Militante - Manuel vicent

Es evidente que el gobierno socialista tiene miedo a la Iglesia. En cambio la Iglesia, lejos de temer al gobierno socialista, lo desafía abiertamente en su propio terreno. Frente a la Ley de la Memoria Histórica defendida por la izquierda no sin pudor, la Iglesia militante acaba de lanzarle un órdago a la cara y con el apoyo de la derecha montaraz se dispone a beatificar de una tacada en San Pedro de Roma con todo el boato, a 498 religiosos españoles asesinados durante la guerra civil y a crear en Valencia un oratorio de las víctimas junto a la ruta turística de la Ciudad de las Artes. Esta es la diferencia. Mientras el gobierno socialista trata a duras penas de sacar de las cunetas y de las fosas comunes a los asesinados del bando republicano y de reivindicar la inocencia de cuantos fueron condenados a muerte en juicios militares sumarísimos sin ninguna garantía, la Iglesia bajo la divisa de la santa desvergüenza eleva a sus mártires de la guerra civil a los altares por si aún no tenían bastantes rótulos de calles, monumentos y cruces en las fachadas de los templos, con lo cual la división de las dos Españas va a ser consagrada por toda la eternidad en la tierra, en el cielo y en el infierno. Como si se tratara de un material radioactivo muy peligroso al que hay que acercarse con trajes de amianto, el gobierno socialista no se atreve a denunciar el Concordato ni a imponer el estado laico. Se ha dicho que el gran milagro de la Iglesia es que exista todavía después de los escándalos que ha protagonizado a lo largo de la historia. Torturas, hogueras, crímenes, incestos papales, guerras de religión a sangre y fuego no han sido suficientes para que sus fieles hayan perdido la fe. No es ningún misterio. Gracias al terror de la gente sencilla al más allá hoy la Iglesia conserva todavía un enorme poder en nuestra sociedad y no está dispuesta bajo ningún concepto a renunciar a esa carta marcada, que en el momento de la agonía se saca de la manga para jugarla sobre los despojos mortales. En España, frente a una exigua minoría que prefiere un funeral laico para despedir al difunto con la lectura de un poema de Rilke o con un lieder de Schubert, son multitud los que llevan el cadáver al templo donde el cura de turno se lo apropia, en muchos casos le felicita por haber muerto, le franquea alegremente por su cuenta las puertas del paraíso y después consuela a la familia anunciándole que el finado la espera en el otro mundo para comer pasteles todos juntos eternamente. Esa es todavía su baraja.
http://www.elpais.com/articulo/ultima/Militante/elpepuopi/20071014elpepiult_2/Tes

Los toros - Manuel Vicent (2.007)

En los años veinte del siglo pasado había muchos aficionados que empeñaban el colchón para ir a los toros. Las disputas en los colmaos a favor y en contra del peto de los picadores, impuesto por Primo de Rivera en 1927, produjo al menos siete muertos a navaja, más que cualquier huelga o asonada frente a la propia dictadura. Siendo entonces la fiesta nacional la sustancia de la patria, el diario El Sol, el más prestigioso de la historia del periodismo español, no publicaba una sola noticia de las corridas. Ortega y Gasset era el alma intelectual de ese periódico. Pese a que participó en alguna tienta vestido de corto, más que nada para deslumbrar a alguna amiga extranjera sedienta de un tipismo no exento de moscas, y animó al torero Domingo Ortega a dar una conferencia sobre la lidia, su posición ante la fiesta era puramente académica, porque pensaba que sin los toros no se podía entender la historia moderna de España. Uno cree también que sin la Inquisición no se puede entender el Siglo de Oro ni el siglo XIX sin el bandolerismo y no por eso hay que levantar un monumento a Torquemada y al Pernales como si fueran Lagartijo o Belmonte. Si no fue Ortega y Gasset, me gustaría saber quién en El Sol decidió que Don Tancredo no era un héroe nacional ni tampoco constituía un símbolo patriótico el perro Paco, que con más reflejos que el de Paulov, se subía al tranvía en la parada del café Fornos y se iba a los toros por su cuenta y saltaba a la arena en medio de una faena para recibir el aplauso del público. En aquel tiempo en que el perro Paco era más celebrado que Ramón y Cajal, hubo alguien en la dirección de El Sol que pensó que había otra España no tan negra ni tan castiza, que comenzaba a alejarse de la sordidez de la lidia y por la que había que apostar. Era la España de la inteligencia clara y de la higiene personal, del regenacionismo social y de la salud pública, del deporte y del amor a la naturaleza, un espíritu nuevo frente al cual la corrida de toros, en el matadero mudéjar de las Ventas o en las brutales capeas de los pueblos, era la agria metáfora de nuestro atraso político y cultural. Hoy nuestros campeones mundiales de motociclismo, de fórmula I, de tenis, de golf, de baloncesto, de vela, de atletismo que izan la bandera nacional en los podios, a los que se unen los científicos españoles que son jefes de equipo en laboratorios y universidades extranjeras constituyen la patria con que la gente del diario El Sol en los años veinte soñaba, un país sin puyazos ni estocadas.

Multiculturalismo y feminismo, un dilema imposible

Sobre las dificultades que existen a la hora de poder sersimultáneamente multiculturalista y feminista.

Uno de los errores que envuelven a la corriente del multiculturalismo reside en el uso de la falacias ad misercordiam y ex populo. Y aunque la primera apela a los sentimientos con el fin de crear un clima emocional a favor de una causa, y aunque la falacia ex populo maneja el criterio cuantitativo de la mayoría como núcleo argumental, no obstante y pese a sus diferencias estas falacias tienen algo en común: las personas que incurren en ellas, convencidas de que tienen la razón de su parte, no entran a valorar otros aspectos y, por tanto, en su intención no está profundizar. Y puesto que, además, se empeñan en utilizar un criterio dogmático de verdad basado, bien, en el afecto (falacia ad misercordiam), bien, en la fuerza del número (falacia ex populo) se conducen por estereotipos más o menos manidos y apenas dejan sitio para la argumentación y el razonamiento. Así, entre las muchas limitaciones ideológicas que enturbian la corriente del multiculturalismo, aquí observaremos las dificultades que existen a la hora de poder ser simultáneamente multiculturalista y feminista.
Orígenes del multiculturalismo
En el año 1789 nacía, en Francia, la Asamblea revolucionaria. Cien años más tarde, en 1889, era creada la Segunda Internacional, y con el paso del tiempo, en 1989, Europa era espectadora del hundimiento del Telón de Acero y del desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.), y demás países satélites. En esta situación y a falta de un proletariado al que redimir, buena parte de la izquierda europea se afanaba en encontrar grupos y colectivos humanos a los que poder prestar su atención. En medio de una gran crisis ideológica arraigaría con fuerza el multiculturalismo.
Dos son en esencia las características de este movimiento que pretende erigirse en voz de las nuevas víctimas, en mensajero de ese nuevo proletariado que son los pueblos oprimidos del mundo. Por una parte, el multiculturalismo constituye un fuerte revulsivo frente al fenómeno de la globalización y homogeneización que por doquier y a su paso genera Occidente. De hecho, el multiculturalismo critica el modelo monocultural, por exclusivista, de Occidente, al tiempo que proclama el valor y coexistencia de todas las culturas. Pero por otra parte, el multiculturalismo reivindica la necesidad de mantener, incluso ante el riesgo de extinción, algunas de las muchas y variopintas identidades culturales que hay en el planeta. Es más, en ocasiones, autores como Philip Alston, Cees Flinterman, la filósofa holandesa Marlies Galenkamp... propician la aparición y vigencia de nuevos derechos, los derechos culturales. Por supuesto, en esto colabora la seducción por la virginidad, por el folklore, por el primitivismo, por la riqueza cultural..., por el sueño de la armonía colectivista, asunto que supo traducir muy bien Ana Tortajada al escribir, refiriéndose a la sociedad afgana, cómo:
«lo común está por encima de lo individual, las necesidades del grupo se priorizan y es el grupo quien vela por las de cada individuo. El individualismo feroz de nuestra sociedad no existe entre ellos. Las decisiones se toman de forma consensuada.»
Pues bien, si tan estupenda es la estructura de la sociedad afgana, ¿para qué viajó Ana Tortajada a Afganistán, por qué pretendía descolectivizar a las mujeres que bajo la presión del grupo viven en los muros carcelarios del burkha? Y sobre todo, si Tortajada habla del individualismo como algo «feroz», ¿por qué se empeña curiosamente en convertir a las mujeres en personas, esto es, en individuos con margen de decisión y voluntad propias?
Al margen de los sueños y mitos que siempre generan las vanguardias, lo cierto es que el multiculturalismo choca con los esfuerzos que despliegan las Agnes Siyiankoi (Kenia) que, con riesgo a sus personas, han criticado no solo la forma en que las tradiciones culturales fosilizan a las personas, sino el modo en que consiguen marginar, desde poéticas retrógradas, a las mujeres massai. Y mientras a muchas mujeres no occidentales que defienden los valores democráticos de Occidente se las acusa de traicionar a sus culturas y de caer en las trampas del occidentalismo, paralelamente sucede que a quienes defienden desde Occidente la extensión de libertad y los derechos individuales se les denigra bajo el argumento de generar a su paso intolerancia y xenofobia cultural.
Que el multiculturalismo choque con los esfuerzos de emancipación de las Agnes Siyiankoi no es casual, tanto o más cuanto que esta ideología procede a definir a las personas en términos culturales negando, frente a la tradición de Occidente, la vigencia de la idea de ciudadanía política y social. Ahora bien, bajo estrategia, ha declarado recientemente Oriana Fallaci, «Occidente revela... un odio por sí mismo que es extraño y solo puede ser considerado patológico; Occidente... ya no siente amor por sí mismo, en su propia historia solo ve lo que es deplorable y destructivo, mientras que no percibe lo que es grande y puro».{1}
Yendo un poco más allá de la observación de Fallaci, planteamos esta pregunta: ¿todas las identidades culturales han de ser amparadas, mimadas, protegidas, incluso fomentadas por igual, incluso a riesgo de pervertir y vaciar el concepto de igualdad? ¿Todas las manifestaciones culturales son en sí elementos dignos de aplauso y de reconocimiento al margen, inclusive, de que existan burkhas, esclavitud femenina, ablación de clítoris, uso de discos alargadores del cuello femenino, lapidación hasta la muerte de mujeres, &c.? ¿Es lícito enfatizar desde el multiculturalismo en la necesidad de poner en práctica políticas asimilacionistas, amén de proteccionistas, cuando el nexo embrionario de muchas culturas es ferozmente machista, además de netamente represivo y antihumano? ¿No se corre el riesgo de mantener a grandes colectivos, entre ellos el de las mujeres, dentro del terreno de lo presimbólico y de la muerte civil? O como ha denunciado la musulmana canadiense-ugandesa Irshad Manji, ¿es que «la cultura es razón suficiente para consentir el sufrimiento humano»?
Latifundios culturales
«Imágenes en movimiento y espectadores desterritorializados que funcionan como fuerzas estimulantes al trabajo de la imaginación [...]. La imaginación presenta, incluso, una fuerza peculiarmente nueva en la vida social de la actualidad: como nunca antes, muchas más personas en muchas más partes del planeta consideran un conjunto mucho más amplio de vidas posibles para sí y para otros.» Arjun Appadurai, La modernidad desbordada (2001)
Aun a riesgo de recibir el baldón del «etnocentrismo», no cabe duda de que cuesta trabajo ser simultáneamente multiculturalista y feminista, pese a toda la imaginación que queramos echar según Appadurai. Y decimos que «cuesta mucho trabajo» sobre todo cuando vemos cómo en el multiculturalismo funciona a la perfección la paradoja nominalista que Claude Lévi-Strauss supo a la perfección formular. Decía categóricamente este antropólogo, y a modo de mandamiento del credo multiculturalista, que «salvaje es quien llama a otro salvaje».
Aunque contiene bastantes dosis de verdad la formulación de Lévi-Strauss, no obstante debemos tener cuidado y no caer en cualquier tentación de dogmatismo, sea del signo que sea y provenga de donde provenga. Es más, si la capacidad de pensar, de reflexionar es lo que nos hace humanos, que no fanáticos, nunca se puede admitir como silogismo verdadero que la crítica hacia los países no occidentales esconde siempre y por definición una forma de neocolonialismo. Y es que nunca es buen negocio, ni a corto ni a largo plazo, sostener la existencia de latifundios culturales inmunes y externos a la crítica y más cuando, en caso de negarse desde la Weltanschauung multiculturalista el derecho a censurar costumbres, ritos... no occidentales, podríamos encontrarnos en el absurdo de no poder desplegar, por la misma regla de tres, el espíritu crítico contra muchos de los comportamientos deplorables que ensombrecen a Occidente. Y entonces nadie, pongamos un ejemplo, podría criticar a un hombre que pega a su mujer y/o a sus hijos porque, al criticar a un maltratador, pasaría ontológicamente a convertirse en «maltratador». Y nadie, ni siquiera la escritora senegalesa Biléoma Mbaye, alias Ken Bugul, que se ha casado con un hombre que tiene 20 esposas, debería censurar lo que le sucede en una capital europea a una joven emigrante, sumida en las drogas y la prostitución. Y de idéntica forma nadie podría, en fin, denunciar el holocausto hitleriano y estalinista porque, en el momento de hacerlo, se volvería, gracias a los poderes mágicos del lenguaje, en un salvaje. Y tan solo por tildar de inhumanos a quienes permitieron el auge y propagación de esos enormes incendios genocidas.
El regreso de Gorgias
El sofista Gorgias decía, en un arranque de nihilismo, que «la verdad no existe y que si existiera sería inexpresable». Con el multiculturalismo, el espíritu de Gorgias ha vuelto de lleno a la escena ideológica, pues desde él, las multi-culturas son artefactos, por invaluables, incomprensibles, amén de inexpresables para quien está situado al otro lado de la frontera y las mira con ojos occidentales.
En medio de esta opacidad epistemológica, la anatomía de las multi-culturas es recorrida por esencias inaprehensibles. Ahí radica, pues, la grandeza de las multi-culturas. Y quizá también ahí radica su misterio, su excepcionalidad. Sin embargo, si las multi-culturas son, al modo dionisíaco, engendros que escapan a la razón, pues no permiten ser enjauladas dentro del yugo de las palabras lógicas, resulta que las multiculturas acaban siendo consideradas como expresiones llenas de vida, capaces de trascender el espacio de cualquier debate e incluso de superar las lindes de cualquier crítica.
Con un planteamiento nihilista de este tenor, ocurre que al final el irracionalismo acaba caracterizando a las culturas no occidentales. E igual que los seguidores de la ufología sostienen que las pirámides egipcias y aztecas fueron construidas con la ayuda de seres extraterrestres, pues afirman que la arquitectura tan compleja de esos edificios no pudo ser fruto de la pequeña inteligencia de egipcios y aztecas, del mismo modo hoy en día se acepta que el no Occidente permanezca lejos de los beneficios de la racionalidad, a descubierto del techo de la sensatez y del Estado de Derecho, toda vez que es negada la existencia de principios éticos universales.
Sin duda, la bandera de la diversidad (y de la falsa igualdad) moral es uno de los peores frutos del «multiculturalismo». Movimiento este que en lugar de lanzarnos a la transformación, en el sentido izquierdista, de la realidad nos sume en el apeadero de la parálisis y de la inacción: ¡Salvaje es quien llama a otro salvaje! Ergo, no puedo hacer nada ante la injusticia que para mí y desde mi cultura es injusticia, y más cuando lo que yo tipifico como injusticia constituye un valor de norma de la cultura a la que no pertenezco y me es ajena. Dicho con otras palabras. A falta de normas objetivas, externas al grupo, no existe el derecho a evaluar y, menos aún, a inmiscuirse en los usos y costumbres de las otras culturas. Y pese a que, en el período que abarca de 1996 a 2001, el número de mujeres clitoridectomizadas ha ascendido a 130 millones según datos de la OMS, no obstante siempre sería erróneo proceder a criticar una cultura foránea, así como sus respectivos referentes (como extirpación del clítoris, como negación de derechos para las mujeres...). Y sería erróneo por la falta de identidad, de lealtad y de pertenencia cultural de quien lanza denuncias y nunca ha vivido y/o aceptado los valores culturales que osadamente pone en solfa.
¡No existe la verdad, decía Gorgias, y si existiera sería inexpresable! Sin embargo y como denuncia la feminista de origen somalí Ayaan Iris Alí, «lo que estos relativistas culturales no ven es que al mantener temerosamente al margen de toda crítica a las culturas no occidentales, encierran al mismo tiempo a los representantes de aquellas culturas en su atraso. Detrás de todo ello están las intenciones más dispares, pero ya sabemos que el camino al infierno está pavimentado de los mejores propósitos. Se trata del racismo en su acepción más pura».
Con esta forma, pues, de enfocar las relaciones humanas el veneno de la exclusión siempre está ahí, oculto, agazapado. De hecho, por cuestiones tan coloristas como conservacionistas, en nombre del multiculturalismo se están creando nuevos guetos e impidiendo que los seres humanos, al ser asimilados como «lo otro», puedan romper con sus tradiciones y costumbres musivarias. Pero es que también, en nombre del multiculturalismo, paradójicamente se está cercenando la posibilidad de que las mujeres abandonen su status de alienación e invisibilidad milenarias y, por tanto, dejen de ser prisioneras de esas culturas tan antiilustradas y antimodernas como igualmente represoras y machistas.
Pues bien, ante estos y otros desatinos solo cabe decir, como ha apuntado Rosa Cobo, que «la exaltación de la diversidad moral no significa necesariamente mayor desarrollo moral. Ni toda diversidad ni toda diferencia son éticamente aceptables, ni todo punto de vista cultural en sí mismo tiene valor ético. La cultura y la moral son ámbitos distintos: «no es lícito moralmente aceptar incondicionalmente toda variedad de vida por el sólo hecho de ser diferente. La diversidad, tomada en sí misma, no tiene ninguna connotación moral positiva. Ni toda experiencia nueva es saludable ni todas las formas de vida son moralmente legítimas». Las prácticas culturales y las formas de vida diferentes son dignas de protección y defensa sólo si no vulneran los derechos de los individuos. La mutilación genital femenina es una práctica cultural que no amplía precisamente el contexto moral».{2}
Cuestión de «anécdota»
El problema gravísimo que tiene a sus espaldas planteado el multiculturalismo es que, bajo la añagaza de tolerancia y respeto a las culturas, no solo estamos olvidando a las personas de carne y hueso, sino que convertimos a las mujeres y hombres en súbditos de sus respectivas Culturas. Y si nosotros podemos criticar los defectos, que los hay, de nuestra cultura occidental, no obstante, y esto es fruto de la falacia ad hominem, no permitimos sin embargo lanzar críticas hacia culturas no occidentales. Dicho de otra forma. El problema gravísimo que tiene a sus espaldas planteado el multiculturalismo es que, bajo la fascinación romántica y hegeliana de respetar el Volkgeist de las Culturas del Mundo, omitimos el dato, en absoluto banal, de que enormes sectores de la población carecen de los más mínimos derechos civiles y políticos. ¿Es por esto por lo que algunos heraldos de la multiculturalidad admiten la ablación del clítoris, o clitoridectomía? Sin duda, pues en estos términos se ha posicionado la Premio Nobel africana Wangari Maathai y, cómo no, también la política, también africana, Aminata Traoré. Recordemos que Aminata Traoré, ex ministra de Cultura de Mali, afirmó sin tapujos que «nos duele más el expolio económico que la ablación».{3}
Con esta filosofía a todas luces reaccionaria, no extraña entonces que, tras dirimir en cónclave la excelencia de unos ensayos feministas entregados a la ocasión para un certamen de investigación, uno de los miembros del jurado, para más señas mujer, tuviera la audacia de soltar en voz alta que «la ablación del clítoris era una anécdota». Tamaña afirmación, que me dejó espantada, y perpleja durante muchos días, no solo procedía del acaloramiento pasional que siempre genera el fanatismo ideológico; asimismo provenía de la propia contradicción que asfixia a los partidarios de cierta progresía, sean hombres o mujeres. Contradicción por la que, pese a defenderse en nombre de la multiculturalidad, y en bonita oratoria, la riqueza de pareceres y la pluralidad de conductas, casi nunca llega a aceptarse –de nuevo, la falacia ad hominem– a quien diverge del sentido absoluto (y oficialista) de los heraldos de la contracultura. Y es que, llevada por la pasión, buena parte de la vanguardia artística e intelectual desarrolla, gracias al bautismo de ideas, un peligroso status «vocacional», asunto que criticaría y seriamente el escritor polaco Witold Gombrowicz cuando pudo no solo percibir en primera persona los efectos que generan esas jaulas invisibles que son las ideologías, sino advertir en clave testimonial cómo se te permite poner en duda todas las verdades si estás al lado de lo que es objeto de crítica, y cómo al mismo tiempo:
«tengo que silenciar estos mismos autoanálisis al encontrarme dentro de las filas de la revolución. Ahí, de golpe, la dialéctica cede su sitio al dogma y, a consecuencia de un viraje asombroso, este mundo mío relativo, movedizo, confuso, se vuelve un mundo definido, con precisión, sobre el cual en realidad ya todo se sabe. Hace un momento planteaba yo problemas –ellos me incitaron a hacerlo solo para que pudiera salir de mi piel con facilidad– ahora, cuando estoy a su lado, tengo que volverme categórico. Me asombra esta increíble duplicidad [...] incluso de los más intelectualmente refinados: cuando se trata de destruir la verdad del pasado ese hombre despierta nuestra admiración por la libertad de su espíritu desmitificador, por el anhelo de sinceridad interior, pero cuando seducidos por ese canto dejamos que nos lleve hasta su doctrina, ¡paf!, la puerta se cierra... y ¿dónde nos encontramos? ¿En un monasterio? ¿En el ejército? [...] No se halla uno frente a un ilustrado sino frente a un ciego, semejante a la noche más oscura. ¿Librepensador? Sí en tu terreno. En el suyo, fanático?»{4}
A la sombra del Padre «Las Casas»
El odio hacia Occidente forma parte de la peor cosecha del nacionalismo ideológico que denominamos «multiculturalismo». Es por ello por lo que pueden aparecer en su seno, y no pocas veces, elementos doctrinalmente reaccionarios, amén de peligrosos. («La ablación del clítoris es una anécdota», declaraba una feminista de pro.) Pero ante estas declaraciones de las Aminata Traoré de turno, quiero recordar este dato: ¿no había dicho Marx que las normas sociales, que las leyes, que las costumbres... eran fruto directo de las condiciones históricas y que para avanzar había que cambiar, transformar, modificar esas condiciones históricas y ello con el fin de sacar a las personas del estado de postración, de alineación, de indefensión... en el que viven y permanecen? Entonces, ¿por qué separar la clitoridectomía de la pobreza, del analfabetismo y del horror que generan muchas culturas patriarcales sexualmente represoras? ¿Es que solo hay que criticar a Occidente, es que no hay nada deplorable fuera de él?
Si en su momento a Marx y a Engels les preocupó y mucho la elevada tasa de alcoholismo entre la clase obrera, ¿por qué hoy un sector del feminismo que siente en sus manos la llama rebelde del neomarxismo y se declara a la vez pro multiculturalista no habla, en sus cursos, libros y seminarios, de las prácticas de mutilación genital (clitoridectomía, extirpación de labios menores, infibulación, segregación, maltrato, falta de derechos civiles...)? ¿Por qué, en nombre de un falso sentido de la tolerancia, cierto feminismo multiculturalista calla que las prácticas de ablación del clítoris afectan a más de dos millones de mujeres al año, como se denunció durante la Conferencia sobre Población y Desarrollo, celebrada en La Haya a instancias de la ONU? No lo sabemos, pero en todo caso si el significado multiculturalista de la tolerancia parece tolerarlo todo, las luchas de Katharine Stewart-Murray, de Germaine Tillion, de Constance Yai, de Waris Dirie, de Hayaan Hirsi Ali... y de otras muchas amazonas contra estas torturas bárbaras naufragarán en la nada.
El sevillano Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566) se hizo eco, por su elevada sensibilidad, de las desdichas que padecían los indios a manos de los conquistadores españoles. Fue, pues, un acérrimo defensor de los derechos humanos de los indios. Y así, por ese afán justiciero suyo, ha pasado a la Historia. Sin embargo y para su desgracia, Las Casas justificó la esclavitud de los negros con el fin de lograr la liberación de la población amerindia. De este modo, emprendió la lucha por liberar a una parte de la humanidad suscitando, al mismo tiempo, no menos efectos calamitosos sobre otra porción de la humanidad, de modo y manera que al defender a unas víctimas provocó otro tipo de víctimas.
Este suceso bastante desconocido, incluso entre la élite intelectual, posee un enorme valor, pues cabe preguntarse si no llevamos a nuestras espaldas la sombra de «Las Casas», o si al abanderar sin matices ni debates ese nacionalismo ideológico que es el multiculturalismo no repetimos la obra de fray Bartolomé.
Feministas invisibles
«No, no se trata de una cuestión de identidad. Se trata de derechos humanos. No puedo callar ante la humillación de la que son objeto las mujeres en nombre del Islam.» Entrevista a Irshad Manji, Algemeen Daghlad, 19-VI-2004.
Desde hace muy poco tiempo empiezan a editarse tímidamente textos de mujeres y hombres que, desde otros países, ejercen el oficio de la escritura. Es el caso de Ama Ata Aïdoo, Amma Darko, Amos Tutuola, Bandele-Thomas alias Biyi, Ben Okri, Buchi Emecheta, Calixthe Beyala, Chinua Achebe, Ken Saro-Wiwa, John Maxwell Coetzee, Nuruddin Farah, Ken Bugul, Mariama Bâ, Nuruddin Farra, Sami Tchak, Sédar Senghor, &c. Con sus aportaciones no solo conocemos sus pensamientos, sus temores, e inclusive sus obsesiones más íntimas. Sino que además siempre son motivo de enriquecimiento. Y es aquí donde reside lo mejor del multiculturalismo que, como reacción a la cultura de la identidad, defiende el valor de las opiniones, la riqueza de las divergencias, de los matices..., al tiempo que subraya la necesidad de la pluralidad, lo cual es encomiable. Sin embargo, debajo de esta búsqueda de lo multifactorial, o debajo del empeño en no encerrarse en estereotipos facilones y manidos comprobamos la existencia de una vis perversa. ¿Por qué? Porque para quien defiende el multiculturalismo la libertad individual y, con ella, la democracia no son entidades culturales que valgan la pena aplicar en la mayoría de los países no occidentales. Así que es esencialmente por este hecho por lo que criticamos ese multiculturalismo que propaga el culto pagano al etnicismo y, lo que es peor, propende a provocar dosis de racismo, tanto o más cuanto que la discriminación cultural (o hecho diferencial) es un motivo para que el buen salvaje continúe sin cambios, en su nivel de atraso, viviendo como un fósil dentro de ese útero cultural «exótico y pintoresco» que es el Tercer Mundo. Y es que como denuncia el antropólogo indio y profesor de la Universidad de Chicago Arjun Appadurai:
«en la medida en que muchos de nosotros nos encontramos racializados, biologizados, minorizados y reducidos –en vez de potenciados– por nuestros cuerpos y nuestras historias [resulta que] nuestros acentos, diferencias y peculiaridades se vuelven nuestras prisiones, y la figura de la tribu nos diferencia y nos aparta.»{5}
Mientras las elites de Occidente se embarcan en la new wave multiculturalista que, por cierto, también es defendida, y no es casual, por la extrema derecha francesa, en concreto por la Nouvelle Droite; y mientras la práctica mayoría de la clase intelectual occidental busca salvar su crisis de identidad arrojándose a los fueros de la transexualidad cultural, asunto que ya el propio Chauteaubriand supo describir al encontrarse a un europeo que quería ser indio; ocurre que es prácticamente inaudible escuchar aquellas voces críticas de quienes no han nacido en Occidente y, sin embargo, observan en carne propia los desvaríos que genera esa caquexia denominada «ensimismamiento multicultural». El escritor nigeriano Wole Soyinka, el escritor británico de origen indio Salman Rushdie, el pensador árabe nacido en Damasco y afincado en Alemania Bassam Tibi, el escritor de Costa de Marfil Ahmadou Kourouma, el profesor tunecino Mohamed Charfi, el disidente egipcio Ahmed Subhy Mansour, cofundador del Centro por el Pluralismo Islámico, &c., son algunas de las figuras representativas que trabajan desvelando de forma crítica el legado histórico de sus culturas de origen. Pero por otra parte, no lo olvidemos, dentro de ese feminismo que es invisible para Europa destacan las aportaciones de la psicóloga siria Wafa Sultán, de la diputada holandesa de origen africano Ayaan Hirsi, de la norteamericana de origen egipcio Nonie Darwish, de la escritora iraní exiliada en Francia Chahla Chafiq, de la periodista canadiense-ugandesa Irshad Manji, de la socióloga marroquí Fatima Mernissi, de la doctora india Taslima Nasreen, de la pensadora egipcia Seif Al-Dawla, de la embajadora somalí de las Naciones Unidas Waris Dirie, de la presidenta del Tribunal Internacional para los crímenes de Ruanda, la sudafricana Navanethen Pillay, de la nigeriana Funmilayo Ransome Kuti... Y todas estas mujeres, conocedoras de los yerros que regalan sus respectivos úteros culturales, no solo proceden a denunciar las injusticias de sus hábitats culturales, hecho que choca con el mito esteticista del multiculturalismo. Sino asimismo reclaman la extensión de las reglas del estado de derecho. Hecho que vuelve a chocar con el ideal antioccidentalista del multiculturalismo.
La pregunta
«¿Por qué todos sueñan con esa criatura silenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo? ¿Qué misterio se esconde tras ese sueño político que contagia todos los escenarios políticos, tanto de izquierdas como de derechas, tanto los regímenes oficialmente establecidos como las oposiciones clandestinas? [...] ¿Hasta cuándo los políticos árabes mantendrán vivo el sueño de la mujer obediente, modesta y resignada con la cabeza caída como víctima, cuando ellas no solo han dejado de vivir sus papeles tradicionales, sino incluso han abandonado las fantasías tradicionales de los hombres?» Fatima Mernissi, El poder olvidado (1993)
Llegados a este punto de la exposición, la pregunta es: ¿por qué nos estamos lanzando, desde el nacionalismo multiculturalista, al espacio del aldeanismo y de la fragmentación? ¿Por qué la idea generalista de democracia parece absolutamente incompatible con el sentido de la verdad que defienden los/las patriotas de la multicultura? Es más, ¿por qué abundan en el ámbito mediático las Wangari Maathai y no las Hayaan Hirsi? ¿Y por qué no se denuncia que en muchos países de la Tierra el honor masculino se alimenta de la represión que se ejerce contra el sexo femenino, asunto que recientemente ha puesto de relieve el escritor Salman Rushdie?{6}
Quizá la respuesta a estas paradojas esté, como ha afirmado el filósofo Gustavo Bueno, en el hecho de que «si la izquierda en nuestros días se nos muestra como una idea cada vez más oscura y confusa, esto se debe en gran medida a que la idea de Razón que ella utiliza se da por supuesta con toda ingenuidad. Pero Razón y, sobre todo, racionalismo son términos ideológicos, conceptos envueltos en «nebulosas ideológicas», que es necesario tratar de aclarar y distinguir».{7} Y algo de razón tiene Gustavo Bueno cuando un marxista como Juan José Sebreli denuncia cómo una buena parte de la izquierda ha caído en manos del irracionalismo y, tras abandonar en la cuneta las idea de progreso e ilustración, glorifica por propia voluntad la idea de incomprensión de las culturas, cuando no, se adhiere a principios del «relativismo y el particularismo culturales».
Con estas artimañas conceptuales, ricas en paradojas y antinomias, desde luego se está consiguiendo confundir progreso con regreso, el sentido de la tolerancia con el hecho de tolerarlo todo y, lo que es peor, se está consiguiendo perpetuar una imagen acivilizada de la anatomía humana a partir de las entrañas, en apariencia, vanguardistas del multiculturalismo. Pero, claro, si con tal de defender nuestro ideario ideológico de moda caemos en la necedad y en la falta de autocrítica, al final no cabe duda de que vamos a hacer verdadero el apotegma que acuñó Jean François Revel en su obra titulada El conocimiento inútil (1988) cuando dijo que «la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira».
En cualquier caso, nos mintamos o no, no deja de ser llamativo que ahora, que estamos empezando a salir del largo túnel de los despotismos de izquierda, la bandera del babelismo se haya convertido con la moda de la multiculturalidad en símbolo de la fraternidad universal. Pero, ¿puede haber fraternidad universal a lo multicultural si millones de personas, por cuestiones de cultura, son bastante menos iguales que otras y, además, se les obliga a vivir bajo el techo de la pobreza a la vez que amarradas a los garrotes de la dictadura doméstica y/o política? Es decir, ¿puede haber fraternidad universal a lo multicultural cuando con voluntad de tolerancia se perdonan los efectos que producen los regímenes totalitarios sobre la libertad de las personas?
En el sudeste asiático, muchas niñas son vendidas por electrodomésticos y accesorios domésticos, al tiempo que en condiciones tan subhumanas florece todo tipo de prostitución, incluida la infantil. Así lo cuentan las doctoras en ciencias políticas Siriporn Skrobanek, Natayya Boonpakdi y Chutima Janthakeero. Por otra parte, en pleno corazón de Europa, en Turquía exactamente, se suceden todo tipo de violaciones legales contra las mujeres. Ahí está el informe de la OMCT Violencia contra la Mujer en Turquía que fue presentado al Comité contra la Tortura de la ONU en el año 2003. Por otra parte, los informes de la organización de Naciones Unidas sobre El desarrollo árabe publicados un año antes y que pueden leerse en internet ponen de relieve cómo la falta de libertad de los países árabes se alía siempre a incultura, a analfabetismo y, por supuesto, a violación de los derechos de las mujeres.
Al lado de estas investigaciones promovidas por la organización de Naciones Unidas, sabemos que en Afganistán, durante el gobierno de los talibanes, miles de mujeres murieron sin recibir asistencia médica porque, por cuestiones de pudor y de honor, el marido no consentía en dejar que el cuerpo de su esposa, aunque enferma, fuera examinado por un hombre-médico. En Nigeria la adopción del tribunal del honor está permitiendo decretar penas de muerte por lapidación contra las adúlteras, mientras que en Arabia Saudita, tal es nivel de indefensión en que vive la mujer, se producen a diario hechos que vulneran el abecé de la Carta de los Derechos del Hombre de Naciones Unidas, como el suceso que se produjo en la ciudad de la Meca cuando, al declararse un incendio en el interior de una escuela, quince alumnas perecieron. ¿El motivo del siniestro? La policía «moral» les impidió salir del edificio en llamas. No llevaban puesto el velo.{8}
Con estos datos que en absoluto son anecdóticos, resulta que el mito babélico del multiculturalismo que se está fraguando deja oculta en los sótanos del silencio la enorme y larguísima lista de cadáveres civiles que provocan determinadas formas de cultura. Es más, en nombre de esa gran torre de Babel llamada «multiculturalismo» se está manteniendo en las simas de la oscuridad la evidencia de que la miseria, las hambrunas, los genocidios... son un factor unido a formas no democráticas de gobierno, aunque en el fondo puede ocurrir que el multiculturalismo, en tanto residuo del utopismo revolucionario, sea un eco no muy lejano de las ideas de Jean-Jacques Rousseau, visto el empeño que exhiben los multiculturalistas al defender que el no occidental cual buen salvaje es capaz de estar alejado de los artificios de la civilización y resistir la apisonadora del progreso y vivir enteramente libre y puro de las amarras tecnocratizadoras de Occidente.
No hay duda, la búsqueda arcana (y mítica) de la autenticidad fascina, al tiempo que se cree que el no occidental no necesita tanto derechos políticos cuanto, por respeto al Volksgeist que se percibe en situación de riesgo, medidas de protección para su cultura. Ahora bien resulta difícil la emancipación de las personas desde la práctica tan neo-colonial como multiculturalista de la compasión y del dejar estar. Así que no nos llevemos a engaño, no hay pluralidad cultural que valga si las personas habitan homogéneamente en medio de la pobreza y uniformemente bajo la bota de las dictaduras y, además, les toca vivir idénticamente alienados y sin derechos de ninguna clase. Así que, en caso de empeñarse en ideas románticas sobre Pueblos y Culturas cerrando, al mismo tiempo, los ojos a lo que ocurre en el seno de esas sociedades colectivistas, habrá de decirse que mantener una utopía porque es utopía no solo constituye un error, sino que además genera efectos absolutamente contraproducentes, amén de reaccionarios.
Y es que no valen todas las utopías. Tan solo aquéllas que van dirigidas a respetar a las personas y, además, no dejan por el camino lo mejor de la universalidad de conceptos como ciudadanía, libertad, derechos políticos... En definitiva, la idea de identidad cultural no puede estar por encima de nociones políticas democráticas y transculturales como libertad, igualdad, y fraternidad. Por otra parte, el sueño ecuménico de construir una comunidad intercultural no puede erigirse al margen del status de ciudadanía. Y más cuando la igualdad del hombre y la mujer es un valor innegociable.
Consiguientemente, es de justicia reconocer que Occidente tiene, pese a su extensa y cainita historia colonial, valores positivos. Uno de ellos ha permitido la creación del Estado democrático y, con el desarrollo de la democracia, el que las mujeres hayamos podido romper el rol de víctimas y, por ende, logrado alcanzar el status emancipador de ciudadanas y gozar de los mismos derechos y deberes que los varones. Así que el sistema democrático de Occidente nunca es culturalmente el problema, tanto o más cuanto que, así lo consideramos, en él solo hay lugar para un humanismo verdadero: el que desde el Estado democrático acoge y respeta a las personas en su integridad física y psíquica y al margen de su lugar de nacimiento, del sitio en donde vivan, de la lengua que usen, del sexo y color de piel que tengan, de la edad que posean, de las ideas que profesen...
Dicho de otra manera: el sistema democrático de Occidente no es el obstáculo, ni para la musulmana Irshad Manji y ni tampoco para Shirin Ebadi, abogada tradicionalista islámica, musulmana conservadora y defensora de la Shar'îa y, al mismo tiempo, de los valores democráticos de Occidente.
¿Síndrome de Estocolmo?
Dice la multiculturalista de origen árabe Djaouida Moualhi en su artículo Mujeres musulmanas: estereotipos occidentales versus realidad social (2000) que «para las magrebíes el velo nunca ha representado un obstáculo en su camino de emancipación». Y para justificar lo que dice no solo se apoya en los comentarios de Fátima Mernissi, de Hinde Taarji y Sophie Bessis. También señala Moualhi que el velo, «como el pañuelo o la mantilla en otras latitudes (tan frecuente en el Mediterráneo), existe desde hace muchos siglos en el Magreb, con los nombres de hayek, yelaba o melaya y hijab». Y subraya categóricamente la autora: «no hace mucho, las mujeres se cubrían con él como signo de elegancia, como hacían las antiguas griegas y romanas, y todavía puede verse en la alta costura parisina».{9}
Curiosamente Moualhi (a la que se le puede aplicar la expresión de Rawls sobre el «velo de la ignorancia») omite el dato importante de que las primeras musulmanas (Sakina Bint Hussein, Aicha Bint Tasha...) se opusieron a llevar el velo porque este adminículo poseía para ellas una simbología fuertemente sexual de forma y manera que, lejos de ser solo un elemento estético ubicado en la testa femenina, era un recurso dirigido a mermar su individualidad. Es más, mientras Moualhi, habla de la estrechez de miras de Occidente y de cuán hondos son sus prejuicios y estereotipos, olvida mencionar sin embargo que el cuerpo femenino es considerado impuro no solo en muchas zonas de la Tierra, sino también en el Magreb, suceso que criticó ya hace muchos años la feminista egipcia Nawal Al-Sa'dawi en su libro La cara desnuda de la mujer árabe (1977), cuando esta escritora y psiquiatra, fundadora de la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes y cofundadora de la Asociación árabe de Derechos Humanos, advirtió que la mujer según los preceptos del islam debe ser pura y, por tanto, ha de cumplir la norma de taparse. Y de ser socialmente invisible y políticamente inaudible. Y es acertada, sin duda, la crítica de Al-Sa'dawi, pues si nos atenemos a uno de los mandamientos del Ayatollah Jomeini resulta que «para la ley coránica cualquier juez estará habilitado para impartir la justicia en todos los casos si reúne estas siete condiciones: ser núbil, creyente, conocer perfectamente las leyes coránicas, ser justo, no estar afectado por la amnesia y no ser bastardo o de sexo femenino».{10}
Pero además, puesto que la palabra «islam» quiere decir entrega, cesión o abandono de uno mismo a Allah, ocurre que si omitiésemos el dato teológico de la pureza femenina no se explicaría el contenido de las máximas del Corán, Qur'an, escritas tras la muerte de Mahoma por los seguidores del profeta en el 640-655 d. C., y que dicen:
«Los hombres están por encima de las mujeres porque Dios ha favorecido a unos más que a otros [...] Aquellas de quienes temáis la desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas. Si os obedecen no busquéis pretexto para maltratarlas» (azora 4, aleya 38).
«Di a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos. Este es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no molestadas» (azora 33, aleya 59).
«No hay falta para ellas si las ven sus padres, sus hijos, sus hermanos, los hijos de sus hermanos, los hijos de sus hermanas, sus mujeres y lo que poseen sus diestras» (azora 33, aleya 55).
«Permaneced en vuestras casas y no mostréis vuestra belleza. [...] Dios quiere alejar de vosotros –gentes de la casa del Profeta– la abominación y quiere purificaros por completo» (azora 33, aleya 34).
Desde luego, con estas referencias coránicas al pudor, al pecado, al tabú, a la necesidad de ocultar el cuerpo bajo la cortina del velo..., dudo mucho que las mujeres puedan, bajo el peso de férreos regímenes religiosos, usar el velo en la misma línea en que lo hacían las antiguas romanas. Es más, si en opinión de Djaouida Moualhi el acto de portar velo es un hecho meramente estético, ¿por qué entonces fueron en la ciudad de la Meca asesinadas quince alumnas cuando la policía «moral» impidió a las adolescentes, por no llevar velo, escapar de las llamas del fuego? Y si el velo constituye un simple aditamento ornamental, y no un referente ontológico de inferioridad femenina, ¿por qué la practicante musulmana Shirin Ebadi no lo portaba en 2003 en el momento de recibir el premio Nobel de la Paz? ¿Por qué esta reformadora y abogada presentándose sin velo denunció así ante la academia sueca la discriminación sexual que sufren las mujeres en los países islámicos? Es más, ¿por qué, si el velo es solo un trocito de tela, suscitó la ausencia del mismo en Shirin Ebadi tanto revuelo, tanta furia entre las autoridades iraníes?
Contra esa tendencia a minimizar la asfixia que paraliza a grandes sectores de la población femenina, siempre ha contra argumentado Nawal Al-Sa'dawi. E incluso habiendo sido amenazada de muerte por el fanatismo islámico, ha apuntado sin ambigüedades que, aunque el velo de las mujeres no es una práctica penalizadora exclusiva del islam, sí es cierto no obstante que a la mujer en los países islámicos se la enseña desde su más tierna infancia a ser invisible, a estar invisible, a vivir su cuerpo como un lastre, a aceptar llevar el hiyab desde el honor, la pureza y la virginidad y, al mismo tiempo, desde la necesidad de protegerse del exterior, en concreto de esas concupiscentes miradas de los hombres. En esta misma línea se ha posicionado recientemente Fatima Mernissi preguntándose: «¿por qué los políticos no soportan ver nuestro cabello y nuestras caras sin velo o que les miremos sin miedo de frente [...], por qué todos sueñan con esa criatura silenciosa y sumisa, totalmente escondida tras un velo?»{11}
Así que, puesto que ella, en tanto ser inferior, es mujer, que no varón, lleva puesto ese símbolo externo, de sujeción al hombre, que es el velo. Y puesto que es motivo de lujuria, a la par que fuente de placer, ella se esconde y ha de pasar desapercibida. Y cubrirse con el velo. Preguntada Jadicha Candela sobre el uso femenino del pañuelo, esta musulmana y feminista, letrada del Congreso de los Diputadas de España declaró:
«Las que se lo ponen no se dan cuenta de que están actuando de Bernardas Albas, guardianas de la falta de libertad. [...] Una mujer musulmana que se pone pañuelo en Occidente está diciendo que acepta esa discriminación. [...] Es un síndrome de Estocolmo que hay que erradicar.»
El multiculturalismo no puede tolerarlo todo y, por tanto, no puede tener, como ya lo apuntó Nancy Frazer, un carácter abiertamente indiscriminado, sin cortapisas ni filtros porque, en caso de que el multiculturalismo continúe abanderando los valores de la colectividad y anteponiendo la defensa de las culturas frente a la libertad individual e integridad física de las personas, estará permitiendo que aparezca en el horizonte el monstruo de Leviatán, del totalitarismo. Y desde la idea de respeto a la idiosincrasia de las Culturas estará dando fuerza, aire y legitimidad a una serie de costumbres moral y políticamente perversas. Lo dice perfectamente Irshad Manji: «así como el Corán no se puede seguir en sentido literal, la sociedad multicultural tampoco es un dogma. Todavía ocurre que la gente, sea o no musulmana, tiene derecho a ser respetada si, a la vez, respeta a los otros. Así que no se deben utilizar dos criterios distintos cuando se trata de derechos humanos».{12}
El arquetipo de la «mujer eunuco»
A pesar de la relación entre poder y sumisión, entre hombre y mujer, entre cabezas descubiertas y cabezas veladas, insiste Djaouida Moualhi en que «una gran parte de los periodistas continúa viendo a estas mujeres como víctimas dependientes en un estado de semiesclavitud, culpando de ello a la religión musulmana. Los medios de comunicación propagan imágenes deformadas y estereotipadas sobre el velo, la clitoridectomía y la violencia política en países musulmanes; en una economía del discurso que ha medrado aún más con la violencia que desarrollan algunos miembros de los movimientos integristas islámicos».{13}
Lejos de cualquier metafísica autocomplaciente, los hechos hablan por sí mismos. La organización Médicos Mundi lleva denunciando desde 1996 cómo en cada minuto que pasa se cometen en el mundo cinco ablaciones de clítoris. Lo que supone que cada día mil quinientas niñas son mutiladas. (Otras organizaciones triplican el número de clitoridectomías cometidas cada día.) Y, por otro lado, aun cuando la clitoridectomía es una costumbre tribal netamente preislámica, no obstante según UNICEF la ablación femenina es una práctica propia de los países islámicos de Oriente Medio (Yemen, Omán, Bahrein y Emiratos Árabes....). También, aunque, en menor medida, de la India, y muy frecuente en 25 países africanos islamizados como, por ejemplo, Yibuti y Somalia, en donde la cirugía de ablación afecta casi a la totalidad de las niñas, exactamente al 98%. Y si en Sierra Leona, según UNICEF, las dimensiones de la clitoridectomía son de igual manera preocupantes, pues el 90% de las niñas entre 4 y 13 años acaba sufriendo la mutilación, lo mismo acaba sucediendo en Etiopía y en Eritrea. Y mientras que en Sudán se practica esta bárbara cirugía entre el 80% y el 95% de la población femenina, en Malí y Burkina Faso la ablación del clítoris afecta al 70% de las mujeres. ¿Y en Egipto? Las cifras oficiales fluctúan y alcanzan hasta el 50%, aunque en las zonas rurales puede ascender al 90% de la población femenina.
Frente a Sigmund Freud que, haciendo uso del método socrático, trataba de curar por la vía de la palabra a las mujeres que presentaban en su consulta problemas psicológicos, Isaak Baker Brown siempre sobresalió por su sed cirujana. Recordemos que este ginecólogo londinense llegó, en plena época victoriana, a ser nada menos que presidente de la Sociedad Médica de Londres y defensor de, entre otras prácticas, de la clitoridectomía. Autor de un libro de éxito La curación de formas indiscutibles de locura, epilepsia, catalepsia e histeria en las mujeres (On the Curability of certain Forms of Insanity, Epilepsy, Catalepsy, and Hysteria in Females: 1866), Brown proponía la técnica de cortar con tijeras el órgano eréctil de la vulva femenina, más conocido como clítoris. ¿Con qué propósito? Con el fin de curar la rebeldía de las adolescentes, también de paso el onanismo, e incluso la indisciplina de esas casadas que no querían tener hijos o, en su osadía, osaban rechazar el débito conyugal. Pero además, a juicio de este ginecólogo, la mayoría de las enfermedades podían ser atribuidas a la sobreexcitación del sistema nervioso, en concreto a la sobreexcitación del nervio púdico situado en el clítoris.
Aunque alcanzó cotas de fama y hasta de reconocimiento social, Baker Brown acabó siendo expulsado de la Sociedad Londinense de Obstetricia. Sin embargo, y a pesar de que han transcurrido más de ciento cincuenta años desde los experimentos extirpatorios de este médico, tal tipo de conductas mutiladoras pervive hoy por hoy no solo en amplias áreas del mundo sino también, como ha denunciado recientemente a la revista Io Dona la somalí Waris Dirie, en el mismo corazón de Europa.{14}
Los Dogones, pueblo africano, habitante de la meseta de Bandiagara, en Mali, explican de forma diáfana el origen de la clitoridectomía. Según su mitología, los seres humanos conservan en su anatomía restos de su originaria androginia. El prepucio es un residuo femenino y, con tal obstáculo a su desarrollo, debe ser amputado para que así, sin impurezas, el niño alcance con plenitud su masculinidad, su deseada hombría. La niña, por el contrario, deberá desprenderse de su cuota de masculinidad. Y solo tras serle amputado el órgano del clítoris, ella será un ser puro, y con una naturaleza cien por cien femenina llegará, convertida en mujer, a ser apta para la cópula.
Además del relato dogón, sabemos que hay muchos factores que influyen en la práctica de la mutilación genital femenina. Por un lado, sabemos que se consuma como rito de iniciación, imprescindible para entrar en la pubertad; que en otros lugares constituye un requisito para contraer matrimonio y, de paso, no dificultar el acceso del pene a la vagina en el momento del coito. Sin embargo, en otras culturas obedece a la creencia de que la clitoridectomía augura la fertilidad en la mujer, de que es un recurso de gran potencia mágica que sirve para impedir la muerte del primer bebé e, incluso, un medio de prevenir que cualquier recién nacido pierda la vista en caso de que el odioso clítoris rozara los ojos del neonato.
Pero, sea cual sea el motivo (religioso o no, higiénico o no, simbólico o no) por el que se justifique la práctica de la ablación, siempre resulta que el clítoris precisa ser extirpado porque, o bien, se le considera en sí mismo un obstáculo copulatorio, incluso un impedimento a la procreación, o bien se le describe como una fuente real de males para la descendencia (anomalías, lacras, enfermedades, muertes, &c.). Y en todos los casos siempre representa, sin ninguna duda, una señal de inferioridad anatómica, de deficiencia congénita.
Con este racismo sexual, mal destino es ser mujer. Pero por otra parte, con este racismo sexual las mujeres solo valen en la medida en que carecen, cual eunucos, de puntos anatómicamente impuros y/o ambivalentes, aunque lo peor de todo este asunto radica en el hecho de que son las abuelas, las madres, las tías... las que, desde el seno de la familia, despliegan todo su poder castrante y ejercen el papel de extirpadoras de clítoris, igual que la daya es la mujer-notario que verifica la virginidad de la esposa y, en caso de no sangrar durante su noche de bodas, procede a desgarrar el himen de la recién casada clavando con fuerza su uña en el interior de la vagina.
¿Entonces? Entonces y como afirmaba Thomas Sankara, uno de los líderes de Burkina Faso, que fue Ministro de Información y también Presidente de Burkina y que acabó en 1987 derrocado y asesinado por su amigo y compañero Blaise Campaoré, «la excisión [del clítoris] constituye un intento de conferir un rango inferior a las mujeres al señalarlas con esta marca que las disminuye y que es un recordatorio constante de que sólo son mujeres, inferiores a los hombres, de que ni siquiera tienen ningún derecho sobre su propio cuerpo ni a realizarse física o espiritualmente».
¿El Sexto Estado?
La aparición del Tercer Estado (burguesía) conllevó la marginación de grandes sectores de la sociedad, aglutinados en el Cuarto Estado. El auge social, sindical y político de los obreros, o Cuarto Estado, no impidió provocar con el paso del tiempo la justificación de la marginación de la mujer, que pasó a ser integrada en el Quinto Estado. Curiosamente ahora, con la expansión del multiculturalismo, ¿vamos a adentrarnos en el espacio del Sexto Estado al mantener en pie culturas retrógradas ayudando a que continúen sus moradores enjaulados en culturas represivas?
Notas
{1} Ana Tortajada, El grito silenciado, diario de un viaje a Afganistán, Mondadori, Barcelona 2001, pág. 32. Tunku Varadarajan, Profeta de la decadencia. Una entrevista con Oriana Fallaci, en el diario The Wall Street Journal, 23-VI-2005. En dicha entrevista decía exactamente la escritora italiana: «Last year, he wrote an essay titled «If Europe Hates Itself», from which Ms. Fallaci reads this to me: «The West reveals... a hatred of itself, which is strange and can only be considered pathological; the West... no longer loves itself; in its own history, it now sees only what is deplorable and destructive, while it is no longer able to perceive what is great and pure.»
{2} Los datos sobre ablación femenina pueden leerse en el artículo de José Vidal Beneyto titulado Mujeres en la mundialización, en el periódico El País, 7-04-2001. Ayaan Iris Alí, Yo acuso, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2006, pág. 11. Videtur pp. 70 y 112. Rosa Cobo, Democracia Paritaria y Participación Política, en Política y Sociedad, nº 32, Madrid 1999, pág. 68.
{3} Entrevista a Aminata Traoré en el diario El Semanal, 9-III-2003, pág. 41. Comentemos que este periódico dominical es el que mayor tirada de ejemplares tiene en toda España. Para adentrarse en el perfil ideológico de la kikuyo Wangari Maathai, léase el artículo periodístico de Jean-Philippe Rémy titulado Wangari Maathai l'incontrôlable, en el periódico Le Monde, 9-X-2004, en donde se pone de relieve las ideas retrógradas de esta Premio Nobel.
{4} Witold Gombrowicz (1957), Diario argentino, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires 2001, pp. 98-9, 178. Comentemos que Gombrowicz invirtió catorce años en escribir este diario que llamó «argentino» porque al salir de su país, Polonia, poco antes de empezar la IIª Guerra Mundial, la nación que en su exilio le daría acogida durante casi veinticuatro años fue Argentina.
{5} Arjun Appadurai, La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2001, pág. 179.
{6} Salman Rushdie, El código del deshonor en India y Pakistán, en el periódico El Mundo, 15-VII-2005.
{7} Gustavo Bueno (2003), El mito de la izquierda, Ediciones B, Barcelona 2003, pág. 105.
{8} La noticia de la escuela de Meca puede leerse en el diario El Mundo en su versión digital: www.el-mundo.es/elmundo/2002/03/15/internacional/1016214919.html
{9} Djaouida Moualhi, Mujeres musulmanas: estereotipos occidentales versus realidad social, revista Papers, 2000, página 298. Puede leerse en: http://www.bib.uab.es/pub/papers/02102862n60p291.pdf Las autoras en las que, sin citar página, se apoya Djaouida Moualhi son: MERNISSI Fátima, Le harem politique. Le prophéte et ses femmes, Albin Michel, París, 1987. TAARJI, Hinde, Les voilées de l'Islam, EDDIF, Casablanca, 1991. Y finalmente BESSIS & BELHASSEN, Mujeres del Magreb. Lo que está en juego, Horas y Horas, Madrid, 1994.
{10} Ayatollah Jomeini, Principios políticos, filosóficos, sociales y religiosos, Icaria, Barcelona, 1981, pp. 18-19. Se puede completar la visión de Jomeini con la decisión de Marruecos de impedir a las mujeres que sean imanes y/o dirijan la oración en las mezquitas: diario El País, 29-V-2006, pág. 34.
{11} Fatima Mernissi, El poder olvidado, Icaria, Barcelona, 2003, pág. 21.
{12} María Antonia Sánchez Vallejo, Entrevista a Jadicha Candela, en el diario El Semanal, 8-XII-2002. Ayaan Hirsi Alí, Entrevista a Irshad Manji, en Algemeen Daghlad, 19-VI-2004, editada en Ayaan Hirsi Alí, Yo acuso, pág. 86-87.
{13} Djaouida Moualhi, ibidem, pág. 293. Anótese cuán breve es el espacio que dedica esta autora a hablar de los más de 130 millones de mujeres clitoridectomizadas en el mundo.
{14} La modelo somalí Waris Dirie lo denuncia en la revista IO DONA, artículo editado en el periódico El Mundo, 11-XI-2005

María Teresa González Cortés http://www.nodulo.org/ec/2006/n052p14.htm

El velo no es el velo - Vargas LLosa

La Generalitat, o Gobierno autónomo de Cataluña, ha obligado a un colegio público de Gerona a admitir a Shaima, una niña marroquí de ocho años, que desde hacía una semana faltaba a clases porque las autoridades del plantel le habían prohibido el ingreso mientras llevara el hiyab o velo islámico. El director fundó la prohibición en el reglamento del colegio, que rechaza en el atuendo de los alumnos "cualquier elemento que pueda causar discriminación". Por su parte, la Generalitat considera que "el derecho a la escolarización" debe prevalecer sobre las normas internas de los centros educativos.
A diferencia de lo que ocurre en países como Francia o el Reino Unido, donde hay leyes sobre el uso del velo islámico en las escuelas públicas, en España no existe legislación al respecto y hasta ahora el permiso o la prohibición de llevarlo estaba librado al criterio de los propios centros de enseñanza. Lo ocurrido con la niña marroquí establece un precedente que, de prevalecer y extenderse, abriría las puertas de la instrucción pública al llamado multiculturalismo o comunitarismo. A mi juicio, semejante perspectiva es sumamente riesgosa para el futuro de la cultura de la libertad en España.
A primera vista, semejante afirmación parecerá a algunos exagerada o apocalíptica. ¿Qué puede tener de malo que una pobre criatura, acostumbrada por la religión y las costumbres de su familia a tocarse con el hiyab lo siga haciendo en las aulas escolares? ¿No sería una crueldad obligarla a destocarse y lucir los cabellos a sabiendas de que, para sus creencias y usos comunitarios, tal cosa sería tan traumático como para las niñas cristianas exigirles mostrar el busto o las nalgas? De allí a considerar que prohibir el velo islámico a las niñas en los colegios públicos es prejuicio antimusulmán o etnocentrismo colonialista y racista hay sólo un paso cortito.
Sin embargo, no es tan sencillo. El velo islámico no es un simple velo que una niña de ocho años decide libremente ponerse en la cabeza porque le gusta o le es más cómodo tener los cabellos ocultos que expuestos. Es el símbolo de una religión donde la discriminación de la mujer es todavía, por desgracia, más fuerte que en ninguna otra -en todas ellas, aun las más avanzadas, se discrimina aún a las mujeres-, una tara tradicional de la humanidad de la que la cultura democrática ha conseguido librarnos en gran parte, aunque no del todo, gracias a un largo proceso de luchas políticas, ideológicas e institucionales que fueron cambiando la mentalidad, las costumbres y dictando leyes destinadas a frenarla. Una de esas grandes conquistas es el laicismo, uno de los pilares sobre los que se asienta la democracia. El Estado laico no está contra la religión. Por el contrario, garantiza el derecho de todos los ciudadanos de creer y practicar su religión sin interferencias, siempre y cuando esas prácticas no infrinjan las leyes que garantizan la libertad, la igualdad y demás derechos humanos que son la razón de ser del Estado de Derecho.
Los colegios públicos de un Estado laico no pueden ser confesionales, porque si lo fueran y privilegiaran a una religión sobre otras, o sobre los no creyentes, ejercerían una discriminación inaceptable en una sociedad de veras libre. En ésta la religión no desaparece, se confina en el ámbito privado, fuera de las escuelas y las instituciones públicas. Los creyentes pueden constituir escuelas privadas de carácter confesional, desde luego, o impartir en las iglesias o en el seno de las familias todas las doctrinas y creencias en las que quieren educar a sus hijos. Pero la religión no puede invadir el dominio público sin que principios básicos de la cultura democrática, sobre todo la igualdad y la libertad de los ciudadanos, se resquebrajen y se establezcan privilegios y jerarquías abusivas.
El velo islámico en las escuelas públicas es una cabecera de playa con la que los enemigos del laicismo, de la igualdad entre el hombre y la mujer, de la libertad religiosa y de los derechos humanos, pretenden alcanzar unos espacios de verdadera extraterritorialidad legal y moral en el seno de las democracias, algo que, si éstas lo admiten, podría conducirlas al suicidio. Porque con el mismo argumento con que se pretende que el hiyab sea admitido en las escuelas se puede exigir, también, como han hecho y conseguido los islamistas en algunas ciudades de Europa, que haya piscinas municipales separadas para hombres y para mujeres pues para las hembras musulmanas resulta impúdico compartirlas con los varones. Y, si se trata de respetar todas las culturas y las costum-
bres ¿por qué la democracia no admitiría también los matrimonios negociados por los padres y, en última instancia, hasta la ablación del clítoris de las niñas que practican tantos millones de creyentes en el África y otros lugares del mundo?
El multiculturalismo parte de un supuesto falso, que hay que rechazar sin equívocos: que todas las culturas, por el simple hecho de existir, son equivalentes y respetables. No es verdad. Hay algunas culturas más evolucionadas y modernas que otras, y aunque es verdad que aun en las culturas más primitivas existen prácticas, usos y creencias que han enriquecido la experiencia humana y enseñanzas que las otras pueden aprovechar, también lo es que en muchas culturas sobreviven prejuicios y conductas bárbaras, discriminatorias y hasta criminales que ninguna democracia puede admitir en su seno sin negarse a sí misma y retroceder en el largo camino de la civilización que lleva andado.
Francia, donde el tema del velo islámico es objeto de viejos e intensos debates, lo ha entendido así y ha dado un buen ejemplo al resto de los países democráticos prohibiendo por ley, desde 2004, "el uso de elementos ostentatorios de carácter religioso en las escuelas e institutos públicos del país". Al principio, esta medida fue considerada por algunos supuestos "progresistas" como reaccionaria y sustentada en un prejuicio contra los inmigrantes de origen musulmán. No lo era. Por el contrario, su razón profunda es dar la oportunidad a todos, extranjeros y nacionales, de cualquier raza, cultura o religión, de trabajar y vivir en Francia en un ambiente de legalidad y libertad que les permita seguir practicando todas sus creencias y costumbres que sean compatibles con las leyes vigentes. Y, desde luego, renunciando a las que no lo sean, como hicieron las iglesias cristianas en el pasado, cuando tuvieron que acomodarse a las sociedades abiertas. Si se considera que la democracia ha significado un extraordinario avance sobre los regímenes despóticos y absolutistas de antaño, es difícil entender que ella pueda ser sólo válida para los demócratas y que los países democráticos, en nombre de la falacia de la equivalencia absoluta de las culturas, admitan en su seno enclaves antidemocráticos o prácticas reñidas con los principios básicos de la igualdad y la libertad.
Quienes defienden el multiculturalismo y el comunitarismo tienen una idea estática y esencialista de las culturas que la historia desmiente. Ellas también evolucionan, de acuerdo al avance de la ciencia y los intercambios que son cada vez más frecuentes en el mundo moderno de ideas y conocimientos que, poco a poco, van transformando convicciones, prácticas, creencias, supersticiones, valores y prejuicios. Un musulmán moderno de, digamos, el Líbano o El Cairo tiene muy poco que ver con los musulmanes fundamentalistas de Darfur que arrasan aldeas y queman a familias enteras por ser paganas y ponerlos dentro de la misma etiqueta cultural es tan absurdo como considerar idénticos, por ser cristianos, a los católicos generalmente tolerantes y democráticos de las sociedades abiertas de nuestros días con los inquisidores o los cruzados medievales que torturaban y asesinaban en nombre de la cruz. Si los países democráticos quieren ayudar de algún modo a que la religión musulmana experimente el mismo proceso de secularización que ha permitido a la Iglesia Católica adaptarse a la cultura democrática, lo peor que podrían hacer es renunciar a logros tan importantes como el laicismo y la igualdad para no parecer etnocentristas y prejuiciosos. No hay etnocentrismo alguno, sino universalismo y pluralismo estrictos, en no hacer concesiones en la defensa de los derechos humanos y de la libertad.
El sistema francés me parece más claro y más eficaz que el adoptado por el Reino Unido, donde el Estado ha transferido a los colegios e institutos de enseñanza la decisión de autorizar o prohibir el uso del velo islámico en las aulas. Pero esta potestad sólo vale en lo que concierne a los estudiantes. En cambio, las maestras están prohibidas de dar clases veladas, según una decisión del Poder Judicial del año pasado, luego de que una profesora se presentara en el aula británica embutida en un niqab, especie de carpa vestuario que cubre el cuerpo femenino de pies a cabeza. ¿No es absurdo que se prohíba a las maestras lo que se permite a las alumnas o viceversa?
En las fotos de la prensa de esta mañana, Shaima, la niña marroquí de ocho años, sonríe feliz con sus grandes ojos porque podrá ir al colegio portando el velo que, según le enseñó su abuelita, deben llevar siempre las buenas creyentes. ¿Seguirá siendo tan feliz ahora convertida en la excepción a la regla en su colegio? Yo creo que las buenas almas de la Generalitat catalana la han condenado a la infelicidad.

MARIO VARGAS LLOSA _ El país 07/10/2007

Renta Ciudadana

El sueldo del mendigo y del banquero
- VERA GUTIÉRREZ CALVO - Elpaís , Madrid - 03/10/2007

Dos partidos que se autodefinen de izquierdas, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) e Izquierda Unida-Iniciativa per Catalunya Verds (IU-ICV), llevaron ayer al pleno del Congreso la que, según ellos, es la propuesta del futuro en Europa: la creación de una Renta Básica de Ciudadanía "universal e incondicionada", un sueldo que cobrarían todos los ciudadanos -niños, adultos y ancianos, lo necesiten o no, sean pobres o millonarios, quieran trabajar o no- y que pagaría el Estado con el dinero de todos los contribuyentes.

La propuesta -que no salió adelante- fue tachada de "reaccionaria", "inviable", "insolidaria" y hasta "diabólica" por el resto de grupos parlamentarios. "Pero esto que piden, ¿qué es? ¿La creación del derecho a no trabajar, subvencionado por los que sí trabajan? ¡Es tremendamente insolidario, diabólico!", protestó Emilio Olabarria (PNV) sin terminar de dar crédito a la proposición. Baudilio Tomé, del PP, estuvo de acuerdo: "Es un subsidio para ricos y pobres. Un sueldo por no trabajar, un derecho a vivir a costa de quienes sí trabajan", resumió. Después de lo cual aprovechó la ocasión para denunciar la "desorientación de la izquierda" que sostiene al Gobierno, a pesar de que el PSOE ya se había manifestado en contra de la propuesta.
A todos los embates respondieron con resignación Joan Tardà (ERC) y Carme García (IU-ICV): tenían asumido que su idea no calaría pero, según dijeron, se consideraban obligados a "abrir el debate". Alegaron que hay que innovar el Estado del Bienestar y que ésta es la fórmula: una renta mínima universal que sustituiría al resto de prestaciones que ahora da el Estado (pensiones, subsidios por desempleo, ayudas a sectores desfavorecidos) siempre y cuando fueran inferiores a esa renta.
"Hoy puede parece descabellado, pero en 15 años será el debate de mayor profundidad en Europa", dijo García, que adelantó cómo se financiaría: con una reforma del IRPF para que los "ricos muy ricos" paguen más. "Y se ahorraría dinero. Ahora existen más de 30 prestaciones distintas y cada una con un ejército de controladores", añadió. Tardà fue aún más entusiasta: "¡Esto puede acabar con la pobreza! Daría independencia a los trabajadores frente a los empresarios, y a los jóvenes y a las mujeres".
La renta la cobraría todo el mundo y su cuantía nunca sería inferior al "umbral de la pobreza", fijado en el 50% del "ingreso medio". Esto es, en España ese sueldo sería de unos 10.000 euros anuales para los adultos y 5.000 euros para los menores. Lo cobrarían igual el indigente y el banquero, el trabajador y el parado y, también, quien manifestase expresamente que no quiere trabajar. Por eso Carles Campuzano, de CiU, tachó la idea de "simplemente, reaccionaria".
El socialista Miguel Ángel Millán fue más suave: no puso adjetivos, se limitó a hacer cuentas. "La medida tendría un coste de 310.000 millones al año, más que todo lo que el Estado va a ingresar en 2008", afirmó. No habló de disparate presupuestario ni del miedo a que al ministro de Economía le diera un soponcio, pero se deducía del cálculo.
"Sé que llevará tiempo, pero es profundamente innovador: la renta universal garantiza que nadie viva sin dignidad en ningún momento de su vida, le pase lo que le pase, y no es un refugio para vagos: es muy improbable que alguien deje de trabajar por cobrar ese mínimo", se defendió la portavoz de IU-ICV. Olabarria le replicó con una afirmación que tampoco resultó muy creíble: "Yo ya he hecho una encuesta en la Cámara y nadie estaba dispuesto a seguir trabajando".

Banderas - Rosa Montero

Detesto las banderas, todas las banderas. Detesto esos malditos trapos de colores tan increíblemente propensos a teñirse de sangre. Si un explorador marciano viniera a la Tierra, se quedaría turulato al ver que personas adultas son capaces de degollarse y destriparse porque el retal que ellos enarbolan tiene distintos colorines del retal que levantan los contrarios. No me digan que así, observado en frío, no es una payasada. En cuanto a la llamada "guerra de banderas", sigo pensando que prestamos demasiada atención a los payasos. Si por mí fuera, yo prohibiría que se colgara ninguna bandera en ningún lado. Ni un solo trapajo más ondeando en los edificios públicos. Y que usen los mástiles como barra de ejercicios para el equipo nacional de gimnasia (claro que, tal y como están las cosas, lo del equipo nacional también sería muy discutido).
Sé bien que las banderas son algo más que un trapo porque son un símbolo, aunque tan cargado de la violenta irracionalidad nacionalista que da mucha dentera. Y también sé que el desarrollo de la civilidad conlleva ciertas paradojas. Una sociedad demócrata no debe matar a los asesinos, ni torturar a los torturadores, ni saltarse las garantías de un Estado de derecho para defenderse de quienes pisotean los derechos de sus víctimas. De la misma manera, a los que aborrecemos los excesos nacionalistas se nos hace muy cuesta arriba defender una bandera frente a otras, porque desconfiamos de las monsergas patrióticas. Algunos piensan que todo esto debilita a los demócratas frente a los bárbaros; yo creo que no, y la historia lo demuestra: al final, el consenso se impone al vandalismo. Pero, para ello, hay que tener muy claro lo que queremos. Preferiría que no hubiera pendones patrios, pero si un puñado de violentos mequetrefes envueltos en sus propias banderas (a las que, por cierto, nadie ataca) queman la enseña española, entonces tendré que reivindicarla como mía, y no por española, sino como un símbolo de la legalidad y la civilidad en las que quiero vivir. El símbolo de los que no quemamos las otras banderas. He creído entender que ésa es la actitud que sostiene el nuevo partido de Savater y Rosa Díez. Bienvenidos y albricias.


Otoño

Críticas a la ideología nacionalista

1. Imposibilidad de no ser nacionalista:El que critica a un nacionalismo forzosamente está hablando desde otro nacionalismo. Con lo cual se consigue presentar el nacionalismo como algo natural, no elegido, a lo que nadie escapa: todos tienen patria; se construye un retrato nacionalista de cualquier opositor, negándole la autonomía de su pensamiento y convirtiéndole en agente del nacionalismo rival, y se descalifica la crítica sin considerar argumento alguno porque, diga lo que diga, el que discrepa es un agente del enemigo.

2. El nacionalismo como sentimiento:El nacionalismo no sería sólo una ideología, sino un estado sensible del ser humano. Se consigue de este modo convertir cualquier crítica al nacionalismo en una herida a la sensibilidad, plataforma ideal para el victimismo.
Victimismo: Una de las constantes de los nacionalismos. Los pecados históricos de los que fueron víctimas y su resistencia en el pasado son utilizados con excesiva frecuencia para reafirmarse. Recuerdan constantemente la lista de afrentas que les ha causado el estado. No el estado del príncipe siglos atrás, sino simplemente "el estado", cuando el estado moderno se basa en la absoluta igualdad de los ciudadanos que expresan su voluntad con su voto.
La historia interpretada desde un sentimiento resulta demasiado subjetiva.

3. Alto grado de singularidad natural:No somos un país cualquiera, repiten los nacionalistas. Como si hubiesen países cualquiera. Los elementos que forman la nación tienen entre sí una vinculación orgánica y no puede ser creada o abandonada por voluntad humana. Las creencias, valores, leyes y costumbres no pueden ser juzgadas en abstracto sino que por el hecho de ser nuestras cuentan ya con un aprecio definitivo. Su ideología se reclama más deudora de la biología que del pacto social.

4. La diferencia implica la desigualdad:De la diferencia como expresión de la diversidad social se pasa a la diferencia como factor de jerarquización y discriminación. Por ser diferentes, unos tienen más derechos que los otros. Lo cual no sólo es democráticamente objetable, sino que es un motor implacable de recelos. La exigencia de tolerancia pierde prioridad frente a otras consideradas más urgentes. Se resta importancia a la pluralidad de intereses que tiene cada ser humano y cada generación. Se descuida el reconocimiento del derecho a no creer (religión, ciencia, moralidad, sentido común establecido) que resulta básico para la convivencia en libertad. El orden externo impuesto avanza en el dominio de lo más íntimo. El lugar donde anida la crítica, la utopía y la fantasía que debería quedar fuera de castigos. Para satisfacer las unidades nacionales debe pasarse por encima de cualquier otra consideración. Si los objetivos de la patria son incompatibles con los de otras naciones se debe obligar a los otros a ceder aunque sea por la fuerza.
Sobre estos tópicos todo debate de racionalidad política se convierte en un choque de nacionalismos. Entre nacionalismos no hay diálogo. En el mejor de los casos puede haber negociación y compromiso.

La visón local del nacionalismo:
Contraponen intereses de un grupo contra los de los demás.
Provocan sentimientos de distancia y malestar.
Erosionan la convivencia desde la diversidad.
Sus prioridades no les hacen reparar en los derechos de los demás.
Sus normas, de forma coyuntural, como ejercicio de una discriminación positiva, hacen distinciones entre los ciudadanos y niegan derechos a una parte de ellos.
Promueven un arte folclórico, estrecho, miope, cursi.
No encajan en la tendencia a la integración europea. Desvían la atención popular de reivindicaciones sociales más urgentes y retos actuales como la globalización.
Adoptan un discurso cerrado:
Basado en conceptos con significado particular
Utilizan en exceso imágenes con carga sentimental.
Utilizan en exceso referencias al pasado en cuestiones actuales.
Mezclan ensoñaciones y deseos.

El nacionalismo y la violencia:
Es una constante la reivindicación de derechos culturales y políticos mediante la intimidación. Cuando la violencia hace su aparición se le arrebata a las víctimas la libertad para expresar y defender sus propias opciones.
Deterioro de la convivencia:
Salidas de tono demagógicas contribuyen a deteriorar el clima propicio para un diálogo basado en la lógica. Las víctimas reales o potenciales experimentan vivos sentimientos de inseguridad, indefensión y temor que recortan su libertad. Las agresiones y arbitrariedades provocan reacciones de indignación y crispación social que deterioran la convivencia cívica. La captación de adolescentes y jóvenes y su instalación en la cultura de la violencia marca perniciosamente muchas conductas. Contemplar el sufrimiento humano como un mal necesario es una actitud moral y socialmente rechazable.
Justificación de la violencia:
Se inclinan hacia la justificación de la violencia auque desde un cierto espectro de posturas que van desde la ambigüedad a la defensa directa de su uso. Es bastante común, a efectos prácticos, la justificación del uso de la violencia en situaciones extremas. Es un recurso habitual la descripción de la situación de una región determinada como insostenible. Ninguna causa, ninguna reivindicación, ninguna aspiración por fundada y legítima que pueda ser justifica los atentados a la seguridad y a la libertad.
Inacción ante la violencia:
La inacción ante la violencia demuestra que ésta juega a su favor. Quien obtiene réditos políticos de la coacción no es un demócrata. Limitarse a expresar una repulsa moral no es suficiente. Todas las víctimas de cualquier conflicto tienen derecho al amparo y protección por parte de la ciudadanía y de las instituciones.

Los nacionalismos y la integración europea:
Durante la construcción de Europa los nacionalismos encontrarán un campo menos adecuado para desenvolverse.
La coexistencia de poderes comunitarios, estatales, regionales, y locales varía la perspectiva de los ciudadanos.
Cuando los nacionalistas utilicen términos como los otros, se referirán cada vez más a casi todos los demás.
Conceptos como gobierno centralista calarán en la gente de una forma distinta, relativa, variable.
Se impondrá una lógica cooperativa en todos los actores políticos.
Incremento de los efectos de la globalización (interdependencia, normalización, economías de escala).
Los nacionalismos se verán forzados a la revisión de los objetivos secesionistas a favor de una clara política autonomista asentada en el reconocimiento del pluralismo nacional y a una práctica de lealtades compartidas hacia la nación cultural, la nación política encarnada en el Estado y las cada vez más visibles realidades supranacionales.
http://www.mgar.net/var/nacion.htm

Reflexiones sobre política lingüística

I. ¿Quién es el bilingüe?
Escribía hace ya quince años Aurelio Arteta que el problema esencial que plantea la política lingüística es la del ‘por qué’, es decir, la cuestión de su legitimidad. Y lo triste es que seguimos igual hoy todavía. Porque lo que sólitamente escuchamos debatir a nuestros representantes políticos son simples matices, los del ‘cómo’, el ‘cuánto’ o el ‘en qué grado’ de la euskaldunización. Cuando de lo que hablan tantos y tantos ciudadanos en voz baja no es de modulaciones sino de razones. Lo otro, los matices, no son sino las patéticas escaramuzas de retaguardia que libra una izquierda en franca desbandada desde el momento mismo en que admitió sin oposición el principio de donde nació toda la política lingüística: el de que los ciudadanos vascos deben llegar a ser bilingües. Pues bien, es ante este mismo principio ante el que la razón crítica dice: ¿Por qué?
Una política que pretenda cambiar la realidad requiere una justificación que la legitime. Si se cambia la distribución social de la renta es por razones de justicia; si se modifica la situación respectiva de los ciudadanos de uno y otro sexo es por igualdad. Por eso, cuando el poder público decide convertir coactivamente en hablantes del euskera a quienes no lo son, surge imperiosa la necesidad de una justificación; máxime cuando esa política afecta al ámbito privado y autónomo de la persona, es decir, es una política intervencionista Y no vale argüir que esa política se ha decidido democráticamente por el Parlamento, pues eso vale tanto como el «sic volo sic iubeo, stat pro rationae voluntas» de Juvenal (así lo mando porque así lo quiero, la voluntad vale como razón). Porque no se discute de la legalidad de la política intervencionista, sino de su legitimidad, la cual requiere mejores argumentos que los votos de la mayoría.
No ignoro, claro está, que existe un pretendido discurso legitimador de la política lingüística asimilacionista. Habría que estar sordo para no escuchar la serie argumentativa que pretende justificar los objetivos perseguidos por ella. Lo que sucede, dicho crudamente, es que todos esos pretendidos argumentos no son sino una asombrosa montaña de falacias, paralogismos y metáforas inadecuadas, que ofenden a la razón humana con su solo enunciado. Bien conozco que al hacer esta afirmación tan tajante me arriesgo a recibir una pita universal como engreído presuntuoso, pero me comprometo a demostrarla en las líneas que siguen. Juzguen ustedes.
Vayamos en primer lugar con los paralogismos que la lógica denomina ‘falacias’, y que no son sino razonamientos construidos con aparente corrección pero en los que se ha deslizado (deliberadamente o no) un fallo insubsanable. Las falacias se han clasificado desde la antigüedad en familias, de las cuales nos interesa ahora la de las ‘falacias de composición y de división’. La falacia de composición consiste en atribuir al conjunto las características propias de los elementos individuales que lo componen: «Todos los hombres tienen una madre, la Humanidad tiene una madre», ejemplificaba Bertrand Russell. Esta falacia es básica en la teoría política del nacionalismo, puesto que permite pasar mágicamente del principio de autonomía individual al derecho de autodeterminación de las naciones: ‘Todos los seres humanos tienen derecho a autorregularse, luego las naciones tienen ese derecho’. Pero no nos interesa ahora este paralogismo, sino su inverso, el de ‘división’, que consiste en atribuir las propiedades del conjunto a cada uno de los elementos que lo componen: ‘Esta orquesta es excelsa, luego todos sus miembros son excelentes’. Un salto en el vacío tan obvio como el volatín que se realizaría al decir: ‘La sociedad vasca es de centro-izquierda, todos los vascos son de centro-izquierda’.
Pues bien, aunque resulte increíble, el principal argumento de la política lingüística gubernamental consiste en una parecida biribilketa lógica: ‘La sociedad vasca es bilingüe, luego los vascos son (deben ser) bilingües’. En términos lógicos estamos ante un ‘non sequitur’: del enunciado no se deduce la conclusión que se pretende, sólo ‘parece’ que se deduce. Pero esta apariencia se derrumba no bien se reflexiona, o se compara el propuesto con paralogismos semejantes: ‘La sociedad española es políticamente plural, luego los españoles son individualmente plurales’. ‘El pueblo vasco posee un idioma propio, luego todos los vascos hablan ese idioma propio’. Puras falacias.
La falacia organizada sobre el término ‘bilingüismo’ se completa ordinariamente con otro paralogismo, derivado éste de la idea de igualdad. Dice más o menos lo siguiente: ‘En un país bilingüe las dos lenguas deben estar en igualdad de condiciones’, lo que, dado que una de ellas es universalmente dominada (el castellano), obliga a que también lo sea la otra. Si así no fuera, no se cumpliría el principio de igualdad de las lenguas. Es bastante obvio, sin embargo, que el principio de igualdad a quien se aplica es a las personas, no a las lenguas, y su enunciado correcto dice: En un país bilingüe todos los ciudadanos tienen los mismos derechos lingüísticos; es decir, tienen derecho a ser atendidos por la Administración en la lengua de su elección sin discriminación entre ellos. Las lenguas son objetos o instrumentos, no sujetos, y no tienen ningún ‘derecho a ser iguales’. Y, si no lo ven así, piensen por un momento en el siguiente razonamiento: ‘Todos los ciudadanos pueden profesar libremente la religión que deseen; luego todas las religiones existentes en el país tendrán la misma difusión, número de fieles y ayudas estatales’. O en éste: ‘Todos los ciudadanos tienen derecho a una vivienda, todas las viviendas son iguales’. Una cosa es la igualdad de los sujetos del derecho y otra muy distinta la igualdad de los distintos objetos de ese derecho. Nuestro discurso oficial cae una y otra vez en la confusión entre ciudadanos y lenguas para poder justificar lo injustificable.
Al lado de los paralogismos se sitúan las metáforas deslizantes; es decir, las que inducen a pensar incorrectamente la realidad y llevan a conclusiones erróneas (las ‘metáforas que nos piensan’); ejemplos señeros son las de la ‘riqueza’ y el ‘patrimonio’: ‘El plurilingüismo es un patrimonio y una riqueza que debemos conservar, fomentar y proteger’, nos dicen con extraña unanimidad desde arriba. Bien, es más que discutible que la metáfora sea acertada; estoy seguro de que muchos estarían más de acuerdo con la idea de que la pluralidad de lenguas y culturas es una maldición para la Humanidad, aunque no se atreverán a decirlo en alto, como hizo el poeta de la Biblia que inventó el relato de Babel. Pero bueno, aun admitiendo la metáfora del ‘rico patrimonio a conservar’, ¿qué se sigue de ella? Pues, si no me equivoco, como mucho se sigue que el Estado debe conservar y cuidar el patrimonio lingüístico en cuestión, pero no veo cómo podría seguirse que los ciudadanos debamos usarlo y practicarlo. Nunca he oído decir que el rico patrimonio artístico religioso español (y mira que es amplio y hermoso) autorice al Estado a exigirnos a los ciudadanos acudir a las iglesias y practicar sus ritos para mantenerlos vivos y operantes. Los ciudadanos no formamos parte del patrimonio, sino que lo poseemos. Lo cuidamos, lo desbaratamos, o lo ignoramos. Es nuestro patrimonio, no nuestro señor.
No acaban aquí las metáforas, porque hay otra serie de ellas igualmente poderosas para justificar la conservación obligatoria de la ‘riqueza cultural’: son las analogías orgánicas. La biodiversidad en el mundo vegetal y animal es un bien indudable, luego la diversidad cultural humana es también un bien. Lo dice así hasta la Unesco, sin parar mientes en que el universo humano no es como el orgánico (en el que habitan especies destructivas, ofensivas y colonizadoras de otras), sino que es un universo habitado por seres morales. Por ello, hay diferencias buenas y las hay malas, pero en cualquier caso ello depende de criterios de valor exógenos a la diversidad misma, tales como la justicia, la igualdad o el amor. La diversidad cultural es en sí misma moralmente neutra.
No es verdad que las lenguas ‘vivan’ o ‘mueran’. Eso sólo les pasa a las personas. El euskera desaparecerá, como el castellano desaparecerá (¿acaso lo dudan?), pero seguirán viviendo personas que hablarán ’su’ lengua. Su lengua de ellos, claro
2. Corrigiendo la Historia
Entre los argumentos que usualmente se barajan a favor de la política de euskaldunización hoy toca pasar revista a unos nuevos invitados, llamados identidad, corrección del pasado y perfeccionismo. Se afirma por doquier que el euskera forma parte de la identidad vasca, de lo que se colige que todo ciudadano vasco debe poseerlo. La verdad es que el argumento resulta tan borroso en su presentación que resulta difícil encararse con él. La idea de que la lengua determina una identidad, es decir, que cada lengua estructura los procesos perceptuales y cognitivos de sus hablantes hasta tal punto que organiza la mente en forma peculiar y distinta (la hipótesis Sapir-Whorf) está hoy en día totalmente desacreditada en antropología. Pero, incluso si así no fuera, incluso si fuera cierto que a cada lengua corresponde una identidad, no se comprende por qué razón ello autorizaría al gobierno a intervenir en materia de lenguas. Al revés, de tal dato debería derivarse la exclusión de cualquier proceso artificial de cambio lingüístico puesto que, si no me equivoco, equivaldría a un cambio coactivo de la identidad de las personas.
Porque si la hipótesis es cierta, habría que admitir que los castellanohablantes poseemos una identidad propia y distinta, y que esta identidad resulta modificada y adulterada cuando se nos induce a conocer y practicar otro idioma. Es decir, que la política gubernamental borra nuestra identidad y nos inyecta otra distinta, algo que es anatema para cualquier defensor del particularismo identitario. Si la lengua determina la identidad, sea lo que sea ésta, cambiar de lengua, o añadir otra a la que ya posee el hablante, es un auténtico ‘identicidio’. Y no parece que sea razonable destruir la identidad de unos para conservar la de otros, a no ser que admitamos que hay identidades superiores e inferiores, unas a conservar y otras a borrar. Dejando de lado la identidad, llegamos a uno de los argumentos más sentidos por los defensores de las políticas lingüísticas intervencionistas: la corrección de las injusticias del pasado.
Aquí sí que se sienten seguros, con rara unanimidad, los que claman por imponer o fomentar el conocimiento y uso del euskera, el catalán o cualquier otra lengua de las que denominan ‘minorizadas’. Porque, verán, según el relato canónico del pasado que nos proponen, resulta que en un remoto tiempo todos los habitantes de un territorio tenían una lengua propia, hasta que llegó la otra, la extranjera, que mediante políticas brutales e impositivas fue cercenando el ámbito de uso de la propia y acabó minorizándola en su propia casa. No cabe mayor injusticia histórica que ésta de la lengua vernácula que se ve arrinconada en su propia tierra por la imperialista, prepotente y mayoritaria lengua extranjera. Una injusticia que clama, como es evidente, por su reparación actual, mediante políticas de apoyo y discriminación positiva a favor de la lengua tan violentamente reprimida en el pasado. Así, la actual política lingüística no sería en el fondo sino una forma de reparar el injusto curso de la Historia. Por eso estaría legitimada: porque la realidad que pretende cambiar es injusta.
A pesar de que podría hacerlo, no voy a discutir la veracidad de este relato del pasado; voy a aceptar a efectos dialécticos que, efectivamente, el pasado fue un proceso de violenta imposición de la lengua mayoritaria sobre el euskera, al que ha ido arrinconando por métodos indefendibles. Que así sea, si así les gusta contarlo a nuestros lingüistas. Lo que sucede es que, por mucho que adopte como cierto ese relato del pasado, no veo cómo podría deducirse de él la justificación de una política lingüística de ‘discriminación positiva’ a favor del euskera. Sí, ya sé que a primera vista parece evidente: las mujeres han sido discriminadas en el pasado, luego están ahora justificadas las medidas extraordinarias en su favor; las clases más desfavorecidas han sido tratadas injustamente en la Historia, luego sus integrantes merecen ahora una ayuda especial; el euskera ha sido maltratado en el pasado, luego merece ahora un apoyo aunque éste sea discriminatorio.
La analogía ‘parece’ que funciona (en la apariencia reside el truco de las falacias), pero realmente el argumento carece de la más mínima lógica. Por una sencilla razón: porque cuando hablamos de discriminación positiva de mujeres, de campesinos, de proletarios o de inmigrantes hablamos de personas. En cambio, cuando hablamos de discriminación positiva del euskera, o del catalán, hablamos de cosas, no de personas. Y en ese ‘pequeño’ truco de sustituir personas por objetos (lenguas por hablantes) está toda la trampa del argumento, como es fácil de demostrar. Tomen como referencia al hablante, a la única entidad moral en presencia, y verán lo que le pasa al argumento de la discriminación correctora. Partimos, según el relato canónico, del hecho de que unos euskaldunes fueron discriminados o maltratados en algún momento del pasado para forzarles a abandonar su lengua y sustituirla por el castellano. Otros no lo fueron tanto y consiguieron mantener su euskaldunidad.
El caso es que llegamos así a la actualidad, en la que unos hablantes monolingües castellanos (descendientes de los discriminados injustamente) conviven con unos bilingües (descendientes de los no discriminados en la Historia). Yo mismo me considero un buen ejemplo de los primeros, pues recuerdo que dos de mis abuelos hablaban un euskera que no trasmitieron a mis padres (nunca les oí hablar de abuso e injusticia, pero sin duda lo sufrieron puesto que lo dice el canon). Bien, ¿qué hace hoy la política de discriminación correctora que se practica? Pues, aunque parezca increíble, trata peor a los que fueron discriminados negativamente en la historia y mejor a los que no lo fueron. Dicho de otra forma, vuelve a discriminar a los ya discriminados y añade una nueva injusticia a la anterior. Porque quien tiene menos posibilidades de empleo, quien es exigido para cambiar, quien tiene que hacer un esfuerzo adicional, es precisamente el descendiente del discriminado por la Historia. Mientras que para el favorecido por ella, que conservó felizmente su lengua, todo son premios adicionales. Reconocerán que es un extraño método de corrección de injusticias, un caso que recuerda a la enigmática frase evangélica: «A quien tiene se le dará y le sobrará; a quien no tiene, incluso lo poco que tiene se le quitará» (Mateo, 13, 12). O en términos más simples: una injusticia se tapa con otra. Naturalmente, este extraño resultado tiene su explicación: si tomamos como unidad de actuación la lengua, en lugar de los hablantes, los resultados de cualquier política lingüística son aberrantes. Porque nunca se recordará bastante en esta materia una verdad así de sencilla: lo que importan no son las lenguas, son los hablantes. Y llegamos así al último argumento en pro de la política de euskaldunización coactiva, ése que muchos de ustedes estarán pensando: vamos a ver, buen hombre, ¿no es mejor para usted como persona conocer otra lengua, no es un bien para sus hijos y nietos el dominar más idiomas, no les hace eso más ricos como personas? ¿Por qué entonces se opone a lo que no es sino un bien para usted mismo? Es el argumento ‘perfeccionista’ o ‘paternalista’ por excelencia, el que defiende la legitimidad de una política pública intervencionista cuando no persigue sino el bien de los ciudadanos, el hacerlos mejores.
Es el argumento nacionalista por excelencia: queremos hacerle mejor a usted, ciudadano, queremos insuflarle identidad. Pero también es el argumento de fondo de tantas y tantas políticas públicas que cuidan de nuestra salud, nuestra seguridad, nuestro bienestar: ‘Es por su bien’. A este argumento sólo se puede oponer una palabra: libertad. Y quien no lo entienda, es porque tiene alma de lacayo, como dijo Alexis de Tocqueville. La biblia de la libertad afirma: «La única finalidad por la cual el gobierno puede con pleno derecho ejercer su poder sobre un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es la de evitar que perjudique a los demás. Pero su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser legítimamente obligado a realizar o no realizar algún acto porque eso sería mejor para él, o porque le haría feliz» (John Stuart Mill, ‘On liberty’). Pues eso
3. ¿Y entonces cómo puede ser?
Ésta es la pregunta del millón. ¿Cómo ha podido suceder que una política lingüística con serios déficits de legitimación (como creemos haber demostrado) no sólo se aplique sin restricciones entre nosotros sino que incluso merezca la aquiescencia del Tribunal Constitucional? Porque a lo primero puede responderse diciendo que al fin y al cabo estamos gobernados por nacionalistas, pero lo segundo parece más difícil de explicar. Y, sin embargo, es patente que así sucede: el más alto intérprete de la Constitución ha avalado la política asimilacionista que se practica en Euskadi o Cataluña e, incluso, emplea para ello los mismos argumentos que hemos criticado en anteriores artículos. Es decir, afirma el Tribunal Constitucional que el plurilingüismo es una riqueza a conservar, que la igualdad entre las lenguas es un objetivo a perseguir para superar así situaciones de injusticia histórica, por lo que es plenamente legítimo que se exija a los escolares el conocimiento de la lengua propia al término de sus estudios, utilizando para ello drásticos procedimientos de educación monolingüe (sentencias 6/82, 82/86, 195/89, 19/90 y 337/94). ¿Cómo puede suceder esto, se preguntará el lector?
La respuesta no es fácil de digerir, aunque resulta bastante evidente para quien analiza el fenómeno del nacionalismo sin anteojeras interesadas: la razón última está en que la Constitución española de 1978 es una constitución impregnada de nacionalismo cultural en varios aspectos, y señaladamente en el tratamiento del tema lingüístico (art. 3). Sucede que a quienes gozan de una nacionalidad «satisfecha de estatalidad», como es el caso de los españoles, les gusta creer que ellos no son nacionalistas, que su Constitución es un dechado de patriotismo cívico republicano sin mácula de nacionalismo cultural. Pero es una ilusión. Las constituciones españolas, desde la de Cádiz de 1812, han incorporado una concreta concepción histórica y cultural de la nación española, una concepción preexistente al texto constitucional al cual se imponía con toda su carga particularista. Los historiadores lo saben perfectamente (Portillo Valdés analizó como nadie la «revolución de nación» de 1812), por mucho que últimamente se lleve más la afirmación de que en nuestro pasado constitucional no hay sino liberalismo político del bueno, sin mancha de etnicismo ni historicismo.
Pues bien, la vigente Constitución no escapa a esta tradición y, señaladamente en lo que se refiere al tratamiento del fenómeno lingüístico, es fuertemente nacionalista. Así, su art. 3º declara al castellano como «lengua oficial» y establece las consecuencias de ese adjetivo: el deber de todos los españoles de conocerlo, junto con el derecho de usarlo. La oficialidad arrastra un deber personal de conocimiento y, por mucho que se afirme a veces que éste es un «deber impropio» (piadosa fórmula para disimular lo evidente), ello significa que el Estado se arroga el derecho a exigir que sus ciudadanos hablen (o por lo menos que «sepan hablar») como se considera «natural» que hablen. Si se hubiera tratado simplemente de fijar una lengua para las relaciones gubernamentales, el texto constitucional podría haberse limitado a decir, al regular el funcionamiento de la Administración, en un precepto marginal, que ésta utilizaría el castellano como lengua interna y de relación con los particulares. Pero no lo hizo así, sino que llevó el tema de la lengua al Título Preliminar del texto (su lugar de honor) y lo reguló con toda ampulosidad como un verdadero deber político. Convirtió a aquélla en un símbolo de unidad con el que «marcar» a los ciudadanos: y eso es nacionalismo, nos guste o no reconocerlo.
Sin embargo, ocurrió a renglón seguido una curiosa dualidad: el legislador reconoció con toda generosidad que existían otras lenguas en España y, lo que es más importante, les concedió dentro de su territorio el mismo trato preferente de inspiración nacionalista que había garantizado al castellano en el conjunto. Se estableció así una inusual «coexistencia pacífica» de varios nacionalismos lingüísticos (lo más frecuente es su enfrentamiento), en la que la Constitución vino a decir a las comunidades autónomas: pueden ustedes hacer intervencionismo e imposición con sus lenguas propias siempre que respeten que yo lo haga con la mía: es decir, el castellano seguirá siempre siendo lengua oficial y obligatoria en toda España. Si ustedes aceptan que el legislador español sea nacionalista con su lengua, les permitimos hacer nacionalismo con la suya. ¿Y quién paga la factura de esta componenda? Pues es claro que el ciudadano, tratado como una especie de súbdito/rehén de la lengua o lenguas que le toquen en suerte según el territorio donde habite. En definitiva, que nuestra Constitución «garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos» (art. 16), pero no desde luego la «libertad cultural y de lengua». Esta última libertad está ausente precisamente porque se parte de la idea de que el poder público posee el derecho de definir autoritariamente la lengua de sus ciudadanos. Y de ahí arrancan nuestros problemas, no de otra parte.
La continuación es conocida; el Tribunal Constitucional ha desarrollado este punto de partida con una doctrina que adopta los presupuestos básicos nacionalistas sin dudar y que, por ello, establece que: a) una lengua es oficial si así la declara la autoridad territorial correspondiente, «independientemente de su realidad y peso como fenómeno social»; b) la declaración de oficialidad conlleva que los poderes territoriales puedan adoptar las medidas correspondientes para garantizar su conocimiento efectivo por los ciudadanos, les guste o no; c) se trata con ello de «corregir situaciones de desequilibrio heredados históricamente», para lograr «la plena igualdad de las lenguas»; d) el idioma de la enseñanza lo determinan los poderes públicos, no los ciudadanos, pues «el derecho a la libertad de enseñanza carece de contenido lingüístico»; e) el único límite a los poderes territoriales es el de respetar que el castellano es también lengua oficial y por ello puede ser usada válidamente en todo el ámbito del Estado.
Este mismo nacionalismo es el que asoma también en tantos y tantos de nuestros compatriotas cuando critican los excesos de la política lingüística vasca o catalana diciendo indignados que «van a conseguir que el castellano desaparezca en Cataluña o Vasconia». Porque el argumento (además de ridículo), no defiende tanto la libertad del ciudadano, como la lengua que se considera «natural». Defienden el castellano porque lo consideran seña de identidad, porque ven en él un valor nacional, lo mismo que hacen los nacionalistas vascos con el vascuence. Y no es así, el castellano no vale más que ninguna otra lengua, ni siquiera es un valor en sí. Es una herramienta de comunicación intercambiable con cualquier otra. Lo único que vale es el derecho de los hablantes a su libertad y autonomía personal. Unos hablantes que, a la larga y en ausencia de constricciones exógenas, siempre elegirán como segunda lengua el instrumento que les garantice un mayor potencial comunicativo, nunca el que les proporcione uno menor al que ya poseen.
Tomar conciencia de que el origen de las políticas intervencionistas y asimilacionistas que hoy padecemos se encuentra en nuestra propia Constitución nos ayuda a ver el camino que debería seguirse para superarlas o, por lo menos, para crear la conciencia crítica necesaria para empezar a andarlo. El camino pasa inexcusablemente por una nueva definición del concepto de autonomía cultural como un derecho propio del ciudadano, un derecho del que no puede disponer nunca el poder constituido para realizar políticas culturales supuestamente «perfeccionistas». El Gobierno está para garantizar que se atiendan y satisfagan efectivamente los iguales derechos lingüísticos de los ciudadanos, no para hacernos más felices inculcándonos la lengua que considera natural a nuestra identidad. Ni para practicar una especie de «conservacionismo cultural» a costa de nuestras bocas. Y para lograrlo hay que empezar por reformular la Constitución española, la madre de este concreto vicio.

José M. Soroa (EL CORREO DIGITAL, 16/04/07)