Mirándolo bien, la prensa británica y buena parte de la estadounidense han acertado al no reproducir las caricaturas danesas por las que protestaron millones de musulmanes airados sembrando una destrucción violenta y terrible en todo el mundo. El hacerlo probablemente hubiera significado -y todavía podría significar- que muriera más gente y se destruyeran más propiedades. Habría causado un gran dolor entre muchos musulmanes británicos y estadounidenses, ya que otros musulmanes les habrían dicho que la publicación pretendía ser una muestra de desprecio hacia su religión, y aunque en la mayoría de los casos esa percepción habría sido inexacta e injustificada, el dolor habría sido auténtico de todos modos. Es verdad que a los lectores y espectadores que han estado siguiendo la historia a lo mejor les hubiera gustado juzgar por sí mismos el impacto, el humor y la naturaleza ofensiva de las caricaturas y, por tanto, la prensa podría haber pensado que en parte era responsabilidad suya el ofrecer esa oportunidad. Pero los ciudadanos no tienen derecho a leer o ver lo que quieran a cualquier precio y, de todas formas, las caricaturas son fáciles de conseguir en Internet.
En ocasiones, la autocensura de la prensa conlleva la pérdida de información, argumentos, literatura o arte importantes, pero no en este caso. Podría parecer que el no publicar las viñetas ha dado una victoria a los fanáticos y a las autoridades que instigaron las protestas violentas contra ellas y que, por tanto, se les ha incitado a emplear tácticas similares en el futuro. Pero existen pruebas sólidas de que la oleada de disturbios y destrucción -repentina, cuatro meses después de que se publicaran por primera vez las caricaturas- fue orquestada por líderes musulmanes de Dinamarca y Oriente Próximo por razones políticas de más peso. Si ese análisis es correcto, el hecho de mantener candente la cuestión mediante nuevas reproducciones beneficiaría en realidad a los responsables y recompensaría su estrategia de fomentar la violencia.
Sin embargo, existe un peligro real de que la decisión de la prensa británica y estadounidense de no publicarlas, aunque sea sabia, se interprete erróneamente como un respaldo a la extendida opinión de que la libertad de expresión tiene sus límites, que debe contraponerse a las virtudes del "multiculturalismo", y que, al fin y al cabo, el Gobierno de Blair acertó al proponer que sea considerado delito el publicar cualquier cosa "grosera o insultante" para un grupo religioso. La libertad de expresión no es sólo un emblema especial y distintivo de la cultura occidental que pueda limitarse o matizarse generosamente en señal de respeto hacia otras culturas que la rechazan, de la forma en que una media luna o una menorah podrían incluirse en una demostración religiosa cristiana. La libertad de expresión es una condición de Gobierno legítimo. Las leyes y las políticas no son legítimas a menos que hayan sido adoptadas mediante un proceso democrático, y un proceso no es democrático si el Gobierno ha impedido a alguien que exprese sus convicciones sobre cuáles deberían ser esas leyes y políticas.
La burla es una clase de expresión bien determinada; su esencia no puede redefinirse de una forma retórica menos ofensiva sin expresar algo muy distinto de lo que se pretendía. Ése es el motivo por el que, durante siglos, las tiras humorísticas y otras formas de sátira han estado, incluso cuando eran ilegales, entre las armas más importantes de nobles y de perversos movimientos políticos. Por ello, en una democracia, nadie, por poderoso o impotente que sea, puede tener derecho a no ser insultado u ofendido. Ese principio es de especial importancia en una nación que lucha por la justicia racial y étnica. Si unas minorías débiles o impopulares desean que el derecho las proteja de la discriminación económica o legal, si desean que se promulguen leyes que prohíban la discriminación contra ellas, por ejemplo, en el plano laboral, deben estar dispuestas a tolerar cualquier insulto o burla que la gente contraria a dicha legislación desee ofrecer a los demás votantes, ya que sólo una comunidad que permita esos insultos como parte del debate público puede adoptar legítimamente dichas leyes. Si esperamos que los fanáticos acepten el veredicto de la mayoría una vez que ésta haya hablado, debemos permitirles expresar su fanatismo en el proceso cuyo veredicto les pedimos que acepten. Signifique lo que signifique el multiculturalismo, signifique lo que signifique reclamar un mayor "respeto" para todos los ciudadanos y grupos, estas virtudes serían contraproducentes si se creyera que justifican la censura oficial.
Los musulmanes que se sienten escandalizados por las caricaturas danesas señalan que en diversos países europeos es un delito negar públicamente, como ha hecho el presidente de Irán, que el Holocausto haya existido alguna vez. Por tanto, dicen, la preocupación de Occidente por la libertad de expresión no es más que hipocresía interesada, y llevan razón. Pero, por supuesto, el remedio no es hacer que el compromiso de la legitimidad democrática sea todavía mayor de lo que ya es, sino trabajar por una nueva comprensión de la Convención Europea de Derechos Humanos, que revocaría la ley de la negación del Holocausto y otras leyes similares en toda Europa por lo que son: violaciones de la libertad de expresión que exige esa convención. Con frecuencia se dice que la religión es especial, porque las convicciones religiosas de la gente son tan esenciales para su personalidad que no se le debería pedir que tolere que se burlen de sus creencias, y porque podría sentir un deber religioso de contraatacar lo que considera un sacrilegio. Según parece, Gran Bretaña ha adoptado esa visión, ya que conserva el delito de la blasfemia, aunque sólo para los insultos a la cristiandad.
Pero no podemos hacer una excepción con el insulto religioso si queremos utilizar la ley para proteger el libre ejercicio de la religión de otras formas. Por ejemplo, si deseamos impedir que la policía investigue a personas con aspecto o vestimenta musulmanes para llevar a cabo redadas especiales, no podemos impedir también que la gente se oponga a esa política afirmando, en caricaturas o de otro modo, que el islam está a favor del terrorismo, por muy descaminada que nos parezca esa opinión. Sin duda, deberíamos criticar la opinión y el gusto de esa gente. Pero la religión debe acatar los principios de la democracia, y no al revés. No se puede permitir que ninguna religión legisle para todo el mundo lo que se puede o no se puede dibujar, del mismo modo en que no puede legislar lo que se puede o no se puede comer. Es inconcebible que las convicciones religiosas de nadie se impongan a la libertad que hace posible la democracia.
Por qué es prácticamente seguro que dios no existe - Richard Dawkins
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Pandora
USA, país que fue fundado en el laicismo como faro de la Ilustración del siglo XVIII, se está convirtiendo en víctima de la política religiosa, una circunstancia que hubiera horrorizado a los fundadores de la nación. El poder político de hoy en día concede más valor a las células embrionarias que a las personas adultas. Se obsesiona con el matrimonio de homosexuales, en lugar de preocuparse por temas verdaderamente importantes que suponen una diferencia para el mundo. Obtiene un apoyo electoral crucial de unos ciudadanos religiosos con tan poco sentido de la realidad que creen que van a "ascender" al cielo, quedando sus vestimentas tan vacías como sus mentes. Otros especímenes más extremos anhelan una guerra mundial, que identifican con el Apocalipsis que presagia el Segundo Advenimiento. Sam Harris, en su nuevo y breve libro Carta a una nación cristiana [Letter to a Christian Nation] da en el clavo, como siempre:
"Por lo tanto, no es exagerado afirmar que si la ciudad de Nueva York fuera súbitamente reemplazada por una bola de fuego, un porcentaje significativo de la población usamericana vería un halo de esperanza en el subsiguiente hongo nuclear, pues sugeriría que iba a suceder lo mejor que jamás pudiera ocurrir: el regreso de Cristo… Imagínense las consecuencias si una parte significativa del gobierno de USA realmente pensara que el mundo está a punto de acabarse y que el fin va a ser glorioso. El hecho de que casi la mitad de la población usamericana aparentemente se lo cree, basándose simplemente en el dogma religioso, debería considerarse una emergencia moral e intelectual."
¿Comprueba Bush diariamente el índice de ascensiones, como hacía Reagan con el horóscopo? No lo sabemos, pero ¿acaso alguien se sorprendería?Mis colegas científicos tienen razones añadidas para declarar una emergencia. Los ataques a la investigación sobre células madre, ignorantes y absolutistas, no son más que la punta del iceberg. Estamos ante nada menos que un ataque global a la racionalidad y a los valores de la Ilustración que inspiraron la creación de la primera y más grande de las repúblicas laicas. La educación científica, y con ella el futuro de la ciencia en este país, está amenazada. Derrotada provisionalmente en un juzgado de Pennsylvania, la "pasmosa estupidez" (frase inmortal del juez John Jones) del "diseño inteligente" sigue aflorando continuamente. Atajarla es una responsabilidad que nos lleva mucho tiempo pero que es importante, y los científicos están empezando a salir de su autocomplacencia. Durante años han seguido tranquilamente con su ciencia, subestimando de forma lamentable a los creacionistas que, sin aptitud ni interés por la ciencia, se han dedicado a la muy seria labor política de subvertir a las juntas escolares locales. Los científicos, y los intelectuales en general, están ahora tomando conciencia de esta amenaza que nos viene de los talibanes usamericanos. Los científicos se dividen en dos campos según lo que consideran la mejor estrategia para enfrentarse a la amenaza. La corriente de opinión de Neville Chamberlain, favorable del apaciguamiento, se centra en la batalla de la evolución. En consecuencia, sus miembros identifican al fundamentalismo como el enemigo y hacen ingentes esfuerzos por apaciguar la religión "moderada" o "sensata" (lo cual no es una tarea difícil, pues los obispos y los teólogos desprecian a los fundamentalistas tanto como los científicos). En cambio, los científicos de la corriente de Winston Churchill, consideran que la lucha por la evolución no es más que una batalla en una guerra más amplia: una guerra que se avecina entre el supernaturalismo por un lado y la racionalidad por otra. Para ellos, los obispos y los teólogos están, junto con los fundamentalistas, en el bando de lo supernatural, y no es cuestión de apaciguarlos. La escuela de Chamberlain acusa a los churchilianos de sacudir el bote hasta el extremo de enturbiar las aguas. El filósofo de la ciencia Michael Ruse escribió:"Nosotros, que amamos la ciencia, tenemos que darnos cuenta de que el enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo. Es demasiado frecuente que los evolucionistas dediquen tiempo a insultar a quienes podrían ser sus aliados. Esto vale sobre todo para los evolucionistas laicos. Los ateos pasan más tiempo atacando a cristianos bien dispuestos que enfrentándose a los creacionistas. Cuando Juan Pablo II escribió una encíclica en la que aprobaba el darwinismo, la respuesta de Richard Dawkins se redujo a acusarle de hipocresía, a decir que era imposible que fuera sincero al referirse a la ciencia, y Dawkins afirmó que él prefería a un fundamentalista honrado."Un reciente artículo de Cornelia Dean publicado en el New York Times cita al astrónomo Own Gingerich cuando dice que, al propugnar simultáneamente la evolución y el ateísmo, "el Dr. Dawkins probablemente está consiguiendo lograr más adeptos al diseño inteligente que cualquiera de los principales teóricos del diseño inteligente". No es la primera, no es la segunda, no es ni siquiera la tercera vez que se hace esta observación absolutamente estúpida. Los chamberlainitas suelen citar el principio del difunto Stephen Jay Gould: NOMA, non-overlapping magisteria, "magisterios que no se superponen". Gould mantenía que la ciencia y la auténtica religión nunca entran en conflicto porque habitan dimensiones del discurso totalmente separadas:"Se lo digo a todos mis colegas, y lo repito por enésima vez (tanto en reuniones estudiantiles como en tratados eruditos): sencillamente, la ciencia no puede zanjar con sus métodos legítimos la cuestión de la posible supervisión de la naturaleza por parte de Dios. Ni lo afirmamos ni lo negamos; sencillamente, no podemos pronunciarnos sobre ello como científicos." Suena estupendamente, hasta que uno se para a pensar un momento sobre ello. Entonces, se da cuenta de que la presencia de una deidad creadora en el universo es claramente una hipótesis científica. De hecho, es difícil imaginarse, en toda la ciencia, una hipótesis más trascendental. Un universo con un dios sería un tipo de universo totalmente diferente de un universo sin dios, y la diferencia sería científica. Dios podría resolver el asunto a su favor en cualquier momento montando una demostración espectacular de sus poderes, algo que pudiera satisfacer incluso los exigentes estándares de la ciencia. Incluso la Templeton Foundation, de triste fama, reconoció que Dios es una hipótesis científica: financiando ensayos con doble enmascaramiento para averiguar si las oraciones a distancia podían acelerar la recuperación de pacientes enfermos del corazón. Por supuesto, el resultado fue negativo, aunque un grupo de control que sabía que habían rezado por ellos más bien empeoró (¿qué tal si se entabla una demanda colectiva contra la Templeton Foundation?). A pesar de esfuerzos como éstos, que tanta financiación han recibido, no se han hallado aún pruebas de la existencia de Dios.Para apreciar la hipocresía de las personas creyentes que aceptan el principio NOMA, imagínense que unos arqueólogos forenses descubrieran, por casualidad, unas pruebas basadas en el ADN que demostraran que Jesús nació de una madre virgen y que no tenía padre. Si los entusiasta del NOMA fueran sinceros, deberían rechazar el ADN del arqueólogo sin dudarlo: "Es irrelevante. Las pruebas científicas no tienen ninguna relación con las cuestiones teológicas. Magisterio equivocado." ¿Acaso alguien se cree, de verdad, que iban a decir algo de ese estilo? Podemos apostarnos lo que sea a que no sólo los fundamentalistas, sino todos los profesores de teología y todos los obispos del país proclamarían a los cuatro vientos la evidencia arqueológica.O bien Jesús tenía padre o no lo tenía. La cuestión es una cuestión científica, y se usarían pruebas científicas, de haberlas, para zanjarla. Lo mismo vale para cualquier milagro; y la creación deliberada e intencionada del universo tendría que haber sido la madre y el padre de todos los milagros. O bien ocurrió o bien no ocurrió. Se trata de un hecho, así o asá, y en nuestro estado de incertidumbre le podemos asignar una probabilidad; una estimación que puede ir variando a medida que se acumula más información. La mejor estimación, por parte de la humanidad, de la probabilidad de la creación divina se redujo considerablemente en 1859 con la publicación del Origen de las especies, y a lo largo de las décadas subsiguientes ha seguido reduciéndose, mientras la evolución se consolidaba en el siglo XIX como teoría plausible, hasta llegar a convertirse, en la actualidad, en un hecho demostrado. La táctica de los chamberlainitas de ponerse a buenas con la religión "razonable", a fin de presentar un frente unido frente a los creacionistas ("diseño inteligente"), no es mala si nuestra preocupación central es la batalla por la evolución. Se trata de una preocupación válida y aplaudo a quienes la defienden, como Eugenie Scott en Evolución frente a Creacionismo [Evolution versus Creationism]. Pero si nos preocupa la formidable cuestión científica de si el universo fue o no creado por una inteligencia supernatural, entonces las líneas divisorias pasan por otro sitio. Tratándose de esta cuestión más amplia, los fundamentalistas están en el mismo bando que la religión "moderada" y yo me encuentro en el bando opuesto.Por supuesto, se está presuponiendo que el Dios del que hablamos es una inteligencia personal tal como Yavé, Alá, Baal, Wotan, Zeus o Hare Krishna. Si por "Dios" entendemos amor, naturaleza, bondad, el universo, las leyes de la física, el espíritu de la humanidad o la constante de Planck, todo lo anterior carece de sentido. Una estudiante usamericana preguntó a su profesor si tenía alguna opinión sobre mí. "Claro que sí", le respondió aquél. "Está absolutamente convencido de que la ciencia es incompatible con la religión, pero se extasía con la naturaleza y el universo. Para mí, ¡eso es religión!" En efecto, si eso es lo que se entiende por religión, muy bien, entonces soy un hombre religioso. Pero si tu Dios es un ser que diseña universos, escucha plegarias, perdona pecados, hace milagros, lee tus pensamientos, se preocupa por tu bienestar y te resucita de los muertos, entonces no es probable que te sientas satisfecho. Como dijo el célebre físico usamericano Steven Weinberg, "Si quieres decir que 'Dios es energía' entonces puedes encontrar a Dios en un pedazo de carbón". Pero no cuentes con que vas a llenar tu iglesia de fieles.Cuando Einstein dijo "¿Tenía Dios una opción cuando creó el universo?", lo que quería decir es "El universo, ¿se podría haber iniciado de más de una manera?" "Dios no juega a los dados" fue una expresión poética de Einstein para mostrar su duda sobre el principio de indeterminación de Heisenberg. Es sabido que Einstein se molestó cuando los teístas interpretaron esta afirmación como creencia en un Dios personal. Pero, ¿qué esperaba? Debía haber sido palpable para él el ansia de malentendidos. Los físicos "religiosos" normalmente resulta que lo son sólo en el sentido einsteiniano: son ateos con un temperamento poético. También yo lo soy. Sin embargo, dado este anhelo de malentendidos, tan extendido, el confundir deliberadamente el panteísmo einsteiniano con la religión sobrenatural es un acto intelectual de alta traición.Si aceptamos pues que la hipótesis de Dios es una hipótesis científica propiamente dicha, a cuya verdad o falsedad no tenemos acceso simplemente por falta de pruebas, ¿cuál debería ser nuestra mejor estimación de la probabilidad de que Dios existe, dadas las pruebas de las que disponemos en estos momentos? En mi opinión, la probabilidad es bastante reducida, y a continuación explico por qué. En primer lugar, la mayoría de los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios, desde Tomás de Aquino, son fáciles de desmontar. Varios de ellos, por ejemplo el argumento de la primera causa, se basan en una regresión infinita que llega a su fin con Dios. Pero nadie nos explica por qué Dios, misteriosamente, es capaz de poner fin a las regresiones infinitas sin requerir él mismo una explicación. Ciertamente, necesitamos algún tipo de explicación para el origen de todas las cosas. Los físicos y los cosmólogos se dedican a esta ardua labor. Pero cualquiera que sea la respuesta (una fluctuación cuántica aleatoria, o una singularidad Hawkings/Penrose o como quiera que acabemos llamándola), será simple. Por definición, las cosas complejas, estadísticamente improbables, no ocurren así sin más; necesitan ser explicadas. No son capaces de poner fin a las regresiones infinitas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas simples. La primera causa no puede haber sido una inteligencia, por no hablar de una inteligencia que responde a plegarias y le gusta ser adorada. Las cosas inteligentes, creativas, complejas, estadísticamente improbables aparecen tardíamente en el universo, como producto de la evolución o de algún otro proceso de escalada gradual a partir de un principio simple. Aparecen tardíamente en el universo y por tanto no pueden ser responsables de su diseño.Otro de los esfuerzos de Tomás de Aquino, la vía de los grados de perfección, merece la pena ser expuesto con detalle, pues es un típico ejemplo de la debilidad del razonamiento teológico. Tomás de Aquino dijo que nosotros percibimos grados, pongamos por caso, de bondad o temperatura, y los medimos por referencia a un máximo:"Ahora bien, el máximo de cualquier género es la causa de todo en dicho género; así el fuego, que es el máximo del calor, es la causa de todas las cosas calientes... Por tanto, debe existir algo que sea para todos los seres la causa de su ser, bondad, y cualquier otra perfección; y eso es lo que llamamos Dios."¿Eso se considera un argumento? Por la misma razón podríamos decir que la gente varía en cuanto a su olor, pero que sólo podemos juzgarlos por referencia a un máximo perfecto de olor concebible. Por tanto, debe existir un ser oloroso preeminente sin parangón, y lo llamamos Dios. Se puede utilizar cualquier otra dimensión comparativa que se desee, para derivar una conclusión igualmente fatua. A eso lo llaman teología.El único de los argumentos tradicionales a favor de Dios que se emplea ampliamente en la actualidad es el argumento teleológico, llamado a veces "argumento del diseño", si bien (dado que el nombre da por sentada la cuestión de su validez) debería llamarse más bien "argumento a favor del diseño". Se trata del familiar argumento "del relojero", que sin duda es uno de los malos argumentos más superficialmente plausibles jamás descubiertos; y que casi todo el mundo redescubre hasta que se les hace ver la falacia lógica y la brillante alternativa de Darwin.En el mundo familiar de los artefactos humanos, las cosas complicadas que tienen apariencia de haber sido diseñadas han sido diseñadas. Para un observador ingenuo, parece deducirse que las cosas del mundo natural de similar complejidad que parecen diseñadas, como los ojos o los corazones, también han sido diseñadas. No se trata solamente de un argumento por analogía. Aquí hay una apariencia de razonamiento estadístico; es falaz, pero comporta una ilusión de plausibilidad. Si barajamos un millón de veces al azar los fragmentos de un ojo o de una pierna o de un corazón, ya tendríamos suerte e dar con una sola combinación capaz de ver, caminar o bombear. Esto demuestra que estos dispositivos no podrían haberse constituido al azar. Y por supuesto que ningún científico razonable dijo jamás que así fuera. Lamentablemente, la educación científica de la mayoría de los estudiantes británicos y usamericanos omite toda mención de Darwin, y por tanto la única alternativa al azar que la mayoría de las personas pueden imaginar es el diseño.Incluso antes de la época de Darwin, la falta de lógica saltaba a la vista: ¿cómo podría haber sido jamás una buena idea postular, como explicación para la existencia de cosas improbables, a un diseñador que tendría que ser más improbable aún? Todo el argumento cae lógicamente por su base, como ya se dio cuenta Hume antes del nacimiento de Darwin. Lo que no conocía Hume es la alternativa de suprema elegancia que Darwin propondría, alternativa tanto al azar como al diseño. La selección natural es tan deslumbrantemente poderosa y elegante que no sólo explica la totalidad de la vida, sino que eleva nuestra conciencia y da una espaldarazo a nuestra confianza en la capacidad de la ciencia para explicar todo lo demás.La selección natural es más que una mera alternativa al azar; es la única alternativa definitiva jamás planteada. El diseño sólo es una explicación factible de la complejidad organizada a corto plazo. No es una explicación final, pues los propios diseñadores requieren una explicación. Si, como una vez especularon Francis Crick y Leslie Orgel medio en broma, la vida fue sembrada deliberadamente en nuestro planeta por un cargamento de bacterias que venía en la ojiva de un cohete, habrá que hallar una explicación para los alienígenas inteligentes que lanzaron el cohete. En última instancia, tienen que haber evolucionado de forma gradual a partir de inicios más simples. Solamente la evolución, o algún tipo de "grúa" gradualista, para emplear el ingenioso término de Daniel Dennett, es capaz de poner fin a la regresión. La selección natural es un proceso anti-aleatorio que va construyendo gradualmente la complejidad, paso a paso. El producto final de este efecto cremallera es un ojo, o un corazón, o un cerebro; un dispositivo cuya complejidad es absolutamente desconcertante hasta que divisamos la suave rampa por la que se llega a él.Esté, o no, en lo cierto en cuanto a mi conjetura de que la evolución es la única explicación para la vida en el universo, de lo que no cabe duda es de que es la explicación de la vida en este planeta. La evolución es un hecho, y está entre los hechos más fehacientes que conoce la ciencia. Pero tuvo que empezar de alguna manera. La selección natural no puede obrar sus milagros hasta que no se den ciertas condiciones mínimas, de las cuales la más importante es un sistema de duplicación fiable; el ADN o algo que funcione como el ADN.El origen de la vida en nuestro planeta, es decir, el origen de la primera molécula capaz de autorreproducirse, es difícil de estudiar, pues (probablemente) sólo sucedió una vez, hace 4 mil millones de años en condiciones muy distintas de las que ahora prevalecen. Tal vez nunca lleguemos a saber cómo ocurrió. A diferencia de los sucesos evolutivos que le siguieron, debe haber sido un suceso auténticamente improbable; demasiado improbable, quizás, como para que los químicos lo reproduzcan en el laboratorio o desarrollen siquiera una teoría plausible de lo que ocurrió. Esta conclusión tan extrañamente paradójica, el que una explicación química del origen de la vida, para ser plausible, tiene que ser inverosímil, sería la conclusión correcta si la vida en el universo fuera extremadamente rara. Y de hecho nunca nos hemos topado con ningún atisbo de vida extraterrestre, ni siquiera por radio; circunstancia que dio lugar a la exclamación de Enrico Fermi: "¿Dónde están todos?"Supongamos que el origen de la vida en un planeta tuvo lugar por un golpe de suerte sumamente improbable, tan improbable que únicamente sucede en un planeta por cada mil millones de planetas. La Fundación Nacional de Ciencia se reiría del químico que propusiera una investigación que sólo tuviera una probabilidad de éxito del uno por cien, por no hablar de uno entre mil millones. Y sin embargo, dado que hay al menos un trillón de planetas en el universo, incluso con unas probabilidades tan reducidas se llega a que hay vida en mil millones de planetas. Y uno de ellos (aquí es donde entra en juego el principio antrópico) tiene que ser la Tierra, puesto que aquí estamos.Si partiéramos en una nave espacial para encontrar el planeta de la galaxia que alberga vida, las probabilidades en contra de hallarlo serían tan altas que en la práctica sería una tarea imposible. Pero si estamos vivos (y es patente que lo estamos si estamos a punto de embarcar en una nave espacial) no tenemos que molestarnos en buscar ese único planeta puesto que, por definición, nos encontramos en él. El principio antrópico es realmente bastante elegante. Por cierto, yo en realidad no creo que el origen de la vida fuera tan improbable. Creo que la galaxia tiene muchas islas de vida diseminadas por ahí, aunque esas islas estén demasiado apartadas unas de otras para que podamos concebir esperanzas de encontrarnos con una de ellas. A lo que quiero llegar es simplemente que, dado el número de planetas en el universo, el origen de la vida podría ser, en teoría, un golpe de suerte equivalente al de un golfista con los ojos vendados que metiera la bola en uno. La belleza del principio antrópico es que, incluso con estas pasmosas probabilidades en nuestra contra, nos da una explicación perfectamente satisfactoria de la presencia de la vida en nuestro propio planeta.El principio antrópico se suele aplicar, no a planetas sino a universos. Los físicos han sugerido que las leyes y constantes de la física son demasiado buenas - como si el universo estuviera montado para favorecer nuestra eventual evolución. Es como si hubiera, digamos, media docena de diales que representan las principales constantes de la física. En principio, cada uno de los diales se puede ajustar a un valor determinado de una amplia gama de valores. Jugueteando al azar con estos diales, casi cualquier combinación daría lugar a un universo en el que la vida sería imposible. Algunos universos se esfumarían en el primer microsegundo. Otros no contendrían ningún elemento de mayor peso que el hidrógeno y el helio. Y en otros, la materia nunca se condensaría para formar estrellas (y se necesitan estrellas para que surjan los elementos químicos y con ellos la vida). Se puede hacer una estimación de las probabilidades, muy bajas, de que los seis diales están bien ajustados, y concluir que debe haber intervenido un sintonizador divino. Pero como ya hemos visto, esta explicación es vacua porque da por sentada la cuestión más fundamental de todas. El divino sintonizador tendría que ser, por su parte, al menos tan improbable como el ajuste de sus diales.Una vez más, el principio antrópico brinda una solución de una elegancia abrumadora. Los físicos tienen ya razones para sospechar que nuestro universo, todo lo que vemos, es sólo un universo entre tal vez miles de millones. Algunos teóricos postulan un multiverso de espuma, en donde el universo que conocemos no es más que una burbuja. Cada burbuja tiene sus propias leyes y constantes. Las leyes de la física que nos resultan familiares son unas leyes provincianas. De todos los universos en la espuma, sólo una minoría posee lo que se necesita para generar vida. Y, con una visión antrópica a posteriori, es obvio que tenemos que encontrarnos en un miembro de esta minoría, pues aquí estamos, ¿no? Como han dicho los físicos, no es ningún accidente que veamos estrellas en el cielo, pues un universo sin estrella carecería de los elementos químicos necesarios para la vida. Es posible que existan universos en cuyos cielos no haya estrellas; pero estos universos carecen de habitantes que las echen en falta. Análogamente, no es ningún accidente que veamos una gran diversidad de especies vivas: pues un proceso evolutivo que es capaz de dar lugar a una especie que ve cosas y reflexiona sobre ellas necesariamente tiene que producir al mismo tiempo muchas otras especies. La especie reflexiva debe estar rodeada de un ecosistema, igual que debe estar rodeada de estrellas. El principio antrópico nos permite postular una buena dosis de suerte a la hora de explicar la existencia de vida en nuestro planeta. Pero hay límites. Se nos permite un golpe de suerte para el origen de la evolución, y quizás por unos cuantos sucesos únicos más, como el origen de la célula eucariota y el origen de la conciencia. Pero con eso se acaba nuestro derecho a postular la suerte a gran escala. Insisto en que no podemos invocar grandes golpes de suerte que expliquen la ilusión de diseño que transmite cada una de las mil millones de especies de seres vivos que han poblado la Tierra. La evolución de la vida es un proceso general y continuo, que esencialmente da lugar al mismo resultado en todas las especies, aunque los detalles varíen.A diferencia de lo que a veces se afirma, la evolución es una ciencia predictiva. Si se toma una especie hasta ahora no estudiada y se la somete a un minucioso escrutinio, cualquier evolucionista podrá predecir que cada individuo que se observe hará todo lo que esté en su poder, a la manera propia de su especie (planta, herbívoro, carnívoro, nectívoro o lo que sea) para sobrevivir y propagar el ADN que alberga. No estaremos aquí el tiempo suficiente para poner a prueba la predicción, pero podemos decir, con gran confianza, que si un cometa alcanza la Tierra y extermina los mamíferos, una nueva fauna surgirá para ocupar su lugar, igual que los mamíferos ocuparon el de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y los roles que desempeñarán los nuevos actores en el drama de la vida serán a grandes rasgos, aunque no en los detalles, similares a los roles que desempeñaron los mamíferos y los dinosaurios antes que ellos, y antes que los dinosaurios los reptiles que se asemejaban a los mamíferos. Es de esperar que las mismas reglas se sigan en millones de especies en todo el globo, y durante cientos de millones de años. Una observación general de este tipo requiere un principio explicativo diferente del principio antrópico que explica sucesos excepcionales como el origen de la vida o el origen del universo como un golpe de suerte. Este principio totalmente diferente es la selección natural.Nosotros explicamos nuestra existencia combinando el principio antrópico y el principio de selección natural de Darwin. Esta combinación proporciona una explicación completa y profundamente satisfactoria de todo lo que vemos y sabemos. La hipótesis divina no sólo es innecesaria. No es en absoluto parsimoniosa. No solamente no necesitamos a Dios para explicar el universo y la vida. Dios aparece en el universo como algo flagrantemente superfluo. Por supuesto, no podemos demostrar la inexistencia de Dios, como tampoco podemos demostrar la inexistencia de Thor, las hadas, los duendes y el Monstruo Espagueti Volador. Pero, al igual que ocurre con esas otras fantasías que no podemos desmentir, podemos decir que Dios es muy, muy improbable.Y éste es el resto.
"Por lo tanto, no es exagerado afirmar que si la ciudad de Nueva York fuera súbitamente reemplazada por una bola de fuego, un porcentaje significativo de la población usamericana vería un halo de esperanza en el subsiguiente hongo nuclear, pues sugeriría que iba a suceder lo mejor que jamás pudiera ocurrir: el regreso de Cristo… Imagínense las consecuencias si una parte significativa del gobierno de USA realmente pensara que el mundo está a punto de acabarse y que el fin va a ser glorioso. El hecho de que casi la mitad de la población usamericana aparentemente se lo cree, basándose simplemente en el dogma religioso, debería considerarse una emergencia moral e intelectual."
¿Comprueba Bush diariamente el índice de ascensiones, como hacía Reagan con el horóscopo? No lo sabemos, pero ¿acaso alguien se sorprendería?Mis colegas científicos tienen razones añadidas para declarar una emergencia. Los ataques a la investigación sobre células madre, ignorantes y absolutistas, no son más que la punta del iceberg. Estamos ante nada menos que un ataque global a la racionalidad y a los valores de la Ilustración que inspiraron la creación de la primera y más grande de las repúblicas laicas. La educación científica, y con ella el futuro de la ciencia en este país, está amenazada. Derrotada provisionalmente en un juzgado de Pennsylvania, la "pasmosa estupidez" (frase inmortal del juez John Jones) del "diseño inteligente" sigue aflorando continuamente. Atajarla es una responsabilidad que nos lleva mucho tiempo pero que es importante, y los científicos están empezando a salir de su autocomplacencia. Durante años han seguido tranquilamente con su ciencia, subestimando de forma lamentable a los creacionistas que, sin aptitud ni interés por la ciencia, se han dedicado a la muy seria labor política de subvertir a las juntas escolares locales. Los científicos, y los intelectuales en general, están ahora tomando conciencia de esta amenaza que nos viene de los talibanes usamericanos. Los científicos se dividen en dos campos según lo que consideran la mejor estrategia para enfrentarse a la amenaza. La corriente de opinión de Neville Chamberlain, favorable del apaciguamiento, se centra en la batalla de la evolución. En consecuencia, sus miembros identifican al fundamentalismo como el enemigo y hacen ingentes esfuerzos por apaciguar la religión "moderada" o "sensata" (lo cual no es una tarea difícil, pues los obispos y los teólogos desprecian a los fundamentalistas tanto como los científicos). En cambio, los científicos de la corriente de Winston Churchill, consideran que la lucha por la evolución no es más que una batalla en una guerra más amplia: una guerra que se avecina entre el supernaturalismo por un lado y la racionalidad por otra. Para ellos, los obispos y los teólogos están, junto con los fundamentalistas, en el bando de lo supernatural, y no es cuestión de apaciguarlos. La escuela de Chamberlain acusa a los churchilianos de sacudir el bote hasta el extremo de enturbiar las aguas. El filósofo de la ciencia Michael Ruse escribió:"Nosotros, que amamos la ciencia, tenemos que darnos cuenta de que el enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo. Es demasiado frecuente que los evolucionistas dediquen tiempo a insultar a quienes podrían ser sus aliados. Esto vale sobre todo para los evolucionistas laicos. Los ateos pasan más tiempo atacando a cristianos bien dispuestos que enfrentándose a los creacionistas. Cuando Juan Pablo II escribió una encíclica en la que aprobaba el darwinismo, la respuesta de Richard Dawkins se redujo a acusarle de hipocresía, a decir que era imposible que fuera sincero al referirse a la ciencia, y Dawkins afirmó que él prefería a un fundamentalista honrado."Un reciente artículo de Cornelia Dean publicado en el New York Times cita al astrónomo Own Gingerich cuando dice que, al propugnar simultáneamente la evolución y el ateísmo, "el Dr. Dawkins probablemente está consiguiendo lograr más adeptos al diseño inteligente que cualquiera de los principales teóricos del diseño inteligente". No es la primera, no es la segunda, no es ni siquiera la tercera vez que se hace esta observación absolutamente estúpida. Los chamberlainitas suelen citar el principio del difunto Stephen Jay Gould: NOMA, non-overlapping magisteria, "magisterios que no se superponen". Gould mantenía que la ciencia y la auténtica religión nunca entran en conflicto porque habitan dimensiones del discurso totalmente separadas:"Se lo digo a todos mis colegas, y lo repito por enésima vez (tanto en reuniones estudiantiles como en tratados eruditos): sencillamente, la ciencia no puede zanjar con sus métodos legítimos la cuestión de la posible supervisión de la naturaleza por parte de Dios. Ni lo afirmamos ni lo negamos; sencillamente, no podemos pronunciarnos sobre ello como científicos." Suena estupendamente, hasta que uno se para a pensar un momento sobre ello. Entonces, se da cuenta de que la presencia de una deidad creadora en el universo es claramente una hipótesis científica. De hecho, es difícil imaginarse, en toda la ciencia, una hipótesis más trascendental. Un universo con un dios sería un tipo de universo totalmente diferente de un universo sin dios, y la diferencia sería científica. Dios podría resolver el asunto a su favor en cualquier momento montando una demostración espectacular de sus poderes, algo que pudiera satisfacer incluso los exigentes estándares de la ciencia. Incluso la Templeton Foundation, de triste fama, reconoció que Dios es una hipótesis científica: financiando ensayos con doble enmascaramiento para averiguar si las oraciones a distancia podían acelerar la recuperación de pacientes enfermos del corazón. Por supuesto, el resultado fue negativo, aunque un grupo de control que sabía que habían rezado por ellos más bien empeoró (¿qué tal si se entabla una demanda colectiva contra la Templeton Foundation?). A pesar de esfuerzos como éstos, que tanta financiación han recibido, no se han hallado aún pruebas de la existencia de Dios.Para apreciar la hipocresía de las personas creyentes que aceptan el principio NOMA, imagínense que unos arqueólogos forenses descubrieran, por casualidad, unas pruebas basadas en el ADN que demostraran que Jesús nació de una madre virgen y que no tenía padre. Si los entusiasta del NOMA fueran sinceros, deberían rechazar el ADN del arqueólogo sin dudarlo: "Es irrelevante. Las pruebas científicas no tienen ninguna relación con las cuestiones teológicas. Magisterio equivocado." ¿Acaso alguien se cree, de verdad, que iban a decir algo de ese estilo? Podemos apostarnos lo que sea a que no sólo los fundamentalistas, sino todos los profesores de teología y todos los obispos del país proclamarían a los cuatro vientos la evidencia arqueológica.O bien Jesús tenía padre o no lo tenía. La cuestión es una cuestión científica, y se usarían pruebas científicas, de haberlas, para zanjarla. Lo mismo vale para cualquier milagro; y la creación deliberada e intencionada del universo tendría que haber sido la madre y el padre de todos los milagros. O bien ocurrió o bien no ocurrió. Se trata de un hecho, así o asá, y en nuestro estado de incertidumbre le podemos asignar una probabilidad; una estimación que puede ir variando a medida que se acumula más información. La mejor estimación, por parte de la humanidad, de la probabilidad de la creación divina se redujo considerablemente en 1859 con la publicación del Origen de las especies, y a lo largo de las décadas subsiguientes ha seguido reduciéndose, mientras la evolución se consolidaba en el siglo XIX como teoría plausible, hasta llegar a convertirse, en la actualidad, en un hecho demostrado. La táctica de los chamberlainitas de ponerse a buenas con la religión "razonable", a fin de presentar un frente unido frente a los creacionistas ("diseño inteligente"), no es mala si nuestra preocupación central es la batalla por la evolución. Se trata de una preocupación válida y aplaudo a quienes la defienden, como Eugenie Scott en Evolución frente a Creacionismo [Evolution versus Creationism]. Pero si nos preocupa la formidable cuestión científica de si el universo fue o no creado por una inteligencia supernatural, entonces las líneas divisorias pasan por otro sitio. Tratándose de esta cuestión más amplia, los fundamentalistas están en el mismo bando que la religión "moderada" y yo me encuentro en el bando opuesto.Por supuesto, se está presuponiendo que el Dios del que hablamos es una inteligencia personal tal como Yavé, Alá, Baal, Wotan, Zeus o Hare Krishna. Si por "Dios" entendemos amor, naturaleza, bondad, el universo, las leyes de la física, el espíritu de la humanidad o la constante de Planck, todo lo anterior carece de sentido. Una estudiante usamericana preguntó a su profesor si tenía alguna opinión sobre mí. "Claro que sí", le respondió aquél. "Está absolutamente convencido de que la ciencia es incompatible con la religión, pero se extasía con la naturaleza y el universo. Para mí, ¡eso es religión!" En efecto, si eso es lo que se entiende por religión, muy bien, entonces soy un hombre religioso. Pero si tu Dios es un ser que diseña universos, escucha plegarias, perdona pecados, hace milagros, lee tus pensamientos, se preocupa por tu bienestar y te resucita de los muertos, entonces no es probable que te sientas satisfecho. Como dijo el célebre físico usamericano Steven Weinberg, "Si quieres decir que 'Dios es energía' entonces puedes encontrar a Dios en un pedazo de carbón". Pero no cuentes con que vas a llenar tu iglesia de fieles.Cuando Einstein dijo "¿Tenía Dios una opción cuando creó el universo?", lo que quería decir es "El universo, ¿se podría haber iniciado de más de una manera?" "Dios no juega a los dados" fue una expresión poética de Einstein para mostrar su duda sobre el principio de indeterminación de Heisenberg. Es sabido que Einstein se molestó cuando los teístas interpretaron esta afirmación como creencia en un Dios personal. Pero, ¿qué esperaba? Debía haber sido palpable para él el ansia de malentendidos. Los físicos "religiosos" normalmente resulta que lo son sólo en el sentido einsteiniano: son ateos con un temperamento poético. También yo lo soy. Sin embargo, dado este anhelo de malentendidos, tan extendido, el confundir deliberadamente el panteísmo einsteiniano con la religión sobrenatural es un acto intelectual de alta traición.Si aceptamos pues que la hipótesis de Dios es una hipótesis científica propiamente dicha, a cuya verdad o falsedad no tenemos acceso simplemente por falta de pruebas, ¿cuál debería ser nuestra mejor estimación de la probabilidad de que Dios existe, dadas las pruebas de las que disponemos en estos momentos? En mi opinión, la probabilidad es bastante reducida, y a continuación explico por qué. En primer lugar, la mayoría de los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios, desde Tomás de Aquino, son fáciles de desmontar. Varios de ellos, por ejemplo el argumento de la primera causa, se basan en una regresión infinita que llega a su fin con Dios. Pero nadie nos explica por qué Dios, misteriosamente, es capaz de poner fin a las regresiones infinitas sin requerir él mismo una explicación. Ciertamente, necesitamos algún tipo de explicación para el origen de todas las cosas. Los físicos y los cosmólogos se dedican a esta ardua labor. Pero cualquiera que sea la respuesta (una fluctuación cuántica aleatoria, o una singularidad Hawkings/Penrose o como quiera que acabemos llamándola), será simple. Por definición, las cosas complejas, estadísticamente improbables, no ocurren así sin más; necesitan ser explicadas. No son capaces de poner fin a las regresiones infinitas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas simples. La primera causa no puede haber sido una inteligencia, por no hablar de una inteligencia que responde a plegarias y le gusta ser adorada. Las cosas inteligentes, creativas, complejas, estadísticamente improbables aparecen tardíamente en el universo, como producto de la evolución o de algún otro proceso de escalada gradual a partir de un principio simple. Aparecen tardíamente en el universo y por tanto no pueden ser responsables de su diseño.Otro de los esfuerzos de Tomás de Aquino, la vía de los grados de perfección, merece la pena ser expuesto con detalle, pues es un típico ejemplo de la debilidad del razonamiento teológico. Tomás de Aquino dijo que nosotros percibimos grados, pongamos por caso, de bondad o temperatura, y los medimos por referencia a un máximo:"Ahora bien, el máximo de cualquier género es la causa de todo en dicho género; así el fuego, que es el máximo del calor, es la causa de todas las cosas calientes... Por tanto, debe existir algo que sea para todos los seres la causa de su ser, bondad, y cualquier otra perfección; y eso es lo que llamamos Dios."¿Eso se considera un argumento? Por la misma razón podríamos decir que la gente varía en cuanto a su olor, pero que sólo podemos juzgarlos por referencia a un máximo perfecto de olor concebible. Por tanto, debe existir un ser oloroso preeminente sin parangón, y lo llamamos Dios. Se puede utilizar cualquier otra dimensión comparativa que se desee, para derivar una conclusión igualmente fatua. A eso lo llaman teología.El único de los argumentos tradicionales a favor de Dios que se emplea ampliamente en la actualidad es el argumento teleológico, llamado a veces "argumento del diseño", si bien (dado que el nombre da por sentada la cuestión de su validez) debería llamarse más bien "argumento a favor del diseño". Se trata del familiar argumento "del relojero", que sin duda es uno de los malos argumentos más superficialmente plausibles jamás descubiertos; y que casi todo el mundo redescubre hasta que se les hace ver la falacia lógica y la brillante alternativa de Darwin.En el mundo familiar de los artefactos humanos, las cosas complicadas que tienen apariencia de haber sido diseñadas han sido diseñadas. Para un observador ingenuo, parece deducirse que las cosas del mundo natural de similar complejidad que parecen diseñadas, como los ojos o los corazones, también han sido diseñadas. No se trata solamente de un argumento por analogía. Aquí hay una apariencia de razonamiento estadístico; es falaz, pero comporta una ilusión de plausibilidad. Si barajamos un millón de veces al azar los fragmentos de un ojo o de una pierna o de un corazón, ya tendríamos suerte e dar con una sola combinación capaz de ver, caminar o bombear. Esto demuestra que estos dispositivos no podrían haberse constituido al azar. Y por supuesto que ningún científico razonable dijo jamás que así fuera. Lamentablemente, la educación científica de la mayoría de los estudiantes británicos y usamericanos omite toda mención de Darwin, y por tanto la única alternativa al azar que la mayoría de las personas pueden imaginar es el diseño.Incluso antes de la época de Darwin, la falta de lógica saltaba a la vista: ¿cómo podría haber sido jamás una buena idea postular, como explicación para la existencia de cosas improbables, a un diseñador que tendría que ser más improbable aún? Todo el argumento cae lógicamente por su base, como ya se dio cuenta Hume antes del nacimiento de Darwin. Lo que no conocía Hume es la alternativa de suprema elegancia que Darwin propondría, alternativa tanto al azar como al diseño. La selección natural es tan deslumbrantemente poderosa y elegante que no sólo explica la totalidad de la vida, sino que eleva nuestra conciencia y da una espaldarazo a nuestra confianza en la capacidad de la ciencia para explicar todo lo demás.La selección natural es más que una mera alternativa al azar; es la única alternativa definitiva jamás planteada. El diseño sólo es una explicación factible de la complejidad organizada a corto plazo. No es una explicación final, pues los propios diseñadores requieren una explicación. Si, como una vez especularon Francis Crick y Leslie Orgel medio en broma, la vida fue sembrada deliberadamente en nuestro planeta por un cargamento de bacterias que venía en la ojiva de un cohete, habrá que hallar una explicación para los alienígenas inteligentes que lanzaron el cohete. En última instancia, tienen que haber evolucionado de forma gradual a partir de inicios más simples. Solamente la evolución, o algún tipo de "grúa" gradualista, para emplear el ingenioso término de Daniel Dennett, es capaz de poner fin a la regresión. La selección natural es un proceso anti-aleatorio que va construyendo gradualmente la complejidad, paso a paso. El producto final de este efecto cremallera es un ojo, o un corazón, o un cerebro; un dispositivo cuya complejidad es absolutamente desconcertante hasta que divisamos la suave rampa por la que se llega a él.Esté, o no, en lo cierto en cuanto a mi conjetura de que la evolución es la única explicación para la vida en el universo, de lo que no cabe duda es de que es la explicación de la vida en este planeta. La evolución es un hecho, y está entre los hechos más fehacientes que conoce la ciencia. Pero tuvo que empezar de alguna manera. La selección natural no puede obrar sus milagros hasta que no se den ciertas condiciones mínimas, de las cuales la más importante es un sistema de duplicación fiable; el ADN o algo que funcione como el ADN.El origen de la vida en nuestro planeta, es decir, el origen de la primera molécula capaz de autorreproducirse, es difícil de estudiar, pues (probablemente) sólo sucedió una vez, hace 4 mil millones de años en condiciones muy distintas de las que ahora prevalecen. Tal vez nunca lleguemos a saber cómo ocurrió. A diferencia de los sucesos evolutivos que le siguieron, debe haber sido un suceso auténticamente improbable; demasiado improbable, quizás, como para que los químicos lo reproduzcan en el laboratorio o desarrollen siquiera una teoría plausible de lo que ocurrió. Esta conclusión tan extrañamente paradójica, el que una explicación química del origen de la vida, para ser plausible, tiene que ser inverosímil, sería la conclusión correcta si la vida en el universo fuera extremadamente rara. Y de hecho nunca nos hemos topado con ningún atisbo de vida extraterrestre, ni siquiera por radio; circunstancia que dio lugar a la exclamación de Enrico Fermi: "¿Dónde están todos?"Supongamos que el origen de la vida en un planeta tuvo lugar por un golpe de suerte sumamente improbable, tan improbable que únicamente sucede en un planeta por cada mil millones de planetas. La Fundación Nacional de Ciencia se reiría del químico que propusiera una investigación que sólo tuviera una probabilidad de éxito del uno por cien, por no hablar de uno entre mil millones. Y sin embargo, dado que hay al menos un trillón de planetas en el universo, incluso con unas probabilidades tan reducidas se llega a que hay vida en mil millones de planetas. Y uno de ellos (aquí es donde entra en juego el principio antrópico) tiene que ser la Tierra, puesto que aquí estamos.Si partiéramos en una nave espacial para encontrar el planeta de la galaxia que alberga vida, las probabilidades en contra de hallarlo serían tan altas que en la práctica sería una tarea imposible. Pero si estamos vivos (y es patente que lo estamos si estamos a punto de embarcar en una nave espacial) no tenemos que molestarnos en buscar ese único planeta puesto que, por definición, nos encontramos en él. El principio antrópico es realmente bastante elegante. Por cierto, yo en realidad no creo que el origen de la vida fuera tan improbable. Creo que la galaxia tiene muchas islas de vida diseminadas por ahí, aunque esas islas estén demasiado apartadas unas de otras para que podamos concebir esperanzas de encontrarnos con una de ellas. A lo que quiero llegar es simplemente que, dado el número de planetas en el universo, el origen de la vida podría ser, en teoría, un golpe de suerte equivalente al de un golfista con los ojos vendados que metiera la bola en uno. La belleza del principio antrópico es que, incluso con estas pasmosas probabilidades en nuestra contra, nos da una explicación perfectamente satisfactoria de la presencia de la vida en nuestro propio planeta.El principio antrópico se suele aplicar, no a planetas sino a universos. Los físicos han sugerido que las leyes y constantes de la física son demasiado buenas - como si el universo estuviera montado para favorecer nuestra eventual evolución. Es como si hubiera, digamos, media docena de diales que representan las principales constantes de la física. En principio, cada uno de los diales se puede ajustar a un valor determinado de una amplia gama de valores. Jugueteando al azar con estos diales, casi cualquier combinación daría lugar a un universo en el que la vida sería imposible. Algunos universos se esfumarían en el primer microsegundo. Otros no contendrían ningún elemento de mayor peso que el hidrógeno y el helio. Y en otros, la materia nunca se condensaría para formar estrellas (y se necesitan estrellas para que surjan los elementos químicos y con ellos la vida). Se puede hacer una estimación de las probabilidades, muy bajas, de que los seis diales están bien ajustados, y concluir que debe haber intervenido un sintonizador divino. Pero como ya hemos visto, esta explicación es vacua porque da por sentada la cuestión más fundamental de todas. El divino sintonizador tendría que ser, por su parte, al menos tan improbable como el ajuste de sus diales.Una vez más, el principio antrópico brinda una solución de una elegancia abrumadora. Los físicos tienen ya razones para sospechar que nuestro universo, todo lo que vemos, es sólo un universo entre tal vez miles de millones. Algunos teóricos postulan un multiverso de espuma, en donde el universo que conocemos no es más que una burbuja. Cada burbuja tiene sus propias leyes y constantes. Las leyes de la física que nos resultan familiares son unas leyes provincianas. De todos los universos en la espuma, sólo una minoría posee lo que se necesita para generar vida. Y, con una visión antrópica a posteriori, es obvio que tenemos que encontrarnos en un miembro de esta minoría, pues aquí estamos, ¿no? Como han dicho los físicos, no es ningún accidente que veamos estrellas en el cielo, pues un universo sin estrella carecería de los elementos químicos necesarios para la vida. Es posible que existan universos en cuyos cielos no haya estrellas; pero estos universos carecen de habitantes que las echen en falta. Análogamente, no es ningún accidente que veamos una gran diversidad de especies vivas: pues un proceso evolutivo que es capaz de dar lugar a una especie que ve cosas y reflexiona sobre ellas necesariamente tiene que producir al mismo tiempo muchas otras especies. La especie reflexiva debe estar rodeada de un ecosistema, igual que debe estar rodeada de estrellas. El principio antrópico nos permite postular una buena dosis de suerte a la hora de explicar la existencia de vida en nuestro planeta. Pero hay límites. Se nos permite un golpe de suerte para el origen de la evolución, y quizás por unos cuantos sucesos únicos más, como el origen de la célula eucariota y el origen de la conciencia. Pero con eso se acaba nuestro derecho a postular la suerte a gran escala. Insisto en que no podemos invocar grandes golpes de suerte que expliquen la ilusión de diseño que transmite cada una de las mil millones de especies de seres vivos que han poblado la Tierra. La evolución de la vida es un proceso general y continuo, que esencialmente da lugar al mismo resultado en todas las especies, aunque los detalles varíen.A diferencia de lo que a veces se afirma, la evolución es una ciencia predictiva. Si se toma una especie hasta ahora no estudiada y se la somete a un minucioso escrutinio, cualquier evolucionista podrá predecir que cada individuo que se observe hará todo lo que esté en su poder, a la manera propia de su especie (planta, herbívoro, carnívoro, nectívoro o lo que sea) para sobrevivir y propagar el ADN que alberga. No estaremos aquí el tiempo suficiente para poner a prueba la predicción, pero podemos decir, con gran confianza, que si un cometa alcanza la Tierra y extermina los mamíferos, una nueva fauna surgirá para ocupar su lugar, igual que los mamíferos ocuparon el de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y los roles que desempeñarán los nuevos actores en el drama de la vida serán a grandes rasgos, aunque no en los detalles, similares a los roles que desempeñaron los mamíferos y los dinosaurios antes que ellos, y antes que los dinosaurios los reptiles que se asemejaban a los mamíferos. Es de esperar que las mismas reglas se sigan en millones de especies en todo el globo, y durante cientos de millones de años. Una observación general de este tipo requiere un principio explicativo diferente del principio antrópico que explica sucesos excepcionales como el origen de la vida o el origen del universo como un golpe de suerte. Este principio totalmente diferente es la selección natural.Nosotros explicamos nuestra existencia combinando el principio antrópico y el principio de selección natural de Darwin. Esta combinación proporciona una explicación completa y profundamente satisfactoria de todo lo que vemos y sabemos. La hipótesis divina no sólo es innecesaria. No es en absoluto parsimoniosa. No solamente no necesitamos a Dios para explicar el universo y la vida. Dios aparece en el universo como algo flagrantemente superfluo. Por supuesto, no podemos demostrar la inexistencia de Dios, como tampoco podemos demostrar la inexistencia de Thor, las hadas, los duendes y el Monstruo Espagueti Volador. Pero, al igual que ocurre con esas otras fantasías que no podemos desmentir, podemos decir que Dios es muy, muy improbable.Y éste es el resto.
Exorcismo - Manuel Vicent
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Ninguna energía se puede comparar con la que generan los siete pecados capitales. La humanidad estaría todavía en las cavernas de no ser por estas siete grandes turbinas del espíritu que la han empujado con enorme fuerza hacia lo alto de la historia. Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza : estos pecados capitales son los motores del poder y del progreso, de la perpetuación de la especie, de la creación de riqueza, del cultivo de las artes, de la investigación científica y de todas las conquistas de la gastronomía. Cada uno de estos pecados tiene, en contrapartida, una correspondiente virtud que sirve para neutralizarlo. Recordad aquella cantinela del catecismo: contra la soberbia, humildad ; contra la avaricia, largueza ; contra la lujuria, castidad; contra la ira, paciencia; contra la gula, templanza; contra la envidia, caridad; contra la pereza , diligencia. Si la humanidad se guiara por estas pautas, el mundo sería una balsa de aceite, pero el tedio acumulado por tanta bondad podría convertirse en una formidable carga neutra, que si un día llegara a estallar, causaría tantos estragos como una bomba de hidrógeno. Repasad todas las estátuas que adornan las plazas de las ciudades, todas las estampas que ilustran en los libros de historia. La mayoría de esos mármoles y grabados rememoran a personajes que impulsaron a la humanidad pisando serpientes y alacranes o vendiendo su alma al diablo. En la Universidad Pontificia de Roma se acaba de inaugurar un curso de exorcismo, convocado por el Papa, y en él se han inscrito varios centenares de sacerdotes especialistas en expulsar del cuerpo a Satanás. Hasta ahora la posesión diabólica se manifestaba cuando un pobre pelanas se retorcía de forma convulsa ante el Crucifijo, echaba espuma por la boca, desarrollaba una fuerza descomunal y hablaba lenguas extrañas.Lejos de enarbolar una ristra de ajos , como en el caso de Drácula, en este simposio se trata de someter la antigua práctica del exorcismo a una revisión moderna. En este caso sería muy estimulante que estos exorcistas convocaran al propio Satanás para que les diera una lección magistral. Si la oración fuera efectiva, de pronto se presentaría en el estrado un ser vestido de rojo, como un cardenal, con orejas puntiagudas emergiendo por debajo de una mitra de oro, que les hablaría así: señores, yo soy el dueño de los pecados capitales, los siete motores del espíritu que han hecho la historia, hincad las rodillas y adoradme.
Sin fe, ni fu ni fa. Fernando Savater
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Pandora
A menudo, las indignaciones o escándalos de nuestra sociedad recuerdan bastante a los caprichos apasionados de la multitud en el circo romano. Por ejemplo, el pataleo suscitado porque una agraciada señora que se presenta a un concurso de belleza (ocasión paradigmáticamente machista) sea tratada, oh sorpresa, de modo paradigmáticamente machista al discriminarla por su maternidad. Eso es como ir al campo de fútbol y luego protestar ante el griterío porque levanta dolor de cabeza (no quiero dar ideas pero ¿acaso los propensos a la jaqueca no tienen derecho a frecuentar los estadios? Interesante problema jurídico). De parecido tenor me parece -dejando aparte pormenores del derecho laboral que conozco poco- la irritación suscitada porque el obispo correspondiente haya cesado a una profesora de religión que convive con quien quiere y como quiere. Precisamente la doctrina que ella está profesionalmente obligada a enseñar prohíbe tal libertad de costumbres. De hecho, la Iglesia para cuya propaganda ha sido elegida -a costes pagados por el Estado, eso sí- ha tenido a lo largo de los siglos y aún quisiera retener dentro de lo posible el ordenamiento por medio de premios y castigos (algunos sobrenaturales y otros no tanto) de la vida privada de los ciudadanos. No puede por tanto extrañar que trate al menos de controlar a quienes hablan en su nombre y según su nombramiento, ya que el resto de la sociedad parece estar cada vez menos por la labor. Sería sorprendente que los obispos eligieran para transmitir su reglamento teocrático a los jóvenes a quienes tienen ideas parecidas a las de los jóvenes y no a las suyas.
El caso suscita interesantes reflexiones sobre la evidente impropiedad de mantener una asignatura confesional -sea obligatoria, voluntaria o mediopensionista- en la enseñanza pública. En un artículo aparecido como es lógico en Abc ("Profesores de religión", 24-2-2007), Juan Manuel de Prada compara el caso de la profesora expulsada con el de un militar que, tras haberse graduado en la academia con calificaciones sobresalientes, se negara a ir al campo de batalla alegando convicciones pacifistas. Según Prada, nadie se escandalizaría de que fuese destituido puesto que "profesar la milicia y negarse a empuñar un arma son circunstancias incompatibles". En este último punto, desde luego, es imposible no estar de acuerdo con él. Pero el símil plantea cuestiones inquietantes. A ningún profesor de geografía se le puede echar de su plaza por ser remiso a viajar, a ningún profesor de literatura se le cesa por preferir leer El Código da Vinci a En busca del tiempo perdido y ni siquiera son privados de su doctorado tantos médicos destacados que fuman, beben y perjudican alegremente su salud como si la ministra Elena Salgado no hubiera venido jamás a nublar nuestras vidas. En cambio, a la profesora de religión amancebada -perdonen el término anticuado, tan barojiano- se la pone de patitas en la calle... sin que el Tribunal Constitucional logre presentar objeción válida. ¿Cómo puede ser eso? Pues lo explica Prada muy clarito: "Siendo la asignatura de religión de naturaleza confesional, nada parece más justo que exigir a quienes la transmiten una coherencia entre las enseñanzas que transmiten y su testimonio vital, (...) que exigir a los docentes que prediquen con el ejemplo y profesen efectivamente y no sólo de boquilla la fe que se disponen a transmitir". Sigue teniendo razón desde su perspectiva, aunque precisamente sea esa perspectiva la que nos plantea problemas a quienes deseamos una educación pública digna de tal nombre y por tanto inevitablemente laica.
Veamos: para empezar hay que hablar con propiedad. No estamos refiriéndonos a los profesores de religión en abstracto, de historia de las religiones o de creencias religiosas comparadas, ni siquiera a docentes que enseñen los principios del cristianismo y sus múltiples variedades instituidas, sino a personas designadas por las autoridades eclesiásticas para impartir doctrina católica con más o menos adornos. No es una asignatura relacionada con el conocimiento sino con la devoción. De ahí que -a diferencia de lo que ocurre en las materias de sustancia científica- se pida militancia a quienes la imparten, como bien subraya Juan Manuel de Prada: los profesores de catolicismo deben ser mitad monjes y mitad soldados, para utilizar otra expresión antañona. Lo que importa no es la autenticidad de lo enseñado (me temo que bastante discutible) sino la autenticidad de la fe con que se enseña. Se trata no de saber sino de creer o de aprender lo que hay que creer y a qué principios se debe obediencia. Es la fe quien mueve toda esta montaña pedagógica. De aquí también la dificultad intrínseca de evaluar semejante materia como las demás. Para ser rigurosos y coherentes con lo que se exige a los docentes, deberían puntuarse las buenas obras de los alumnos y su entrega piadosa al culto divino, no las respuestas a ningún tipo de cuestionario. Lospecados veniales restarían puntos y tres pecados mortales -por ejemplo- podrían bastar para suspender el curso. En esta asignatura no debería haber otros exámenes que los exámenes de conciencia...
Hay que reconocer que todo esto suena bastante raro, pero por lo visto es lo que dispone el Concordato firmado con la Santa Sede. Supongo que por eso la sentencia del Tribunal Constitucional establece que "si la impartición en los centros educativos de una determinada enseñanza religiosa pudiera eventualmente resultar contraria a la Constitución, ya fuere por los contenidos de dicha enseñanza o por los requisitos exigidos a las personas encargadas de impartirla, lo que habría de cuestionarse es el acuerdo en virtud del cual la enseñanza religiosa se imparte, no la forma elegida para instrumentarlo". En efecto, es ese acuerdo lo que urge revisar (por cierto, se firmó en el año 1979 -como una herencia de la época franquista que por entonces más valía no meterse a discutir- y según creo sólo por tres años). Porque resulta por lo menos inusual que una materia figure en el programa de bachillerato no por decisión libre de las autoridades educativas sino como concesión a una entidad foránea. Además, ¿qué consideración institucional merece la Santa Sede? Si se trata de una autoridad eclesiástica, la cabeza de la Iglesia Católica, ¿por qué debe mantener con ella nuestro Estado no confesional un tratado especial y comprometedor? Si se trata de un Estado extranjero con todas las de la ley, es hora de recordar que en él no se respetan derechos fundamentales en lo tocante a la libertad religiosa, igualdad de sexos para acceder a cargos públicos, etc... En una palabra, es una teocracia al modo de Arabia Saudí y no parece por tanto la influencia más deseable en el plan de estudios de un país democrático. Ese Concordato venido del franquismo concuerda muy mal con nuestras instituciones actuales y muchos católicos lo reconocen abiertamente así. Aquí y no en otra parte está el verdadero problema y el auténtico escándalo.
El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria. Defender así el laicismo indispensable para el funcionamiento democrático no es un tema menor y hoy menos que nunca. Desde la ultramontana Polonia, pasando por Bélgica, Italia o España y hasta la admirable Francia, ahora amenazada en el horizonte por las propuestas neointegristas de Sarkozy, es raro el país europeo que no padece conflictos con el regreso invasor de la mentalidad religiosa en el siempre vulnerable redil educativo. Entre nosotros, suele trivializarse el tema o convertirse en palestra partidista, en ambos casos al modo de la discusión sobre el nacionalismo. Para los pro-nacionalistas actuales, cualquier reivindicación de la unidad de España como Estado de Derecho es "rancia"... como si los derechos históricos impertérritos ante el paso de los siglos y la segregación étnica fuesen conquistas de la modernidad. También para los actuales abogados del clericalismo el laicismo es progresismo trasnochado y, según Rouco Varela, el ateísmo resulta decimonónico (por lo visto la transubstanciación eucarística y la resurrección final de los muertos es lo que más va a llevarse la próxima temporada). Otros pretenden que el laicismo es un perverso invento de Zapatero y sus adláteres, lo mismo que hay quien cree que denunciar el separatismo reaccionario (todos lo son) es una maniobra al servicio del PP o del tradicional fascismo hispánico. Quiero pensar que la mayoría de este país -aunque desde luego la menos estentórea- no vive políticamente empobrecida por semejantes tópicos sectarios.
El caso suscita interesantes reflexiones sobre la evidente impropiedad de mantener una asignatura confesional -sea obligatoria, voluntaria o mediopensionista- en la enseñanza pública. En un artículo aparecido como es lógico en Abc ("Profesores de religión", 24-2-2007), Juan Manuel de Prada compara el caso de la profesora expulsada con el de un militar que, tras haberse graduado en la academia con calificaciones sobresalientes, se negara a ir al campo de batalla alegando convicciones pacifistas. Según Prada, nadie se escandalizaría de que fuese destituido puesto que "profesar la milicia y negarse a empuñar un arma son circunstancias incompatibles". En este último punto, desde luego, es imposible no estar de acuerdo con él. Pero el símil plantea cuestiones inquietantes. A ningún profesor de geografía se le puede echar de su plaza por ser remiso a viajar, a ningún profesor de literatura se le cesa por preferir leer El Código da Vinci a En busca del tiempo perdido y ni siquiera son privados de su doctorado tantos médicos destacados que fuman, beben y perjudican alegremente su salud como si la ministra Elena Salgado no hubiera venido jamás a nublar nuestras vidas. En cambio, a la profesora de religión amancebada -perdonen el término anticuado, tan barojiano- se la pone de patitas en la calle... sin que el Tribunal Constitucional logre presentar objeción válida. ¿Cómo puede ser eso? Pues lo explica Prada muy clarito: "Siendo la asignatura de religión de naturaleza confesional, nada parece más justo que exigir a quienes la transmiten una coherencia entre las enseñanzas que transmiten y su testimonio vital, (...) que exigir a los docentes que prediquen con el ejemplo y profesen efectivamente y no sólo de boquilla la fe que se disponen a transmitir". Sigue teniendo razón desde su perspectiva, aunque precisamente sea esa perspectiva la que nos plantea problemas a quienes deseamos una educación pública digna de tal nombre y por tanto inevitablemente laica.
Veamos: para empezar hay que hablar con propiedad. No estamos refiriéndonos a los profesores de religión en abstracto, de historia de las religiones o de creencias religiosas comparadas, ni siquiera a docentes que enseñen los principios del cristianismo y sus múltiples variedades instituidas, sino a personas designadas por las autoridades eclesiásticas para impartir doctrina católica con más o menos adornos. No es una asignatura relacionada con el conocimiento sino con la devoción. De ahí que -a diferencia de lo que ocurre en las materias de sustancia científica- se pida militancia a quienes la imparten, como bien subraya Juan Manuel de Prada: los profesores de catolicismo deben ser mitad monjes y mitad soldados, para utilizar otra expresión antañona. Lo que importa no es la autenticidad de lo enseñado (me temo que bastante discutible) sino la autenticidad de la fe con que se enseña. Se trata no de saber sino de creer o de aprender lo que hay que creer y a qué principios se debe obediencia. Es la fe quien mueve toda esta montaña pedagógica. De aquí también la dificultad intrínseca de evaluar semejante materia como las demás. Para ser rigurosos y coherentes con lo que se exige a los docentes, deberían puntuarse las buenas obras de los alumnos y su entrega piadosa al culto divino, no las respuestas a ningún tipo de cuestionario. Lospecados veniales restarían puntos y tres pecados mortales -por ejemplo- podrían bastar para suspender el curso. En esta asignatura no debería haber otros exámenes que los exámenes de conciencia...
Hay que reconocer que todo esto suena bastante raro, pero por lo visto es lo que dispone el Concordato firmado con la Santa Sede. Supongo que por eso la sentencia del Tribunal Constitucional establece que "si la impartición en los centros educativos de una determinada enseñanza religiosa pudiera eventualmente resultar contraria a la Constitución, ya fuere por los contenidos de dicha enseñanza o por los requisitos exigidos a las personas encargadas de impartirla, lo que habría de cuestionarse es el acuerdo en virtud del cual la enseñanza religiosa se imparte, no la forma elegida para instrumentarlo". En efecto, es ese acuerdo lo que urge revisar (por cierto, se firmó en el año 1979 -como una herencia de la época franquista que por entonces más valía no meterse a discutir- y según creo sólo por tres años). Porque resulta por lo menos inusual que una materia figure en el programa de bachillerato no por decisión libre de las autoridades educativas sino como concesión a una entidad foránea. Además, ¿qué consideración institucional merece la Santa Sede? Si se trata de una autoridad eclesiástica, la cabeza de la Iglesia Católica, ¿por qué debe mantener con ella nuestro Estado no confesional un tratado especial y comprometedor? Si se trata de un Estado extranjero con todas las de la ley, es hora de recordar que en él no se respetan derechos fundamentales en lo tocante a la libertad religiosa, igualdad de sexos para acceder a cargos públicos, etc... En una palabra, es una teocracia al modo de Arabia Saudí y no parece por tanto la influencia más deseable en el plan de estudios de un país democrático. Ese Concordato venido del franquismo concuerda muy mal con nuestras instituciones actuales y muchos católicos lo reconocen abiertamente así. Aquí y no en otra parte está el verdadero problema y el auténtico escándalo.
El adoctrinamiento confesional, sea católico, protestante, musulmán, judío o lo que se quiera, no ha de tener lugar en la enseñanza pública, ni como asignatura opcional pero pagada por el erario público ni mucho menos como obligatoria. Defender así el laicismo indispensable para el funcionamiento democrático no es un tema menor y hoy menos que nunca. Desde la ultramontana Polonia, pasando por Bélgica, Italia o España y hasta la admirable Francia, ahora amenazada en el horizonte por las propuestas neointegristas de Sarkozy, es raro el país europeo que no padece conflictos con el regreso invasor de la mentalidad religiosa en el siempre vulnerable redil educativo. Entre nosotros, suele trivializarse el tema o convertirse en palestra partidista, en ambos casos al modo de la discusión sobre el nacionalismo. Para los pro-nacionalistas actuales, cualquier reivindicación de la unidad de España como Estado de Derecho es "rancia"... como si los derechos históricos impertérritos ante el paso de los siglos y la segregación étnica fuesen conquistas de la modernidad. También para los actuales abogados del clericalismo el laicismo es progresismo trasnochado y, según Rouco Varela, el ateísmo resulta decimonónico (por lo visto la transubstanciación eucarística y la resurrección final de los muertos es lo que más va a llevarse la próxima temporada). Otros pretenden que el laicismo es un perverso invento de Zapatero y sus adláteres, lo mismo que hay quien cree que denunciar el separatismo reaccionario (todos lo son) es una maniobra al servicio del PP o del tradicional fascismo hispánico. Quiero pensar que la mayoría de este país -aunque desde luego la menos estentórea- no vive políticamente empobrecida por semejantes tópicos sectarios.
Balance del futuro - André Glucksmann
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Pandora
La explosión sin fronteras del terrorismo alimenta el espectro de una "vuelta de lo religioso". Y suscita una reacción de rechazo, inesperada pero lógica: el 82% de los británicos considera que la religión hace más mal que bien, según revelaba un sondeo en vísperas de la Navidad de 2006. En Francia, "hija primogénita de la Iglesia" pero hoy abanderada del descreimiento, el número de católicos declarados ha disminuido un 25% en quince años y, dentro de ellos, son practicantes habituales menos de uno de cada veinte.
Los europeos viven "como si Dios no existiera", decía Juan Pablo II. Este declive de lo religioso no tiene nada que ver con lecturas paganas ni con tiranías del consumismo, porque Estados Unidos no ha caído en una descristianización similar. En la sangrienta actualidad, el europeo se siente en terreno conocido: durante un siglo ha vivido una violencia destructora más fuerte que el propio Dios. Y el islam parece presa de una pulsión de muerte convertida en planetaria. Esta cuestión, evocada urbi et orbi por Benedicto XVI en Ratisbona, obsesiona a todo el mundo.
¿Arden ya subrepticiamente los primeros incendios de una nueva guerra mundial? ¿Estamos todavía a tiempo de conjurarla? ¿Y cómo? ¿El famoso "choque de civilizaciones" entre el islam y Occidente, que inquieta a Huntington y entusiasma a Bin Laden y Ahmadineyad, dominará el año que comienza? ¿Llegarán las llamas al próximo decenio? ¿Asolará el siglo XXI? ¿Acaso un enfrentamiento con los 1.500 millones de seguidores del Corán nos va a empujar a la nostalgia? ¿Acabaremos echando de menos la guerra fría y sus dos bloques que, durante medio siglo, se abstuvieron de llevar a cabo la escalada apocalíptica de la disuasión nuclear?
Ni hablar. Nuestras angustias, como suele pasar con las de los estados mayores, tienen una guerra de retraso. No existen dos "bloques", el islam y Occidente. Antes había un mundo libre y un mundo totalitario. Hoy, el supuesto "mundo musulmán" no está unido, ni mucho menos. La "calle árabe" es pura fantasmagoría. Las bombas humanas que explotan en nombre de Alá asesinan, ante todo y sobre todo, a sus correligionarios. ¿Quién mata a quién en Irak? Es mayor el número de iraquíes que parten cada mes a la tierra de sus antepasados por coches bomba y atentados suicidas que el de soldados estadounidenses y otros "ocupantes" muertos en tres años. En Bagdad, las milicias terroristas "musulmanas" asesinan mensualmente a tantos ciudadanos musulmanes como víctimas causaron Mohamed Atta y su banda el 11 de septiembre en Manhattan. No hay más que ver Darfur: tanto los violadores como las violadas, los acaparadores como los muertos de hambre, los verdugos como las víctimas adoran por igual al profeta. Cuando los locos de Dios actúan en Bali, Casablanca, Kabul y Argel, torturan, lapidan y mandan al infierno a simples musulmanes. ¿Dónde se ve que constituyan un bloque los fanáticos de Mahoma? Recordemos que, el verano pasado, Egipto, Arabia y Jordania condenaron la agresión del Hezbolá libanés contra Israel, empujado por Siria e Irán. Es cierto que existen numerosos conflictos y retos que pueden descontrolarse de forma vertiginosa, pero no son enfrentamientos entre un bloque que representa a la Media Luna contra otro bloque que sería Occidente, entregado a la Cruz, la Torá o el secularismo.
El arte y la manera de matarse unos a otros en nombre de un mismo Dios, celestial o terrenal, son materia conocida para los europeos. No hace falta remontarse a las guerras de religión. La I Guerra Mundial enfrentó a cristianos contra cristianos, y muchos aseguraban encontrar en el consuelo de la fe la energía que les permitió soportar y cometer cuatro años de carnicería ininterrumpida. No hay que asombrarse del extraño laxismo de las autoridades morales musulmanas ante las peores atrocidades perpetradas por los yihadistas. ¿Acaso los nazis no se aprovecharon de la ceguera, la complacencia, la inercia o incluso la complicidad de muchos cristianos europeos, desde la base hasta la cima? ¿Acaso la jerarquía ortodoxa no cerró los ojos, los oídos y la boca mientras millones de "soviéticos" morían en el Gulag? ¿Y no bendijo, más recientemente, los carros que partían a arrasar Chechenia? Hoy, la fe del Corán está secuestrada por los programadores de bombas humanas, del mismo modo que, ayer, los fascistas homicidas y suicidas proclamaban "¡Viva la Muerte!" ante una enseña de Cristo Rey. El siglo XX inauguró la OPA lanzada por las ideologías asesinas sobre las creencias celestiales y seculares del europeo medio. El siglo XXI la continúa. Ahora le toca al islam ser el instrumento de los promotores del crimen. Después de la SS y los chequistas, los demonios encapuchados, religiosos, racistas y nacionalistas prosiguen con la danza macabra.
Las próximas batallas no serán entre el islam y el cristianismo, Occidente y Oriente, Norte y Sur, ricos y pobres. Frente a los enamorados de la muerte causada y recibida, contra los fanáticos de un poder conquistado y conservado por la capacidad de hacer daño y destruir, están los simples mortales movidos por una misma inquietud. Fieles de distintas religiones o agnósticos declarados, conservadores o progresistas, soñadores o realistas, tienen que inventar una nueva forma de vigilar un planeta inflamable. Las minorías incendiarias y sin escrúpulos -los nihilistas activos- compiten en crueldad y se aprovechan de la dejadez de las mayorías durmientes, los nihilistas pasivos. Si sabemos identificar en cada caso a los incendiarios, nunca es demasiado tarde para luchar contra las llamas.
Los europeos viven "como si Dios no existiera", decía Juan Pablo II. Este declive de lo religioso no tiene nada que ver con lecturas paganas ni con tiranías del consumismo, porque Estados Unidos no ha caído en una descristianización similar. En la sangrienta actualidad, el europeo se siente en terreno conocido: durante un siglo ha vivido una violencia destructora más fuerte que el propio Dios. Y el islam parece presa de una pulsión de muerte convertida en planetaria. Esta cuestión, evocada urbi et orbi por Benedicto XVI en Ratisbona, obsesiona a todo el mundo.
¿Arden ya subrepticiamente los primeros incendios de una nueva guerra mundial? ¿Estamos todavía a tiempo de conjurarla? ¿Y cómo? ¿El famoso "choque de civilizaciones" entre el islam y Occidente, que inquieta a Huntington y entusiasma a Bin Laden y Ahmadineyad, dominará el año que comienza? ¿Llegarán las llamas al próximo decenio? ¿Asolará el siglo XXI? ¿Acaso un enfrentamiento con los 1.500 millones de seguidores del Corán nos va a empujar a la nostalgia? ¿Acabaremos echando de menos la guerra fría y sus dos bloques que, durante medio siglo, se abstuvieron de llevar a cabo la escalada apocalíptica de la disuasión nuclear?
Ni hablar. Nuestras angustias, como suele pasar con las de los estados mayores, tienen una guerra de retraso. No existen dos "bloques", el islam y Occidente. Antes había un mundo libre y un mundo totalitario. Hoy, el supuesto "mundo musulmán" no está unido, ni mucho menos. La "calle árabe" es pura fantasmagoría. Las bombas humanas que explotan en nombre de Alá asesinan, ante todo y sobre todo, a sus correligionarios. ¿Quién mata a quién en Irak? Es mayor el número de iraquíes que parten cada mes a la tierra de sus antepasados por coches bomba y atentados suicidas que el de soldados estadounidenses y otros "ocupantes" muertos en tres años. En Bagdad, las milicias terroristas "musulmanas" asesinan mensualmente a tantos ciudadanos musulmanes como víctimas causaron Mohamed Atta y su banda el 11 de septiembre en Manhattan. No hay más que ver Darfur: tanto los violadores como las violadas, los acaparadores como los muertos de hambre, los verdugos como las víctimas adoran por igual al profeta. Cuando los locos de Dios actúan en Bali, Casablanca, Kabul y Argel, torturan, lapidan y mandan al infierno a simples musulmanes. ¿Dónde se ve que constituyan un bloque los fanáticos de Mahoma? Recordemos que, el verano pasado, Egipto, Arabia y Jordania condenaron la agresión del Hezbolá libanés contra Israel, empujado por Siria e Irán. Es cierto que existen numerosos conflictos y retos que pueden descontrolarse de forma vertiginosa, pero no son enfrentamientos entre un bloque que representa a la Media Luna contra otro bloque que sería Occidente, entregado a la Cruz, la Torá o el secularismo.
El arte y la manera de matarse unos a otros en nombre de un mismo Dios, celestial o terrenal, son materia conocida para los europeos. No hace falta remontarse a las guerras de religión. La I Guerra Mundial enfrentó a cristianos contra cristianos, y muchos aseguraban encontrar en el consuelo de la fe la energía que les permitió soportar y cometer cuatro años de carnicería ininterrumpida. No hay que asombrarse del extraño laxismo de las autoridades morales musulmanas ante las peores atrocidades perpetradas por los yihadistas. ¿Acaso los nazis no se aprovecharon de la ceguera, la complacencia, la inercia o incluso la complicidad de muchos cristianos europeos, desde la base hasta la cima? ¿Acaso la jerarquía ortodoxa no cerró los ojos, los oídos y la boca mientras millones de "soviéticos" morían en el Gulag? ¿Y no bendijo, más recientemente, los carros que partían a arrasar Chechenia? Hoy, la fe del Corán está secuestrada por los programadores de bombas humanas, del mismo modo que, ayer, los fascistas homicidas y suicidas proclamaban "¡Viva la Muerte!" ante una enseña de Cristo Rey. El siglo XX inauguró la OPA lanzada por las ideologías asesinas sobre las creencias celestiales y seculares del europeo medio. El siglo XXI la continúa. Ahora le toca al islam ser el instrumento de los promotores del crimen. Después de la SS y los chequistas, los demonios encapuchados, religiosos, racistas y nacionalistas prosiguen con la danza macabra.
Las próximas batallas no serán entre el islam y el cristianismo, Occidente y Oriente, Norte y Sur, ricos y pobres. Frente a los enamorados de la muerte causada y recibida, contra los fanáticos de un poder conquistado y conservado por la capacidad de hacer daño y destruir, están los simples mortales movidos por una misma inquietud. Fieles de distintas religiones o agnósticos declarados, conservadores o progresistas, soñadores o realistas, tienen que inventar una nueva forma de vigilar un planeta inflamable. Las minorías incendiarias y sin escrúpulos -los nihilistas activos- compiten en crueldad y se aprovechan de la dejadez de las mayorías durmientes, los nihilistas pasivos. Si sabemos identificar en cada caso a los incendiarios, nunca es demasiado tarde para luchar contra las llamas.
Los derechos confusos - Javier Marías
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Pandora
Hace unas semanas la actual Miss Cantabria se vio desposeída de su altivo título al saberse que era madre, algo incompatible con las reglas de ese concurso, lo cual originó las protestas no sólo de la descoronada cántabra, sino de un montón de asociaciones nominalmente feministas, entre ellas el siempre tontaina Instituto de la Mujer. La organización de ese certamen fue acusada de machista, de atentar contra la igualdad de oportunidades, de discriminación y no sé de cuántas cosas más. Acusaciones insólitas por redundantes, ya que un concurso de belleza es por fuerza y en esencia machista, atentatorio contra la igualdad de oportunidades (las feas no pueden ganar) y desde luego discriminatorio (las feas, etc). Ahora bien, dado que presentarse a ese certamen es una elección libre de las concursantes, que no es comparable al derecho al trabajo ni a ningún otro fundamental, y que se trata de algo privado y no estatal, quienes lo convocan son muy libres de establecer unas bases e imponer unas normas arbitrarias, que pueden aceptarse o no. Y si a uno le parecen mal, o ridículas, o desfasadas, o denigrantes, no tiene más que no participar en lo que le merece tan negativa opinión. Lo contrario viene a ser como aspirar a protagonizar una película porno, ir a los correspondientes castings y luego, llegada la hora del rodaje, soliviantarse porque le piden a uno follar.
Cada vez es mayor la confusión sobre los “derechos” y la “discriminación”. Esta última es intolerable ?y anticonstitucional? en materia de edad, sexo, raza, religión, condición social ? en lo que no es privado y en lo que sí es fundamental. Una mujer no debería nunca perder su empleo por serlo, ni por convertirse en madre, ni tampoco cobrar menos que un hombre, lo cual, sin embargo, ocurre sin cesar. Un blanco o un negro no deberían tener prohibido el acceso a un trabajo por el color de su piel, o encontrarse con dificultades para alquilar una vivienda. A un anciano no debería impedírsele ir a la escuela o a la Universidad, si no pudo hacerlo antes o desea ampliar sus conocimientos. Ahora bien, quien organiza algo privado, probablemente festivo y más bien superfluo (un concurso, un premio, un club, una hermandad), está en su perfecto derecho a exigir unos requisitos y establecer unas normas, de la misma manera que todos estamos en nuestro derecho a dejar entrar en nuestras casas a quienes nos plazca y no a cualquiera con el antojo de visitarlas. Que yo sepa, existen tertulias y clubs que son exclusivamente para mujeres porque así lo han decidido sus fundadoras, y nadie suele protestar por ello. Hasta hay una orquesta para tocar en la cual es imprescindible ser del sexo femenino, y nadie la acusa de ser una banda “hembrista”. Sí se acusa de machistas, en cambio, a las cofradías gastronómicas del País Vasco que sólo admiten a varones, o a la Real Academia de la Lengua porque en ella hay pocas mujeres, como si no cupiera la posibilidad de que los miembros de esa institución no vean en la actualidad suficientes personas de ese sexo merecedoras de pertenecer a ella, y sin que el factor determinante sea por fuerza una ojeriza generalizada contra la mujer.
Demasiada gente cree tener hoy “derecho” a todo, sean cuales sean sus méritos y circunstancias. Yo he conocido a escritores que se consideraban con derecho a que les publicaran sus obras, no con el derecho a intentarlo (que no se le niega a nadie), olvidando que para lo primero hace falta el libre acuerdo de otra parte, en este caso un editor. Estamos hartos de oír a individuos y a asociaciones “exigiendo” que su opinión sea tenida en cuenta, cuando a lo único que tenemos derecho todos es a poder expresarla, en modo alguno a que se le haga caso, ni tan siquiera a que se la escuche (nadie podría obligarme, por ejemplo, a prestar atención a las opiniones de sujetos con cerebros propios de una gallina, tipo Losantos o Dragó). No son escasos los jóvenes que proclaman su “derecho” a divertirse berreando a la hora que les parezca, sin acordarse del derecho de muchos otros ciudadanos a dormir y descansar. En otros ámbitos menos nítidos de la vida, nos encontramos con pretensiones equivalentes a las de futbolistas medianos que reivindicaran su derecho a jugar en el Barça o el Madrid, olvidando que estos clubs algo tendrían que decir al respecto y son libres de poner sus condiciones, igual que los organizadores de los concursos de misses, misters o drag-queens. No sé qué se requiere con exactitud para aspirar a estos títulos, pero supongo que si a alguien le parece humillante pasearse en traje de baño o calzarse unos tacones imposibles de plataforma, no debería presentarse a esos certámenes. Es como si yo montara en mi casa un club de fumadores ateos y elevaran luego una queja, por “discriminación”, la Ministra Salgado, Rodrigo Córdoba, monseñor Rouco Varela, los gemelos polacos Kaczynski y el devoto Prada porque no les abro la puerta cuando quisieran entrar. Vade retro, qué pesadilla, sería como admitir en mi casa, todos juntos, a los cristianos renacidos, a los cuáqueros, a los impulsores de la Ley Seca, al Santo Oficio y al Ejército de Salvación.
Cada vez es mayor la confusión sobre los “derechos” y la “discriminación”. Esta última es intolerable ?y anticonstitucional? en materia de edad, sexo, raza, religión, condición social ? en lo que no es privado y en lo que sí es fundamental. Una mujer no debería nunca perder su empleo por serlo, ni por convertirse en madre, ni tampoco cobrar menos que un hombre, lo cual, sin embargo, ocurre sin cesar. Un blanco o un negro no deberían tener prohibido el acceso a un trabajo por el color de su piel, o encontrarse con dificultades para alquilar una vivienda. A un anciano no debería impedírsele ir a la escuela o a la Universidad, si no pudo hacerlo antes o desea ampliar sus conocimientos. Ahora bien, quien organiza algo privado, probablemente festivo y más bien superfluo (un concurso, un premio, un club, una hermandad), está en su perfecto derecho a exigir unos requisitos y establecer unas normas, de la misma manera que todos estamos en nuestro derecho a dejar entrar en nuestras casas a quienes nos plazca y no a cualquiera con el antojo de visitarlas. Que yo sepa, existen tertulias y clubs que son exclusivamente para mujeres porque así lo han decidido sus fundadoras, y nadie suele protestar por ello. Hasta hay una orquesta para tocar en la cual es imprescindible ser del sexo femenino, y nadie la acusa de ser una banda “hembrista”. Sí se acusa de machistas, en cambio, a las cofradías gastronómicas del País Vasco que sólo admiten a varones, o a la Real Academia de la Lengua porque en ella hay pocas mujeres, como si no cupiera la posibilidad de que los miembros de esa institución no vean en la actualidad suficientes personas de ese sexo merecedoras de pertenecer a ella, y sin que el factor determinante sea por fuerza una ojeriza generalizada contra la mujer.
Demasiada gente cree tener hoy “derecho” a todo, sean cuales sean sus méritos y circunstancias. Yo he conocido a escritores que se consideraban con derecho a que les publicaran sus obras, no con el derecho a intentarlo (que no se le niega a nadie), olvidando que para lo primero hace falta el libre acuerdo de otra parte, en este caso un editor. Estamos hartos de oír a individuos y a asociaciones “exigiendo” que su opinión sea tenida en cuenta, cuando a lo único que tenemos derecho todos es a poder expresarla, en modo alguno a que se le haga caso, ni tan siquiera a que se la escuche (nadie podría obligarme, por ejemplo, a prestar atención a las opiniones de sujetos con cerebros propios de una gallina, tipo Losantos o Dragó). No son escasos los jóvenes que proclaman su “derecho” a divertirse berreando a la hora que les parezca, sin acordarse del derecho de muchos otros ciudadanos a dormir y descansar. En otros ámbitos menos nítidos de la vida, nos encontramos con pretensiones equivalentes a las de futbolistas medianos que reivindicaran su derecho a jugar en el Barça o el Madrid, olvidando que estos clubs algo tendrían que decir al respecto y son libres de poner sus condiciones, igual que los organizadores de los concursos de misses, misters o drag-queens. No sé qué se requiere con exactitud para aspirar a estos títulos, pero supongo que si a alguien le parece humillante pasearse en traje de baño o calzarse unos tacones imposibles de plataforma, no debería presentarse a esos certámenes. Es como si yo montara en mi casa un club de fumadores ateos y elevaran luego una queja, por “discriminación”, la Ministra Salgado, Rodrigo Córdoba, monseñor Rouco Varela, los gemelos polacos Kaczynski y el devoto Prada porque no les abro la puerta cuando quisieran entrar. Vade retro, qué pesadilla, sería como admitir en mi casa, todos juntos, a los cristianos renacidos, a los cuáqueros, a los impulsores de la Ley Seca, al Santo Oficio y al Ejército de Salvación.
La lógica de la tolerancia - LARS GUSTAFSSON
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Pandora
Hace unas semanas, el filósofo francés Pascal Bruckner acusó a Ian Buruma y Timothy Garton Ash de propagar una forma de multiculturalismo que representa un apartheid legal. Su encarnizada polémica desató un debate internacional. Timothy Garton Ash, Necla Kelek y Paul Cliteur se incorporaron a la polémica.
El viejo Thomas Buckle, en su Civilization in England estaba convencido, y con razón, de que el progreso democrático, científico y tecnológico en Europa tuvo su origen en un importante cambio de la mentalidad británica a mediados del siglo XVII, cuando, incluso en las disquisiciones de los principales teólogos, la búsqueda de argumentos infalibles reemplazó a la fe infalible.
Este tipo de racionalidad, expuesta mucho antes de la Ilustración por Descartes y Leibniz, es, si seguimos a Buckle, no sólo la base de la ciencia sino también de la democracia en general.
Por supuesto, la esencia de esto es la idea de que la racionalidad es un método, no una convicción, y de que este método puede aplicarse a la naturaleza, al hombre y a la sociedad. E incluso a la religión. En palabras del propio Buckle: "La razón nos da conocimiento, mientras que la fe sólo nos da creencia, que es una parte del conocimiento y, por lo tanto, es inferior a él". Tal como entiende Buckle la historia, este paso del dogmatismo al racionalismo metódico fue el paso decisivo hacia la libertad política.
En el centro del debate entre Ian Buruma y Timothy Garton Ash, por una parte, y Pascal Bruckner y otros, por la otra, parece estar la cuestión de si la irracionalidad merece la misma cantidad de tolerancia que la racionalidad. Dicho en otras palabras: ¿es el enfoque racional un credo entre otros credos que no merece ni más ni menos tolerancia que los demás, sea cual sea la medida de irracionalidad y de fanatismo que puedan manifestar?
Esto -en mi opinión, un relativismo más bien bobo, representado en el debate por Ian Buruma y Timothy Garton Ash, entre otros- hace posible acusar a los que creen en la tolerancia y las libertades democráticas de Occidente de "fundamentalismo ilustrado".
Evidentemente, la idea es que la racionalidad occidental es un conjunto de dogmas que en nada se diferencia de otras perspectivas y reivindicaciones sobre el mundo.
Bajo el dudoso pretexto del multiculturalismo, se supone que estamos obligados a enfrentarnos a todos los dogmas, a todas las reivindicaciones autoritarias y morales posibles con el mismo respeto.
Por supuesto, esto es imposible, entre otras cosas porque el de "cultura" es un concepto sumamente confuso. En el centro mismo está la confusión entre dogma y racionalidad, entre las creencias infalibles y argumentos infalibles de Buckley.
Los credos religiosos y la racionalidad científica, que es la base de la democracia occidental, simplemente no están en competencia. No hay ningún enfoque cristiano o musulmán de la bioquímica, por ejemplo. Es obvio que las religiones no se basan en la observación empírica, la medición, la inferencia lógica y la deducción.
Pero más importante aún es que las reivindicaciones de todas las "culturas" no son compatibles. Por supuesto, los monoteístas, los ateos y los politeístas deberían ser capaces (en una situación ideal) de vivir pacíficamente unos junto a otros. Sin embargo, la sharia -ley musulmana ortodoxa por la que se rige la familia y que impone la pena capital para las relaciones homosexuales- y la democracia occidental y las modernas leyes de familia -que en los países más progresistas permiten las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo- son a todas luces incompatibles. No hay forma de resolver esta incompatibilidad sólo con una vaga referencia al multiculturalismo.
Existe una interpretación del concepto de tolerancia en la que el término pierde el significado y el concepto queda vacío. Eso ocurre cuando se aplica a todo de una manera indiscriminada. Afirmar que debemos tolerancia a todo y a todos tiene tan poco sentido como decir que todo aquello con lo que nos tropezamos es una ilusión. Según eso, sería un sinsentido hacer una distinción entre dinero auténtico y falso, entre alucinaciones y experiencia cotidiana.
Hay una lógica de la tolerancia, cuya formalización deberá abordar algún filósofo en el futuro. Para empezar, quiero sugerir dos axiomas más o menos obvios:
-La tolerancia de la intolerancia produce intolerancia.
-La intolerancia de la intolerancia produce tolerancia.
En otras palabras, en cuestiones de razón y libertad, las sociedades, al igual que los individuos, tienen que hacer una elección. No se puede tener todo al mismo tiempo. Esto vale tanto para los nativos como para los recién llegados.
El viejo Thomas Buckle, en su Civilization in England estaba convencido, y con razón, de que el progreso democrático, científico y tecnológico en Europa tuvo su origen en un importante cambio de la mentalidad británica a mediados del siglo XVII, cuando, incluso en las disquisiciones de los principales teólogos, la búsqueda de argumentos infalibles reemplazó a la fe infalible.
Este tipo de racionalidad, expuesta mucho antes de la Ilustración por Descartes y Leibniz, es, si seguimos a Buckle, no sólo la base de la ciencia sino también de la democracia en general.
Por supuesto, la esencia de esto es la idea de que la racionalidad es un método, no una convicción, y de que este método puede aplicarse a la naturaleza, al hombre y a la sociedad. E incluso a la religión. En palabras del propio Buckle: "La razón nos da conocimiento, mientras que la fe sólo nos da creencia, que es una parte del conocimiento y, por lo tanto, es inferior a él". Tal como entiende Buckle la historia, este paso del dogmatismo al racionalismo metódico fue el paso decisivo hacia la libertad política.
En el centro del debate entre Ian Buruma y Timothy Garton Ash, por una parte, y Pascal Bruckner y otros, por la otra, parece estar la cuestión de si la irracionalidad merece la misma cantidad de tolerancia que la racionalidad. Dicho en otras palabras: ¿es el enfoque racional un credo entre otros credos que no merece ni más ni menos tolerancia que los demás, sea cual sea la medida de irracionalidad y de fanatismo que puedan manifestar?
Esto -en mi opinión, un relativismo más bien bobo, representado en el debate por Ian Buruma y Timothy Garton Ash, entre otros- hace posible acusar a los que creen en la tolerancia y las libertades democráticas de Occidente de "fundamentalismo ilustrado".
Evidentemente, la idea es que la racionalidad occidental es un conjunto de dogmas que en nada se diferencia de otras perspectivas y reivindicaciones sobre el mundo.
Bajo el dudoso pretexto del multiculturalismo, se supone que estamos obligados a enfrentarnos a todos los dogmas, a todas las reivindicaciones autoritarias y morales posibles con el mismo respeto.
Por supuesto, esto es imposible, entre otras cosas porque el de "cultura" es un concepto sumamente confuso. En el centro mismo está la confusión entre dogma y racionalidad, entre las creencias infalibles y argumentos infalibles de Buckley.
Los credos religiosos y la racionalidad científica, que es la base de la democracia occidental, simplemente no están en competencia. No hay ningún enfoque cristiano o musulmán de la bioquímica, por ejemplo. Es obvio que las religiones no se basan en la observación empírica, la medición, la inferencia lógica y la deducción.
Pero más importante aún es que las reivindicaciones de todas las "culturas" no son compatibles. Por supuesto, los monoteístas, los ateos y los politeístas deberían ser capaces (en una situación ideal) de vivir pacíficamente unos junto a otros. Sin embargo, la sharia -ley musulmana ortodoxa por la que se rige la familia y que impone la pena capital para las relaciones homosexuales- y la democracia occidental y las modernas leyes de familia -que en los países más progresistas permiten las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo- son a todas luces incompatibles. No hay forma de resolver esta incompatibilidad sólo con una vaga referencia al multiculturalismo.
Existe una interpretación del concepto de tolerancia en la que el término pierde el significado y el concepto queda vacío. Eso ocurre cuando se aplica a todo de una manera indiscriminada. Afirmar que debemos tolerancia a todo y a todos tiene tan poco sentido como decir que todo aquello con lo que nos tropezamos es una ilusión. Según eso, sería un sinsentido hacer una distinción entre dinero auténtico y falso, entre alucinaciones y experiencia cotidiana.
Hay una lógica de la tolerancia, cuya formalización deberá abordar algún filósofo en el futuro. Para empezar, quiero sugerir dos axiomas más o menos obvios:
-La tolerancia de la intolerancia produce intolerancia.
-La intolerancia de la intolerancia produce tolerancia.
En otras palabras, en cuestiones de razón y libertad, las sociedades, al igual que los individuos, tienen que hacer una elección. No se puede tener todo al mismo tiempo. Esto vale tanto para los nativos como para los recién llegados.
Ciudadanía antes que teocracia - ABDENNUR PRADO
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Pandora
El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) ha visto cómo el Tribunal Constitucional de Turquía anulaba la designación de su candidato a la presidencia del país, una decisión presentada como la enésima muestra de la tensión entre laicismo y religión. Pero no nos confundamos: en realidad, el AKP es un partido cercano a las democracias cristianas europeas, en cuyo programa no figura la idea de crear un Estado islámico, sino la de avanzar desde un laicismo excluyente de lo religioso hacia una laicidad más inclusiva.
Para encontrar un islamismo refractario al laicismo hay que fijarse en aquellos movimientos que en el mundo islámico reivindican la aplicación de la Sharia (ley islámica) como solución a los males que padecen sus países. Tras el fracaso del panarabismo y la deriva de los regímenes laicos hacia el totalitarismo, el aumento del componente religioso en la política de muchos países del Tercer Mundo se presenta como una lucha por la liberación cultural, la representación política y un desarrollo más equitativo.El problema es que cuando estos grupos hablan de aplicar la Sharia, suelen remitirse a la jurisprudencia del periodo clásico del islam, codificada en un contexto patriarcal y autoritario. En la práctica, esto conduce a la implementación de la pena de muerte, castigos corporales, y toda una serie de leyes discriminatorias hacia la mujer, los homosexuales y las minorías religiosas. Los promotores de esta concepción anacrónica de la Sharia viven obsesionados con "relislamizar la sociedad", inmiscuyéndose en todos los ámbitos, ahogando el pensamiento crítico y condenando a sus países al subdesarrollo. Para muchos musulmanes, esta política conduce a la destrucción del islam, transformado en una religión de Estado. La única salida pasa por superar la tentación de construir un Estado islámico, y aceptar que las leyes deben basarse en valores universales y no en la imposición de ninguna religión. Sin libertad de conciencia no hay progreso. Esto es más conforme al islam, tal y como muchos lo entendemos.La problemática de la Sharia nos remite a la tensión entre lo global y lo local, en la cual la religión juega un papel cada vez más grande. Desde esta perspectiva, podemos realizar una comparación entre el discurso islamista y el de la Conferencia Episcopal Española (CEE). En ambos casos nos encontramos con un repliegue identitario, que defiende la supremacía de una religión como algo esencial para la supervivencia nacional. Así, el cardenal de Toledo, Antonio Cañizares, afirma que "una España unida sería una España más católica" porque el país "tiene su origen en la fe, en la unidad católica". Lo mismo sostiene el arzobispo de Madrid, Rouco Varela: "Muchos apuestan por una España no católica, pero en el fondo el alma de España vibra a través de la historia de su conciencia, de su cultura, de todas las épocas gloriosas de su Historia... España será católica o dejará de existir como tal".No nos equivoquemos a la hora de identificar los problemas. En la España de principios del siglo XXI nadie, ningún colectivo medianamente representativo, invoca la Sharia, ni los castigos corporales, pero, en cambio, sí hay fuerzas poderosas que defienden que todos los ciudadanos sean gobernados según la moral católica. Si alguien tiene dudas, que lea la instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, del 23 de noviembre de 2006, donde la Conferencia Episcopal defiende "la unidad histórica, espiritual y cultural de España", afirmando el derecho de los ciudadanos a ser gobernados según este criterio religioso (la pastoral dice: "De acuerdo con un denominador común de la moral socialmente vigente fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo"). La Conferencia Episcopal rechaza algunas leyes aprobadas por el Parlamento -divorcio, aborto, matrimonios homosexuales- con el argumento de que constituyen "una desobediencia a los designios divinos" y son contrarias al "patrimonio espiritual y moral históricamente acumulado".El carácter arcaico de este discurso salta a la vista. A principios del siglo XXI parece claro que las narrativas tradicionales de formación de las identidades nacionales no nos sirven como instrumento para lograr la cohesión social, sino todo lo contrario. Y esto es tan válido para Irán como para España. No olvidemos que si nuestro país ha sido durante siglos mayoritariamente católico, no lo ha sido libremente, sino a través de la expulsión de judíos y de musulmanes, la persecución de cristianos unitarios, y a leyes tan aberrantes como "los estatutos de limpieza de sangre" (que no sé si forman parte del "patrimonio espiritual" reivindicado por la Conferencia Episcopal).En un sistema democrático, ninguno de los campos en los cuales existen identidades diversas puede erigirse en un elemento válido para definir la identidad colectiva. Esto es aplicable a la raza, la religión y la ideología. Un país que sitúa lo étnico como un fundamento de su cohesión, es un Estado racista. Un país que sitúa por encima una ideología es un Estado totalitario. Un país que sitúa una religión como fundamento es un Estado teocrático. Esto conduce a la exclusión de quienes no profesan dicha religión, creando una fractura en el seno de la sociedad.Frente a estos modelos, la secularización ha generado el concepto de ciudadanía, basado en valores de corte universal, como son la propia democracia, los derechos humanos, la libertad de conciencia, la justicia social y la igualdad de género. Estos son los principios éticos y jurídicos a través de los cuales es posible lograr la cohesión social, con independencia de la religión, la etnia o la ideología de cada ciudadano. Esta secularización no debe verse como antirreligiosa, sino como posibilitadora de la convivencia interreligiosa, en un plano de igualdad. Y, sobre todo, esta secularización es valiosa en la medida en que sitúa al individuo como objeto de derecho, por encima de todo atavismo colectivo.Si realmente queremos una España socialmente cohesionada, ayudaría mucho que la Conferencia Episcopal se emancipara de un modelo de Estado-nación basado en el catolicismo. Como musulmán español, me atrevo a afirmar que con ello saldrá ganando el propio cristianismo. Como saldrá ganando el islam el día en que los mal llamados Estados islámicos superen el modelo identitario basado en la supremacía del islam. Sólo entonces podremos unirnos en la construcción de una sociedad civil a escala planetaria, capaz de hacer frente a los abusos de la globalización neoliberal.
Para encontrar un islamismo refractario al laicismo hay que fijarse en aquellos movimientos que en el mundo islámico reivindican la aplicación de la Sharia (ley islámica) como solución a los males que padecen sus países. Tras el fracaso del panarabismo y la deriva de los regímenes laicos hacia el totalitarismo, el aumento del componente religioso en la política de muchos países del Tercer Mundo se presenta como una lucha por la liberación cultural, la representación política y un desarrollo más equitativo.El problema es que cuando estos grupos hablan de aplicar la Sharia, suelen remitirse a la jurisprudencia del periodo clásico del islam, codificada en un contexto patriarcal y autoritario. En la práctica, esto conduce a la implementación de la pena de muerte, castigos corporales, y toda una serie de leyes discriminatorias hacia la mujer, los homosexuales y las minorías religiosas. Los promotores de esta concepción anacrónica de la Sharia viven obsesionados con "relislamizar la sociedad", inmiscuyéndose en todos los ámbitos, ahogando el pensamiento crítico y condenando a sus países al subdesarrollo. Para muchos musulmanes, esta política conduce a la destrucción del islam, transformado en una religión de Estado. La única salida pasa por superar la tentación de construir un Estado islámico, y aceptar que las leyes deben basarse en valores universales y no en la imposición de ninguna religión. Sin libertad de conciencia no hay progreso. Esto es más conforme al islam, tal y como muchos lo entendemos.La problemática de la Sharia nos remite a la tensión entre lo global y lo local, en la cual la religión juega un papel cada vez más grande. Desde esta perspectiva, podemos realizar una comparación entre el discurso islamista y el de la Conferencia Episcopal Española (CEE). En ambos casos nos encontramos con un repliegue identitario, que defiende la supremacía de una religión como algo esencial para la supervivencia nacional. Así, el cardenal de Toledo, Antonio Cañizares, afirma que "una España unida sería una España más católica" porque el país "tiene su origen en la fe, en la unidad católica". Lo mismo sostiene el arzobispo de Madrid, Rouco Varela: "Muchos apuestan por una España no católica, pero en el fondo el alma de España vibra a través de la historia de su conciencia, de su cultura, de todas las épocas gloriosas de su Historia... España será católica o dejará de existir como tal".No nos equivoquemos a la hora de identificar los problemas. En la España de principios del siglo XXI nadie, ningún colectivo medianamente representativo, invoca la Sharia, ni los castigos corporales, pero, en cambio, sí hay fuerzas poderosas que defienden que todos los ciudadanos sean gobernados según la moral católica. Si alguien tiene dudas, que lea la instrucción pastoral Orientaciones morales ante la situación actual de España, del 23 de noviembre de 2006, donde la Conferencia Episcopal defiende "la unidad histórica, espiritual y cultural de España", afirmando el derecho de los ciudadanos a ser gobernados según este criterio religioso (la pastoral dice: "De acuerdo con un denominador común de la moral socialmente vigente fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo"). La Conferencia Episcopal rechaza algunas leyes aprobadas por el Parlamento -divorcio, aborto, matrimonios homosexuales- con el argumento de que constituyen "una desobediencia a los designios divinos" y son contrarias al "patrimonio espiritual y moral históricamente acumulado".El carácter arcaico de este discurso salta a la vista. A principios del siglo XXI parece claro que las narrativas tradicionales de formación de las identidades nacionales no nos sirven como instrumento para lograr la cohesión social, sino todo lo contrario. Y esto es tan válido para Irán como para España. No olvidemos que si nuestro país ha sido durante siglos mayoritariamente católico, no lo ha sido libremente, sino a través de la expulsión de judíos y de musulmanes, la persecución de cristianos unitarios, y a leyes tan aberrantes como "los estatutos de limpieza de sangre" (que no sé si forman parte del "patrimonio espiritual" reivindicado por la Conferencia Episcopal).En un sistema democrático, ninguno de los campos en los cuales existen identidades diversas puede erigirse en un elemento válido para definir la identidad colectiva. Esto es aplicable a la raza, la religión y la ideología. Un país que sitúa lo étnico como un fundamento de su cohesión, es un Estado racista. Un país que sitúa por encima una ideología es un Estado totalitario. Un país que sitúa una religión como fundamento es un Estado teocrático. Esto conduce a la exclusión de quienes no profesan dicha religión, creando una fractura en el seno de la sociedad.Frente a estos modelos, la secularización ha generado el concepto de ciudadanía, basado en valores de corte universal, como son la propia democracia, los derechos humanos, la libertad de conciencia, la justicia social y la igualdad de género. Estos son los principios éticos y jurídicos a través de los cuales es posible lograr la cohesión social, con independencia de la religión, la etnia o la ideología de cada ciudadano. Esta secularización no debe verse como antirreligiosa, sino como posibilitadora de la convivencia interreligiosa, en un plano de igualdad. Y, sobre todo, esta secularización es valiosa en la medida en que sitúa al individuo como objeto de derecho, por encima de todo atavismo colectivo.Si realmente queremos una España socialmente cohesionada, ayudaría mucho que la Conferencia Episcopal se emancipara de un modelo de Estado-nación basado en el catolicismo. Como musulmán español, me atrevo a afirmar que con ello saldrá ganando el propio cristianismo. Como saldrá ganando el islam el día en que los mal llamados Estados islámicos superen el modelo identitario basado en la supremacía del islam. Sólo entonces podremos unirnos en la construcción de una sociedad civil a escala planetaria, capaz de hacer frente a los abusos de la globalización neoliberal.
El 'amigo' del director del Trinity College. Amartya Sen
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HACE UNOS AÑOS, cuando regresaba a Inglaterra después de un corto viaje (en ese entonces era director del Trinity College de Cambridge), el oficial de migraciones del aeropuerto de Heathrow, quien controló mi pasaporte indio con bastante rigor, me planteó una pregunta filosófica de cierta complejidad. Tras ver la dirección de mi casa en el formulario de migraciones (residencia del director, Trinity College, Cambridge), me preguntó si el director, de cuya hospitalidad evidentemente yo gozaba, era un amigo cercano. Me demoré unos segundos, porque no me quedaba del todo claro si podía afirmar ser mi propio amigo. Luego de reflexionar, llegué a la conclusión de que la respuesta debía ser afirmativa, ya que por lo general me trato a mí mismo de manera bastante amigable y, además, cuando digo tonterías, de inmediato me doy cuenta de que, con amigos como yo, no necesito enemigos. Debido a que me demoré en dilucidar todo esto, el oficial de migraciones quiso saber exactamente por qué había dudado y, en particular, si había alguna irregularidad para mi ingreso en Gran Bretaña.
Bien, finalmente se resolvió esa cuestión práctica, pero la conversación fue un recordatorio, si es que era necesario, de que la identidad puede ser un asunto complicado. (...)
En realidad, muchos problemas políticos y sociales contemporáneos giran en torno a reclamos opuestos provenientes de identidades diferentes que involucran a grupos distintos, puesto que la concepción de la identidad influye, de modos muy diversos, sobre nuestros pensamientos y nuestras acciones.
Los acontecimientos violentos y las atrocidades de los últimos años han dado paso a un periodo de terrible confusión y de temibles conflictos. Con frecuencia, la política de confrontación global es considerada un corolario de las divisiones religiosas y culturales del mundo. De hecho, el mundo es visto cada vez más, aunque sólo sea implícitamente, como una federación de religiones o de civilizaciones, por lo que se hace caso omiso de todas las otras maneras en que las personas se ven a sí mismas. (...)
Un enfoque singularista puede ser una buena forma de malinterpretar a casi todos los individuos del mundo. En nuestra vida cotidiana, nos vemos como miembros de una variedad de grupos y pertenecemos a todos ellos. La misma persona puede ser, sin ninguna contradicción, ciudadano estadounidense de origen caribeño con antepasados africanos, cristiano, liberal, mujer, vegetariano, corredor de fondo, historiador, maestro, novelista, feminista, heterosexual, creyente en los derechos de los gays y las lesbianas, amante del teatro, activo ambientalista, fanático del tenis, músico de jazz y alguien que está totalmente comprometido con la opinión de que hay seres inteligentes en el espacio exterior con los que es imperioso comunicarse (preferentemente, en inglés). Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece de forma simultánea, le da una identidad particular. No se puede considerar que alguna de ellas sea la única identidad de la persona
o su categoría singular de pertenencia. Dadas nuestras inevitables identidades plurales, tenemos que decidir acerca de la importancia relativa de nuestras diferentes asociaciones y filiaciones en cada contexto particular.
Por consiguiente, las responsabilidades de elegir y de razonar son esenciales para llevar una vida humana. Por el contrario, se fomenta la violencia cuando se cultiva el sentimiento de que tenemos una identidad supuestamente única, inevitable -con frecuencia beligerante-, que aparentemente nos exige mucho (a veces, cosas muy desagradables). La imposición de una identidad supuestamente única es a menudo un componente básico del "arte marcial" de fomentar el enfrentamiento sectario...
Identidad y violencia (Katz Editores )
A través del análisis del multiculturalismo, el poscolonialismo, el fundamentalismo, el terrorismo y la globalización, el autor plantea la necesidad de una comprensión de la libertad humana como único modo de combatir el cada vez más extendido "arte de crear odio".
Bien, finalmente se resolvió esa cuestión práctica, pero la conversación fue un recordatorio, si es que era necesario, de que la identidad puede ser un asunto complicado. (...)
En realidad, muchos problemas políticos y sociales contemporáneos giran en torno a reclamos opuestos provenientes de identidades diferentes que involucran a grupos distintos, puesto que la concepción de la identidad influye, de modos muy diversos, sobre nuestros pensamientos y nuestras acciones.
Los acontecimientos violentos y las atrocidades de los últimos años han dado paso a un periodo de terrible confusión y de temibles conflictos. Con frecuencia, la política de confrontación global es considerada un corolario de las divisiones religiosas y culturales del mundo. De hecho, el mundo es visto cada vez más, aunque sólo sea implícitamente, como una federación de religiones o de civilizaciones, por lo que se hace caso omiso de todas las otras maneras en que las personas se ven a sí mismas. (...)
Un enfoque singularista puede ser una buena forma de malinterpretar a casi todos los individuos del mundo. En nuestra vida cotidiana, nos vemos como miembros de una variedad de grupos y pertenecemos a todos ellos. La misma persona puede ser, sin ninguna contradicción, ciudadano estadounidense de origen caribeño con antepasados africanos, cristiano, liberal, mujer, vegetariano, corredor de fondo, historiador, maestro, novelista, feminista, heterosexual, creyente en los derechos de los gays y las lesbianas, amante del teatro, activo ambientalista, fanático del tenis, músico de jazz y alguien que está totalmente comprometido con la opinión de que hay seres inteligentes en el espacio exterior con los que es imperioso comunicarse (preferentemente, en inglés). Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece de forma simultánea, le da una identidad particular. No se puede considerar que alguna de ellas sea la única identidad de la persona
o su categoría singular de pertenencia. Dadas nuestras inevitables identidades plurales, tenemos que decidir acerca de la importancia relativa de nuestras diferentes asociaciones y filiaciones en cada contexto particular.
Por consiguiente, las responsabilidades de elegir y de razonar son esenciales para llevar una vida humana. Por el contrario, se fomenta la violencia cuando se cultiva el sentimiento de que tenemos una identidad supuestamente única, inevitable -con frecuencia beligerante-, que aparentemente nos exige mucho (a veces, cosas muy desagradables). La imposición de una identidad supuestamente única es a menudo un componente básico del "arte marcial" de fomentar el enfrentamiento sectario...
Identidad y violencia (Katz Editores )
A través del análisis del multiculturalismo, el poscolonialismo, el fundamentalismo, el terrorismo y la globalización, el autor plantea la necesidad de una comprensión de la libertad humana como único modo de combatir el cada vez más extendido "arte de crear odio".
La Carta del Vaticano contra las Mujeres. Andrés Pérez Baltodano
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La Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo, publicada por el Vaticano el 31 de Julio del corriente año, pasó prácticamente desapercibida en la mayoría de los países de América Latina. En los Estados Unidos y Canadá, la carta fue recibida como una curiosa y hasta divertida muestra del cada vez más exótico y esotérico pensamiento de los jerarcas del Vaticano. Los europeos la percibieron como un mal logrado chiste.La carta es, en realidad, una de las peores producciones intelectuales del Vaticano durante el papado de Juan Pablo II. Los errores de lógica que contiene y la pobreza filosófica que la sustenta son sorprendentes, sobre todo, porque quién la firma es el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de Congregación para la Doctrina de la Fe, y uno de los más brillantes ideólogos de la Iglesia Católica. Las debilidades de esta carta muestran que ni un hombre con la inteligencia de Ratzinger, puede defender lo indefendible.
Como si la Carta a los Obispos estuviera dirigida a extra-terrestres que desconocen la historia de errores y horrores de la Iglesia, ésta empieza repitiendo la arrogante auto-proclama de la Iglesia Católica como una institución "experta en humanidad".¿ Cómo puede ser "experta en humanidad" una institución que después de casi dos mil años de existencia, publica un documento que revela que sus dirigentes todavía no logran entender las aspiraciones y necesidades de ese cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres ? ¿ Cómo puede declararse "experta en humanidad" una institución que comete la barbaridad de argumentar que las mujeres tienen una inclinación natural a respetar "lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad" ?
Traducido: Las mujeres no se inclinan por lo abstracto, es decir, por las ideas, la filosofía, la teología, etc. Como dice Rosahilda Cornejo, para Ratzinger, las mujeres "no pueden ni deben intentar trascender el plano existencial concreto de la cocina".
Las falacias del Cardenal
La Carta a los Obispos recurre a lo que en lógica se conoce como la falacia de "la vaguedad insidiosa", para evitar señalar explícitamente el verdadero objeto de su crítica que es el movimiento feminista mundial. El Vaticano hace uso de esta falacia porque sabe que es imposible negar, en pleno siglo XXI, la legitimidad, la esencia democrática y la justeza del feminismo.Así, Ratzinger opta por utilizar un lenguaje oscuro e impreciso para declarar que "la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer".
La carta identifica dos corrientes de pensamiento o "tendencias". La primera, "subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder".La segunda, continúa diciendo la carta, "emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria".
El enfoque de género, dice el Vaticano en un espectacular non-sequitur, ha "inspirado...ideologías que promueven... el cuestionamiento de la familia... [y] la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa".Un non-sequitur es una falacia que consiste en hacer inferencias que no se derivan lógicamente de los antecedentes enunciados por el autor para construir sus conclusiones. Non-sequitur significa, literalmente, "no sigue", "no se conecta". Veamos: ¿ Cuál es la conexión entre el enfoque de género, que analiza críticamente la organización patriarcal de la sociedad para promover la articulación de relaciones no sexistas entre hombres y mujeres, y la homosexualidad o el debilitamiento de la familia ? Ninguna. El argumento de Ratzinger es una falacia.
No discutamos hoy la prejuiciada visión de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad, porque este tema merece su propio espacio. Regresemos a los planteamientos centrales de la Carta a los Obispos: el feminismo es condenable porque promueve la búsqueda del poder por parte de la mujer y, además, porque el enfoque de género que utiliza este movimiento corrompe el ordenamiento "natural" de la sociedad.Los sin sentidos del Cardenal
Efectivamente, el movimiento feminista ha luchado por lograr una mejor distribución del poder entre los hombres y las mujeres dentro del Estado, dentro de la sociedad, dentro de los partidos, dentro de la familia, en los procesos de formulación de políticas públicas y hasta dentro de las iglesias. La crítica del Vaticano resulta sorprendente porque la lucha por la distribución justa del poder es la dinámica esencial de la democracia. Debemos recordar, sin embargo, que la democracia es una idea y una práctica ajena a la vivencia de los que operan dentro de las estructuras verticalistas y autoritarias del Vaticano.También es cierto que el feminismo ha luchado por lograr eso que la carta de la Iglesia deplora cuando critica los esfuerzos de la mujer por "liberarse de sus condicionamientos biológicos". Ratzinger parece olvidar que la humanidad entera ha luchado por liberarse de lo que él llama "condicionamientos biológicos", desde que empezamos a desarrollar los medios para hacerlo. La historia de la humanidad ha sido precisamente eso: un constante esfuerzo por superar los instintos e imponer la fuerza de la razón sobre nuestros impulsos primarios. Este esfuerzo, especuló el mismo Freud, contribuyó a la inhibición del incesto. Por este mismo esfuerzo, la ley del más fuerte llegó a ser sustituida por el principio de la justicia y por la institucionalización de los derechos.
La Carta a los Obispos, además, encierra una contradicción colosal. El Vaticano argumenta que las leyes biológicas, creadas por el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II determinan lo que el hombre y la mujer son y pueden ser. Preguntémonos entonces: Si la naturaleza y el rol social de la mujer están determinados por Dios y sus leyes biológicas, ¿ porqué entonces se toma la molestia el Vaticano de escribir un documento para condenar los intentos de las mujeres para escapar de esas leyes y de la voluntad de un Dios omnipotente ? Muy poca fe muestran en el Dios al que rezan, o en la biología que estudian, quiénes se ven obligados a argumentar a favor de lo que ellos mismos consideran como un mandato divino y un ordenamiento natural.El Dios Varón
Las enormes debilidades y contradicciones de la Carta a los Obispos no reducen el impacto potencial puede tener este documento en los obispos que hoy se oponen a la liberación de la mujer y a la democratización de las relaciones de género. Peor aún, esta carta puede terminar reforzando la idea central de la que depende el poder ideológico anti-feminista de la Iglesia Católica: la idea del Dios Varón que, de acuerdo a la carta de Ratzinger, se encarnó en un hombre, Jesús, por razones "importantes y relevantes".La defensa del Dios Varón es el motivo central de la Carta a los Obispos. Este documento condena el enfoque de género porque de acuerdo a la Iglesia, su orientación teórica, sus premisas y sus argumentos, "considerarían sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina". Dios, de acuerdo a la Iglesia, prefirió encarnarse como hombre. Después de todo, decía Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, la mujer es una "cosa imperfecta y ocasional". Y agregaba: "la mujer se halla naturalmente sometida al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento de la razón".
En la antojadiza antropología bíblica del Cardenal Ratzinger, la condición de subordinación en la que ha vivido la mujer a través de la historia cristiana, se presenta como el resultado de una decisión divina: un castigo del Dios Varón contra la mujer por su participación en el "pecado original". En otras palabras, Adán y Eva pecan, pero Dios castiga con especial saña a Eva por razones que, según la embrollada lógica de Ratzinger, debemos también de considerar como "importantes" y "relevantes". Dice la Carta a los Obispos: "En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16).Mil ochocientos años atrás, Tertuliano de Cartago utilizaba la misma interpretación bíblica de Ratzinger y su jefe Juan Pablo II: "Cada mujer debiera estar caminando como Eva, acongojada y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo de Eva, el estigma, quiero decir, del primer pecado, y aborrecimiento, atado a ella como la causa de la perdición humana. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará".
Pero no nos preocupemos, nos dice Ratzinger, Dios a través de Iglesia Católica ha decidido levantar el castigo a la mujer. Todo lo que ella tiene que hacer para hacer sonreír a Dios es seguir el ejemplo de la Virgen María y "sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera".Una santa anti-feminista
La Carta a los Obispos forma parte de la más reciente ofensiva lanzada por el Vaticano contra las mujeres. Hace pocos meses, la Iglesia las invitó a imitar el ejemplo de su nueva santa: la italiana Gianna Beretta Molla, una pediatra, esposa y madre de tres niños y niñas que murió en 1962 a la edad de 39 años, como consecuencia del parto en el que dio a luz a su cuarto hija. Beretta Molla, canonizada en Mayo del corriente año, es la santa número 482 en el catálogo de santos y santas creado por Juan Pablo II en su enloquecida carrera para resacralizar el planeta. Vale la pena repetirlo: este Papa ha canonizado más santos y santas que todos los santos y las santas canonizadas por la Iglesia en los quinientos años previos a su elección.De acuerdo a los datos biográficos publicados por el Vaticano, los médicos que atendían a Beretta Molla le advirtieron en el segundo mes de su embarazo, que su vida corría peligro por un tumor intrauterino y le recomendaron abortar. Ella decidió seguir con el embarazo y murió.
La decisión de Gianna Beretta Molla ha sido interpretada por la Iglesia, como "la consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del Plan de Dios". En el acto de canonización de la Santa, el Papa señaló que Beretta Molla ofrecía un ejemplo del amor conyugal "que responde al llamado de Dios".El mensaje del Vaticano no puede ser más claro: La mujer debe subordinar su vida al cumplimiento de su función reproductiva. Entre un feto de dos meses y la vida de Gianna Beretta Molla, de 39 años de edad, esposa y madre de tres criaturas, la Iglesia Católica se inclina por el feto.
Por la transformación de la idea de DiosLa Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo y la posición del Vaticano con relación a la función reproductiva de la mujer, forman parte de la falsificación de la palabra de Jesús perpetuada por la Iglesia Católica a través de los siglos e intensificada durante el papado de Juan Pablo II. La Iglesia ha condenado a la mujer a parir sin límites y sin condiciones. No importa su edad. No importa la causa de su embarazo. No importa si se trata de Rosa, la niña nicaragüense violada y embarazada en Costa Rica hace ya un año.
Al mismo tiempo, la Iglesia ha perpetuado la imagen de la mujer como el símbolo de las debilidades de la carne. Virgen es la María, esposa del carpintero, para exorcizar la sexualidad humana.El hombre, por su parte, representa la fuerza del espíritu que, elevándose sobre la "natural" tendencia al pecado de la mujer, logra convertirse en el representante de Dios en la tierra. Sólo un hombre puede ser Papa o sacerdote. Sólo un Ratzinger sabe lo que quieren y necesitan las mujeres. Dios es Varón. Putas y pecadoras son, o se inclinan naturalmente a ser, las magdalenas.
El Dios Varón, dice María López Vigil, "fue funcional al rey absoluto y al hacendado colonial, y lo sigue siendo al general de ejércitos, al gobernante autoritario, al caudillo del partido, al papa infalible y al sacerdote y al pastor controlador de conciencias". La transformación de la idea del Dios Varón es la responsabilidad de todos y de todas. Rechazar el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II, es nuestra obligación cristiana.
Como si la Carta a los Obispos estuviera dirigida a extra-terrestres que desconocen la historia de errores y horrores de la Iglesia, ésta empieza repitiendo la arrogante auto-proclama de la Iglesia Católica como una institución "experta en humanidad".¿ Cómo puede ser "experta en humanidad" una institución que después de casi dos mil años de existencia, publica un documento que revela que sus dirigentes todavía no logran entender las aspiraciones y necesidades de ese cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres ? ¿ Cómo puede declararse "experta en humanidad" una institución que comete la barbaridad de argumentar que las mujeres tienen una inclinación natural a respetar "lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad" ?
Traducido: Las mujeres no se inclinan por lo abstracto, es decir, por las ideas, la filosofía, la teología, etc. Como dice Rosahilda Cornejo, para Ratzinger, las mujeres "no pueden ni deben intentar trascender el plano existencial concreto de la cocina".
Las falacias del Cardenal
La Carta a los Obispos recurre a lo que en lógica se conoce como la falacia de "la vaguedad insidiosa", para evitar señalar explícitamente el verdadero objeto de su crítica que es el movimiento feminista mundial. El Vaticano hace uso de esta falacia porque sabe que es imposible negar, en pleno siglo XXI, la legitimidad, la esencia democrática y la justeza del feminismo.Así, Ratzinger opta por utilizar un lenguaje oscuro e impreciso para declarar que "la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer".
La carta identifica dos corrientes de pensamiento o "tendencias". La primera, "subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder".La segunda, continúa diciendo la carta, "emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria".
El enfoque de género, dice el Vaticano en un espectacular non-sequitur, ha "inspirado...ideologías que promueven... el cuestionamiento de la familia... [y] la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa".Un non-sequitur es una falacia que consiste en hacer inferencias que no se derivan lógicamente de los antecedentes enunciados por el autor para construir sus conclusiones. Non-sequitur significa, literalmente, "no sigue", "no se conecta". Veamos: ¿ Cuál es la conexión entre el enfoque de género, que analiza críticamente la organización patriarcal de la sociedad para promover la articulación de relaciones no sexistas entre hombres y mujeres, y la homosexualidad o el debilitamiento de la familia ? Ninguna. El argumento de Ratzinger es una falacia.
No discutamos hoy la prejuiciada visión de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad, porque este tema merece su propio espacio. Regresemos a los planteamientos centrales de la Carta a los Obispos: el feminismo es condenable porque promueve la búsqueda del poder por parte de la mujer y, además, porque el enfoque de género que utiliza este movimiento corrompe el ordenamiento "natural" de la sociedad.Los sin sentidos del Cardenal
Efectivamente, el movimiento feminista ha luchado por lograr una mejor distribución del poder entre los hombres y las mujeres dentro del Estado, dentro de la sociedad, dentro de los partidos, dentro de la familia, en los procesos de formulación de políticas públicas y hasta dentro de las iglesias. La crítica del Vaticano resulta sorprendente porque la lucha por la distribución justa del poder es la dinámica esencial de la democracia. Debemos recordar, sin embargo, que la democracia es una idea y una práctica ajena a la vivencia de los que operan dentro de las estructuras verticalistas y autoritarias del Vaticano.También es cierto que el feminismo ha luchado por lograr eso que la carta de la Iglesia deplora cuando critica los esfuerzos de la mujer por "liberarse de sus condicionamientos biológicos". Ratzinger parece olvidar que la humanidad entera ha luchado por liberarse de lo que él llama "condicionamientos biológicos", desde que empezamos a desarrollar los medios para hacerlo. La historia de la humanidad ha sido precisamente eso: un constante esfuerzo por superar los instintos e imponer la fuerza de la razón sobre nuestros impulsos primarios. Este esfuerzo, especuló el mismo Freud, contribuyó a la inhibición del incesto. Por este mismo esfuerzo, la ley del más fuerte llegó a ser sustituida por el principio de la justicia y por la institucionalización de los derechos.
La Carta a los Obispos, además, encierra una contradicción colosal. El Vaticano argumenta que las leyes biológicas, creadas por el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II determinan lo que el hombre y la mujer son y pueden ser. Preguntémonos entonces: Si la naturaleza y el rol social de la mujer están determinados por Dios y sus leyes biológicas, ¿ porqué entonces se toma la molestia el Vaticano de escribir un documento para condenar los intentos de las mujeres para escapar de esas leyes y de la voluntad de un Dios omnipotente ? Muy poca fe muestran en el Dios al que rezan, o en la biología que estudian, quiénes se ven obligados a argumentar a favor de lo que ellos mismos consideran como un mandato divino y un ordenamiento natural.El Dios Varón
Las enormes debilidades y contradicciones de la Carta a los Obispos no reducen el impacto potencial puede tener este documento en los obispos que hoy se oponen a la liberación de la mujer y a la democratización de las relaciones de género. Peor aún, esta carta puede terminar reforzando la idea central de la que depende el poder ideológico anti-feminista de la Iglesia Católica: la idea del Dios Varón que, de acuerdo a la carta de Ratzinger, se encarnó en un hombre, Jesús, por razones "importantes y relevantes".La defensa del Dios Varón es el motivo central de la Carta a los Obispos. Este documento condena el enfoque de género porque de acuerdo a la Iglesia, su orientación teórica, sus premisas y sus argumentos, "considerarían sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina". Dios, de acuerdo a la Iglesia, prefirió encarnarse como hombre. Después de todo, decía Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, la mujer es una "cosa imperfecta y ocasional". Y agregaba: "la mujer se halla naturalmente sometida al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento de la razón".
En la antojadiza antropología bíblica del Cardenal Ratzinger, la condición de subordinación en la que ha vivido la mujer a través de la historia cristiana, se presenta como el resultado de una decisión divina: un castigo del Dios Varón contra la mujer por su participación en el "pecado original". En otras palabras, Adán y Eva pecan, pero Dios castiga con especial saña a Eva por razones que, según la embrollada lógica de Ratzinger, debemos también de considerar como "importantes" y "relevantes". Dice la Carta a los Obispos: "En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16).Mil ochocientos años atrás, Tertuliano de Cartago utilizaba la misma interpretación bíblica de Ratzinger y su jefe Juan Pablo II: "Cada mujer debiera estar caminando como Eva, acongojada y arrepentida, de manera que por cada vestimenta de penitencia, ella pueda expiar más completamente lo que ella obtuvo de Eva, el estigma, quiero decir, del primer pecado, y aborrecimiento, atado a ella como la causa de la perdición humana. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido y él te dominará".
Pero no nos preocupemos, nos dice Ratzinger, Dios a través de Iglesia Católica ha decidido levantar el castigo a la mujer. Todo lo que ella tiene que hacer para hacer sonreír a Dios es seguir el ejemplo de la Virgen María y "sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera".Una santa anti-feminista
La Carta a los Obispos forma parte de la más reciente ofensiva lanzada por el Vaticano contra las mujeres. Hace pocos meses, la Iglesia las invitó a imitar el ejemplo de su nueva santa: la italiana Gianna Beretta Molla, una pediatra, esposa y madre de tres niños y niñas que murió en 1962 a la edad de 39 años, como consecuencia del parto en el que dio a luz a su cuarto hija. Beretta Molla, canonizada en Mayo del corriente año, es la santa número 482 en el catálogo de santos y santas creado por Juan Pablo II en su enloquecida carrera para resacralizar el planeta. Vale la pena repetirlo: este Papa ha canonizado más santos y santas que todos los santos y las santas canonizadas por la Iglesia en los quinientos años previos a su elección.De acuerdo a los datos biográficos publicados por el Vaticano, los médicos que atendían a Beretta Molla le advirtieron en el segundo mes de su embarazo, que su vida corría peligro por un tumor intrauterino y le recomendaron abortar. Ella decidió seguir con el embarazo y murió.
La decisión de Gianna Beretta Molla ha sido interpretada por la Iglesia, como "la consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del Plan de Dios". En el acto de canonización de la Santa, el Papa señaló que Beretta Molla ofrecía un ejemplo del amor conyugal "que responde al llamado de Dios".El mensaje del Vaticano no puede ser más claro: La mujer debe subordinar su vida al cumplimiento de su función reproductiva. Entre un feto de dos meses y la vida de Gianna Beretta Molla, de 39 años de edad, esposa y madre de tres criaturas, la Iglesia Católica se inclina por el feto.
Por la transformación de la idea de DiosLa Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo y la posición del Vaticano con relación a la función reproductiva de la mujer, forman parte de la falsificación de la palabra de Jesús perpetuada por la Iglesia Católica a través de los siglos e intensificada durante el papado de Juan Pablo II. La Iglesia ha condenado a la mujer a parir sin límites y sin condiciones. No importa su edad. No importa la causa de su embarazo. No importa si se trata de Rosa, la niña nicaragüense violada y embarazada en Costa Rica hace ya un año.
Al mismo tiempo, la Iglesia ha perpetuado la imagen de la mujer como el símbolo de las debilidades de la carne. Virgen es la María, esposa del carpintero, para exorcizar la sexualidad humana.El hombre, por su parte, representa la fuerza del espíritu que, elevándose sobre la "natural" tendencia al pecado de la mujer, logra convertirse en el representante de Dios en la tierra. Sólo un hombre puede ser Papa o sacerdote. Sólo un Ratzinger sabe lo que quieren y necesitan las mujeres. Dios es Varón. Putas y pecadoras son, o se inclinan naturalmente a ser, las magdalenas.
El Dios Varón, dice María López Vigil, "fue funcional al rey absoluto y al hacendado colonial, y lo sigue siendo al general de ejércitos, al gobernante autoritario, al caudillo del partido, al papa infalible y al sacerdote y al pastor controlador de conciencias". La transformación de la idea del Dios Varón es la responsabilidad de todos y de todas. Rechazar el Dios de Ratzinger y de Juan Pablo II, es nuestra obligación cristiana.
La identidad puede matar. Amartya Sen
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Pandora
En su autobiografía de 1940, The big sea, el escritor afroamericano Langston Hughes describe la euforia que se apoderó de él cuando partió de Nueva York hacia África. Arrojó sus libros estadounidenses al mar: "Fue como deshacerme del peso de un millón de ladrillos". Iba camino de su "África, ¡patria de los negros!". Pronto experimentaría "lo real, ser tocado y visto, no tan sólo leído en un libro". El sentido de identidad puede ser fuente no sólo de orgullo y alegría, sino también de fuerza y confianza. No es sorprendente que la idea de identidad reciba una admiración tan amplia y generalizada, desde la afirmación popular de amar al prójimo hasta las grandes teorías del capital social y la autodefinición comunitaria.
Y, sin embargo, la identidad también puede matar, y matar desenfrenadamente. Un sentido de pertenencia fuerte -y excluyente- a un grupo puede, en muchos casos, conllevar una percepción de distancia y de divergencia respecto de otros grupos. La solidaridad interna de un grupo puede contribuir a alimentar la discordia entre grupos. Es posible que de modo inesperado nos notifiquen que no somos sólo ruandeses, sino específicamente hutus ("odiamos a los tutsis"), o que no somos meramente yugoslavos, sino que en realidad somos serbios ("los musulmanes no nos agradan en absoluto"). De mis recuerdos de la niñez sobre las reyertas entre hindúes y musulmanes en la década de 1940, relacionadas con la política de partición del país, viene a mi memoria la velocidad con que los tolerantes seres humanos de enero, rápidamente se transformaron en los implacables hindúes y los crueles musulmanes de julio. Cientos de miles de personas perecieron en manos de individuos que, encabezados por los comandantes de la masacre, mataron a otros en nombre de su "propio pueblo". La violencia se fomenta mediante la imposición de identidades singulares y beligerantes en gente crédula, embanderada detrás de eximios artífices del terror.
El sentido de identidad puede contribuir en gran medida a la firmeza y la calidez de nuestras relaciones con otros, como los vecinos, los miembros de la misma comunidad, los conciudadanos o los creyentes de una misma religión. El hecho de concentrarnos en identidades particulares puede enriquecer nuestros lazos y llevarnos a hacer muchas cosas por los demás; asimismo, puede ayudarnos a ir más allá de nuestras egocéntricas vidas. La reciente bibliografía sobre el "capital social", explorada en profundidad por Robert Putnam y otros, ha expresado en forma suficientemente clara cómo el hecho de identificarse con los demás en la misma comunidad social puede hacer que la vida de todos sea mucho mejor dentro de esa comunidad; por tanto, el sentido de pertenencia a una comunidad es considerado un recurso, como el capital. Ese concepto es importante, aunque debe complementarse con un mayor reconocimiento de que el sentido de identidad puede excluir, de modo inflexible, a mucha gente mientras abraza cálidamente a otra. La comunidad bien integrada en la que los residentes hacen instintivamente cosas maravillosas por los demás con prontitud y solidaridad, puede ser la misma comunidad en la que se arrojan ladrillos a las ventanas de los inmigrantes que llegan al lugar. La desgracia de la exclusión puede ir de la mano del don de la inclusión.
El cultivo de la violencia
El cultivo de la violencia asociada con los conflictos de identidad parece repetirse en todo el mundo cada vez con mayor persistencia. Si bien es posible que el equilibro de poder en Ruanda y en el Congo haya cambiado, ambos grupos continúan teniéndose en la mira. La organización de una identidad islámica sudanesa agresiva, junto con la explotación de las divisiones raciales, ha conducido a la violación y a la matanza de las víctimas subyugadas en el sur de ese territorio, atrozmente militarizado. Israel y Palestina continúan experimentando la furia de identidades dicotomizadas prestas a infligir penas abominables a la otra parte. Al-Qaeda depende en gran medida del cultivo y la explotación de una identidad islámica militante opuesta específicamente a los occidentales.
Y continúan llegando informes de Abu Ghraib y de otros lugares en los que se describe que algunos soldados estadounidenses y británicos, que fueron enviados a luchar por la causa de la libertad y la democracia, recurren a lo que se denomina el "ablandamiento" de los prisioneros por medios totalmente inhumanos. El poder irrestricto sobre las vidas de combatientes enemigos sospechosos o de supuestos delincuentes bifurca nítidamente a los prisioneros y a los guardianes a lo largo de una inflexible línea de identidades disgregadoras ("son una raza distinta de la nuestra"). Parecería excluir, con frecuencia, toda consideración de otras características menos polémicas de los individuos del otro bando, entre ellas, que todos pertenecen a la raza humana.
Si el pensamiento identitario puede ser sujeto de tan brutal manipulación, ¿dónde es posible hallar el remedio? No es posible suprimir o sofocar la invocación de la identidad en general. En primer lugar, la identidad puede ser tanto una fuente de riqueza y de calidez como de violencia y de terror, y tendría poco sentido tratar la identidad genéricamente como un mal. En cambio, debemos basarnos en la idea de que la fuerza de una identidad belicosa puede ser desafiada por el poder de identidades que compiten entre sí. Desde luego, éstas pueden incluir los atributos comunes de nuestra naturaleza humana, aunque también muchas otras identidades que todos tenemos de modo simultáneo. Ello conduce a otras formas de clasificar a las personas, que pueden restringir la explotación de un uso específicamente agresivo de una categorización particular.
Hutu, ruandés y africano
Un trabajador hutu de Kigali puede ser presionado para considerarse sólo hutu y para matar tutsis; no obstante, no sólo es hutu, sino que también es ciudadano de Kigali, ruandés, africano, trabajador y ser humano. Junto con el reconocimiento de la pluralidad de nuestras identidades y sus diversas implicaciones, existe una necesidad críticamente importante de ver el papel de la elección al determinar la importancia de identidades particulares que son ineludiblemente diversas.
Ello podría ser claro, pero resulta importante señalar que esta ilusión tiene el respaldo bien intencionado, aunque algo calamitoso, de los profesionales de una variedad de escuelas respetadas -de hecho, muy respetadas- del pensamiento intelectual.
Hay, entre otros, comunitaristas que consideran que la identidad de la comunidad es incomparable y esencial en una forma predeterminada, como por naturaleza, y que no hay necesidad de que la voluntad humana participe (sería suficiente con el "reconocimiento", si queremos emplear un concepto muy aceptado), y también hay teóricos culturales que clasifican a la gente en pequeños casilleros de civilizaciones dispares.
En nuestras vidas normales, nos consideramos miembros de una variedad de grupos; pertenecemos a todos ellos. La ciudadanía, la residencia, el origen geográfico, el género, la clase, la política, la profesión, el empleo, los hábitos alimentarios, los intereses deportivos, el gusto musical, los compromisos sociales, entre otros aspectos de una persona, la hacen miembro de una variedad de grupos. Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece en forma simultánea, le confiere una identidad particular. Ninguna de ellas puede ser considerada la única identidad o categoría de pertenencia de la persona.
Muchos pensadores comunitaristas tienden a afirmar que una identidad comunitaria dominante es sólo una cuestión de autorrealización y no de elección. No obstante, resulta difícil creer que una persona, en realidad no tiene opción para decidir qué importancia relativa puede asignarles a los diversos grupos a los que pertenece, y que debe "descubrir" sus identidades, como si se tratara de un fenómeno puramente natural (como determinar si es de día o de noche). Todos estamos siempre haciendo elecciones, aunque sea de modo implícito, acerca de las prioridades que debemos asignarles a nuestras diferentes filiaciones y asociaciones. La libertad para determinar nuestras lealtades y prioridades entre los diferentes grupos a los que pertenecemos es peculiarmente importante, y tenemos razones para reconocerla, valorarla y defenderla.
La existencia de la elección no indica, desde luego, que no haya restricciones que la coaccionen. De hecho, las elecciones siempre se hacen dentro de los límites de lo que se considera posible. En el caso de las identidades, las posibilidades dependerán de las circunstancias y las características individuales que determinen las alternativas que tenemos. No obstante, ello no constituye un hecho notable, ya que simplemente es la manera en que se hace toda elección en cualquier ámbito. En realidad, nada puede ser más elemental y universal que el hecho de que las elecciones de todo tipo que se hacen en cualquier ámbito siempre tienen lugar dentro de límites particulares.
Sin embargo, incluso cuando tenemos en claro cómo queremos vernos, es posible que aún nos resulte difícil persuadir a los demás de que nos vean de esa manera. Una persona no blanca en la Suráfrica dominada por el apartheid no podría insistir en que la trataran como a un ser humano, independientemente de sus características raciales. Por lo general, se la hubiera ubicado en la categoría que el Estado y los miembros dominantes de la sociedad le tenían reservada. Nuestra libertad para afirmar nuestras identidades personales a veces puede ser muy limitada a los ojos de los demás, sin importar cómo nos vemos a nosotros mismos.
En realidad, es probable que a veces ni siquiera seamos completamente conscientes de cómo nos identifican los demás, que pueden vernos de un modo que difiere de nuestra autoper-cepción. Hay una interesante lección en una antigua historia italiana -de la década de 1920, cuando el apoyo a la política fascista se expandía con rapidez por toda Italia- sobre un reclutador político del Partido Fascista que intentaba convencer a un campesino socialista de que se uniera a aquel partido. "¿Cómo puedo unirme a su partido?", dijo el potencial recluta. "Mi padre era socialista. Mi abuelo era socialista. En realidad, no puedo unirme al Partido Fascista". "¿Qué clase de argumento es ése?", dijo el reclutador fascista con razón. "¿Qué hubiera hecho -le preguntó al campesino socialista- si su padre hubiese sido asesino y su abuelo también hubiese sido asesino? ¿Qué hubiera hecho en ese caso?". "Ah, entonces -dijo el potencial recluta-, entonces, por supuesto, me hubiera unido al Partido Fascista".
Amartya Sen. Nacido en Shantiniketan, India, en 1993, es Nobel de Economía (1998) por su trabajo en el campo de la matemática económica. Profesor en Harvard, mantiene que "un Gobierno debe ser juzgado en función de las capacidades de sus ciudadanos, y no de los índices de ingreso o del PBI".
Y, sin embargo, la identidad también puede matar, y matar desenfrenadamente. Un sentido de pertenencia fuerte -y excluyente- a un grupo puede, en muchos casos, conllevar una percepción de distancia y de divergencia respecto de otros grupos. La solidaridad interna de un grupo puede contribuir a alimentar la discordia entre grupos. Es posible que de modo inesperado nos notifiquen que no somos sólo ruandeses, sino específicamente hutus ("odiamos a los tutsis"), o que no somos meramente yugoslavos, sino que en realidad somos serbios ("los musulmanes no nos agradan en absoluto"). De mis recuerdos de la niñez sobre las reyertas entre hindúes y musulmanes en la década de 1940, relacionadas con la política de partición del país, viene a mi memoria la velocidad con que los tolerantes seres humanos de enero, rápidamente se transformaron en los implacables hindúes y los crueles musulmanes de julio. Cientos de miles de personas perecieron en manos de individuos que, encabezados por los comandantes de la masacre, mataron a otros en nombre de su "propio pueblo". La violencia se fomenta mediante la imposición de identidades singulares y beligerantes en gente crédula, embanderada detrás de eximios artífices del terror.
El sentido de identidad puede contribuir en gran medida a la firmeza y la calidez de nuestras relaciones con otros, como los vecinos, los miembros de la misma comunidad, los conciudadanos o los creyentes de una misma religión. El hecho de concentrarnos en identidades particulares puede enriquecer nuestros lazos y llevarnos a hacer muchas cosas por los demás; asimismo, puede ayudarnos a ir más allá de nuestras egocéntricas vidas. La reciente bibliografía sobre el "capital social", explorada en profundidad por Robert Putnam y otros, ha expresado en forma suficientemente clara cómo el hecho de identificarse con los demás en la misma comunidad social puede hacer que la vida de todos sea mucho mejor dentro de esa comunidad; por tanto, el sentido de pertenencia a una comunidad es considerado un recurso, como el capital. Ese concepto es importante, aunque debe complementarse con un mayor reconocimiento de que el sentido de identidad puede excluir, de modo inflexible, a mucha gente mientras abraza cálidamente a otra. La comunidad bien integrada en la que los residentes hacen instintivamente cosas maravillosas por los demás con prontitud y solidaridad, puede ser la misma comunidad en la que se arrojan ladrillos a las ventanas de los inmigrantes que llegan al lugar. La desgracia de la exclusión puede ir de la mano del don de la inclusión.
El cultivo de la violencia
El cultivo de la violencia asociada con los conflictos de identidad parece repetirse en todo el mundo cada vez con mayor persistencia. Si bien es posible que el equilibro de poder en Ruanda y en el Congo haya cambiado, ambos grupos continúan teniéndose en la mira. La organización de una identidad islámica sudanesa agresiva, junto con la explotación de las divisiones raciales, ha conducido a la violación y a la matanza de las víctimas subyugadas en el sur de ese territorio, atrozmente militarizado. Israel y Palestina continúan experimentando la furia de identidades dicotomizadas prestas a infligir penas abominables a la otra parte. Al-Qaeda depende en gran medida del cultivo y la explotación de una identidad islámica militante opuesta específicamente a los occidentales.
Y continúan llegando informes de Abu Ghraib y de otros lugares en los que se describe que algunos soldados estadounidenses y británicos, que fueron enviados a luchar por la causa de la libertad y la democracia, recurren a lo que se denomina el "ablandamiento" de los prisioneros por medios totalmente inhumanos. El poder irrestricto sobre las vidas de combatientes enemigos sospechosos o de supuestos delincuentes bifurca nítidamente a los prisioneros y a los guardianes a lo largo de una inflexible línea de identidades disgregadoras ("son una raza distinta de la nuestra"). Parecería excluir, con frecuencia, toda consideración de otras características menos polémicas de los individuos del otro bando, entre ellas, que todos pertenecen a la raza humana.
Si el pensamiento identitario puede ser sujeto de tan brutal manipulación, ¿dónde es posible hallar el remedio? No es posible suprimir o sofocar la invocación de la identidad en general. En primer lugar, la identidad puede ser tanto una fuente de riqueza y de calidez como de violencia y de terror, y tendría poco sentido tratar la identidad genéricamente como un mal. En cambio, debemos basarnos en la idea de que la fuerza de una identidad belicosa puede ser desafiada por el poder de identidades que compiten entre sí. Desde luego, éstas pueden incluir los atributos comunes de nuestra naturaleza humana, aunque también muchas otras identidades que todos tenemos de modo simultáneo. Ello conduce a otras formas de clasificar a las personas, que pueden restringir la explotación de un uso específicamente agresivo de una categorización particular.
Hutu, ruandés y africano
Un trabajador hutu de Kigali puede ser presionado para considerarse sólo hutu y para matar tutsis; no obstante, no sólo es hutu, sino que también es ciudadano de Kigali, ruandés, africano, trabajador y ser humano. Junto con el reconocimiento de la pluralidad de nuestras identidades y sus diversas implicaciones, existe una necesidad críticamente importante de ver el papel de la elección al determinar la importancia de identidades particulares que son ineludiblemente diversas.
Ello podría ser claro, pero resulta importante señalar que esta ilusión tiene el respaldo bien intencionado, aunque algo calamitoso, de los profesionales de una variedad de escuelas respetadas -de hecho, muy respetadas- del pensamiento intelectual.
Hay, entre otros, comunitaristas que consideran que la identidad de la comunidad es incomparable y esencial en una forma predeterminada, como por naturaleza, y que no hay necesidad de que la voluntad humana participe (sería suficiente con el "reconocimiento", si queremos emplear un concepto muy aceptado), y también hay teóricos culturales que clasifican a la gente en pequeños casilleros de civilizaciones dispares.
En nuestras vidas normales, nos consideramos miembros de una variedad de grupos; pertenecemos a todos ellos. La ciudadanía, la residencia, el origen geográfico, el género, la clase, la política, la profesión, el empleo, los hábitos alimentarios, los intereses deportivos, el gusto musical, los compromisos sociales, entre otros aspectos de una persona, la hacen miembro de una variedad de grupos. Cada una de estas colectividades, a las que esta persona pertenece en forma simultánea, le confiere una identidad particular. Ninguna de ellas puede ser considerada la única identidad o categoría de pertenencia de la persona.
Muchos pensadores comunitaristas tienden a afirmar que una identidad comunitaria dominante es sólo una cuestión de autorrealización y no de elección. No obstante, resulta difícil creer que una persona, en realidad no tiene opción para decidir qué importancia relativa puede asignarles a los diversos grupos a los que pertenece, y que debe "descubrir" sus identidades, como si se tratara de un fenómeno puramente natural (como determinar si es de día o de noche). Todos estamos siempre haciendo elecciones, aunque sea de modo implícito, acerca de las prioridades que debemos asignarles a nuestras diferentes filiaciones y asociaciones. La libertad para determinar nuestras lealtades y prioridades entre los diferentes grupos a los que pertenecemos es peculiarmente importante, y tenemos razones para reconocerla, valorarla y defenderla.
La existencia de la elección no indica, desde luego, que no haya restricciones que la coaccionen. De hecho, las elecciones siempre se hacen dentro de los límites de lo que se considera posible. En el caso de las identidades, las posibilidades dependerán de las circunstancias y las características individuales que determinen las alternativas que tenemos. No obstante, ello no constituye un hecho notable, ya que simplemente es la manera en que se hace toda elección en cualquier ámbito. En realidad, nada puede ser más elemental y universal que el hecho de que las elecciones de todo tipo que se hacen en cualquier ámbito siempre tienen lugar dentro de límites particulares.
Sin embargo, incluso cuando tenemos en claro cómo queremos vernos, es posible que aún nos resulte difícil persuadir a los demás de que nos vean de esa manera. Una persona no blanca en la Suráfrica dominada por el apartheid no podría insistir en que la trataran como a un ser humano, independientemente de sus características raciales. Por lo general, se la hubiera ubicado en la categoría que el Estado y los miembros dominantes de la sociedad le tenían reservada. Nuestra libertad para afirmar nuestras identidades personales a veces puede ser muy limitada a los ojos de los demás, sin importar cómo nos vemos a nosotros mismos.
En realidad, es probable que a veces ni siquiera seamos completamente conscientes de cómo nos identifican los demás, que pueden vernos de un modo que difiere de nuestra autoper-cepción. Hay una interesante lección en una antigua historia italiana -de la década de 1920, cuando el apoyo a la política fascista se expandía con rapidez por toda Italia- sobre un reclutador político del Partido Fascista que intentaba convencer a un campesino socialista de que se uniera a aquel partido. "¿Cómo puedo unirme a su partido?", dijo el potencial recluta. "Mi padre era socialista. Mi abuelo era socialista. En realidad, no puedo unirme al Partido Fascista". "¿Qué clase de argumento es ése?", dijo el reclutador fascista con razón. "¿Qué hubiera hecho -le preguntó al campesino socialista- si su padre hubiese sido asesino y su abuelo también hubiese sido asesino? ¿Qué hubiera hecho en ese caso?". "Ah, entonces -dijo el potencial recluta-, entonces, por supuesto, me hubiera unido al Partido Fascista".
Amartya Sen. Nacido en Shantiniketan, India, en 1993, es Nobel de Economía (1998) por su trabajo en el campo de la matemática económica. Profesor en Harvard, mantiene que "un Gobierno debe ser juzgado en función de las capacidades de sus ciudadanos, y no de los índices de ingreso o del PBI".
La marca - Manuel Vicent
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Pandora
Antes de que el niño llegue al uso de razón, su cerebro ya ha sido inoculado con todos los elementos fundamentales de los que no podrá desprenderse a lo largo de la vida. La papilla de cereales irá acompañada con canciones de cuna, que hablarán de ángeles, nubes blancas y dulces sueños, con palabras pronunciadas en una lengua que ya será para siempre indeleble. Éste es el primer ingrediente de la magdalena de Proust. De las cuatro esquinas de la cama los ángeles saltarán directamente al fondo del subconsciente de la criatura y enseguida llegará también la figura del demonio junto con el miedo a la oscuridad. El complejo de Edipo o de Electra comenzará a desarrollarse cuando un desconocido la tome en brazos y le pregunte a quién quiere más, a papá o a mamá, exigiéndole una respuesta súbita. El árbol de la ciencia del bien y del mal a cuya sombra germinará la inteligencia, está lejos todavía. Durante los primeros siete años, el cerebro del niño se halla a merced de todas las sensaciones y con ellas la magdalena de Proust irá tomando condimento, volumen y perfume. Las lecciones del catecismo, las caricias maternales, el pan de la alacena, las primeras advertencias del padre, el fuego del infierno, el aprender a atarse los zapatos, el volteo de campanas, la historia sagrada, los primeros juegos, los símbolos de la patria, las banderas, el equipo de fútbol, los himnos, los cuadernos, el primer castigo, el álbum de cromos, los escudos, el primer premio, el amor de los hermanos, las primeras lágrimas, la tarta de chocolate de cumpleaños y envuelto en papel de regalo, Dios propiamente dicho formando el sabor de la magdalena de Proust, que un día lejano ascenderá a la superficie mojada con camomila. La Iglesia considera que este territorio le pertenece por derecho divino, no está dispuesta a negociarlo con nadie y lo defiende a cara de perro contra el Estado. Aparte del negocio de la enseñanza, la Iglesia sabe muy bien que cualquier sensación irracional que se acuñe en la virginidad de la conciencia se convertirá en una marca imborrable. Cuando la inteligencia ocupe el córtex del cerebro y el individuo trate de desmontar todas las piezas que constituyen su espíritu, le será imposible separar la razón y la creencia, la educación y la memoria. A la Iglesia le importa muy poco lo que aquel niño haga a lo largo de la vida, porque está segura de que en una tarde de melancolía le emergerá Dios dentro de una magdalena y al final, aunque solo sea como cadáver, espera que vuelva al templo.
Los extraterrestres ya no nos quieren - PABLO FRANCESCUTTI
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Pandora
Se convirtieron en el tema estrella de debate entre políticos, militares y científicos durante la guerra fría y deslumbraron a los habitantes de nuestro planeta. Los ovnis vivieron una época de esplendor a mediados del siglo pasado. ¿Por qué parecen haberse apagado los misterios y destellos de sus naves seis décadas más tarde?
Sesenta años atrás, en el verano de 1947, el piloto aficionado Kenneth Arnold sobrevolaba con su avioneta el monte Ramier (noroeste de EE UU) cuando se topó con siete extraños objetos que se desplazaban por el cielo a velocidad supersónica, "como platos rebotando sobre el agua", según comunicó a la prensa. El reportero de Associated Press informó que había visto "platillos voladores", pese a que Arnold dijo que los bólidos parecían más bien triangulares. No importaba: a los medios de comunicación les gustó esa descripción y la pusieron en circulación. La repercusión fue inmensa: en los meses siguientes se comunicaron avistamientos similares en todo el país y se habló de un platillo estrellado en Rosswell (Nuevo México), cerca de la base de los bombarderos con armamento atómico. Había nacido el fenómeno de los objetos voladores no identificados (más conocido por las siglas OVNI).
El firmamento se colmó de platillos. Hubo oleadas memorables, como la que en 1952 conmocionó la ciudad de Washington. Medio mundo había visto un ovni o conocía a alguien que lo había avistado. Nadie podía ignorarlos: políticos, militares y científicos se veían obligados a discutir sobre su presunto origen alienígena. En aquellos años, negar la posibilidad de vida inteligente en otros astros era el súmmum de lo políticamente incorrecto.
Seis décadas más tarde, los avistamientos de platillos se han vuelto esporádicos, y la prensa seria apenas les presta atención. Los apocalípticos mensajes de sus presuntos tripulantes han caído en el olvido; y las lucubraciones sobre la existencia de inteligencias extraterrestres han perdido mucho de su atractivo. Quienes salen a observar el cielo nocturno no van con la ilusión de divisar ovnis, sino, a lo sumo, una lluvia de estrellas. ¿Cómo se desinfló tan drásticamente el fenómeno quizá más enigmático del siglo XX?
Para responder convendría recordar que al principio nadie los relacionó con seres del espacio. La guerra fría arreciaba y las sospechas cayeron en los soviéticos y las Fuerzas Armadas estadounidenses. El hermetismo que rodeó la creación de la bomba atómica fijó la idea de que los militares ocultaban más de lo que decían. Parecía lógico que Arnold hubiera presenciado ensayos ocultos con misiles, explosivos y aviones espía. Así lo refleja la película The Flying Saucer (EE UU, 1950), en la que un sabio ruso inventa un platillo para vendérselo a unos estadounidenses convencidos de que "parece diseñado con un único fin: transportar una bomba atómica".
Esa asociación con armas nucleares no se entiende sin la psicosis atómica de la época. La bomba A, se decía, había abierto un estadio superior: la era nuclear. La revista Life calificó la fisión del átomo como "el mayor acontecimiento desde el nacimiento de Cristo". Pero no todos compartían ese entusiasmo. "¡Hemos creado un monstruo!", exclamó un locutor de la cadena NBC al oír de la destrucción de Hiroshima. La volatilización de las ciudades japonesas generó el temor a sufrir una tragedia similar. El sentimiento de inseguridad afectó a Superman, el icono de la autoestima nacional. El Hombre de Acero dejó de ser invulnerable. La culpa la tenía la kryptonita, una sustancia radiactiva. No se podía simbolizar mejor la angustia estadounidense de que el poder nuclear se transformase en su talón de Aquiles.
La inquietud creada por los ovnis dio lugar a pesquisas oficiales. Los expertos de la Fuerza Aérea estadounidense los desvincularon de la URSS y los imputaron a fenómenos atmosféricos y percepciones erróneas. Daba igual: ni los avistamientos ni el interés de la prensa y el público por el tema decayeron. En 1950, una encuesta Gallup indicó que todavía el 92% de los entrevistados creía que se trataba de un secreto militar estadounidense.
Ese año, Donald Keyhoe, ex oficial de marines y autor de cuentos fantásticos, proclamó que los ovnis eran naves venidas del espacio a vigilar los avances atómicos. Los militares lo sabían, pero lo ocultaban, acusó. No les tocaba a los testigos probar la veracidad de sus palabras, sino al poder demostrar que no escondía datos. Su declaración cayó en un terreno abonado por el pánico. El presidente Harry Truman, al saber de la existencia de la bomba A soviética, había ordenado fabricar un artefacto ultradestructivo, la bomba H, e instado a la población a prepararse para un conflicto nuclear.
En 1952, otro escritor de ciencia-ficción, George Adamski, anunció su encuentro con un venusino, quien le advirtió telepáticamente de los riesgos de la carrera nuclear. Se convirtió en el primer contactado de una larga lista.
Pocos repararon entonces en el parecido de las declaraciones de Adamski con la película de Robert Wise estrenada el año anterior, Ultimátum a la Tierra, donde el emisario de la confederación galáctica baja con su platillo en Washington con un aviso para los terrícolas: o terminan sus guerras o ellos impondrán la paz por la fuerza. No menos sorprendentes eran las coincidencias entre los relatos de los contactados y los cuentos sobre alienígenas de revistas como Amazing Stories, cuyas portadas ilustradas con platos voladores aparecieron mucho antes del episodio de Arnold. ¡El repertorio de la ciencia-ficción estaba siendo saqueado por los portavoces de los ovnis!
No importaba; la hipótesis extraterrestre resultó irresistible. A fin de cuentas, la creencia en otros mundos habitados tenía una acreditada solera; surgida en la antigüedad, cobró fuerza con el avance astronómico de los siglos XVII y XIX. La Luna fue el primer astro al que se asignaron habitantes; le siguió Marte con el espejismo de los canales, y luego, Venus. Los comienzos de la exploración espacial contribuyeron a ponerla de actualidad.
La bola de nieve siguió creciendo, imparable. En 1954, una ola de avistamientos extendió a Europa lo que parecía una rareza de Estados Unidos. Curiosamente, a medida que se difundía la creencia en su naturaleza alienígena, las descripciones de los ovnis se modificaron: en vez de discos chatos, ahora se avistaban platillos con una cúpula luminosa: la cabina de sus tripulantes. Un dato revelador de lo influenciables que eran las percepciones.
En lo sucesivo se verían platillos en distintas partes del mundo, si bien su epicentro se mantuvo en Estados Unidos. Las apariciones saltaron allí de las 46 mensuales registradas en 1955 a las 600 del último trimestre de 1957 (los mismos meses del revuelo causado por el Sputnik I), según el cómputo de Edward Condon, director del proyecto OVNI de la Universidad de Colorado.
La sociedad pedía respuestas, los científicos exigían pruebas, y los partidarios de la hipótesis extraterrestre sólo ofrecían testimonios de contactados. Todo se reducía a creer o no a los testigos. Y en Estados Unidos había muchos dispuestos a creer en la llegada de alienígenas. Lo había demostrado Orson Welles en 1938, al asustar a millones de neoyorquinos con un falso avance informativo de radio sobre una invasión marciana en Nueva Jersey.
Los contactados se proclamaron los paladines de un mensaje pacifista que una conjura de científicos, políticos y militares pretendía silenciar. En sus filas no faltaban farsantes y delirantes; pese a ello, sus acusaciones se vieron reforzadas por las evasivas de organismos burocráticos acostumbrados a la opacidad. Sus quejas sobre la hostilidad oficial también tenían una pizca de verdad: a los Gobiernos embarcados en la construcción de arsenales atómicos no les gustaba nada que agitasen sin cesar el espectro del holocausto nuclear.
Las denuncias, amplificadas por la prensa, dieron lugar a sesiones del Congreso de Estados Unidos sobre el asunto en 1966 y 1968, sin que se sacase nada en claro. Entretanto, la expectativa de un contacto inminente con los seres del espacio se intensificó. La NASA incluyó entre sus metas la búsqueda de vida en otros planetas. Recuerda Isaac Asimov que el director Stanley Kubrick contempló asegurar contra tal eventualidad su película 2001, una odisea espacial, pues temía que si se producía antes del estreno, nadie iría a verla. Respetables científicos dieron por segura la existencia de civilizaciones extraterrestres. El astrónomo Francis Drake cifró su número en decenas de miles; el Proyecto SETI comenzó a sondear el espectro cósmico en busca de mensajes radiales de otros mundos, y en 1972, el astrofísico Carl Sagan envió un saludo a los alienígenas a bordo de la sonda Pioneer X.
El contacto no se produjo, pero las acusaciones de encubrimiento continuaron. Su insistencia llevó al candidato a la presidencia Jimmy Carter a prometer desclasificar los archivos públicos sobre ovnis si ganaba. La Cámara de los Lores británica discutió en 1979 una moción para que el Gobierno hiciera públicos sus datos al respecto, que finalmente no prosperó.
En los años siguientes, el fenómeno perdió fuelle. Los datos enviados por las sondas Mariner y Viking desde el planeta rojo derrumbaron las esperanzas de encontrar vida inteligente ?"Marte está muerto", anunció un desilusionado titular de US News and World Report?, al igual que la información obtenida con la exploración de Venus y el sistema solar. Los radiotelescopios no captaron ningún mensaje alienígena; y las expectativas se rebajaron al nivel de encontrar microbios. La hipótesis extraterrestre se debilitó, y los avistamientos se hicieron menos frecuentes y menos espectaculares.
La apertura de los archivos clasificados al acabarse la guerra fría no cambió las cosas. Los contactados se llevaron un chasco. Las autoridades estadounidenses admitieron ocultamientos, pero no de los platillos, sino de vuelos de aviones espías. La Fuerza Aérea confesó que sus investigaciones sobre ovnis buscaban producir "declaraciones públicas falsas y engañosas para acallar el miedo y proteger un proyecto de seguridad nacional altamente sensible". Y los supuestos cadáveres alienígenas ocultados por agentes federales en Rosswell resultaron ser maniquíes empleados en un experimento secreto de aviación. La hipótesis del arma secreta no era tan descabellada.
¿Cómo reaccionaron los contactados a tan demoledoras revelaciones? Unos se replegaron en el misticismo: lo que se planteaba como un problema que requería una respuesta colectiva ?la carrera armamentista? derivó en asunto de salvación individual. Los visitantes, explicaron a sus seguidores, venían para ayudar a los elegidos a acceder a una nueva dimensión.
Otros se obsesionaron con las conspiraciones y abducciones. Los secuestrados acusan a unos seres llamados grises de someterlos a escalofriantes cirugías para quitarles semen u óvulos o injertarles dispositivos de control. ¿Finalidad? Crear la raza que sustituirá al Homo sapiens. Su gran enemigo es la CIA y sus "hombres de negro", agentes dedicados a ocultar evidencias sobre los alienígenas por orden de las grandes potencias, que esconden sus platillos y abducidos a cambio de acceso a su tecnología.
¿Cómo no ver en esos relatos la influencia de viejas películas como El pueblo de los malditos (Reino Unido, 1960), cuyas mujeres, fecundadas de noche por seres de otro mundo, alumbran una raza de niños sobrehumanos? ¿O del argumento de Invasores de Marte (EE UU, 1954), con sus abducidos controlados por implantes en la nuca; y del complot de Quatermass II (Reino Unido, 1955), dirigido a esconder a un peligroso extraterrestre en una base militar?
Otros devotos de los platillos, por último, se abocaron a buscar sus huellas en el pasado y a imputarles desde el bombardeo atómico de Sodoma y Gomorra, convertidas en las Hiroshima y Nagasaki de la antigüedad, hasta la construcción de monumentos ciclópeos (el autor de estas líneas constató en El Cairo la irritación de un guía turístico ante los visitantes que por enésima vez le preguntaban si las pirámides egipcias eran obra de los alienígenas).
Tales especulaciones dieron pie a una sonada broma a costa de los crédulos: los círculos del maíz. Los misteriosos diseños aparecidos en maizales de Inglaterra pasaron durante años por mensajes a los extraterrestres o pistas de aterrizaje de platillos. Finalmente, los ingleses Doug Bower y Dave Chorley confesaron haberlos realizados con sogas y estacas. El juego del escondite de los ovnis comenzaba a ser motivo de guasa.
En España no faltaron los avistamientos de luces extrañas ni los hallazgos de humanoides; pero su principal aportación al fenómeno ovni se produjo en 1966, al diluirse las esperanzas de vida en Marte. En aquel año, los creyentes en los platillos encontraron un recambio en el planeta Ummo. El contactado Fernando Sesma anunció haber recibido mensajes del misterioso astro y aportó fotografías de una nave avistada en el barrio madrileño de San José de Valderas. Las fotos, publicadas por el diario Informaciones el 2 de junio de 1967, resultaron ser un montaje hecho con un plato de plástico colgado de un hilo por José Luis Jordán Peña, según confesó más tarde. "Lo más increíble", declaró, es que "comencé a entrevistar gente que decía haber visto el platillo".
El fiasco hizo surgir una camada de investigadores críticos que buscaron una explicación natural a los avistamientos, sin abandonar la hipótesis extraterrestre. Posteriormente aparecieron periodistas que han hecho de lo misterioso una salida profesional, un periodismo especializado ejercido en revistas y programas televisivos donde los ovnis se codean con el santo sudario o el monstruo del lago Ness. "Ya no se preocupan por aclarar los hechos; sólo buscan la explicación paranormal", observa Luis Alberto Gámez, uno de nuestros mayores expertos en platillos voladores.
Su empeño desmitificador le ha valido disgustos: recientemente, un juez le condenó por tildar de "estafador" al periodista y escritor Juan José Benítez. Gámez no sale de su asombro: "Creía que decir en un documental de televisión que un poder mágico permitió transportar las estatuas de la isla de Pascua, sentar a Jesús en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera y sostener que los astronautas del Apolo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna era tergiversar la historia, mentir e intentar engañar al público. Parece que estaba confundido".
¿Qué ha quedado del fenómeno ovni? La falta de pruebas ha impedido a los científicos dilucidar el enigma, si bien el escepticismo es la postura dominante. Ninguno de los numerosos contactados que afirmaron haber subido a un platillo logró volver con un souvenir, un trozo de metal ultraterreno o un lanzarrayos; en fin, algo que zanjase la controversia de una vez por todas.
En definitivas cuentas, todo lo que resta son unas fotografías más o menos borrosas, unos cuantos libros y una montaña de recortes de diarios y revistas, pues el papel jugado por los medios de comunicación en su difusión ha sido enorme (no parece un detalle secundario el hecho de que los platillos se dieron a conocer en verano, una temporada de sequía informativa).
Para la psicología y la antropología sí existen documentos analizables: las declaraciones de los testigos. Éstas les han permitido clasificar los ovnis dentro de las leyendas urbanas, esas creencias extraordinarias que se transmiten como rumores y se repiten de un país a otro con ligeras modificaciones. De ese modo, los contactados pasaron a engrosar el variopinto colectivo de los que dicen haber visto al autoestopista fantasma, al motorista solidario y al monstruoso Big Foot de los bosques estadounidenses.
El semiólogo Roland Barthes lo tenía claro: los platillos son una fantasía colectiva nacida como reacción a la carrera armamentista; un mito celestial, porque "en el cielo es donde aparece la muerte atómica". En los años cincuenta y sesenta, de arriba podían llover misiles; hoy, del cielo no esperamos nada bueno ni malo. Ante la indiferencia, los ovnis se esfuman como un sueño.
Ahondando esa línea de interpretación, Dominique Caudron, experto francés en ovnis, recuerda que los extraños objetos voladores, lejos de ser privativos de la era nuclear, se remontan a la Francia de finales del siglo XVIII, poco después de los vuelos de Montgolfier. "La psicosis de las aeronaves fantasmas se inició a continuación de las experiencias que introdujeron el aerostato, la primera máquina voladora, en el imaginario de la época", sostiene. Las visiones de globos desconocidos siguieron en el siglo XIX, destacando el avistamiento en Francia de un inmenso globo rojo en 1873 y de un aerostato provisto de un poderoso reflector en 1884.
Dichos objetos cambian de forma en sintonía con la evolución de la aeronáutica. Con los zepelines aparecen extraños cigarros voladores; con la aviación, aeroplanos misteriosos (en 1910, los neoyorquinos avistan un avión negro; en 1933, Escandinavia sufre una invasión de aeronaves fantasmas; e igual ocurre en Austria e Inglaterra en 1937). Tras la última guerra mundial, y fresco el recuerdo de los cohetes V-1 y V-2 lanzados por Hitler contra Londres, vuelven a proliferar los cigarros voladores.
Caudron vincula esos 'dobles fan- tasmales' al paso de las concepciones místicas a la visión laica de la astronomía. La imaginación colectiva reaccionó poniendo aeronaves sofisticadas y enigmáticas donde antes creía ver espíritus y dragones, y depositó en ellas sus terrores y esperanzas. Los platillos representan la última etapa de la serie, cuando del cielo surcado por satélites y misiles bajan alienígenas angelicales a salvarnos del apocalipsis atómico.
No es casual, por otra parte, que el fenómeno ovni surgiese en un país a la vanguardia del avance científico y a la vez intensamente religioso; una nación donde el contencioso entre la ciencia y la fe dista de haberse resuelto, como indica la controversia sobre la enseñanza en las escuelas de la teoría de la evolución; un medio donde se producen peculiares mezclas de elementos científicos y religiosos, visibles en la creencia de adventistas, mormones y evangelistas en la existencia de extraterrestres inteligentes; o en la Iglesia de la Cienciología, cuyo fundador, el escritor de ciencia-ficción Ron Hubbard, combinó creencias gnósticas con la idea de que unos alienígenas inmateriales y bondadosos, los thetans, fueron confinados en la Tierra por un déspota galáctico hace 75 millones de años. Los humanos, precisa, estamos "ocupados" por los thetans, el sustrato de nuestra condición inteligente. La nebulosa ovni, por último, con sus contactados que evocan las apariciones marianas y su fascinación por la alta tecnología (extraterrestre), subraya la dificultad de separar ciencia y religión en ese entorno cultural.
Ese cúmulo de circunstancias habría llevado a tantas personas a creer de buena fe en lo que en muchas ocasiones era una puesta en escena de tópicos de la ciencia-ficción. El caso extremo lo representan los abducidos. Si los ovnis, como apunta el antropólogo Bernard Meheust, nos recuerdan que el hombre contemporáneo mantiene viva su facultad de fabulación mítica, las abducciones sugieren que además conserva el don de entrar en estados de trance, aunque no para comunicarse con el Más Allá como antaño, sino para expresar temores a los avances en medicina reproductiva.
Hoy, los ovnis han salido de los ti- tulares de prensa para incrustarse profundamente en la cultura de masas. Lo prueba el éxito de la serie televisiva Expediente X, un hábil reciclado de relatos de contactados. Las máscaras de los grises se han vuelto habituales en las fiestas de disfraces. Y los platillos revolotean a sus anchas en películas como Independence Day.
"Se han vuelto parte del acervo de creencias populares", señala Javier Armentia, director de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, dedicada desde hace más de veinte años a luchar contra las seudociencias. Lo que a él le preocupa es su legado de desconfianza en las instituciones públicas (según la última encuesta Gallup, el 76% de los estadounidenses cree que las autoridades ocultan información sobre los ovnis). "El recelo indiscriminado alimenta un escepticismo radical, responsable de que muchos piensen que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje de la NASA", opina. "Eso revela una incapacidad crítica de la sociedad, que puede servir de base a toda clase de teorías conspirativas".
Para saber más: 'Mitologías', de R. Barthes (Siglo XXI, México, 1981). P 'Le Baron Noir et ses ancêtres', de D. Caudron ('Communications' nº 52, 1990). P 'El Escéptico Digital', boletín de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (en: http://digital.el-esceptico.org). P 'La pantalla profética', de P. Francescutti (Cátedra, Madrid, 2004). P 'La conexión cósmica', de C. Sagan (Orbis, Barcelona, 1987). P 'Para entender a los extraterrestres', de W. Stockzkowski (Acento, Madrid, 2001). P 'El fin del tiempo', de D. Thompson (Taurus, Madrid, 1998).
Sesenta años atrás, en el verano de 1947, el piloto aficionado Kenneth Arnold sobrevolaba con su avioneta el monte Ramier (noroeste de EE UU) cuando se topó con siete extraños objetos que se desplazaban por el cielo a velocidad supersónica, "como platos rebotando sobre el agua", según comunicó a la prensa. El reportero de Associated Press informó que había visto "platillos voladores", pese a que Arnold dijo que los bólidos parecían más bien triangulares. No importaba: a los medios de comunicación les gustó esa descripción y la pusieron en circulación. La repercusión fue inmensa: en los meses siguientes se comunicaron avistamientos similares en todo el país y se habló de un platillo estrellado en Rosswell (Nuevo México), cerca de la base de los bombarderos con armamento atómico. Había nacido el fenómeno de los objetos voladores no identificados (más conocido por las siglas OVNI).
El firmamento se colmó de platillos. Hubo oleadas memorables, como la que en 1952 conmocionó la ciudad de Washington. Medio mundo había visto un ovni o conocía a alguien que lo había avistado. Nadie podía ignorarlos: políticos, militares y científicos se veían obligados a discutir sobre su presunto origen alienígena. En aquellos años, negar la posibilidad de vida inteligente en otros astros era el súmmum de lo políticamente incorrecto.
Seis décadas más tarde, los avistamientos de platillos se han vuelto esporádicos, y la prensa seria apenas les presta atención. Los apocalípticos mensajes de sus presuntos tripulantes han caído en el olvido; y las lucubraciones sobre la existencia de inteligencias extraterrestres han perdido mucho de su atractivo. Quienes salen a observar el cielo nocturno no van con la ilusión de divisar ovnis, sino, a lo sumo, una lluvia de estrellas. ¿Cómo se desinfló tan drásticamente el fenómeno quizá más enigmático del siglo XX?
Para responder convendría recordar que al principio nadie los relacionó con seres del espacio. La guerra fría arreciaba y las sospechas cayeron en los soviéticos y las Fuerzas Armadas estadounidenses. El hermetismo que rodeó la creación de la bomba atómica fijó la idea de que los militares ocultaban más de lo que decían. Parecía lógico que Arnold hubiera presenciado ensayos ocultos con misiles, explosivos y aviones espía. Así lo refleja la película The Flying Saucer (EE UU, 1950), en la que un sabio ruso inventa un platillo para vendérselo a unos estadounidenses convencidos de que "parece diseñado con un único fin: transportar una bomba atómica".
Esa asociación con armas nucleares no se entiende sin la psicosis atómica de la época. La bomba A, se decía, había abierto un estadio superior: la era nuclear. La revista Life calificó la fisión del átomo como "el mayor acontecimiento desde el nacimiento de Cristo". Pero no todos compartían ese entusiasmo. "¡Hemos creado un monstruo!", exclamó un locutor de la cadena NBC al oír de la destrucción de Hiroshima. La volatilización de las ciudades japonesas generó el temor a sufrir una tragedia similar. El sentimiento de inseguridad afectó a Superman, el icono de la autoestima nacional. El Hombre de Acero dejó de ser invulnerable. La culpa la tenía la kryptonita, una sustancia radiactiva. No se podía simbolizar mejor la angustia estadounidense de que el poder nuclear se transformase en su talón de Aquiles.
La inquietud creada por los ovnis dio lugar a pesquisas oficiales. Los expertos de la Fuerza Aérea estadounidense los desvincularon de la URSS y los imputaron a fenómenos atmosféricos y percepciones erróneas. Daba igual: ni los avistamientos ni el interés de la prensa y el público por el tema decayeron. En 1950, una encuesta Gallup indicó que todavía el 92% de los entrevistados creía que se trataba de un secreto militar estadounidense.
Ese año, Donald Keyhoe, ex oficial de marines y autor de cuentos fantásticos, proclamó que los ovnis eran naves venidas del espacio a vigilar los avances atómicos. Los militares lo sabían, pero lo ocultaban, acusó. No les tocaba a los testigos probar la veracidad de sus palabras, sino al poder demostrar que no escondía datos. Su declaración cayó en un terreno abonado por el pánico. El presidente Harry Truman, al saber de la existencia de la bomba A soviética, había ordenado fabricar un artefacto ultradestructivo, la bomba H, e instado a la población a prepararse para un conflicto nuclear.
En 1952, otro escritor de ciencia-ficción, George Adamski, anunció su encuentro con un venusino, quien le advirtió telepáticamente de los riesgos de la carrera nuclear. Se convirtió en el primer contactado de una larga lista.
Pocos repararon entonces en el parecido de las declaraciones de Adamski con la película de Robert Wise estrenada el año anterior, Ultimátum a la Tierra, donde el emisario de la confederación galáctica baja con su platillo en Washington con un aviso para los terrícolas: o terminan sus guerras o ellos impondrán la paz por la fuerza. No menos sorprendentes eran las coincidencias entre los relatos de los contactados y los cuentos sobre alienígenas de revistas como Amazing Stories, cuyas portadas ilustradas con platos voladores aparecieron mucho antes del episodio de Arnold. ¡El repertorio de la ciencia-ficción estaba siendo saqueado por los portavoces de los ovnis!
No importaba; la hipótesis extraterrestre resultó irresistible. A fin de cuentas, la creencia en otros mundos habitados tenía una acreditada solera; surgida en la antigüedad, cobró fuerza con el avance astronómico de los siglos XVII y XIX. La Luna fue el primer astro al que se asignaron habitantes; le siguió Marte con el espejismo de los canales, y luego, Venus. Los comienzos de la exploración espacial contribuyeron a ponerla de actualidad.
La bola de nieve siguió creciendo, imparable. En 1954, una ola de avistamientos extendió a Europa lo que parecía una rareza de Estados Unidos. Curiosamente, a medida que se difundía la creencia en su naturaleza alienígena, las descripciones de los ovnis se modificaron: en vez de discos chatos, ahora se avistaban platillos con una cúpula luminosa: la cabina de sus tripulantes. Un dato revelador de lo influenciables que eran las percepciones.
En lo sucesivo se verían platillos en distintas partes del mundo, si bien su epicentro se mantuvo en Estados Unidos. Las apariciones saltaron allí de las 46 mensuales registradas en 1955 a las 600 del último trimestre de 1957 (los mismos meses del revuelo causado por el Sputnik I), según el cómputo de Edward Condon, director del proyecto OVNI de la Universidad de Colorado.
La sociedad pedía respuestas, los científicos exigían pruebas, y los partidarios de la hipótesis extraterrestre sólo ofrecían testimonios de contactados. Todo se reducía a creer o no a los testigos. Y en Estados Unidos había muchos dispuestos a creer en la llegada de alienígenas. Lo había demostrado Orson Welles en 1938, al asustar a millones de neoyorquinos con un falso avance informativo de radio sobre una invasión marciana en Nueva Jersey.
Los contactados se proclamaron los paladines de un mensaje pacifista que una conjura de científicos, políticos y militares pretendía silenciar. En sus filas no faltaban farsantes y delirantes; pese a ello, sus acusaciones se vieron reforzadas por las evasivas de organismos burocráticos acostumbrados a la opacidad. Sus quejas sobre la hostilidad oficial también tenían una pizca de verdad: a los Gobiernos embarcados en la construcción de arsenales atómicos no les gustaba nada que agitasen sin cesar el espectro del holocausto nuclear.
Las denuncias, amplificadas por la prensa, dieron lugar a sesiones del Congreso de Estados Unidos sobre el asunto en 1966 y 1968, sin que se sacase nada en claro. Entretanto, la expectativa de un contacto inminente con los seres del espacio se intensificó. La NASA incluyó entre sus metas la búsqueda de vida en otros planetas. Recuerda Isaac Asimov que el director Stanley Kubrick contempló asegurar contra tal eventualidad su película 2001, una odisea espacial, pues temía que si se producía antes del estreno, nadie iría a verla. Respetables científicos dieron por segura la existencia de civilizaciones extraterrestres. El astrónomo Francis Drake cifró su número en decenas de miles; el Proyecto SETI comenzó a sondear el espectro cósmico en busca de mensajes radiales de otros mundos, y en 1972, el astrofísico Carl Sagan envió un saludo a los alienígenas a bordo de la sonda Pioneer X.
El contacto no se produjo, pero las acusaciones de encubrimiento continuaron. Su insistencia llevó al candidato a la presidencia Jimmy Carter a prometer desclasificar los archivos públicos sobre ovnis si ganaba. La Cámara de los Lores británica discutió en 1979 una moción para que el Gobierno hiciera públicos sus datos al respecto, que finalmente no prosperó.
En los años siguientes, el fenómeno perdió fuelle. Los datos enviados por las sondas Mariner y Viking desde el planeta rojo derrumbaron las esperanzas de encontrar vida inteligente ?"Marte está muerto", anunció un desilusionado titular de US News and World Report?, al igual que la información obtenida con la exploración de Venus y el sistema solar. Los radiotelescopios no captaron ningún mensaje alienígena; y las expectativas se rebajaron al nivel de encontrar microbios. La hipótesis extraterrestre se debilitó, y los avistamientos se hicieron menos frecuentes y menos espectaculares.
La apertura de los archivos clasificados al acabarse la guerra fría no cambió las cosas. Los contactados se llevaron un chasco. Las autoridades estadounidenses admitieron ocultamientos, pero no de los platillos, sino de vuelos de aviones espías. La Fuerza Aérea confesó que sus investigaciones sobre ovnis buscaban producir "declaraciones públicas falsas y engañosas para acallar el miedo y proteger un proyecto de seguridad nacional altamente sensible". Y los supuestos cadáveres alienígenas ocultados por agentes federales en Rosswell resultaron ser maniquíes empleados en un experimento secreto de aviación. La hipótesis del arma secreta no era tan descabellada.
¿Cómo reaccionaron los contactados a tan demoledoras revelaciones? Unos se replegaron en el misticismo: lo que se planteaba como un problema que requería una respuesta colectiva ?la carrera armamentista? derivó en asunto de salvación individual. Los visitantes, explicaron a sus seguidores, venían para ayudar a los elegidos a acceder a una nueva dimensión.
Otros se obsesionaron con las conspiraciones y abducciones. Los secuestrados acusan a unos seres llamados grises de someterlos a escalofriantes cirugías para quitarles semen u óvulos o injertarles dispositivos de control. ¿Finalidad? Crear la raza que sustituirá al Homo sapiens. Su gran enemigo es la CIA y sus "hombres de negro", agentes dedicados a ocultar evidencias sobre los alienígenas por orden de las grandes potencias, que esconden sus platillos y abducidos a cambio de acceso a su tecnología.
¿Cómo no ver en esos relatos la influencia de viejas películas como El pueblo de los malditos (Reino Unido, 1960), cuyas mujeres, fecundadas de noche por seres de otro mundo, alumbran una raza de niños sobrehumanos? ¿O del argumento de Invasores de Marte (EE UU, 1954), con sus abducidos controlados por implantes en la nuca; y del complot de Quatermass II (Reino Unido, 1955), dirigido a esconder a un peligroso extraterrestre en una base militar?
Otros devotos de los platillos, por último, se abocaron a buscar sus huellas en el pasado y a imputarles desde el bombardeo atómico de Sodoma y Gomorra, convertidas en las Hiroshima y Nagasaki de la antigüedad, hasta la construcción de monumentos ciclópeos (el autor de estas líneas constató en El Cairo la irritación de un guía turístico ante los visitantes que por enésima vez le preguntaban si las pirámides egipcias eran obra de los alienígenas).
Tales especulaciones dieron pie a una sonada broma a costa de los crédulos: los círculos del maíz. Los misteriosos diseños aparecidos en maizales de Inglaterra pasaron durante años por mensajes a los extraterrestres o pistas de aterrizaje de platillos. Finalmente, los ingleses Doug Bower y Dave Chorley confesaron haberlos realizados con sogas y estacas. El juego del escondite de los ovnis comenzaba a ser motivo de guasa.
En España no faltaron los avistamientos de luces extrañas ni los hallazgos de humanoides; pero su principal aportación al fenómeno ovni se produjo en 1966, al diluirse las esperanzas de vida en Marte. En aquel año, los creyentes en los platillos encontraron un recambio en el planeta Ummo. El contactado Fernando Sesma anunció haber recibido mensajes del misterioso astro y aportó fotografías de una nave avistada en el barrio madrileño de San José de Valderas. Las fotos, publicadas por el diario Informaciones el 2 de junio de 1967, resultaron ser un montaje hecho con un plato de plástico colgado de un hilo por José Luis Jordán Peña, según confesó más tarde. "Lo más increíble", declaró, es que "comencé a entrevistar gente que decía haber visto el platillo".
El fiasco hizo surgir una camada de investigadores críticos que buscaron una explicación natural a los avistamientos, sin abandonar la hipótesis extraterrestre. Posteriormente aparecieron periodistas que han hecho de lo misterioso una salida profesional, un periodismo especializado ejercido en revistas y programas televisivos donde los ovnis se codean con el santo sudario o el monstruo del lago Ness. "Ya no se preocupan por aclarar los hechos; sólo buscan la explicación paranormal", observa Luis Alberto Gámez, uno de nuestros mayores expertos en platillos voladores.
Su empeño desmitificador le ha valido disgustos: recientemente, un juez le condenó por tildar de "estafador" al periodista y escritor Juan José Benítez. Gámez no sale de su asombro: "Creía que decir en un documental de televisión que un poder mágico permitió transportar las estatuas de la isla de Pascua, sentar a Jesús en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera y sostener que los astronautas del Apolo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna era tergiversar la historia, mentir e intentar engañar al público. Parece que estaba confundido".
¿Qué ha quedado del fenómeno ovni? La falta de pruebas ha impedido a los científicos dilucidar el enigma, si bien el escepticismo es la postura dominante. Ninguno de los numerosos contactados que afirmaron haber subido a un platillo logró volver con un souvenir, un trozo de metal ultraterreno o un lanzarrayos; en fin, algo que zanjase la controversia de una vez por todas.
En definitivas cuentas, todo lo que resta son unas fotografías más o menos borrosas, unos cuantos libros y una montaña de recortes de diarios y revistas, pues el papel jugado por los medios de comunicación en su difusión ha sido enorme (no parece un detalle secundario el hecho de que los platillos se dieron a conocer en verano, una temporada de sequía informativa).
Para la psicología y la antropología sí existen documentos analizables: las declaraciones de los testigos. Éstas les han permitido clasificar los ovnis dentro de las leyendas urbanas, esas creencias extraordinarias que se transmiten como rumores y se repiten de un país a otro con ligeras modificaciones. De ese modo, los contactados pasaron a engrosar el variopinto colectivo de los que dicen haber visto al autoestopista fantasma, al motorista solidario y al monstruoso Big Foot de los bosques estadounidenses.
El semiólogo Roland Barthes lo tenía claro: los platillos son una fantasía colectiva nacida como reacción a la carrera armamentista; un mito celestial, porque "en el cielo es donde aparece la muerte atómica". En los años cincuenta y sesenta, de arriba podían llover misiles; hoy, del cielo no esperamos nada bueno ni malo. Ante la indiferencia, los ovnis se esfuman como un sueño.
Ahondando esa línea de interpretación, Dominique Caudron, experto francés en ovnis, recuerda que los extraños objetos voladores, lejos de ser privativos de la era nuclear, se remontan a la Francia de finales del siglo XVIII, poco después de los vuelos de Montgolfier. "La psicosis de las aeronaves fantasmas se inició a continuación de las experiencias que introdujeron el aerostato, la primera máquina voladora, en el imaginario de la época", sostiene. Las visiones de globos desconocidos siguieron en el siglo XIX, destacando el avistamiento en Francia de un inmenso globo rojo en 1873 y de un aerostato provisto de un poderoso reflector en 1884.
Dichos objetos cambian de forma en sintonía con la evolución de la aeronáutica. Con los zepelines aparecen extraños cigarros voladores; con la aviación, aeroplanos misteriosos (en 1910, los neoyorquinos avistan un avión negro; en 1933, Escandinavia sufre una invasión de aeronaves fantasmas; e igual ocurre en Austria e Inglaterra en 1937). Tras la última guerra mundial, y fresco el recuerdo de los cohetes V-1 y V-2 lanzados por Hitler contra Londres, vuelven a proliferar los cigarros voladores.
Caudron vincula esos 'dobles fan- tasmales' al paso de las concepciones místicas a la visión laica de la astronomía. La imaginación colectiva reaccionó poniendo aeronaves sofisticadas y enigmáticas donde antes creía ver espíritus y dragones, y depositó en ellas sus terrores y esperanzas. Los platillos representan la última etapa de la serie, cuando del cielo surcado por satélites y misiles bajan alienígenas angelicales a salvarnos del apocalipsis atómico.
No es casual, por otra parte, que el fenómeno ovni surgiese en un país a la vanguardia del avance científico y a la vez intensamente religioso; una nación donde el contencioso entre la ciencia y la fe dista de haberse resuelto, como indica la controversia sobre la enseñanza en las escuelas de la teoría de la evolución; un medio donde se producen peculiares mezclas de elementos científicos y religiosos, visibles en la creencia de adventistas, mormones y evangelistas en la existencia de extraterrestres inteligentes; o en la Iglesia de la Cienciología, cuyo fundador, el escritor de ciencia-ficción Ron Hubbard, combinó creencias gnósticas con la idea de que unos alienígenas inmateriales y bondadosos, los thetans, fueron confinados en la Tierra por un déspota galáctico hace 75 millones de años. Los humanos, precisa, estamos "ocupados" por los thetans, el sustrato de nuestra condición inteligente. La nebulosa ovni, por último, con sus contactados que evocan las apariciones marianas y su fascinación por la alta tecnología (extraterrestre), subraya la dificultad de separar ciencia y religión en ese entorno cultural.
Ese cúmulo de circunstancias habría llevado a tantas personas a creer de buena fe en lo que en muchas ocasiones era una puesta en escena de tópicos de la ciencia-ficción. El caso extremo lo representan los abducidos. Si los ovnis, como apunta el antropólogo Bernard Meheust, nos recuerdan que el hombre contemporáneo mantiene viva su facultad de fabulación mítica, las abducciones sugieren que además conserva el don de entrar en estados de trance, aunque no para comunicarse con el Más Allá como antaño, sino para expresar temores a los avances en medicina reproductiva.
Hoy, los ovnis han salido de los ti- tulares de prensa para incrustarse profundamente en la cultura de masas. Lo prueba el éxito de la serie televisiva Expediente X, un hábil reciclado de relatos de contactados. Las máscaras de los grises se han vuelto habituales en las fiestas de disfraces. Y los platillos revolotean a sus anchas en películas como Independence Day.
"Se han vuelto parte del acervo de creencias populares", señala Javier Armentia, director de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, dedicada desde hace más de veinte años a luchar contra las seudociencias. Lo que a él le preocupa es su legado de desconfianza en las instituciones públicas (según la última encuesta Gallup, el 76% de los estadounidenses cree que las autoridades ocultan información sobre los ovnis). "El recelo indiscriminado alimenta un escepticismo radical, responsable de que muchos piensen que la llegada del hombre a la Luna fue un montaje de la NASA", opina. "Eso revela una incapacidad crítica de la sociedad, que puede servir de base a toda clase de teorías conspirativas".
Para saber más: 'Mitologías', de R. Barthes (Siglo XXI, México, 1981). P 'Le Baron Noir et ses ancêtres', de D. Caudron ('Communications' nº 52, 1990). P 'El Escéptico Digital', boletín de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico (en: http://digital.el-esceptico.org). P 'La pantalla profética', de P. Francescutti (Cátedra, Madrid, 2004). P 'La conexión cósmica', de C. Sagan (Orbis, Barcelona, 1987). P 'Para entender a los extraterrestres', de W. Stockzkowski (Acento, Madrid, 2001). P 'El fin del tiempo', de D. Thompson (Taurus, Madrid, 1998).
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