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El principio del fin - Jesús Mosterín

Toda Europa había sido un hervidero de supersticiones y crueldades; de censuras, quemas de herejes y represiones, y de torturas públicas de animales humanos y no humanos, incluidos el lanzamiento de gatos desde las torres de las iglesias, las peleas de perros y de gallos y de perros contra osos, y los encierros, acuchillamientos y corridas de toros. Frente a tanta sordidez y violencia, la Ilustración trajo a Europa la apertura de las mentes y la suavización de las costumbres. Las tradiciones más sanguinarias fueron abolidas en casi todas partes. Sin embargo, en España apenas hubo Ilustración y Fernando VII cortó de cuajo sus débiles brotes, restaurando la Inquisición y la tauromaquia, entre otros horrores. España se convirtió en una excepción y anomalía, la famosa España negra, caricaturizada por Goya, una anacrónica bolsa de crueldad y cutrerío alejada de cualquier ciencia y compasión.


Llevamos casi dos siglos tratando de quitarnos de encima esa siniestra tradición de la España negra. Ello ha constituido un proceso desesperantemente lento. Desde la supresión definitiva de la Inquisición en 1834 hasta la recién aprobada abolición de la tauromaquia en Cataluña (a partir de 2012), pasando por la introducción de la democracia en España tras la muerte de Franco y la lucha contra el maltrato a las mujeres, paso a paso hemos ido lavando nuestra cara cultural y acercándonos al nivel intelectual, político y moral del resto de Europa. Uno de los últimos capítulos pendientes es el acabar con la crueldad hacia los animales no humanos, presuntamente justificada por la idea anticientífica de que el ser humano no es un animal, sino un hijo de Dios, separado por un abismo del resto de las criaturas y colocado en el mundo para explotarlas y hacerlas sufrir. Esta idea falsa y mezquina todavía colea por estos lares incluso entre algunos presuntos ateos, que caen en la contradicción de sostener una concepción basada en algo en lo que no creen, simplemente para seguir divirtiéndose con la tortura ajena.


La consistencia no es un valor apreciado por los políticos. En la Comunidad Canaria ya no hay corridas de toros ni peleas de perros desde 1991, pero sigue habiendo peleas de gallos, tan crueles como las corridas. Ahora, el Parlamento de Cataluña ha decidido prohibir por crueles las corridas de toros, pero no los correbous (encierros) ni los toros embolados, igualmente crueles (lo peor no es la muerte del animal, sino su sufrimiento inútil), también con la excusa de que son tradicionales. También los ingleses caían en esa incoherencia, habiendo abolido la tauromaquia y otros tipos de maltrato animal, pero manteniendo la cruel caza del zorro con perros, por tradicional. Afortunadamente, los ingleses lograron la consistencia al prohibir la caza del zorro en 2004. Mariano Rajoy dice estar alarmado , pues si se empieza prohibiendo la tauromaquia, podría acabarse prohibiendo la caza. Ojalá. La tauromaquia no es la única salvajada. Matar animales por mera diversión, como en la caza, es algo éticamente indefendible, pero el progreso no se consigue de golpe, sino paso a paso.


Nadie ha planteado el debate sobre la tauromaquia en Cataluña como una separación de España. Los líderes del PP (y algunos del PSOE) están mal informados y confunden sus fantasmas mentales con la realidad. De entre los muchos expertos que comparecimos ante la comisión pertinente del Parlamento de Cataluña a favor de la abolición de las corridas de toros, ni uno solo empleó argumentos nacionalistas o identitarios.


Curiosamente, fueron los taurinos los únicos que agitaron ese espantajo, subrayando la tradición tauromáquica catalana e incluso sacando a los toreros en la Plaza Monumental de Barcelona con la barretina por montera y la señera por capote.


Aprobando la abolición de las corridas de toros en su comunidad en un proceso de impecable factura democrática, el Parlamento Catalán ha atendido a las razones y valores universales por encima de los tribales y tradicionales (excepto por la pequeña incoherencia ya señalada con los correbous ). La discusión previa en comisión ha sido de una inusitada racionalidad y seriedad y ha puesto el listón muy alto. El Parlamento de Cataluña ha prestado un gran servicio a Cataluña, a España y a la noble causa del triunfo de la compasión en el mundo. Este paso es el principio del fin de la tauromaquia, cuya decadencia y desprestigio contribuirá a acelerar.

El triunfo de la compasión - Jesús Mosterín

La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo. Esta capacidad puede ejercitarse y afinarse o, al contrario, embotarse por falta de uso.


Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.

El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió.

El conocimiento facilita la empatía. Como decía Francis Crick (el descubridor de la doble hélice), los únicos autores que dudan del dolor de los perros son los que no tienen perro. Muchos españoles no dudan del dolor de los perros ni de los toros. Cuando un degenerado cortó con una sierra eléctrica las patas de los perros de la perrera de Tarragona y los dejó desangrarse hasta la muerte, más de medio millón de españoles estamparon su firma en una petición al Congreso exigiendo la introducción del maltrato animal en el Código Penal. En Cataluña todas las encuestas indican una gran mayoría a favor de la abolición de la tauromaquia, solicitada al Parlamento catalán por más de 200.000 firmas. Yo conozco a varios firmantes de la petición; todos lo hicieron por compasión, ninguno por nacionalismo.

Los defensores de la tauromaquia siempre repiten los mismos argumentos a favor de la crueldad; si se tomaran en serio, justificarían también la tortura de los seres humanos. Ya sé que los toros no son lo mismo que los hombres, pero la corrección lógica de las argumentaciones depende exclusivamente de su forma, no de su contenido. En eso consiste el carácter formal de la lógica. Si aceptamos un argumento como correcto, tenemos que aceptar como igualmente correcto cualquier otro que tenga la misma forma lógica, aunque ambos traten de cosas muy diferentes. A la inversa, si rechazamos un argumento por incorrecto, también debemos rechazar cualquier otro con la misma forma. Incluso escritores insignes como Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, en sus recientes apologías de la tauromaquia publicadas en este diario, no han logrado formular un solo argumento que se tenga en pie, pues aceptan y rechazan a la vez razonamientos con idéntica forma lógica por el mero hecho de que sus conclusiones se refieran en un caso a toros y en otro a seres humanos.

Ambos autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia. Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales, remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a ciertos gourmets. Esto justificaría las corridas, pues también las langostas sufren. También es cruel la obtención del foie-gras de ganso torturado, pero por eso mismo elfoie-gras ya ha sido prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho lamentable no justifica nada.

Se aduce que la tauromaquia forma parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo decreto que abolió la esclavitud.
Antes los caballos salían a la plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general, avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a los aficionados locales.

Los toros pertenecen a la misma especie que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única manera de conservar los toros "bravos". Pero hay una solución mejor: transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les aplicase el mismo razonamiento?

Los amigos de la libertad nunca hemos pretendido que no se pueda prohibir nada. Aunque pensamos que nadie debe inmiscuirse en las interacciones voluntarias entre adultos, admitimos y propugnamos la prohibición de cualquier tipo de tortura y de crueldad innecesaria. Si aquí y ahora hablamos de la tauromaquia, no es porque sea la única o la peor forma de crueldad, sino porque su abolición ya está sometida a debate legislativo en Cataluña. Si allí se consigue, el debate se trasladará al resto de España y a los otros países implicados. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.

La cornada - Manuel Vicent

Dijo Rafael el Gallo que para el prestigio de un torero hay algo mucho peor que una bronca con almohadillas en Las Ventas de Madrid: es que saquen a hombros de La Monumental de Barcelona. Tal vez para evitar este escarnio, más allá de la defensa de los animales, en el Parlamento de Cataluña se ha planteado formalmente la prohibición de la corrida de toros en su territorio. Cataluña y España llevan algunos siglos buscando la fórmula de insertarse políticamente en un proyecto común. Hoy está en el aire el recurso contra su Estatuto de Autonomía en el Tribunal Constitucional y probablemente la sentencia que zanje o acreciente este desencuentro histórico depende de un magistrado, que hace unos días aparecía en el callejón de La Maestranza de Sevilla fumándose un puro con dos colegas junto a uno de Los Morancos, una imagen que no desmerece en absoluto de lo más duro de la España castiza. A la plaza va uno a divertirse contemplando cómo se mata a un toro con más o menos florituras, en medio de un baño de sangre. En eso consiste el bien cultural. Pero habría que saber cuántos espectadores, en una tarde tediosa e insoportable, abandonarían la plaza si supieran que al final de la lidia el último toro iba a matar al torero. No creo que hubiera muchos aficionados que renunciaran al privilegio de poderlo contar después con todo pormenor en las tertulias. De hecho, la reciente cornada en la femoral de José Tomás ha superado en impacto al que produjo la lanza del centurión en el costado del Nazareno, porque el rito sustancial de la corrida es la muerte, bien sea la del toro o la del torero, aunque esta por fortuna se produzca raras veces. En general, la gente come carne y los que pueden también langostas, pero nadie paga la entrada en un cocedero de mariscos o en un matadero sólo para contemplar con placer cómo meten a las langostas en agua hirviendo o someten a un cerdo a cuchillo, aplaude y luego se larga uno sin comérselos. El rito de la corrida tendría sentido si al final de la lidia se hiciera un enorme asado en el ruedo y después de convertir al minotauro en chuletas, solomillos y mondongos, bajaran los espectadores y se lo zamparan. Ignoro si en Cataluña aceptarían participar en este místico banquete con los tres jueces de La Maestranza.

Señas de identidad - Forges

La España negra y la tauromaquia - Jesús Mosterín


Aquí no tomamos el adjetivo negro en su sentido cromático habitual (y mucho menos en sentido racial alguno), sino en el significado peyorativo de siniestro con que hablamos de la novela negra o de un negro porvenir y que los autores regeneracionistas usaban para referirse a la España negra como el compendio de nuestras más tenebrosas tradiciones.

De la palabra latina mores (costumbres) procede nuestro término moral. El conjunto de las costumbres y normas de un grupo o una tribu constituye su moral. Cosa muy distinta es la ética, que es el análisis filosófico y racional de las morales. Mientras la moral puede ser provinciana, la ética siempre es universal. Desde un punto de vista ético, lo importante es determinar si una norma es justificable racionalmente o no; su procedencia tribal, nacional o religiosa es irrelevante. La justificación ética de una norma requiere la argumentación en función de principios generales formales, como la consistencia o la universalidad, o materiales, como la evitación del dolor innecesario. Desde luego, lo que no justifica éticamente nada es que algo sea tradicional.
Algunos parecen incapaces de quitarse sus orejeras tribales a la hora de considerar el final del maltrato público de los toros. No les importa la lógica ni la ética, el sufrimiento ni la crueldad, sino sólo el origen de la costumbre. La crueldad procedente de la propia tribu sería aceptable, pero no la ajena. En cualquier caso, y contra lo que algunos suponen, ni las corridas de toros son específicamente españolas ni los correbous (o encierros) son específicamente catalanes. De hecho, ambas salvajadas se practicaban en otros países de Europa, como Inglaterra, antes de que la Ilustración condujera a su abolición a principios del siglo XIX.
Siempre resulta sospechoso que una práctica aborrecida en casi todo el mundo sea defendida en unos pocos países con el único argumento de ser tradicional en ellos. Aparte de España, las corridas se mantienen sobre todo en México y Colombia, dos de los países más violentos del mundo. Otros países más suaves de Latinoamérica, como Chile, Argentina o Brasil, hace tiempo que las abolieron. Las normas más respetables suelen ser universales. Todo el mundo está de acuerdo en que no se debe matar al vecino, ni mutilar a la vecina, ni quemar el bosque, ni asaltar al viajero. Por desgracia, en muchos sitios hay costumbres locales crueles, sangrientas e injustificables, aunque no por ello menos tradicionales. De hecho, todas las salvajadas son tradicionales allí donde se practican.
Los que escribimos y polemizamos contra la práctica abominable de la ablación del clítoris de las adolescentes en variospaíses africanos recibimos con frecuencia la réplica de que nuestra crítica es inadecuada e incluso colonialista, pues no tiene en cuenta que se trata de prácticas tradicionales de esos pueblos y que las tradiciones no se pueden criticar.
Obviamente, las corridas de toros no tienen nada que ver con la ablación del clítoris, ni son comparables con ella; sin embargo, los defensores de ambas prácticas usan de modo similar el argumento de la tradición para justificarlas. La única moraleja es metodológica: la tradición no justifica nada.
Los españoles no tenemos un gen de la crueldad del que carezcan los ingleses; la diferencia es cultural. En España siguen celebrándose encierros y corridas de toros, pero no en Inglaterra (donde hace dos siglos eran frecuentes), pues los ingleses pasaron por el proceso de racionalización de las ideas y suavización de las costumbres conocido como la Ilustración.
Aquí apenas hubo Ilustración ni pensamiento científico, ético y político modernos. Muchos de nuestros actuales déficits culturales proceden de esa carencia.
A los enemigos de los toros, es decir, a los defensores de las corridas, una vez gastados los cartuchos mojados de las excusas analfabetas, como que el toro no sufre, sólo les quedan dos argumentos: que las corridas son tradicionales y que su abolición atentaría contra la libertad.
Ya hemos visto que la tradición no es justificación de nada. La tortura pública y atroz de animales inocentes (y además rumiantes, los más miedosos, huidizos y pacíficos de todos) es una salvajada injustificable, y como tal es tenida por la inmensa mayoría de la gente y de los filósofos, científicos, veterinarios y juristas de todo el mundo.
Cuando, en el Parlamento de Cataluña, Jorge Wagensberg mostraba uno a uno los instrumentos de tortura de la tauromaquia, desde la divisa hasta el estoque, pasando por la garrocha del picador y las banderillas, y preguntaba: "¿Cree usted que esto no duele?", un escalofrío recorría el espinazo de los asistentes.
Queda el argumento de la libertad, basado en la incomprensión del concepto y en la ausencia de cultura liberal. La libertad que han propugnado los pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos adultos: dos humanos adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y no agredan a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni ninguna otra instancia pueden interferir en dichas transacciones voluntarias.
Ningún liberal ha defendido un presunto derecho a maltratar y torturar a criaturas indefensas. De hecho, los países que más han contribuido a desarrollar la idea de la libertad, como Inglaterra, han sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que estamos teniendo ahora en España y sobre todo en Cataluña ya se tuvo en Gran Bretaña hace 200 años. Los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. Ya entonces, frente al burdo sofisma de que, puesto que los caballos o los toros no hablan ni piensan en términos abstractos se los puede torturar impunemente, el gran jurista y filósofo liberal Jeremy Bentham señalaba que la pregunta éticamente relevante no es si pueden hablar o pensar, sino si pueden sufrir.
En vez de crear el partido liberal moderno del que carecemos y de formular una política económica alternativa a la del Gobierno, los dirigentes del Partido Popular se ponen a correr hacia atrás, se enfundan la montera y el capote, pontifican que el mal cultural de las corridas de toros es un bien cultural e invocan las esencias de la España negra para tratar de arañar un par de votos, sin darse cuenta de que a la larga pueden perder muchos más con semejante actitud.
Esperanza Aguirre cita a Goya en primer lugar de sus referencias culturales favorables a la tauromaquia. Lo mismo podría haber acusado a Goya de estar a favor de los fusilamientos, pues también los pintaba.
No le vendría mal repasar los grabados de Goya sobre la tauromaquia para encontrar la más demoledora de las críticas a esa práctica. Las series negras de los disparates, los desastres de la guerra y la tauromaquia nos presentan el más crítico y descarnado retrato de la España negra, un mundo sórdido, oscuro e irracional de violencia y crueldad, habitado por chulos, toreros, verdugos, borrachos e inquisidores.
Goya se fue acercando a las posiciones de los ilustrados, como Jovellanos, partidarios de la abolición de los espectáculos taurinos. Y si acabó exiliándose a Francia y viviendo en Burdeos fue por su incompatibilidad con el régimen absolutista ("¡vivan las cadenas!") de Fernando VII, enemigo de la inteligencia, restaurador de la censura y la Inquisición, creador de las escuelas taurinas y gran promotor de las corridas de toros.



Jesús Mosterín es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

Párate y mira - Rosa Montero


Me repito, lo sé. Pero, ¿cómo no hacerlo, si los abusos también se repiten? Últimamente un buen puñado de intelectuales, entre ellos gente a la que admiro, han firmado manifiestos en pro de los toros. Y hace un par de días, El Mundo entrevistó al "eminente filósofo francés Francis Wolff" diciendo lo mismo.

No he leído a Wolff y no sé si es de verdad eminente; pero podría ser la persona más inteligente del mundo y aún así sostener una sandez, porque la costumbre cultural ciega nuestros ojos. Por ejemplo, el grandísimo Kant decía que "el estudio laborioso y las arduas reflexiones destrozan los méritos propios de una mujer", bonita necedad dictada por el machismo de su época. Volviendo a lo taurino, Ortega y Gasset se opuso a la ley de 1928 que implantó el peto para los caballos de los picadores. Antes, los toros evisceraban a media docena de caballos todos los días. Los pobres jacos caminaban pisándose las tripas, escribió Valle-Inclán; se las metían a puñados, les cosían en vivo y los volvían a sacar. Pues bien, Ortega declaró, indignado, que sin eso se acababa la fiesta. Y era un sabio en su tiempo.

Hoy, en cambio, la plaza entera vomitaría si viera algo así, porque por fortuna hemos superado el feroz nivel de violencia de 1928 (que culminaría poco después en la Guerra Civil). Soy hija de torero y sé que las cosas no son simples; como muchos matadores, mi padre adoraba a los animales, y yo fui una buena aficionada hasta que crecí por encima de mi ceguera cultural y pude ser consciente de la carnicería.

Porque eso es crecer: esa sensibilidad va unida al desarrollo de la civilidad. Yo no pido que los toros se prohíban. Sólo te digo: párate y mira. Es lo que la gente está haciendo, por otra parte. En 1978, en España había un 45% de aficionados. En 2008, sólo un 28%; y entre los jóvenes, sólo un 19%. Esto se está acabando. Por eso salen firmando manifiestos. 

Verdad palmaria - Juan José Millás

Los toros, pueden gustar o no gustar, claro, cada uno es cada uno. Pero sería estimulante que los aficionados a esa expresión cultural hicieran una crítica del gusto. En otros ámbitos admitimos sin problemas que disfrutamos con pasatiempos detestables y nos aburrimos con distracciones admirables. ¿Qué hay de malo en aceptar los aspectos oscuros o mal considerados de nuestras inclinaciones? El maltrato a los animales está mal visto (ya era hora), incluso hay leyes que lo persiguen, aunque estableciendo salvedades. Nada que objetar a las salvedades, la vida es así, no lo he inventado yo, etcétera. También la tortura está prohibida, a menos que la ejerzas en Guantánamo, con gente cuya piel es más oscura que la tuya. Y el terrorismo se persigue de manera implacable, excepto cuando se trata de bombardear Irak. Anomalías culturales, qué le vamos a hacer, lo que no quita para darse cuenta de que el terrorismo es terrorismo incluso si lo practico yo.

Parece evidente que al toro de lidia se le maltrata. ¿Que a usted le gusta? Nos parece muy bien, no lo vamos a censurar. Pero hombre, hombre, reconozca que las banderillas, las puyas, el estoque y demás instrumentos quirúrgicos hacen daño (además de humillar). En el acto de arrojar una cabra viva desde un campanario hay belleza, no vamos a negarlo. A mí al menos me sobrecoge esa lucha titánica entre el cuerpo del animal y la fuerza de la gravedad (de la que siempre sale vencedora, por cierto, la última), por no mencionar la precisión matemática del movimiento uniformemente acelerado, que se cumple con todas y cada una de las cabras, no importa su condición. Todo eso está muy bien y si a uno le gusta le gusta. Pero hay tortura, hay maltrato, hay vilipendio. ¿Por qué a los taurinos, muchos de ellos intelectuales de pro, les cuesta tanto admitir esta verdad palmaria?

Mas toros - Manuel Vicent (2.004)



Dijo el matador de toros Rafael el Gallo: " No sé qué es peor, que te arrojen almohadillas en la plaza de Las Ventas o que te saquen a hombros en la Monumental de Barcelona". Ese torero tenía psicología. Imaginaba que un catalán aficionado a la fiesta nacional era como un extraño ser disfrazado de castizo. Si este impostor te concedía dos orejas y rabo, había que hacer todo lo posible para que no se enteraran en Sevilla, porque ese éxito podía arruinar tu carrera. Catalán y taurino felizmente parecen términos antitéticos, de modo que el sarcasmo de Rafael el Gallo debe ser tomado como un elogio por cuantos creemos que ignorarlo todo sobre la lidia supone un paso en el refinamiento del espíritu.

El Ayuntamiento de Barcelona acaba de poner a votación la posibilidad de suprimir la corrida de toros. Han ganado los partidarios de borrar esa ignominia de la ciudad, y en medio de la controversia que esta decisión ha levantado, un torero ha salido a la plaza de la Monumental a torear con una barretina por montera en un acto de afirmación étnica. No servirá de nada. Aunque el espectáculo de matar reses para general regocijo del público continúe, es evidente que Cataluña se va alejando de esa bárbara costumbre y llegará pronto el día en que la sensibilidad social y política contemple esta fiesta exactamente como lo que es, una cochambre anticuada, llena de moscas. En cambio, en Madrid recientemente se ha producido un hecho que pone la carne de gallina. Estaba todavía palpitante el terrible atentado del 11-M y en beneficio de las víctimas de esa tragedia de Atocha se celebró en la plaza de Las Ventas una corrida de toros. La generosidad del mundo taurino es cosa de admirar, pero resulta escalofriante el grado de insensibilidad que supone aceptar este festejo como algo natural sin darse cuenta de que no se puede desagraviar la muerte y la sangre de las personas añadiendo a esa masacre el violento espectáculo de otra matanza, aunque se trate de animales. No he sabido que en homenaje a los muertos y heridos del atentado de Atocha se haya celebrado un concierto donde sonara el Réquiem de Mozart ante el Gobierno en pleno. En cambio, se ha oficiado una misa católica y una corrida de toros. Un cardenal nos ha consolado con palabras vacías, y en la plaza de Las Ventas, ante un público airado o regocijado según cada faena, se ha producido un cúmulo de puyazos, banderillas, estocadas y descabellos. El arrastre de las mulillas ha marcado en la arena más regueros de sangre.


http://www.elpais.com/articulo/ultima/toros/elpepiult/20040502elpepiult_2/Tes

Mas toros - Manuel Vicent (2.006)

Ya están de nuevo aquí los puyazos, las estocadas, los descabellos, los vómitos de sangre, donde abrevarán las moscas bajo el flamear de la bandera de España; ha comenzado la temporada taurina en las Ventas, el rito brutal y a la vez manierista, que convertirá la tortura y la muerte en un espectáculo moral. Lo menos que se puede decir de la fiesta degradante de los toros es que está fuera de época. Éste ya no es el país de gente desdentada y patilluda que alcanzaba la gloria metiéndose entre pecho y espalda vino de bota mientras un torero, a cuchillada limpia, hacía un estofado sobre un animal para solazarle y afirmar al mismo tiempo los valores de la raza. La estética de masas ahora se congrega alrededor de unos héroes que son campeones de motos, de fórmula 1, de rallies, de baloncesto, de tenis, de golf, de futbol, de atletas con medallas olímpicas, que obligan a la bandera nacional a subir una y otra vez al mástil. Puestos a ser patriotas, ése es el mejor homenaje que hoy da prestigio a la bandera de un país moderno, no los desfiles ni las palabras altisonantes, que son baratas, y menos aún que ondee sobre una carnicería. En las gradas de los estadios hay una juventud que ha tomado ya muchas proteínas, que viaja, estudia, hace deporte o revienta en las noches del fin de semana en las discotecas, pero que en todo caso está ya muy lejos de las cazuelas de pajaritos fritos de las tabernas taurinas y del pringue del desolladero. Vista desde las gradas de los estadios, desde las aulas y los laboratorios, desde los campos de deporte donde los jóvenes sueñan con el éxito profesional o con conseguir un récord deportivo, la corrida de toros aparece como una antigualla sangrienta, propia de un pueblo insensible que aún se regodea con la violencia. Este espectáculo baja varios niveles más en la degradación cuando abandona las plazas oficiales y se convierte en capeas populares con toros de fuego, ensogados, alanceados, sometidos a todas las miserias que se le ocurren a unos mozos en honor a su santa patrona. El toro no es una fiera, no como carne, pero ha tenido mala suerte en España. Estos días se ha hecho público el propósito de presentar ante el Parlament de la Generalitat de Catalunya dos proposiciones de ley para prohibir la fiesta de los toros en su territorio. Si esta iniciativa prospera no habrá que verla como un paso más en su lucha por la independencia, sino como una prueba de que Catalunya es un pueblo evolucionado, que tira del resto de España hacia la modernidad.


Perdedor - Manuel Vicent (2.006)

Frente al nuevo diseño de los jóvenes españoles que estudian en las universidades de Europa y Norteamérica, que viajan por todo el mundo e imponen la evidencia de pertenecer a un país moderno y lleno de vitalidad, existen actitudes castizas, que le dan a España un aire rancio todavía. Esa dicotomía se ha visto muy clara entre los hinchas del equipo nacional en el Mundial de fútbol en Alemania. Esta vez la bandera española, cuya asta ha servido en muchas ocasiones para aplastar el cráneo de los demócratas, ha cohesionado el entusiamo general en los momentos de triunfo. Todos los hinchas sin distinción de origen, edad e ideología gritaban y bailaban dentro de la misma euforia. Al ver las oleadas de jóvenes alegres, bravos, ruidosos, bien alimentados, con la cara pintada con los colores de la tribu, uno imaginaba en ellos a las nuevas generaciones de españoles, equiparables con ventaja a las del país europeo más avanzado. Pero he aquí que en medio de tanto esplendor en la hierba estaba el ineludible Manolo el del Bombo, como portador de los valores eternos del tocino de la patria. Y para hacer el asunto aún más siniestro algunos aficionados al fútbol iban disfrazados de toreros, otros seguidores llevaban puesta la montera y por todas partes se veían banderas españolas con la figura estampada de un toro negro. Ignoro si ese morlaco representa la bravura de nuestros jugadores o el destino del equipo contrario, al que se espera estoquear. En todo caso conviene recordar que el toro de lidia en España es un perdedor nato. Para empezar este animal sale a la arena convenientemente manipulado, drogado, afeitado y deslomado. Debido a eso se suele caer muchas veces durante la faena y hay que levantarlo tirándole del rabo. Sin duda, el toro es un animal noble y muy bello, que al principio sale a la plaza queriendo comerse al mundo, pero a los diez minutos ya se ha convertido en una piltrafa. Cuando en cualquier manifestación política o deportiva veo banderas españolas con la estampa del toro de lidia no pienso en ningún triunfo, en ninguna hazaña, sino en las imágenes que conducen a una inminente derrota, en la suerte de varas, en las sucesivas estocadas y descabellos, en el verduguillo y en el arrastre bajo un clamor de insultos. Hay que sacudirse esa suerte de encima. Si un día desaparece el casticismo de Manolo el del Bombo y los símbolos taurinos pasan al desván de nuestra historia, el equipo nacional alcanzará la modernidad, que es la primera gran victoria.

Más toros - Manuel Vicent (2.008)

Muchos admiradores de Joaquín Sabina y de Joan Manuel Serrat quedaron pasmados al verlos una tarde sentados en una barrera de la plaza de toros de Barcelona durante una corrida. En esta vida hay cosas que no encajan por muchas vueltas que les des. Uno puede imaginar a Serrat aplaudiendo a Pau Gasol o a Rafa Nadal y oír a continuaciónParaules d'amor sin que se te rompa ningún esquema. Pero la profunda sensibilidad de esa canción está a mil años luz de un puyazo que hace correr la sangre del toro hasta la pezuña. A Serrat se le puede perdonar esta caída, dado el amor que se le tiene, siempre que sea por una vez y no más. Tampoco Sabina tiene el diseño taurino necesario para hacernos creer que le gusta más el toro en la plaza que en el estofado. Las corridas se dan a pleno sol y con moscas; en cambio, el enorme talento de Sabina es urbano y nocturno. Sus admiradores le verían mejor de madrugada acodado en la barra de un bar frente a una copa, con un cigarrillo en los labios; nunca con gafas negras, un puro en la boca y los antebrazos en la maroma del callejón. ¿Pero, qué diablos hacían estos dos pájaros en una corrida? A esa hora Sabina debería estar durmiendo, como siempre, para tener la noche fresca a su antojo, y Serrat en aquel momento, tal vez, se rascaba mucho porque le picaba todo. La estética de este país está cada día más alejada de esa fiesta. No creo que un torero pueda ser ya un héroe para un español moderno. Pese a la marea de puyazos, mugidos, estocadas, sangre y descabellos que se nos viene encima, ese mundo pertenece al pasado. La inmensa mayoría de los jóvenes españoles, aunque no sean deportistas, prefiere mil veces un enceste de Gasol que ver a un toro vomitando sangre o les emociona más un revés fulgurante de Nadal que contemplar cómo el torero levanta del rabo a la res caída en la arena. Una amiga argentina me llamó muy acongojada por teléfono para decirme que, haciendo zapping, había visto por un canal internacional a Serrat y a Sabina en una corrida de toros aplaudiendo. Le juré por mi honor que no eran ellos. Al final conseguí que se calmara. Después de insistir mucho la convencí de que había sido una pesadilla.


Toreros - Manuel Vicent (2.009)

El arte consiste en representar plásticamente en un cuadro, como lo hizo Goya, ese momento en que el toro entra al caballo y el picador escarba con la puya en el morrillo para inferirle una herida cuya sangre le llegará a la pezuña. El arte consiste en pintar esa brutalidad, pero no en realizarla. Para ejecutar ese acto en vivo sólo hay que tener fuerza y destreza. El arte consiste en llevar al lienzo de forma magistral ese momento en que un paisano le mete la faca en la tripa al caballo de un mameluco un 2 de mayo o captar al día siguiente esa fracción de segundo en que un rebelde abre los brazos ante la descarga de plomo en los desmontes de la Moncloa al ser fusilado por los franceses. Aunque ese paisano, llevado por la cólera, clavara con habilidad la faca hasta el puño y el pelotón abriera fuego a su cabeza con absoluta exactitud, no por eso los llamaremos artistas. Hay mucha gente que hace las cosas bien. Freír buñuelos ¿es un arte o un oficio? Llamar arte a la destreza de pasarse a un toro por la tripa manipulando una tela es un despropósito, por mucho que los aficionados valoren esos lances, y al despropósito se añade la degradación e incluso la ignominia si el ministerio de Cultura equipara ese oficio a la labor de los poetas, pintores, músicos, bailarines o actores insignes, premiando cada año con una medalla similar al torero de turno. Recientemente ha habido un pique entre matadores. Dos de ellos, que se creen ese cuento, han devuelto la medalla al ministro de Cultura, al sentirse agraviados en su arte porque también le ha sido concedido a un colega mediocre cuya fama se debe sólo a la prensa del corazón. A lo largo de la historia la cultura en España ha sufrido una continua humillación a través de la incuria popular, la falta de medios y el desinterés de los políticos, pero ninguna caída es comparable al hecho de que el ministerio haya elevado oficialmente a la categoría de arte la tortura de un animal, que se ofrece al público como espectáculo. No son estos toreros celosos, sino los pintores, músicos, actores y poetas premiados quienes deberían remitir a la ministra de Cultura la medalla ahora degradada al tener que compartirla con el oficio de sacrificar toros diestramente a navajazos.

Toros - Manuel Vicent (2.003)

En las grandes concentraciones del catolicismo español, en las manifestaciones callejeras del Partido Popular, en las gradas de los estadios donde hierve la masa cuando se disputa algún campeonato internacional, cada día se ven más banderas de la patria con el escudo de la Constitución suplantado por la estampa del toro negro de Osborne. Con la figura enarbolada de este morlaco astifino acudieron muchos fieles a la misa del Papa en la plaza de Colón. Allí se había levantado un altar blanco de diseño minimalista, que es la geometría del espíritu, pero todo el recinto de la ceremonia estaba cercado por 10.000 vallas amarillas con la publicidad de arroz La Fallera, hasta el punto que el día anterior, mientras los obreros montaban el tinglado, parecía que allí se iba a celebrar un concurso de paellas en lugar de una canonización. Entre dos acacias del paseo de la Castellana también colgaba una pancarta con esta jaculatoria, olé torero, dedicada al Papa como si fuera el matador que iba a lidiar la corrida de la Beneficencia. A este toro del coñac andaluz, que ha sustituido a la gallina franquista en algunas banderas españolas, más que el incienso de la misa, le va el humo de habano o de caliqueño del ruedo ibérico donde la sangre con moscas se impone siempre al arte. Aunque soy valenciano convicto y confeso, declaro que la paella me gusta muy poco, aunque la soporto con más resignación que a la fiesta nacional. Esfumada ya la ráfaga papal que ha cruzado por este territorio, ahora en España se van a solapar la campaña de las elecciones municipales y la feria taurina de San Isidro: en ambas suertes se repartirán grandes estocadas, unas con cuchillos y otras con palabras, hasta que los políticos y las reses saquen la lengua morada en público conjuntamente. Las gradas del altar de Colón se han trasladado a la plaza de Las Ventas. Allí la derecha española asistirá cada tarde a una misa sangrienta con un codo en la maroma y esta vez se le permitirá tener las piernas cruzadas. Sin duda, también los políticos de izquierdas intentarán ser investidos de patriotismo en una barrera babeando un puro y hasta ellos llegará el fulgor del vómito de los toros junto con el hedor de sus excrementos, pero la izquierda debe saber que éste es un privilegio reservado para los amantes de una España castiza y tan negra como ese toro de Osborne que, de pronto, irrumpe en la belleza del paisaje con el perfil de sus testículos a contrasol o bien se pone a embestir ahora desde el trapo de la bandera nacional.

La lidia - Manuel Vicent (2.002)

En una cafetería de Alexanderplatz de Berlín estoy hojeando el diario EL PAÍS. Leo en la sección de cultura la última exposición de pintura en el Guggenheim, una entrevista con Woody Allen, el éxito de un concierto de rock de los ACDC. Estas noticias encajan a la perfección con esta ciudad y con los seres que tengo alrededor, chicas galácticas, ejecutivos globalizados y marcianos con crestas de gallo. Me creo un tipo moderno con un periódico moderno en las manos que está en sintonía con los edificios alucinantes que han levantado aquí los arquitectos más modernos. Pero, de pronto, al pasar una página me encuentro en medio de Berlín con la imagen de un toro ensangrentado, traspasado por varios hierros, con la lengua fuera, agonizando a los pies de un extraño matarife recubierto de lentejuelas y remachado en oro falso. La sensación cutre que se deriva de la sección taurina de este diario la he experimentado algunas veces en París, en Estocolmo, en Roma, en cualquier ciudad del extranjero donde esta matanza abyecta de toros en público está fuera de contexto y se atribuye a un espectáculo propio de un mundo perro. Ahora que nos ha dejado nuestro cronista taurino Joaquín Vidal, cuya excelente literatura siempre era el mejor lance de la corrida, que en el fondo abominaba, puesto que siempre parecía pasarlo muy mal en el tendido; habiendo desaparecido también la insigne figura del fundador de este periódico, José Ortega Spottorno, que tal vez vivió encandilado por el naipe amarillo de toreros antiguos, uno se atrevería a soñar que ha llegado el momento de erradicar de las páginas de EL PAÍS, de una vez para siempre, la sección de la lidia para que el lector sensible no tenga que pasar por la humillación de contemplar, entre una sinfonía dirigida por Claudio Abbado y una conferencia de Steiner, esa morcilla acribillada y sangrante que un día fue en el campo un bello animal. Después de todo, Goya acaba de ser asignado al bando de los enemigos de la fiesta. Por fin alguien inteligente ha montado en el Museo del Prado una exposición de su Tauromaquia con una lectura rigurosa. Goya expresó con todo su genio aquella España negra de las corridas sin ahorrar ninguna víscera, ningún vómito, ninguna crueldad, como un desastre o un aquelarre más de un país de faca y alpargata que lo aventó al exilio. En los cristales de esta cafetería de Berlín se reflejan los seres más bellos del planeta. ¿Por qué entre ellos este diario me sirve un toro ensangrentado?.

Los toros - Manuel Vicent (2.007)

En los años veinte del siglo pasado había muchos aficionados que empeñaban el colchón para ir a los toros. Las disputas en los colmaos a favor y en contra del peto de los picadores, impuesto por Primo de Rivera en 1927, produjo al menos siete muertos a navaja, más que cualquier huelga o asonada frente a la propia dictadura. Siendo entonces la fiesta nacional la sustancia de la patria, el diario El Sol, el más prestigioso de la historia del periodismo español, no publicaba una sola noticia de las corridas. Ortega y Gasset era el alma intelectual de ese periódico. Pese a que participó en alguna tienta vestido de corto, más que nada para deslumbrar a alguna amiga extranjera sedienta de un tipismo no exento de moscas, y animó al torero Domingo Ortega a dar una conferencia sobre la lidia, su posición ante la fiesta era puramente académica, porque pensaba que sin los toros no se podía entender la historia moderna de España. Uno cree también que sin la Inquisición no se puede entender el Siglo de Oro ni el siglo XIX sin el bandolerismo y no por eso hay que levantar un monumento a Torquemada y al Pernales como si fueran Lagartijo o Belmonte. Si no fue Ortega y Gasset, me gustaría saber quién en El Sol decidió que Don Tancredo no era un héroe nacional ni tampoco constituía un símbolo patriótico el perro Paco, que con más reflejos que el de Paulov, se subía al tranvía en la parada del café Fornos y se iba a los toros por su cuenta y saltaba a la arena en medio de una faena para recibir el aplauso del público. En aquel tiempo en que el perro Paco era más celebrado que Ramón y Cajal, hubo alguien en la dirección de El Sol que pensó que había otra España no tan negra ni tan castiza, que comenzaba a alejarse de la sordidez de la lidia y por la que había que apostar. Era la España de la inteligencia clara y de la higiene personal, del regenacionismo social y de la salud pública, del deporte y del amor a la naturaleza, un espíritu nuevo frente al cual la corrida de toros, en el matadero mudéjar de las Ventas o en las brutales capeas de los pueblos, era la agria metáfora de nuestro atraso político y cultural. Hoy nuestros campeones mundiales de motociclismo, de fórmula I, de tenis, de golf, de baloncesto, de vela, de atletismo que izan la bandera nacional en los podios, a los que se unen los científicos españoles que son jefes de equipo en laboratorios y universidades extranjeras constituyen la patria con que la gente del diario El Sol en los años veinte soñaba, un país sin puyazos ni estocadas.