo cada vez con mayor persistencia. Si bien es posible que el equilibro de poder en Ruanda y en el Congo haya cambiado, ambos grupos continúan teniéndose en la mira. La organización de una identidad islámica sudanesa agresiva, junto con la explotación de las divisiones raciales, ha conducido a la violación y a la matanza de las víctimas subyugadas en el sur de ese territorio, atrozmente militarizado. Israel y Palestina continúan experimentando la furia de identidades dicotomizadas prestas a infligir penas abominables a la otra parte. Al-Qaeda depende en gran medida del cultivo y la explotación de una identidad islámica militante opuesta específicamente a los occidentales.
Y continúan llegando informes de Abu Ghraib y de otros lugares en los que se describe que algunos soldados estadounidenses y británicos, que fueron enviados a luchar por la causa de la libertad y la democracia, recurren a lo que se denomina el "ablandamiento" de los prisioneros por medios totalmente inhumanos. El poder irrestricto sobre las vidas de combatientes enemigos sospechosos o de supuestos delincuentes bifurca nítidamente a los prisioneros y a los guardianes a lo largo de una inflexible línea de identidades disgregadoras ("son una raza distinta de la nuestra"). Parecería excluir, con frecuencia, toda consideración de otras características menos polémicas de los individuos del otro bando, entre ellas, que todos pertenecen a la raza humana.
Si el pensamiento identitario puede ser sujeto de tan brutal manipulación, ¿dónde es posible hallar el remedio? No es posible suprimir o sofocar la invocación de la identidad en general. En primer lugar, la identidad puede ser tanto una fuente de riqueza y de calidez como de violencia y de terror, y tendría poco sentido tratar la identidad genéricamente como un mal. En cambio, debemos basarnos en la idea de que la fuerza de una identidad belicosa puede ser desafiada por el poder de identidades que compiten entre sí. Desde luego, éstas pueden incluir los atributos comunes de nuestra naturaleza humana, aunque también muchas otras identidades que todos tenemos de modo simultáneo. Ello conduce a otras formas de clasificar a las personas, que pueden restringir la explotación de un uso específicamente agresivo de una categorización particular.
Hutu, ruandés y africano
Un trabajador hutu de Kigali puede ser presionado para considerarse sólo hutu y para matar tutsis; no obstante, no sólo es hutu, sino que también es ciudadano de Kigali, ruandés, africano, trabajador y ser humano. Junto con el reconocimiento de la pluralidad de nuestras identidades y sus diversas implicaciones, existe una necesidad críticamente importante de ver el papel de la elección al determinar la importancia de identidades particulares que son ineludiblemente diversas.
Ello podría ser claro, pero resulta importante señalar que esta ilusión tiene el respaldo bien intencionado, aunque algo calamitoso, de los profesionales de una variedad de escuelas respetadas -de hecho, muy respetadas- del pensamiento intelectual.
Hay, entre otros, comunitaristas que consideran que la identidad de la comunidad es incomparable y esencial en una forma predeterminada, como por naturaleza, y que no hay necesidad de que la voluntad humana participe (sería suficiente con el "reconocimiento", si queremos emplear un concepto muy aceptado), y también hay teóricos culturales que clasifican a la gente en pequeños casilleros de civilizaciones dispares.
En nuestras vidas normales, nos consideramos miembros de una variedad de grupos; pertenecemos a todos ellos. La ciudadanía, la residencia, el origen geográfico, el género, la clase, la política, la profesión, el empleo, los hábitos alimentarios, los intereses deportivos, el gusto musical, los compromisos sociales, entre otros aspectos de una persona, la hacen miembro de una variedad de grupos. Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece en forma simultánea, le confiere una identidad particular. Ninguna de ellas puede ser considerada la única identidad o categoría de pertenencia de la persona.
Muchos pensadores comunitaristas tienden a afirmar que una identidad comunitaria dominante es sólo una cuestión de autorrealización y no de elección. No obstante, resulta difícil creer que una persona, en realidad no tiene opción para decidir qué importancia relativa puede asignarles a los diversos grupos a los que pertenece, y que debe "descubrir" sus identidades, como si se tratara de un fenómeno puramente natural (como determinar si es de día o de noche). Todos estamos siempre haciendo elecciones, aunque sea de modo implícito, acerca de las prioridades que debemos asignarles a nuestras diferentes filiaciones y asociaciones. La libertad para determinar nuestras lealtades y prioridades entre los diferentes grupos a los que pertenecemos es peculiarmente importante, y tenemos razones para reconocerla, valorarla y defenderla.
La existencia de la elección no indica, desde luego, que no haya restricciones que la coaccionen. De hecho, las elecciones siempre se hacen dentro de los límites de lo que se considera posible. En el caso de las identidades, las posibilidades dependerán de las circunstancias y las características individuales que determinen las alternativas que tenemos. No obstante, ello no constituye un hecho notable, ya que simplemente es la manera en que se hace toda elección en cualquier ámbito. En realidad, nada puede ser más elemental y universal que el hecho de que las elecciones de todo tipo que se hacen en cualquier ámbito siempre tienen lugar dentro de límites particulares.
Sin embargo, incluso cuando tenemos en claro cómo queremos vernos, es posible que aún nos resulte difícil persuadir a los demás de que nos vean de esa manera. Una persona no blanca en la Suráfrica dominada por el apartheid no podría insistir en que la trataran como a un ser humano, independientemente de sus características raciales. Por lo general, se la hubiera ubicado en la categoría que el Estado y los miembros dominantes de la sociedad le tenían reservada. Nuestra libertad para afirmar nuestras identidades personales a veces puede ser muy limitada a los ojos de los demás, sin importar cómo nos vemos a nosotros mismos.
En realidad, es probable que a veces ni siquiera seamos completamente conscientes de cómo nos identifican los demás, que pueden vernos de un modo que difiere de nuestra autoper-cepción. Hay una interesante lección en una antigua historia italiana -de la década de 1920, cuando el apoyo a la política fascista se expandía con rapidez por toda Italia- sobre un reclutador político del Partido Fascista que intentaba convencer a un campesino socialista de que se uniera a aquel partido. "¿Cómo puedo unirme a su partido?", dijo el potencial recluta. "Mi padre era socialista. Mi abuelo era socialista. En realidad, no puedo unirme al Partido Fascista". "¿Qué clase de argumento es ése?", dijo el reclutador fascista con razón. "¿Qué hubiera hecho -le preguntó al campesino socialista- si su padre hubiese sido asesino y su abuelo también hubiese sido asesino? ¿Qué hubiera hecho en ese caso?". "Ah, entonces -dijo el potencial recluta-, entonces, por supuesto, me hubiera unido al Partido Fascista".


Amartya Sen. Nacido en Shantiniketan, India, en 1993, es Nobel de Economía (1998) por su trabajo en el campo de la matemática económica. Profesor en Harvard, mantiene que "un Gobierno debe ser juzgado en función de las capacidades de sus ciudadanos, y no de los índices de ingreso o del PBI".

2 de mayo de 1808: la sublevación “casposa”

GUSTAVO VIDAL MANZANARES 02/05/2008

Sin ningún rubor, Esperanza Aguirre ha manifestado: “La única respuesta capaz de explicar aquella rebelión popular es aceptar que los españoles de 1808 tenían plena conciencia de que España era una realidad histórica… de la que se sentían dueños”.

Esto es una solemne tontería. Y no empleo una expresión manida, es que eso es una tontería que se suele afirmar de manera solemne… ¿pero qué “conciencia de nación” ni qué monsergas? La única conciencia de aquella pobre gente era aliviarse del frío en invierno y del hambre durante todo el año. Por cierto ningún señorón o señorona de abolengo (los que se llenan la boca de “nación” y “patria”) fue fusilado los siguientes días.

Aunque no resulta extraño que algunos defiendan el 2 de mayo. Si España se hubiera afrancesado, habría sido una nación laica, culta, desarrollada e ilustrada y quienes insultan a pobres mujeres víctimas del terrorismo lo más que conseguirían es una plaza de reponedores en Alcampo.

Resulta, por otra parte, patético que un pueblo se subleve para traer al abominable Fernando VII (el “rey de las tres efes”: felón, fofo y feo) pero que permanezca impasible frente a la invasión de Los cien mil hijos de San Luis que restablecía la tiranía.

Seamos sinceros, el 2 de mayo no debe ser una fecha para celebrar sino para llorar. Imaginar lo que pudo ser un siglo XIX español bajo la Ilustración y el progreso y contemplar, por el contrario, cómo discurrió nuestra historia es para inyectarse Prozac en vena…

… José Bonaparte intentó desterrar el hambre de las tripas de los españoles y la superstición de sus mentes. A cambio, se le motejaba como “rey pepino” o “Pepe botella”; era abstemio y se le injuriaba de borracho; construyó espacios abiertos para disfrute de los madrileños y le insultaban como “el rey plazuelas”… y mal que le pese a la caverna, la primera Carta Magna en España que consagra “las libertades del pueblo” es el Estatuto de Bayona, obra del francés.

Así, no entiendo qué se celebra con la casposa sublevación del 2 de mayo salvo el retorno de la Inquisición restaurada por el rey felón, las guerras carlistas, el “vuelva usted mañana”, la educación religiosa retorciendo espíritus y castrando cerebros, los cuartelazos, las guerras absurdas en África donde blanquearon al sol los esqueletos de infelices que no podían pagar la exención a filas…

“celebramos” también las hambrunas en el campo andaluz donde se sacaba un santo de escayola pidiendo lluvia en vez de aplicar los planes agrícolas franceses…

“conmemoramos” también el analfabetismo del 70% de los hombres y de casi todas las mujeres, el ridículo contra la armada norteamericana en Cuba y Cavite, los consejos de la demente Sor Patrocinio a reyes y gobernantes, la presión de la iglesia hasta asfixiar cualquier soplo de modernidad en la enseñanza y en la vida pública, tarados haciendo el ganso en Montejurra, el amañado “gobierno por turnos”…

… Todo eso y más acarreó la expulsión de los franceses. Muy distinta hubiera sido una España laica y avanzada, preocupada por la ciencia, la industria y la economía y guiada por la razón. Contra todo eso, inconscientemente, se sublevaron muchos españoles el 2 de mayo de 1808.

Por ello poco hay que celebrar. Conmigo que no cuenten.

http://www.elplural.com/opinion/detail.php?id=20540

Animales nacionalistas - Manuel Montero

Razas animales vascas

La etapa soberanista que se inició hace una década ha dado ya frutos benéficos y concretos. Los disfrutan buena parte de los seres que viven en el País Vasco. Son los miembros de las "razas animales autóctonas vascas", que han quedado definidas, protegidas y quizás subvencionadas con un entusiasmo y dedicación administrativa que para sí quisieran muchos vascos.

La exaltación por la raza animal autóctona no es monopolio del vasco. Hace un par de meses, el Gobierno balear se felicitaba por la recuperación de la "cabra salvaje mallorquina". Así que en la isla están como unas castañuelas, pues también por allá dan en solazarse con animales autóctonos -milanos, tordos, jabalíes-, afición que comparten con los gallegos ("porco celta", liebres y jabalíes vernáculos) y que es menos cultivada en otras autonomías, aunque también. Y luego están las razas animales autóctonas españolas propiamente dichas, que imagino son supraautonómicas y de general disfrute, como el galgo español, el "galápago leproso", el gallo "combatiente español", el águila imperial ibérica y la cabra hispánica. Confirma esto las sospechas sobre la increíble variedad de cabras autóctonas que ha producido el solar patrio y sobre nuestra complejidad administrativa, pues ha de pensarse -faltaría más- en una separación conceptual estricta entre las razas animales autóctonas autonómicas y las razas animales autóctonas estatales. Aquéllas dependerán de la Administración autonómica y éstas del ministerio, que quizás no haya caído en la cuenta de su responsabilidad al respecto y tenga en abandono a la animalía representativa de la globalidad.

El Gobierno vasco es un adelantado en la protección de la autoctonía animal. Parece asunto hijo de Lizarra, pues antes sólo se había reconocido como raza autóctona al pottoka, en 1995. Montose el primer Gobierno soberanista y todo fue uno: en 1999, unos meses después, veían su justo reconocimiento gubernamental las razas bovinas "betizu" y "monchina" y el "caballo de monte del País Vasco". En marzo de 2001, le tocaba similar suerte a la gallina vasca y, cuando se avecinaban más, en diciembre de aquel año legendario vio la luz por fin el decreto lúcido sobre "las razas animales autóctonas vascas y entidades dedicadas a su fomento", con lo que podemos quedar ya tranquilos, pues creó un Catálogo de Razas Animales Autóctonas Vascas, así como un Consejo de Razas Animales Autóctonas Vascas.

Se dirá lo que se quiera del mentado decreto, pero tiene la virtud de definir qué es la autoctonía racial, animalmente hablando: "Raza animal autóctona vasca. Es la raza animal cuyo origen conocido más remoto se sitúa en Euskal Herria o País Vasco y que se encuentra incluida en el catálogo creado mediante el presente decreto". Resulta criterio de interés, por la combinación de oriundez vasca y sanción gubernamental de la autoctonidad. Son razas creadas por la naturaleza y el hombre (el baserritarra, dice la legislación) y han acompañado al vasco "desde la noche de los tiempos": así rezan nuestras normativas, románticas en este punto. De lo que se infiere que como Pueblo con identidad no menos autóctona, tenemos una suerte de obligación moral de protegerlas.

Y tanto que desde la noche de los tiempos. El récord lo tiene el pottoka, "raza equina autóctona del País Vasco, cuya presencia en el mismo se remonta a más de 30.000 años", lo que deduce nuestro Gobierno, siempre sensible a estas cosas, a partir de las pinturas rupestres. 30.000 años conservándose en "pureza" hasta las hibridaciones recientes, así se sugiere. Bien mirado, el pottoka es, por tanto, el autóctono más antiguo del País Vasco y, si se sostienen las tesis que atribuyen la heredad a la vetustez, esto (Euskal Herria) es suyo, de los pottokas, los primeros que llegaron, pues los vascos como tales sólo andan por 7.000 años -lo dice el lehendakari, que es quien lleva estas cuentas- y ni comparar se puede. Cualquier beneficio que se les dé parece de justicia para compensarles por la usurpación.

Uno tiene dudas de que siempre se haya corroborado que el origen remoto de la raza autóctona esté en Euskal Herria. Pongamos por ejemplo la gallina "gorri", por la que uno tiene particular querencia, pues poblaba el gallinero de casa cuando niño, e inocente ni imaginaba que estaba ante un legado autóctono de la noche de los tiempos. Se parece mucho a gallinas que he visto por Burgos, pero esto se deberá a la lógica actividad colonizadora de la "gorri gorri" vasca. Mi inquietud reside en si de verdad han comprobado su origen remoto en Euskal Herria, tarea que parece ardua, pero exigida por la legislación, o sólo se le supone. Podría resultar que la autoctonía se establezca, no por la antigüedad local, sino para resaltar rasgos específicos y crear así identidades diferenciadas, con lo que estaríamos haciendo razas autóctonas nuevas y dando gato por liebre (o burro castellano por asno de las Encartaciones) a las nuevas generaciones, que creerían contemplar un cerdo vasco ("Euskal txerria") tal como era en tiempos de Túbal o Astérix y en realidad ven un cerdo inventado a comienzos del XXI, en virtud del soberanismo racial. ¿La autoctonía racial nace o se hace? ¿Las identidades autóctonas vienen de atrás o todo depende del color del cristal con que se mira? La solución del dilema tiene su astucia: raza animal autóctona es la que reconoce el Gobierno vasco, procedimiento de implicaciones amplias que conviene retener.

Algunas razas que nos han acompañado milenios (o se han creado ex profeso a nuestra imagen y semejanza) han desarrollado un asombroso parecido con los vascos (los no animales): lo da la tierra. La vaca "betizu", "ágil, vivaz y armónica", es "de carácter arisco y gran territorialidad" (sic). Su efigie hasta podría ser emblema del Gobierno del día.

Volveremos en otra con más detalles de singular interés.

MANUEL MONTERO
http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/Razas/animales/vascas/elpepuesppvs/20071107elpvas_9/Tes

Banderas - Rosa Montero

Detesto las banderas, todas las banderas. Detesto esos malditos trapos de colores tan increíblemente propensos a teñirse de sangre. Si un explorador marciano viniera a la Tierra, se quedaría turulato al ver que personas adultas son capaces de degollarse y destriparse porque el retal que ellos enarbolan tiene distintos colorines del retal que levantan los contrarios. No me digan que así, observado en frío, no es una payasada. En cuanto a la llamada "guerra de banderas", sigo pensando que prestamos demasiada atención a los payasos. Si por mí fuera, yo prohibiría que se colgara ninguna bandera en ningún lado. Ni un solo trapajo más ondeando en los edificios públicos. Y que usen los mástiles como barra de ejercicios para el equipo nacional de gimnasia (claro que, tal y como están las cosas, lo del equipo nacional también sería muy discutido).
Sé bien que las banderas son algo más que un trapo porque son un símbolo, aunque tan cargado de la violenta irracionalidad nacionalista que da mucha dentera. Y también sé que el desarrollo de la civilidad conlleva ciertas paradojas. Una sociedad demócrata no debe matar a los asesinos, ni torturar a los torturadores, ni saltarse las garantías de un Estado de derecho para defenderse de quienes pisotean los derechos de sus víctimas. De la misma manera, a los que aborrecemos los excesos nacionalistas se nos hace muy cuesta arriba defender una bandera frente a otras, porque desconfiamos de las monsergas patrióticas. Algunos piensan que todo esto debilita a los demócratas frente a los bárbaros; yo creo que no, y la historia lo demuestra: al final, el consenso se impone al vandalismo. Pero, para ello, hay que tener muy claro lo que queremos. Preferiría que no hubiera pendones patrios, pero si un puñado de violentos mequetrefes envueltos en sus propias banderas (a las que, por cierto, nadie ataca) queman la enseña española, entonces tendré que reivindicarla como mía, y no por española, sino como un símbolo de la legalidad y la civilidad en las que quiero vivir. El símbolo de los que no quemamos las otras banderas. He creído entender que ésa es la actitud que sostiene el nuevo partido de Savater y Rosa Díez. Bienvenidos y albricias.


Críticas a la ideología nacionalista

1. Imposibilidad de no ser nacionalista:El que critica a un nacionalismo forzosamente está hablando desde otro nacionalismo. Con lo cual se consigue presentar el nacionalismo como algo natural, no elegido, a lo que nadie escapa: todos tienen patria; se construye un retrato nacionalista de cualquier opositor, negándole la autonomía de su pensamiento y convirtiéndole en agente del nacionalismo rival, y se descalifica la crítica sin considerar argumento alguno porque, diga lo que diga, el que discrepa es un agente del enemigo.

2. El nacionalismo como sentimiento:El nacionalismo no sería sólo una ideología, sino un estado sensible del ser humano. Se consigue de este modo convertir cualquier crítica al nacionalismo en una herida a la sensibilidad, plataforma ideal para el victimismo.
Victimismo: Una de las constantes de los nacionalismos. Los pecados históricos de los que fueron víctimas y su resistencia en el pasado son utilizados con excesiva frecuencia para reafirmarse. Recuerdan constantemente la lista de afrentas que les ha causado el estado. No el estado del príncipe siglos atrás, sino simplemente "el estado", cuando el estado moderno se basa en la absoluta igualdad de los ciudadanos que expresan su voluntad con su voto.
La historia interpretada desde un sentimiento resulta demasiado subjetiva.

3. Alto grado de singularidad natural:No somos un país cualquiera, repiten los nacionalistas. Como si hubiesen países cualquiera. Los elementos que forman la nación tienen entre sí una vinculación orgánica y no puede ser creada o abandonada por voluntad humana. Las creencias, valores, leyes y costumbres no pueden ser juzgadas en abstracto sino que por el hecho de ser nuestras cuentan ya con un aprecio definitivo. Su ideología se reclama más deudora de la biología que del pacto social.

4. La diferencia implica la desigualdad:De la diferencia como expresión de la diversidad social se pasa a la diferencia como factor de jerarquización y discriminación. Por ser diferentes, unos tienen más derechos que los otros. Lo cual no sólo es democráticamente objetable, sino que es un motor implacable de recelos. La exigencia de tolerancia pierde prioridad frente a otras consideradas más urgentes. Se resta importancia a la pluralidad de intereses que tiene cada ser humano y cada generación. Se descuida el reconocimiento del derecho a no creer (religión, ciencia, moralidad, sentido común establecido) que resulta básico para la convivencia en libertad. El orden externo impuesto avanza en el dominio de lo más íntimo. El lugar donde anida la crítica, la utopía y la fantasía que debería quedar fuera de castigos. Para satisfacer las unidades nacionales debe pasarse por encima de cualquier otra consideración. Si los objetivos de la patria son incompatibles con los de otras naciones se debe obligar a los otros a ceder aunque sea por la fuerza.
Sobre estos tópicos todo debate de racionalidad política se convierte en un choque de nacionalismos. Entre nacionalismos no hay diálogo. En el mejor de los casos puede haber negociación y compromiso.

La visón local del nacionalismo:
Contraponen intereses de un grupo contra los de los demás.
Provocan sentimientos de distancia y malestar.
Erosionan la convivencia desde la diversidad.
Sus prioridades no les hacen reparar en los derechos de los demás.
Sus normas, de forma coyuntural, como ejercicio de una discriminación positiva, hacen distinciones entre los ciudadanos y niegan derechos a una parte de ellos.
Promueven un arte folclórico, estrecho, miope, cursi.
No encajan en la tendencia a la integración europea. Desvían la atención popular de reivindicaciones sociales más urgentes y retos actuales como la globalización.
Adoptan un discurso cerrado:
Basado en conceptos con significado particular
Utilizan en exceso imágenes con carga sentimental.
Utilizan en exceso referencias al pasado en cuestiones actuales.
Mezclan ensoñaciones y deseos.

El nacionalismo y la violencia:
Es una constante la reivindicación de derechos culturales y políticos mediante la intimidación. Cuando la violencia hace su aparición se le arrebata a las víctimas la libertad para expresar y defender sus propias opciones.
Deterioro de la convivencia:
Salidas de tono demagógicas contribuyen a deteriorar el clima propicio para un diálogo basado en la lógica. Las víctimas reales o potenciales experimentan vivos sentimientos de inseguridad, indefensión y temor que recortan su libertad. Las agresiones y arbitrariedades provocan reacciones de indignación y crispación social que deterioran la convivencia cívica. La captación de adolescentes y jóvenes y su instalación en la cultura de la violencia marca perniciosamente muchas conductas. Contemplar el sufrimiento humano como un mal necesario es una actitud moral y socialmente rechazable.
Justificación de la violencia:
Se inclinan hacia la justificación de la violencia auque desde un cierto espectro de posturas que van desde la ambigüedad a la defensa directa de su uso. Es bastante común, a efectos prácticos, la justificación del uso de la violencia en situaciones extremas. Es un recurso habitual la descripción de la situación de una región determinada como insostenible. Ninguna causa, ninguna reivindicación, ninguna aspiración por fundada y legítima que pueda ser justifica los atentados a la seguridad y a la libertad.
Inacción ante la violencia:
La inacción ante la violencia demuestra que ésta juega a su favor. Quien obtiene réditos políticos de la coacción no es un demócrata. Limitarse a expresar una repulsa moral no es suficiente. Todas las víctimas de cualquier conflicto tienen derecho al amparo y protección por parte de la ciudadanía y de las instituciones.

Los nacionalismos y la integración europea:
Durante la construcción de Europa los nacionalismos encontrarán un campo menos adecuado para desenvolverse.
La coexistencia de poderes comunitarios, estatales, regionales, y locales varía la perspectiva de los ciudadanos.
Cuando los nacionalistas utilicen términos como los otros, se referirán cada vez más a casi todos los demás.
Conceptos como gobierno centralista calarán en la gente de una forma distinta, relativa, variable.
Se impondrá una lógica cooperativa en todos los actores políticos.
Incremento de los efectos de la globalización (interdependencia, normalización, economías de escala).
Los nacionalismos se verán forzados a la revisión de los objetivos secesionistas a favor de una clara política autonomista asentada en el reconocimiento del pluralismo nacional y a una práctica de lealtades compartidas hacia la nación cultural, la nación política encarnada en el Estado y las cada vez más visibles realidades supranacionales.
http://www.mgar.net/var/nacion.htm

Reflexiones sobre política lingüística

I. ¿Quién es el bilingüe?
Escribía hace ya quince años Aurelio Arteta que el problema esencial que plantea la política lingüística es la del ‘por qué’, es decir, la cuestión de su legitimidad. Y lo triste es que seguimos igual hoy todavía. Porque lo que sólitamente escuchamos debatir a nuestros representantes políticos son simples matices, los del ‘cómo’, el ‘cuánto’ o el ‘en qué grado’ de la euskaldunización. Cuando de lo que hablan tantos y tantos ciudadanos en voz baja no es de modulaciones sino de razones. Lo otro, los matices, no son sino las patéticas escaramuzas de retaguardia que libra una izquierda en franca desbandada desde el momento mismo en que admitió sin oposición el principio de donde nació toda la política lingüística: el de que los ciudadanos vascos deben llegar a ser bilingües. Pues bien, es ante este mismo principio ante el que la razón crítica dice: ¿Por qué?
Una política que pretenda cambiar la realidad requiere una justificación que la legitime. Si se cambia la distribución social de la renta es por razones de justicia; si se modifica la situación respectiva de los ciudadanos de uno y otro sexo es por igualdad. Por eso, cuando el poder público decide convertir coactivamente en hablantes del euskera a quienes no lo son, surge imperiosa la necesidad de una justificación; máxime cuando esa política afecta al ámbito privado y autónomo de la persona, es decir, es una política intervencionista Y no vale argüir que esa política se ha decidido democráticamente por el Parlamento, pues eso vale tanto como el «sic volo sic iubeo, stat pro rationae voluntas» de Juvenal (así lo mando porque así lo quiero, la voluntad vale como razón). Porque no se discute de la legalidad de la política intervencionista, sino de su legitimidad, la cual requiere mejores argumentos que los votos de la mayoría.
No ignoro, claro está, que existe un pretendido discurso legitimador de la política lingüística asimilacionista. Habría que estar sordo para no escuchar la serie argumentativa que pretende justificar los objetivos perseguidos por ella. Lo que sucede, dicho crudamente, es que todos esos pretendidos argumentos no son sino una asombrosa montaña de falacias, paralogismos y metáforas inadecuadas, que ofenden a la razón humana con su solo enunciado. Bien conozco que al hacer esta afirmación tan tajante me arriesgo a recibir una pita universal como engreído presuntuoso, pero me comprometo a demostrarla en las líneas que siguen. Juzguen ustedes.
Vayamos en primer lugar con los paralogismos que la lógica denomina ‘falacias’, y que no son sino razonamientos construidos con aparente corrección pero en los que se ha deslizado (deliberadamente o no) un fallo insubsanable. Las falacias se han clasificado desde la antigüedad en familias, de las cuales nos interesa ahora la de las ‘falacias de composición y de división’. La falacia de composición consiste en atribuir al conjunto las características propias de los elementos individuales que lo componen: «Todos los hombres tienen una madre, la Humanidad tiene una madre», ejemplificaba Bertrand Russell. Esta falacia es básica en la teoría política del nacionalismo, puesto que permite pasar mágicamente del principio de autonomía individual al derecho de autodeterminación de las naciones: ‘Todos los seres humanos tienen derecho a autorregularse, luego las naciones tienen ese derecho’. Pero no nos interesa ahora este paralogismo, sino su inverso, el de ‘división’, que consiste en atribuir las propiedades del conjunto a cada uno de los elementos que lo componen: ‘Esta orquesta es excelsa, luego todos sus miembros son excelentes’. Un salto en el vacío tan obvio como el volatín que se realizaría al decir: ‘La sociedad vasca es de centro-izquierda, todos los vascos son de centro-izquierda’.
Pues bien, aunque resulte increíble, el principal argumento de la política lingüística gubernamental consiste en una parecida biribilketa lógica: ‘La sociedad vasca es bilingüe, luego los vascos son (deben ser) bilingües’. En términos lógicos estamos ante un ‘non sequitur’: del enunciado no se deduce la conclusión que se pretende, sólo ‘parece’ que se deduce. Pero esta apariencia se derrumba no bien se reflexiona, o se compara el propuesto con paralogismos semejantes: ‘La sociedad española es políticamente plural, luego los españoles son individualmente plurales’. ‘El pueblo vasco posee un idioma propio, luego todos los vascos hablan ese idioma propio’. Puras falacias.
La falacia organizada sobre el término ‘bilingüismo’ se completa ordinariamente con otro paralogismo, derivado éste de la idea de igualdad. Dice más o menos lo siguiente: ‘En un país bilingüe las dos lenguas deben estar en igualdad de condiciones’, lo que, dado que una de ellas es universalmente dominada (el castellano), obliga a que también lo sea la otra. Si así no fuera, no se cumpliría el principio de igualdad de las lenguas. Es bastante obvio, sin embargo, que el principio de igualdad a quien se aplica es a las personas, no a las lenguas, y su enunciado correcto dice: En un país bilingüe todos los ciudadanos tienen los mismos derechos lingüísticos; es decir, tienen derecho a ser atendidos por la Administración en la lengua de su elección sin discriminación entre ellos. Las lenguas son objetos o instrumentos, no sujetos, y no tienen ningún ‘derecho a ser iguales’. Y, si no lo ven así, piensen por un momento en el siguiente razonamiento: ‘Todos los ciudadanos pueden profesar libremente la religión que deseen; luego todas las religiones existentes en el país tendrán la misma difusión, número de fieles y ayudas estatales’. O en éste: ‘Todos los ciudadanos tienen derecho a una vivienda, todas las viviendas son iguales’. Una cosa es la igualdad de los sujetos del derecho y otra muy distinta la igualdad de los distintos objetos de ese derecho. Nuestro discurso oficial cae una y otra vez en la confusión entre ciudadanos y lenguas para poder justificar lo injustificable.
Al lado de los paralogismos se sitúan las metáforas deslizantes; es decir, las que inducen a pensar incorrectamente la realidad y llevan a conclusiones erróneas (las ‘metáforas que nos piensan’); ejemplos señeros son las de la ‘riqueza’ y el ‘patrimonio’: ‘El plurilingüismo es un patrimonio y una riqueza que debemos conservar, fomentar y proteger’, nos dicen con extraña unanimidad desde arriba. Bien, es más que discutible que la metáfora sea acertada; estoy seguro de que muchos estarían más de acuerdo con la idea de que la pluralidad de lenguas y culturas es una maldición para la Humanidad, aunque no se atreverán a decirlo en alto, como hizo el poeta de la Biblia que inventó el relato de Babel. Pero bueno, aun admitiendo la metáfora del ‘rico patrimonio a conservar’, ¿qué se sigue de ella? Pues, si no me equivoco, como mucho se sigue que el Estado debe conservar y cuidar el patrimonio lingüístico en cuestión, pero no veo cómo podría seguirse que los ciudadanos debamos usarlo y practicarlo. Nunca he oído decir que el rico patrimonio artístico religioso español (y mira que es amplio y hermoso) autorice al Estado a exigirnos a los ciudadanos acudir a las iglesias y practicar sus ritos para mantenerlos vivos y operantes. Los ciudadanos no formamos parte del patrimonio, sino que lo poseemos. Lo cuidamos, lo desbaratamos, o lo ignoramos. Es nuestro patrimonio, no nuestro señor.
No acaban aquí las metáforas, porque hay otra serie de ellas igualmente poderosas para justificar la conservación obligatoria de la ‘riqueza cultural’: son las analogías orgánicas. La biodiversidad en el mundo vegetal y animal es un bien indudable, luego la diversidad cultural humana es también un bien. Lo dice así hasta la Unesco, sin parar mientes en que el universo humano no es como el orgánico (en el que habitan especies destructivas, ofensivas y colonizadoras de otras), sino que es un universo habitado por seres morales. Por ello, hay diferencias buenas y las hay malas, pero en cualquier caso ello depende de criterios de valor exógenos a la diversidad misma, tales como la justicia, la igualdad o el amor. La diversidad cultural es en sí misma moralmente neutra.
No es verdad que las lenguas ‘vivan’ o ‘mueran’. Eso sólo les pasa a las personas. El euskera desaparecerá, como el castellano desaparecerá (¿acaso lo dudan?), pero seguirán viviendo personas que hablarán ’su’ lengua. Su lengua de ellos, claro
2. Corrigiendo la Historia
Entre los argumentos que usualmente se barajan a favor de la política de euskaldunización hoy toca pasar revista a unos nuevos invitados, llamados identidad, corrección del pasado y perfeccionismo. Se afirma por doquier que el euskera forma parte de la identidad vasca, de lo que se colige que todo ciudadano vasco debe poseerlo. La verdad es que el argumento resulta tan borroso en su presentación que resulta difícil encararse con él. La idea de que la lengua determina una identidad, es decir, que cada lengua estructura los procesos perceptuales y cognitivos de sus hablantes hasta tal punto que organiza la mente en forma peculiar y distinta (la hipótesis Sapir-Whorf) está hoy en día totalmente desacreditada en antropología. Pero, incluso si así no fuera, incluso si fuera cierto que a cada lengua corresponde una identidad, no se comprende por qué razón ello autorizaría al gobierno a intervenir en materia de lenguas. Al revés, de tal dato debería derivarse la exclusión de cualquier proceso artificial de cambio lingüístico puesto que, si no me equivoco, equivaldría a un cambio coactivo de la identidad de las personas.
Porque si la hipótesis es cierta, habría que admitir que los castellanohablantes poseemos una identidad propia y distinta, y que esta identidad resulta modificada y adulterada cuando se nos induce a conocer y practicar otro idioma. Es decir, que la política gubernamental borra nuestra identidad y nos inyecta otra distinta, algo que es anatema para cualquier defensor del particularismo identitario. Si la lengua determina la identidad, sea lo que sea ésta, cambiar de lengua, o añadir otra a la que ya posee el hablante, es un auténtico ‘identicidio’. Y no parece que sea razonable destruir la identidad de unos para conservar la de otros, a no ser que admitamos que hay identidades superiores e inferiores, unas a conservar y otras a borrar. Dejando de lado la identidad, llegamos a uno de los argumentos más sentidos por los defensores de las políticas lingüísticas intervencionistas: la corrección de las injusticias del pasado.
Aquí sí que se sienten seguros, con rara unanimidad, los que claman por imponer o fomentar el conocimiento y uso del euskera, el catalán o cualquier otra lengua de las que denominan ‘minorizadas’. Porque, verán, según el relato canónico del pasado que nos proponen, resulta que en un remoto tiempo todos los habitantes de un territorio tenían una lengua propia, hasta que llegó la otra, la extranjera, que mediante políticas brutales e impositivas fue cercenando el ámbito de uso de la propia y acabó minorizándola en su propia casa. No cabe mayor injusticia histórica que ésta de la lengua vernácula que se ve arrinconada en su propia tierra por la imperialista, prepotente y mayoritaria lengua extranjera. Una injusticia que clama, como es evidente, por su reparación actual, mediante políticas de apoyo y discriminación positiva a favor de la lengua tan violentamente reprimida en el pasado. Así, la actual política lingüística no sería en el fondo sino una forma de reparar el injusto curso de la Historia. Por eso estaría legitimada: porque la realidad que pretende cambiar es injusta.
A pesar de que podría hacerlo, no voy a discutir la veracidad de este relato del pasado; voy a aceptar a efectos dialécticos que, efectivamente, el pasado fue un proceso de violenta imposición de la lengua mayoritaria sobre el euskera, al que ha ido arrinconando por métodos indefendibles. Que así sea, si así les gusta contarlo a nuestros lingüistas. Lo que sucede es que, por mucho que adopte como cierto ese relato del pasado, no veo cómo podría deducirse de él la justificación de una política lingüística de ‘discriminación positiva’ a favor del euskera. Sí, ya sé que a primera vista parece evidente: las mujeres han sido discriminadas en el pasado, luego están ahora justificadas las medidas extraordinarias en su favor; las clases más desfavorecidas han sido tratadas injustamente en la Historia, luego sus integrantes merecen ahora una ayuda especial; el euskera ha sido maltratado en el pasado, luego merece ahora un apoyo aunque éste sea discriminatorio.
La analogía ‘parece’ que funciona (en la apariencia reside el truco de las falacias), pero realmente el argumento carece de la más mínima lógica. Por una sencilla razón: porque cuando hablamos de discriminación positiva de mujeres, de campesinos, de proletarios o de inmigrantes hablamos de personas. En cambio, cuando hablamos de discriminación positiva del euskera, o del catalán, hablamos de cosas, no de personas. Y en ese ‘pequeño’ truco de sustituir personas por objetos (lenguas por hablantes) está toda la trampa del argumento, como es fácil de demostrar. Tomen como referencia al hablante, a la única entidad moral en presencia, y verán lo que le pasa al argumento de la discriminación correctora. Partimos, según el relato canónico, del hecho de que unos euskaldunes fueron discriminados o maltratados en algún momento del pasado para forzarles a abandonar su lengua y sustituirla por el castellano. Otros no lo fueron tanto y consiguieron mantener su euskaldunidad.
El caso es que llegamos así a la actualidad, en la que unos hablantes monolingües castellanos (descendientes de los discriminados injustamente) conviven con unos bilingües (descendientes de los no discriminados en la Historia). Yo mismo me considero un buen ejemplo de los primeros, pues recuerdo que dos de mis abuelos hablaban un euskera que no trasmitieron a mis padres (nunca les oí hablar de abuso e injusticia, pero sin duda lo sufrieron puesto que lo dice el canon). Bien, ¿qué hace hoy la política de discriminación correctora que se practica? Pues, aunque parezca increíble, trata peor a los que fueron discriminados negativamente en la historia y mejor a los que no lo fueron. Dicho de otra forma, vuelve a discriminar a los ya discriminados y añade una nueva injusticia a la anterior. Porque quien tiene menos posibilidades de empleo, quien es exigido para cambiar, quien tiene que hacer un esfuerzo adicional, es precisamente el descendiente del discriminado por la Historia. Mientras que para el favorecido por ella, que conservó felizmente su lengua, todo son premios adicionales. Reconocerán que es un extraño método de corrección de injusticias, un caso que recuerda a la enigmática frase evangélica: «A quien tiene se le dará y le sobrará; a quien no tiene, incluso lo poco que tiene se le quitará» (Mateo, 13, 12). O en términos más simples: una injusticia se tapa con otra. Naturalmente, este extraño resultado tiene su explicación: si tomamos como unidad de actuación la lengua, en lugar de los hablantes, los resultados de cualquier política lingüística son aberrantes. Porque nunca se recordará bastante en esta materia una verdad así de sencilla: lo que importan no son las lenguas, son los hablantes. Y llegamos así al último argumento en pro de la política de euskaldunización coactiva, ése que muchos de ustedes estarán pensando: vamos a ver, buen hombre, ¿no es mejor para usted como persona conocer otra lengua, no es un bien para sus hijos y nietos el dominar más idiomas, no les hace eso más ricos como personas? ¿Por qué entonces se opone a lo que no es sino un bien para usted mismo? Es el argumento ‘perfeccionista’ o ‘paternalista’ por excelencia, el que defiende la legitimidad de una política pública intervencionista cuando no persigue sino el bien de los ciudadanos, el hacerlos mejores.
Es el argumento nacionalista por excelencia: queremos hacerle mejor a usted, ciudadano, queremos insuflarle identidad. Pero también es el argumento de fondo de tantas y tantas políticas públicas que cuidan de nuestra salud, nuestra seguridad, nuestro bienestar: ‘Es por su bien’. A este argumento sólo se puede oponer una palabra: libertad. Y quien no lo entienda, es porque tiene alma de lacayo, como dijo Alexis de Tocqueville. La biblia de la libertad afirma: «La única finalidad por la cual el gobierno puede con pleno derecho ejercer su poder sobre un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es la de evitar que perjudique a los demás. Pero su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser legítimamente obligado a realizar o no realizar algún acto porque eso sería mejor para él, o porque le haría feliz» (John Stuart Mill, ‘On liberty’). Pues eso
3. ¿Y entonces cómo puede ser?
Ésta es la pregunta del millón. ¿Cómo ha podido suceder que una política lingüística con serios déficits de legitimación (como creemos haber demostrado) no sólo se aplique sin restricciones entre nosotros sino que incluso merezca la aquiescencia del Tribunal Constitucional? Porque a lo primero puede responderse diciendo que al fin y al cabo estamos gobernados por nacionalistas, pero lo segundo parece más difícil de explicar. Y, sin embargo, es patente que así sucede: el más alto intérprete de la Constitución ha avalado la política asimilacionista que se practica en Euskadi o Cataluña e, incluso, emplea para ello los mismos argumentos que hemos criticado en anteriores artículos. Es decir, afirma el Tribunal Constitucional que el plurilingüismo es una riqueza a conservar, que la igualdad entre las lenguas es un objetivo a perseguir para superar así situaciones de injusticia histórica, por lo que es plenamente legítimo que se exija a los escolares el conocimiento de la lengua propia al término de sus estudios, utilizando para ello drásticos procedimientos de educación monolingüe (sentencias 6/82, 82/86, 195/89, 19/90 y 337/94). ¿Cómo puede suceder esto, se preguntará el lector?
La respuesta no es fácil de digerir, aunque resulta bastante evidente para quien analiza el fenómeno del nacionalismo sin anteojeras interesadas: la razón última está en que la Constitución española de 1978 es una constitución impregnada de nacionalismo cultural en varios aspectos, y señaladamente en el tratamiento del tema lingüístico (art. 3). Sucede que a quienes gozan de una nacionalidad «satisfecha de estatalidad», como es el caso de los españoles, les gusta creer que ellos no son nacionalistas, que su Constitución es un dechado de patriotismo cívico republicano sin mácula de nacionalismo cultural. Pero es una ilusión. Las constituciones españolas, desde la de Cádiz de 1812, han incorporado una concreta concepción histórica y cultural de la nación española, una concepción preexistente al texto constitucional al cual se imponía con toda su carga particularista. Los historiadores lo saben perfectamente (Portillo Valdés analizó como nadie la «revolución de nación» de 1812), por mucho que últimamente se lleve más la afirmación de que en nuestro pasado constitucional no hay sino liberalismo político del bueno, sin mancha de etnicismo ni historicismo.
Pues bien, la vigente Constitución no escapa a esta tradición y, señaladamente en lo que se refiere al tratamiento del fenómeno lingüístico, es fuertemente nacionalista. Así, su art. 3º declara al castellano como «lengua oficial» y establece las consecuencias de ese adjetivo: el deber de todos los españoles de conocerlo, junto con el derecho de usarlo. La oficialidad arrastra un deber personal de conocimiento y, por mucho que se afirme a veces que éste es un «deber impropio» (piadosa fórmula para disimular lo evidente), ello significa que el Estado se arroga el derecho a exigir que sus ciudadanos hablen (o por lo menos que «sepan hablar») como se considera «natural» que hablen. Si se hubiera tratado simplemente de fijar una lengua para las relaciones gubernamentales, el texto constitucional podría haberse limitado a decir, al regular el funcionamiento de la Administración, en un precepto marginal, que ésta utilizaría el castellano como lengua interna y de relación con los particulares. Pero no lo hizo así, sino que llevó el tema de la lengua al Título Preliminar del texto (su lugar de honor) y lo reguló con toda ampulosidad como un verdadero deber político. Convirtió a aquélla en un símbolo de unidad con el que «marcar» a los ciudadanos: y eso es nacionalismo, nos guste o no reconocerlo.
Sin embargo, ocurrió a renglón seguido una curiosa dualidad: el legislador reconoció con toda generosidad que existían otras lenguas en España y, lo que es más importante, les concedió dentro de su territorio el mismo trato preferente de inspiración nacionalista que había garantizado al castellano en el conjunto. Se estableció así una inusual «coexistencia pacífica» de varios nacionalismos lingüísticos (lo más frecuente es su enfrentamiento), en la que la Constitución vino a decir a las comunidades autónomas: pueden ustedes hacer intervencionismo e imposición con sus lenguas propias siempre que respeten que yo lo haga con la mía: es decir, el castellano seguirá siempre siendo lengua oficial y obligatoria en toda España. Si ustedes aceptan que el legislador español sea nacionalista con su lengua, les permitimos hacer nacionalismo con la suya. ¿Y quién paga la factura de esta componenda? Pues es claro que el ciudadano, tratado como una especie de súbdito/rehén de la lengua o lenguas que le toquen en suerte según el territorio donde habite. En definitiva, que nuestra Constitución «garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos» (art. 16), pero no desde luego la «libertad cultural y de lengua». Esta última libertad está ausente precisamente porque se parte de la idea de que el poder público posee el derecho de definir autoritariamente la lengua de sus ciudadanos. Y de ahí arrancan nuestros problemas, no de otra parte.
La continuación es conocida; el Tribunal Constitucional ha desarrollado este punto de partida con una doctrina que adopta los presupuestos básicos nacionalistas sin dudar y que, por ello, establece que: a) una lengua es oficial si así la declara la autoridad territorial correspondiente, «independientemente de su realidad y peso como fenómeno social»; b) la declaración de oficialidad conlleva que los poderes territoriales puedan adoptar las medidas correspondientes para garantizar su conocimiento efectivo por los ciudadanos, les guste o no; c) se trata con ello de «corregir situaciones de desequilibrio heredados históricamente», para lograr «la plena igualdad de las lenguas»; d) el idioma de la enseñanza lo determinan los poderes públicos, no los ciudadanos, pues «el derecho a la libertad de enseñanza carece de contenido lingüístico»; e) el único límite a los poderes territoriales es el de respetar que el castellano es también lengua oficial y por ello puede ser usada válidamente en todo el ámbito del Estado.
Este mismo nacionalismo es el que asoma también en tantos y tantos de nuestros compatriotas cuando critican los excesos de la política lingüística vasca o catalana diciendo indignados que «van a conseguir que el castellano desaparezca en Cataluña o Vasconia». Porque el argumento (además de ridículo), no defiende tanto la libertad del ciudadano, como la lengua que se considera «natural». Defienden el castellano porque lo consideran seña de identidad, porque ven en él un valor nacional, lo mismo que hacen los nacionalistas vascos con el vascuence. Y no es así, el castellano no vale más que ninguna otra lengua, ni siquiera es un valor en sí. Es una herramienta de comunicación intercambiable con cualquier otra. Lo único que vale es el derecho de los hablantes a su libertad y autonomía personal. Unos hablantes que, a la larga y en ausencia de constricciones exógenas, siempre elegirán como segunda lengua el instrumento que les garantice un mayor potencial comunicativo, nunca el que les proporcione uno menor al que ya poseen.
Tomar conciencia de que el origen de las políticas intervencionistas y asimilacionistas que hoy padecemos se encuentra en nuestra propia Constitución nos ayuda a ver el camino que debería seguirse para superarlas o, por lo menos, para crear la conciencia crítica necesaria para empezar a andarlo. El camino pasa inexcusablemente por una nueva definición del concepto de autonomía cultural como un derecho propio del ciudadano, un derecho del que no puede disponer nunca el poder constituido para realizar políticas culturales supuestamente «perfeccionistas». El Gobierno está para garantizar que se atiendan y satisfagan efectivamente los iguales derechos lingüísticos de los ciudadanos, no para hacernos más felices inculcándonos la lengua que considera natural a nuestra identidad. Ni para practicar una especie de «conservacionismo cultural» a costa de nuestras bocas. Y para lograrlo hay que empezar por reformular la Constitución española, la madre de este concreto vicio.

José M. Soroa (EL CORREO DIGITAL, 16/04/07)

Nacionalismo excluyente

Entrevista a Fernando Savater por Rubén Loza Aguerrebere

El filósofo y ensayista Fernando Savater ha estado apenas unas horas en Montevideo, donde dio una conferencia sobre temas de su especialidad académica. Azote de totalitarismos, defensor de la democracia y combatiente sin armas contra las armas, ha dado estas respuestas a nuestras interrogantes.

Pregunta: Usted ha sostenido que el pueblo tiene un solo origen y la voluntad es cosa de cada uno de los ciudadanos. ¿Qué comentarios haría sobre la idea de nación como comunidad étnica opuesta a la idea de sociedad común de ciudadanos democráticos? ¿El nacionalismo vasco es una cosmovisión totalitaria?
Respuesta: Yo creo que el nacionalismo, como tiene historia, no tiene una única definición. Es decir, no es lo mismo el nacionalismo en el siglo XVIII, cuando es una ideología que trata de legitimar un poder más democrático, más popular, que los nacionalismos del siglo XIX y que muchos de los nacionalismos del siglo XX, que tuvieron esos aspectos bélicos y que han terminado finalmente oponiéndose, desde dentro de las propias democracias, a la creación de sociedades democráticas. A medida que ha ido pasando el tiempo y se ha ido desarrollando, tanto en el derecho como en la ciudadanía, el énfasis nacionalista se ha ido aplicando, para decirlo de alguna manera, en forma más reaccionaria: excluyente, en contra del inmigrante, en contra de compartir internacionalmente aspectos de la gestión. O sea que, hoy por hoy, lo que pudo haber sido un movimiento revolucionario en el siglo XVIII frente al poder absoluto de los reyes, es normalmente una muestra de interesado egoísmo frente a la extensión de los derechos democráticos.
P: ¿El problema de los nacionalistas es el de cómo hacer para convencer a quienes no son nacionalistas de las ventajas de la unidad territorial y de un Estado independiente?
R: Eso podría ser una buena solución si realmente los nacionalistas quisieran convencer a alguien. Pero no plantean su ideario como un proyecto político más, sino como la reivindicación de un derecho que debe ser acatado necesariamente. Lo que pasa es que ellos no quieren convencer a nadie. Si lo quisieran, no habría problema: harían una descripción de la situación, diciendo, “bueno, dentro de lo posible tenemos este proyecto”. Pero lo que ocurre es que es un derecho que ellos exigen ver cumplido y que los demás le regatean. No se trata para nada de convencer. Si existe tal cosa, como el pueblo vasco, sobra justificar si está bien o si está mal y cuáles son las ventajas para los demás o no. Ellos dicen que, simplemente, tiene que ser así, porque es la reivindicación de un derecho. Claro, el problema es que termina desembocando en algunos casos en la violencia, ¿no? Uno no trata de persuadir a nadie por la violencia para reivindicar un derecho indiscutible o inmarcesible, pero ocurre eso.
P:¿La causa del terrorismo es el nacionalismo?
R: No. Creo que hay nacionalistas que no son terroristas; tampoco ello se da totalmente en el antisemitismo o en el nazismo. Yo creo que no hay que confundir los peces con el agua. Lo que pasa es que no hay peces fuera del agua; y uno sospecha que cuanto más agua hay, aumenta la posibilidad de encontrarte con más peces, e incluso hasta tiburones...
P:¿Coinciden el PNV y ETA?
R: Ellos, ahora, están convergiendo en muchos postulados políticos fundamentales. ETA quiere que todo lo que se consiga en el País Vasco se obtenga por medio de la lucha armada. Así, de alguna manera, buscan reivindicar que lo que se ha conseguido se ha obtenido gracias a su lucha armada. El PNV prefiere, naturalmente, que las cosas se consigan mediante la propia intervención del PNV. Probablemente, ETA quiere las cosas de forma mucho más rápida, más radical. Y los nacionalistas quieren hacerlo todo de una manera más paulatina, más sibilina. Pero es evidente que el ideario nacionalista llamado moderado comparte con el ideario radical, digamos, un ochenta o un ochenta y cinco por ciento. Comparten, en todo caso, mucho más que con el resto de los demócratas.
P: El presidente Ibarretxe ha proclamado que hará un referéndum ratificatorio de su propuesta secesionista, sin tener en cuenta a las Cortes Generales. El presidente del Tribunal Constitucional ha dicho que, para ello, debería reformarse la Constitución. Mayor Oreja sostiene que no hay posibilidades legales ni jurídicas para ello. ¿Qué comentarios le sugiere todo ello?
R: Yo no soy experto en leyes, pero, por lo que he oído, se trataría de una ruptura con la Constitución y no de una reforma de la Constitución. Es decir, que dentro del marco legal actual no cabe esa propuesta de Ibarretxe. Pero esto, yo diría que para mí es lo de menos, porque el verdadero problema es que a un pueblo, a un grupo de ciudadanos atemorizados, hostigados, que prácticamente no se atreve a expresar sus opiniones sobre ningún tema, de pronto, y en medio de la violencia, se les va a preguntar sobre una cuestión decisiva, que naturalmente ellos verán como la única salida posible a la violencia. Nadie dice que estés dialogando con un asaltante cuando te apunta con una pistola y te pide la cartera y tú regateas si la das o no. Es decir, si no existiera la pistola ni se te plantearía el asunto de dársela. Al final se la vas a dar no porque él te explique la vida de su familia y sus problemas económicos, sino porque tiene simplemente una pistola en la mano. Entonces, si en algún caso saliese ese referéndum de Ibarretxe, y saliese algún voto afirmativo para él, ello no tendría nada que ver con la ideología. Y eso es precisamente lo que nosotros rechazamos. Nos negaríamos a admitir cualquier resultado mientras, de alguna manera, no se hubiese creado el marco de legalidad, de normalidad y de reconciliación, donde una cosa de éstas sea posible sin que parezca pagar el precio de algo.
P:¿Y en esta tarea está embarcada “Basta Ya”?
R: “Basta Ya” está embarcado en la movilización de la sociedad. Es decir, nosotros queremos, desde la movilización de la sociedad, mostrar que existe una sociedad vasca que no se agota en el nacionalismo vasco. Cuando los nacionalistas hablan de pueblo vasco, hablan de parroquia nacionalista. Bueno, queremos demostrar que el pueblo vasco es mucho más amplio que la parroquia nacionalista; queremos, también, movilizar la sociedad para que no todo dependa de decisiones tomadas en las alturas y para que se vea que hay gente capaz, que por lo menos intenta afirmarse y defenderse; y luego queremos, también, apoyar a los partidos políticos en su lucha directa contra la violencia de ETA. Y apoyar la ley de ilegalización de partidos políticos violentos y, en fin, las medidas del juez Garzón...
P: ¿Ante actos multitudinarios y pacíficos como los de “Basta Ya” podríamos pensar que está precipitándose el nacionalismo vasco?
R: Esas manifestaciones las hemos hecho pensando y buscando dar un cierto refuerzo y una cierta inyección de ánimo a una gente aislada, atemorizada y sin reconocimiento de los demás. Un acto como el del sábado 19 de octubre (una multitudinaria manifestación en contra del nacionalismo excluyente) fue un acto en el que la gente se sintió acompañada, se sintió de alguna manera entendida y salió a la calle a decir lo que pensaba sobre lo que tiene que estar callando diariamente. No me hago ilusiones de que eso cambie en un sentido o en otro, pero yo creo que habrá gente dentro del nacionalismo vasco que se de cuenta de ello, como lo que ocurrió con los empresarios vascos y otra serie de cosas que implican que el nacionalismo no tiene las cosas nada fácil. Y es más, se ha dado la cosa grotesca de que la prensa radical ha dicho que la manifestación ha sido un fracaso porque había doce o trece mil personas... bueno, si ya niegas lo que estás viendo con los ojos, pocas esperanzas debes tener en la persuasión, ¿no?

El nacionalismo obligatorio - Savater

En un reciente y espléndido artículo, Antonio Muñoz Molina señalaba que a él le parecía bien que el nacionalismo fuese legítimo, pero se negaba a aceptarlo como obligatorio. Sin embargo precisamente el primer dogma nacionalista es la obligatoriedad del nacionalismo: o bien se es nacionalista de los suyos o bien se es nacionalista de los otros, pero nadie puede escaparse de ser nacionalista, porque por lo visto el nacionalismo es característica esencial del ser humano, como la mortalidad o la risa. De modo que cualquier crítica al nacionalismo no puede brotar más que del nacionalismo opuesto, lo cual la neutraliza. Como también las críticas al nacionalismo son nacionalistas no pueden desmentirlo sino que lo confirman, lo cual llena de júbilo al nacionalista, que suele ser proclive a las alegrías sencillas de la vida.
Esta argumentación, la más vieja del mercado, me ha sido aplicada recientemente por Ernest Lluch en un artículo que me eximía de ser «visceralmente antinacionalista», pero sólo al precio de convertirme en «visceralmente nacionalista»... español. Comprendo que nadie tiene derecho a exigir a sus críticos talento en la argumentación, pero uno suplicaría al menos originalidad en las bobadas. En este caso no he tenido suerte. A diferencia mía y caso único en el mundo, Lluch asegura en cambio que él no forma parte de la aguerrida milicia nacionalista de ninguna nación, sea pequeña, grande o mediana: según parece sirve a la patria sólo en servicios auxiliares, de modo que su reconvención es desinteresada. El buen hombre quiere curarme de mi nacionalismo exacerbado antes de que sea demasiado tarde. Muy gentil por su parte.
¿En qué se nota mi grave nacionalismo, según el doctor Lluch? Paso por alto su mención a que nunca he denunciado el nacionalismo español de Covadonga, el Cid y la lengua del Imperio, cosa que atribuyo a un olvido suyo o a una disculpable ignorancia de mi obra. Como escribo demasiado, no puedo reprochar a nadie que no me lea del todo si tiene cosas mejores que hacer.
En todo caso, prefiero que me reprochen no haber dicho lo que sí he dicho que el haber dicho lo que no he dicho... Pero los dos síntomas concretos más significativos que me señala, ambos recientes, merecen sin duda comentario. El primero es haber sido distinguido en Barcelona por la Asociación para la Tolerancia. El segundo, haber presentado elogiosamente el libro Contra Cataluña de Arcadi Espada, también en una librería de la ciudad condal. Veamos más de cerca ambas alarmas.

El reproche contra la Asociación para la Tolerancia que formula Lluch es que son contrarios a la Ley de Normalización del catalán. No sé si son contrarios o no, ni tampoco me parece un pecado demasiado grave: en democracia tenemos obligación de cumplir las leyes, no de que nos gusten.
Y tenemos la posibilidad, si no nos gustan, de intentar cambiarlas por vía parlamentaria. Por lo que escuché en la grata velada que pasé con ellos, los miembros de la asociación son contrarios a que el catalán sea la única lengua vehicular de enseñanza en Cataluña. Tampoco yo estoy de acuerdo con esa disposición, que niega de facto un rasgo evidente de la sociedad catalana, a saber su bilingüismo, y empuja hacia la enseñanza privada a quienes desean escapar de esa discriminación de la pública. No creo que esa discrepancia me convierta en nacionalista español, lo mismo que mi igualmente firme oposición a una enseñanza sólo en castellano no me hace nacionalista catalán.
Los miembros de la Asociación se oponen también a los diputados que abandonan el Parlamento autonómico si se habla en castellano, lengua de la mitad de los ciudadanos del país, a los obispos que intentan convertir en mandamiento divino el catalán para aquellos que no lo saben, a los intelectuales totalitarios que pretenden convertir el catalán en la única lengua oficial de la comunidad autónoma, a los que se inventan absurdamente un derecho lingüístico territorial para negar por decreto lo que efectivamente pasa en el territorio. Y tampoco les gusta que el carnet estudiantil de la Universidad de la que supongo profesor a Lluch sea bilingüe, pero en catalán e inglés. Comparto todos estos antagonismos sin reservas por una razón que Lluch comprenderá: detesto a quienes obligan a otros a andar por el arroyo mientras ellos monopolizan la acera.
En cuanto al excelente y punzante libro de Arcadi Espada, Ernest Lluch le reprocha nada menos que tener como eje la justificación de los catalanes franquistas partidarios de la eliminación del autogobierno y la prohibición de la lengua catalana. Eso no es verdad y mentir está muy feo, aunque comprendo que cuando uno es ex-ministro cueste sacudirse el hábito. Lo que hace Espada es criticar el uso manipulador de la historia que se llevó a cabo en determinado programa de la televisión autonómica, que a su juicio contribuía maliciosamente a encizañar el país más que a entenderlo. Como no vi ese programa no puedo opinar, pero su argumentación me parece verosímil y nada tiene que ver con lo reprochado por Lluch. En cambio conozco lo suficiente Cataluña para saber que el resto del libro está lleno de observaciones agudas cuya crítica contribuye a engrandecer el país en lugar de empequeñecerlo, incluso aunque se discrepe de ellas.
Y de eso se trata en fin, de hacer el país más ancho y no más estrecho. El nacionalismo al que me opongo es el que mutila y descarta parte de la sociedad plural a que se aplica. El que quiere dividir la realidad nacional en propietarios y advenedizos, el que pretende inventarse siguiendo a Charles Maurras un «extranjero interior» contra el que luchar, el que quiere suprimir y monopolizar, poniendo en peligro la ejemplar convivencia de lo diverso que se da en la vida cotidiana de Cataluña... o en Euskadi, mal que les pese a los fanáticos oscurantistas. La verdadera mirada no nacionalista es la de esa niña de Huesca -once años de edad- que en una redacción describe así su limpio mundo en donde todo cabe: «La calle en la que vivo se llama Santiago. Huele a personas a las que les gusta salir a la calle, también huele a abuelos, a humo y a obras. Sabe a limón exprimido con chocolate y un poco de gasolina. Se escuchan gritos y cantes flamencos. Veo perros vagabundos y abuelas cuando van a comprar».

El Correo Español-El Pueblo vasco del 14-6-97

La patria gutural - Muñoz Molina

Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.
Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.
Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".
Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas
como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.
Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.
El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.
No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.
Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.
Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.